En la atención de un accidente cerebrovascular (ACV), la diferencia entre una recuperación con autonomía y secuelas que perduren puede empezar a definirse antes de que el paciente llegue al hospital. La posibilidad de acceder a un tratamiento a tiempo depende de una cadena de respuesta que debe activarse sin demoras, desde el reconocimiento de la emergencia hasta la derivación a un centro preparado para atenderla.
En la Argentina se registran cerca de 60.000 ACV por año y la enfermedad es la primera causa de discapacidad adquirida. Los avances médicos abrieron nuevas posibilidades de tratamiento, pero su alcance todavía encuentra límites en las distancias, los traslados, la coordinación entre instituciones y las desigualdades en el acceso a la rehabilitación.
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En el marco del Día Mundial de la Lucha contra el ACV, que se conmemora este jueves 29 de octubre, especialistas ponen el foco en esa carrera contra el tiempo. El desafío no se reduce a sobrevivir a la emergencia: apunta a que más personas puedan volver a comunicarse, caminar, trabajar y sostener su vida cotidiana con la mayor independencia posible.
El tratamiento tiene una ventana que no admite demoras
Existen terapias que, en determinados casos, pueden administrarse dentro de una ventana de hasta 4,5 horas desde la aparición de los síntomas. La rapidez con la que se identifica el cuadro y se organiza la atención puede ampliar las posibilidades de recuperación.
“Cuando hablamos de actuar rápido frente a un ACV, hablamos de mucho más que salvar una vida. Hablamos de la posibilidad de que esa persona vuelva a caminar, a comunicarse, a disfrutar de su familia y a hacer las cosas que le gustan”, explica Federico Giner, médico neurólogo del Hospital Luis Carlos Lagomaggiore y coordinador de la Red de TeleACV y Teleneurología de Urgencia de la provincia de Mendoza.
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El especialista señala que hoy existen herramientas capaces de modificar el pronóstico de muchos pacientes, aunque no alcanzan por sí solas. “Cada minuto que se pierde puede condicionar su calidad de vida futura”, advierte.
La urgencia comienza fuera del hospital. La debilidad súbita en un lado del cuerpo, la desviación de la boca, las dificultades para hablar, los cambios repentinos en la visión o la pérdida de equilibrio requieren llamar al servicio de emergencias. Aun si esas manifestaciones desaparecen, la consulta inmediata es necesaria.
Las distancias y las derivaciones todavía condicionan el acceso
La atención de un ACV exige que varias instancias funcionen de manera coordinada: la identificación del cuadro, el traslado, la evaluación médica, los estudios necesarios y, si corresponde, la derivación a un centro especializado. Una demora en cualquiera de esos tramos puede restar tiempo dentro de la ventana terapéutica.
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En algunas regiones, la distancia entre las localidades y los hospitales con capacidad para resolver estos casos representa una barrera. En otras, las dificultades aparecen en la articulación entre instituciones, jurisdicciones y subsistemas de salud.
Córdoba avanzó en la organización de una red que vincula hospitales de referencia mediante protocolos de derivación. La experiencia busca que el primer lugar al que llega un paciente no determine por completo sus oportunidades de recibir atención especializada.
“Detrás de cada paciente hay una historia, una familia, proyectos y una vida que merece continuar de la mejor manera posible”, afirma Pamela Dorrego, médica neuróloga, jefa del Servicio de Neurología del Hospital Italiano de Córdoba y coordinadora de la Red de ACV provincial.
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La especialista plantea que una respuesta sanitaria organizada puede evitar que la geografía defina las posibilidades de recuperación. “Es importante que el lugar donde una persona sufre un ACV no determine sus oportunidades de recibir el tratamiento que necesita y de preservar su independencia y su calidad de vida”, afirma.
Los registros buscan mostrar dónde se pierde tiempo
Este año, el Ministerio de Salud de la Nación creó el Programa Nacional para el Diagnóstico y Tratamiento del Accidente Cerebrovascular, conocido como PRONAC-ACV. La iniciativa contempla un Código ACV Nacional, centros coordinadores regionales y mecanismos de articulación entre hospitales y servicios de emergencia.
En agosto, el ACV también fue incorporado al Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud como evento de notificación obligatoria. El objetivo es reunir información sobre la cantidad de casos, los tratamientos aplicados, los tiempos de atención y los resultados obtenidos.
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Medir cuántos pacientes llegan a tiempo y dónde se concentran las demoras puede ayudar a orientar recursos, organizar traslados y reforzar las redes de atención. Los especialistas señalan que esos datos son necesarios para identificar brechas entre regiones e instituciones.
Entre los obstáculos que persisten figuran el desconocimiento de las señales de alarma, la demora para activar emergencias, los problemas en las derivaciones y la falta de articulación entre el sistema público, el privado y la seguridad social.
La emergencia termina, pero la recuperación recién empieza
Superar la etapa aguda no cierra el recorrido. Para muchos pacientes, después del alta comienza una rehabilitación que puede extenderse durante meses y que resulta central para recuperar el habla, la movilidad y la capacidad de realizar actividades cotidianas. El acceso a esos servicios, sin embargo, también presenta diferencias según la región y la institución.
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Antonio Quiroga, de Jujuy, estaba en sus primeros meses de jubilación cuando perdió el equilibrio mientras subía una escalera. Creyó que se trataba de un tropiezo, aunque sufría un ACV. Cerca de 40 minutos después recibió asistencia médica y fue trasladado a un hospital.
Tras el episodio, inició un proceso de recuperación junto a su familia y el equipo de salud. Incorporó cambios en su alimentación, el descanso y los controles de presión arterial. También retomó actividades que hoy forman parte de su rutina: baila folclore y aprende tango.
En Córdoba, Agustín sufrió un ACV en 2019, cuando tenía 37 años. El cuadro afectó el lado derecho de su cuerpo y le provocó afasia. Luego de pasar por terapia intensiva, atravesó una rehabilitación en la que volvió a caminar, leer y escribir; como es diestro, también aprendió a usar la mano izquierda.
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Sus experiencias muestran que la atención inicial es una parte de un proceso más largo. Recuperar funciones y autonomía depende de la respuesta ante la emergencia, pero también de la continuidad de los cuidados y del acceso a equipos de rehabilitación.
“Cada avance que consigue una persona después de un ACV puede tener un valor enorme: volver a vestirse sola, recuperar el habla, caminar sin ayuda o retomar una actividad que disfrutaba”, indicó Giner. “El objetivo no es solamente que sobrevivan, sino que puedan recuperar la mayor autonomía posible”.
Ante una señal compatible con un ACV, los especialistas recomiendan no esperar a que el malestar pase y llamar de inmediato al servicio de emergencias. El tiempo que transcurre hasta recibir atención puede influir en la vida que sigue después de la urgencia.
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