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Mitomanía: qué hay detrás de la mentira patológica y su impacto en los vínculos personales

Un psiquiatra de la Universidad Federal de Río de Janeiro analiza un cuadro que va mucho más allá del simple engaño y que puede transformar por completo la dinámica de una familia, una pareja o un grupo de trabajo

Las narrativas de la mitomanía suelen surgir de hechos reales alterados para posicionar al individuo como víctima o protagonista de logros extraordinarios (Imagen Ilustrativa Infobae)

La pseudología fantástica, conocida popularmente como mitomania, va mucho más allá de un simple hábito de mentir: es un cuadro en el que la fabricación de historias se vuelve persistente, desproporcionada y, en ocasiones, aparentemente compulsiva, según explica el médico Antonio Egídio Nardi, presidente de la Academia Nacional de Medicina de Brasil y profesor titular de la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ), en un artículo publicado en The Conversation.

El cuadro fue descrito en la literatura psiquiátrica hace más de un siglo, pero todavía no figura como diagnóstico independiente en los principales sistemas de clasificación, entre ellos el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE).

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Aun así, investigaciones recientes indican que genera un sufrimiento y un deterioro social y laboral lo suficientemente graves como para merecer un lugar propio dentro del estudio de los trastornos mentales.

Cómo se manifiesta la mentira patológica

A diferencia de lo que podría suponerse, las historias del mitómano no resultan inverosímiles de entrada. Parten, con frecuencia, de hechos reales que se modifican, amplifican y adornan de manera progresiva hasta producir una narrativa que coloca al narrador en una posición excepcional: víctima de circunstancias extraordinarias, protagonista de logros improbables o personaje central de situaciones dramáticas.

El mentiroso patológico se distingue del paciente con delirio psicótico porque admite la falsedad de su relato ante pruebas evidentes (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un rasgo que distingue a la pseudología fantástica del delirio psicótico es la posibilidad de corrección. “Ante pruebas contundentes, la persona reconoce que determinados hechos narrados no ocurrieron”, señala Nardi. Esa capacidad de reconocer la mentira cuando se la confronta con evidencia es precisamente lo que la separa del delirio, donde esa corrección no es posible.

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No existe un perfil único de mitómano

Una revisión de casos publicada recientemente y citada por Nardi confirma la variedad del fenómeno. Entre los pacientes documentados, las motivaciones más frecuentes tienen que ver con la necesidad de sentirse valorado y de atraer la atención, y el cuadro aparece asociado a distintos trastornos psiquiátricos. Por eso, concluir que todo mentiroso patológico responde a un mismo tipo de personalidad resulta, según el investigador, un error.

La mitomania se comprende mejor como algo que puede surgir en diferentes tipos de personalidad y contextos clínicos, antes que como la expresión rígida de una categoría diagnóstica. Esa variabilidad, lejos de restarle importancia, complejiza su abordaje y exige tratamientos a medida.

Cómo afecta la mitomanía a familiares, amigos y colegas

Hay una dimensión del problema que la investigación exploró menos: qué les ocurre a quienes comparten años con alguien que miente de manera sistemática. Familiares, amigos, colegas o electores suelen creer las historias en una primera etapa. Con el tiempo, las inconsistencias y contradicciones acumuladas transforman la relación.

Las personas dejan de preguntarse “¿es esto verdad?” y pasan a interpretar el discurso desde una nueva perspectiva: “esta es la versión que él o ella está contando”. Se instala así lo que Nardi describe como una “adaptación relacional a la mentira”: ciertas afirmaciones dejan de ser cuestionadas, no porque se las considere ciertas, sino porque desmentirlas de manera continua tendría un costo emocional alto y generaría conflictos repetitivos.

La mentira patológica persiste dentro de la dinámica social aun cuando los interlocutores dejan de creer en las versiones del narrador (Imagen Ilustrativa Infobae)

El círculo cercano aprende a seleccionar qué información vale la pena verificar y qué puede tolerarse o ignorarse. El propio investigador aclara que este mecanismo es una hipótesis clínica plausible, no una característica de la mitomania ya demostrada por estudios controlados.

De esa dinámica surge lo que Nardi describe como una paradoja: la mentira puede continuar existiendo incluso después de haber perdido su capacidad de engañar. “El narrador cuenta, los otros escuchan, pocos creen y, a pesar de eso, la interacción social sigue adelante”, según Nardi. La vida en común no se detiene aunque casi nadie crea lo que se dice.

La literatura especializada llegó, incluso, a documentar formas compartidas de pseudología fantástica, casos en los que el fenómeno trasciende al individuo y adquiere una dimensión colectiva.

Por qué la confrontación no es la mejor respuesta ante la mitomanía

Esa comprensión tiene consecuencias directas para el tratamiento. Las revisiones científicas más recientes no aconsejan convertir cada encuentro terapéutico en un tribunal donde se juzga qué es verdad y qué no. En cambio, priorizan la construcción de vínculo, la escucha de apoyo y el tratamiento de los otros trastornos que puedan acompañar al cuadro.

El entorno cercano adopta una adaptación relacional frente a la mentira para evitar discusiones repetitivas y desgaste emocional (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según Nardi, una de las particularidades más llamativas de la mitomania es lo que revela el paso del tiempo: la condición puede dejar de ser únicamente el problema de quien miente para convertirse en una dinámica grupal donde todos, incluido quien fabrica las historias, saben que ciertas versiones probablemente no son ciertas.

En ese escenario, entender por qué la narrativa necesita continuar resulta más útil, clínicamente, que simplemente demostrar que es falsa.

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