Francisco Marrocco tenía 19 años y le pagaban por jugar al hockey sobre patines, un deporte que había empezado a entender con apenas cinco años en su San Juan natal. Vivía en Seregno, un pueblo ubicado a treinta kilómetros de Milán. Su carrera se presagiaba próspera: había despertado la atención de otros equipos de Europa y estaba latente la convocatoria al seleccionado argentino. Su vida era la de un joven en plenitud y en disfrute permanente. Solo él, y aquellos otros que atravesaron situaciones semejantes, podrán comprender por qué afirma que lo que le pasó no fue algo malo, “sino todo lo contrario, fue algo que me hizo mejor”.
Lo que le pasó es que su cabeza impactó contra una columna. Él nunca lo advirtió, no pudo adivinarlo, no alcanzó a prevenirlo. El auto en el que se desplazaba se despistó de la ruta y él, que venía dormido en los asientos de atrás, concentró el golpe. El punto de contacto fue entre una columna y su cráneo. Su vida dio un giro completo. Estuvo 22 días en terapia intensiva. Debió aprender a caminar por segunda vez, a comer por segunda vez, a hablar por segunda vez.
No pudo volver a ser el que ese joven de 19 años cargado de sueños y de desafíos deportivos. Volvió mejorado. Atravesó el golpe de haber sido el único que era distinto, las miradas de los otros, el sentirse diferente al resto, y encontró la paz veinte años después de ese accidente. El viaje de Francisco, de aquella promesa del hockey sobre patines al autor del libro “Non mollare (no te rindas)”, donde relata su vida. Como en esta entrevista.
—¿Cuándo empezaste a jugar al hockey?
—De chiquito, a los 5 años más o menos empecé a jugar, muy chiquitito en el Club Godoy Cruz. Es un deporte complejo porque tenés que tener coordinación para patinar, para agarrar un palo, una bocha, para mirar el juego. Es un deporte que tiene mucha coordinación. Fui haciendo toda mi carrera, que fue una corta carrera porque a los 19 años se me cortó.
—¿Cómo surge la oportunidad de ir a Italia?
—Porque en un año ganamos un torneo argentino, el más importante a nivel nacional, con la primera de YPF. Y un técnico de San Juan, que estaba dirigiendo en Italia, me vio y me ofreció ir a jugar profesionalmente a un pueblito de Milán. Yo era chico, tenía 18 años y la pensé bastante. Irte a Europa tan chico, una de las mejores ligas del mundo. Dije “vamos a hacerlo” y allá fuimos.
—¿Qué dijeron tus papás?
—Y mis viejos me apoyaron. Se averiguaron todo, a dónde iba, los dirigentes. Así que no me iban a dejar ir solo así sin más.
—Se estaba cumpliendo un sueño.
—La verdad que sí, y muy chico, muy chico. Así que dejé los estudios ahí que había empezado en ese año y decidí irme para allá.
—¿Te ibas a vivir dónde? ¿Cómo era la situación?
—Yo tenía un contrato con un equipo que jugaba en la máxima liga de allá. Tenía una casa, tenía movilidad, tenía obviamente un sueldo, seguro social, seguro médico, todas las condiciones. Había otros chicos argentinos así que estaba acompañado. Pero imaginate llegar a un país nuevo, un idioma nuevo, era todo tan shockeante… era una experiencia hermosa.
—¿Venía todo bien en el club?
—Sí, venía perfecto. Yo me estaba desempeñando muy bien. Estaba contento. Había crecido mucho deportivamente y también humanamente porque tenía una experiencia de tan chico que me había nutrido bastante. Y tenía posibilidades, según lo que me dijeron después, de ofertas de otros clubes, de selección argentina. Había varias cosas que después me enteré que tenía chances.
—¿Venían ganando, les iba bien?
—No estábamos en los primeros puestos. Estábamos en los puestos luchando por el descenso, por no descender. Después finalmente, lo pudimos conseguir. No conmigo en la cancha pero lo pudimos conseguir. Era la primera experiencia y yo aspiraba a estar en un equipo más grande también.
—Todo por delante. ¿Y qué pasó?
—De repente, cuando la vida te pone pruebas, en un momento salimos a bailar con mis compañeros. A la vuelta sucedió que tuvimos un choque con el auto. Venía en el asiento de atrás durmiendo, me pegué en la cabeza y quedé inconsciente. En ese momento la ambulancia llegó rapidísimo porque había un patrullero cerca que vio todo. Llegó la ambulancia, me hicieron reanimación una hora en ese lugar. Casi me muero. Básicamente estaba ahí.
—El libro empieza relatando esa noche. Tres amigos fueron a bailar. ¿El auto de quién era?
—El auto era prestado por el técnico del equipo, nosotros se lo habíamos pedido para salir esa noche. Habíamos estado comiendo en la cena con los dirigentes del club. A la vuelta, quien manejaba se durmió, no sé qué pasó, y el auto chocó contra una columna y yo me llevé todo el golpe entero en la cabeza.
—¿Ustedes los tres eran amigos?
—Éramos compañeros de equipo.
—¿Vos sabías que quien manejaba había tomado?
—Sí, sí, sí, sabía. Habíamos tomado todos en esa noche.
—¿Cómo fue el accidente?
—Volviendo de un boliche de Milán, llegando a nuestro pueblo donde estábamos jugando que se llama Seregno, ahí a unos 30 kilómetros. Vamos en una calle, se le desliza el auto, se le va el auto, pierde el control y chocamos contra una columna. Yo que venía atrás durmiendo me llevé todo de golpe. El choque fue todo concentrado en el lugar donde estaba. Justo donde tenía la cabeza.
—¿El auto quedó volcado?
—Volcado quedó, sí. Cuando ellos que estaban bien pudieron salir del auto, pusieron el auto en cuatro ruedas y yo adentro, un movimiento que quizá inconsciente hubiese sido más riesgoso, pero ya lo tenía todo el golpe así que…
—¿Entendieron que vos no podías salir del auto en ese momento?
—Cuando dieron vuelta el auto, lo pusieron sobre sus cuatro ruedas, me vieron inconsciente con la cabeza sangrando y ahí dijeron “che, esto es grave”. La policía que estaba cerca cayó ahí nomás. Ellos llamaron a la ambulancia cuando vieron el accidente, y yo no respondía, estaba acostado en el asiento de atrás inconsciente.
—Llegás a un hospital, te trasladan.
—Sí, después de una hora de reanimación, como se ve en las películas con el electroshock y todas esas cosas, ahí me mantuvieron con vida. En ese momento me llevaron a la ambulancia a un hospital.
—Una hora de reanimación.
—Una hora de reanimación para mantenerme con vida. Llega Daniele, que es una persona muy importante también en la historia porque también estuvo siempre al pie del cañón, siempre estuvo con mis padres, conmigo. Y dice “llévenlo al San Rafael de Milán, que es el mejor hospital del Norte de Italia”. Llego al hospital y tenía un coágulo en la cabeza, derrame cerebral, tenía de todo. Y ahí entré en coma farmacológico.
—Te inducen un coma farmacológico.
—Claro, tenía que tener poca actividad cerebral porque los coágulos debían reabsorberse porque no eran operables. Así que era sentarse y esperar, rezar y esperar.
—¿Por qué no eran operables?
—Se llaman coágulos difusos en el cerebro. Entonces no era un coágulo concentrado que se puede sacar, sino que había que esperar que el cuerpo lo reabsorbiera.
—¿Había otras lesiones además?
—Tenía algunas lesiones en la cadera, también en el cráneo, en la parte mandibular, pero no eran importantes, lo importante era el cerebro en ese momento.
—¿Quién llama a Argentina?
—Llama el técnico que también era argentino, llama a mi casa un domingo a la mañana muy temprano al día siguiente. Era raro recibir un llamado a esa hora ese día. Así que mi viejo atendió y se quedó congelado, seco.
—¿Qué le dijeron?
—“Tu hijo tuvo un accidente grave, está en riesgo de vida, está internado, viajen para acá urgente porque no sabemos qué va a pasar, está muy grave”. Así que mi viejo le contó a mi vieja, a mis hermanas que se levantaron a escuchar qué había pasado, y ahí fue toda una locura. Ese día en mi casa, acá en Mendoza, fue de llamados a Italia, llamados a Buenos Aires, llamados a todos lados para ver cómo estaba mi situación, para ver cómo viajar rápido a Italia. Era todo una cosa de locos.
—No era un momento con WhatsApp que uno podía estar comunicado constantemente. Hay que subirse a un vuelo al otro lado del mundo sin saber cómo va a estar tu hijo al aterrizar.
—Ellos tuvieron que venir a Buenos Aires a sacar el pasaporte de mi vieja que no lo tenía porque ya tenían el vuelo para Italia esa noche. Así que también había una cuestión con la Federal que no se lo iban a dar. Se lo dieron y viajaron sin saber si me encontraban con vida cuando llegaran.
—Pienso desesperada lo que debe haber sido para Diana. La abrazo.
—Encima mi vieja la noche anterior al accidente había sentido algo, se sentía destemplada, algo le pasaba. No sabía por qué. Quizá ese sexto sentido de las madres. Sentía que me iba a pasar algo así que si lo sintió y bueno, después del viaje también, 14 horas allá, no sabiendo si iban a llegar y me encontraban con vida. De Roma después a Milán, aeropuertos gigantes. Mi viejos nunca habían viajado tanto.
—¿Y cómo seguía tu cuadro mientras tanto? ¿Cómo fueron esas horas? Porque había riesgo de vida.
—Estaba muy grave, estaba en coma inducido. Llegaron un lunes a la noche a Milán, llovía, hacía frío. Los esperaban un italiano amigo de mis viejos, el dirigente Danielle. Y de allí se fueron al hospital San Rafael. No me podían ver porque había horarios de visita establecidos para ver a los pacientes. Y contra todo pronóstico los dejaron pasar por unos contactos de mi tía. Entraron y me vieron a mí en una cama grande, enchufado con muchos equipos en la cabeza, un tubo de respirador en la boca. Una imagen shockeante. Según me contaron ellos después, les chocó bastante verme así.
—¿Y qué les dicen a ellos?
—Y les dicen “no sabemos qué puede pasar porque está muy grave. Hay que esperar. Hay que rezar y vamos a hacer todo lo posible para que él pueda vivir. Él tiene un buen estado físico y es joven”. Dos factores que fueron muy importantes para que me haya podido salvar. Era día a día la evolución. Mis viejos me podían ver una hora al día solamente, que también se repartían entre gente que iba a verme, compañeros del equipo, dirigentes, amigos. Y ellos cedían ese tiempo para que también pudieran verme porque pensaban que para mí era importante recibir a esa gente. Yo no me daba cuenta de nada, estaba dormido. Y mis viejos así todos los días esperando a que me despertara.
—La ciencia podía acompañar y tenerte en un como inducido, pero el trabajo era tuyo.
—Era una unidad de terapia intensiva neurológica especialmente en ese hospital e hicieron todo lo posible para que yo viviera. Pero era mucho de confiar en Dios, que me ayudara. Yo y mi familia apoyándome ahí. Porque también uno cuando está en ese estado dicen, yo no me acuerdo, que uno siente cuando está alguien querido cerca. Y de hecho cuando mi vieja entraba a verme, que se paraba en un banquito, porque la cama era alta, y me daba un beso en la mejilla, las alarmas de los equipos empezaban a sonar. Como que yo sentía que estaba mi vieja ahí y lo expresaba de esa forma. Igual que también mi viejo cuando entraba. Así que sí, era rezar, era esperar que Dios me ayudara y que yo con mi espíritu de lucha, que ya tenía desde siempre, pudiese salir de eso.
—No se podía operar, no había tratamiento, sí mantener que no subiera la inflamación.
—Sí, sí, tenía un tubo en la cabeza que era para medir la presión intracraneana porque el cerebro está inflamado. Así que tenía que deshincharse y ver.
—Me imagino que además de vivir había que entender con qué consecuencias, ¿no?
—Claro, porque tampoco sabían los médicos qué iba a pasar conmigo cuando despertara. No sabían qué iba a poder hacer y qué no. Así que primero era que viviera, que saliera del coma. Y después ver qué quedaba y que empezara a luchar. Y mis viejos siempre me dijeron cuando yo estaba en coma “cuando salgas de esto te vamos a apoyar para que vos puedas recuperar todo lo que se pueda, no te preocupes”. Pero no sabían qué iba a poder hacer y qué no, porque yo conocí casos después de gente que queda sin caminar, sin hablar.
—¿Cuántos días así?
—22 días en coma hasta que desperté.
—¿Te sacaron la inducción para despertarte?
—Claro, me empezaron a sacar la sedación, los medicamentos, para ver cómo evolucionaba, cómo despertaba. Hubo un momento crítico también que estaba con mucha fiebre y pensaban que era meningitis. Gracias a Dios no fue meningitis. Y así con el paso de los días en un momento mi vieja dice “che, me parece que el Pancho despertó, siento que despertó”. Y al otro día le dijo el médico “ya despertó, le sacamos los medicamentos, funciona bien”. Así que ahí desperté, abrí los ojos nada más.
—¿Qué te acordás de ese momento?
—Nada, porque abrí los ojos y la conciencia no se despertó. Todavía no estaba consciente. Simplemente abrí los ojos, mi viejo me decía “si me entendés pestaña una vez, si querés decir no pestañá dos veces”. Y así nos comunicamos un par de días. Pero yo no era consciente todavía. Yo estaba despierto simplemente y no me acuerdo mucho de esos días.
—¿Sabías quién eras?
—Sí porque me hacían preguntas para ver si entendía y yo respondía que sí a casi todo lo que me decían. Si me acordaba que era jugador de hockey, quién era. Todas esas preguntas básicas.
—Sabías que era tu mamá la que te estaba hablando. Pero no tenías idea qué hacías ahí.
—No, ni siquiera lo pensaba conscientemente. No tenía un pensamiento profundo. Era un cuerpo que se había despertado simplemente. Empezaba a despertar de a poco la conciencia pero muy despacio.
—¿Y qué tenían que hacer ahí los médicos para acompañar?
—Ahí me empezaron a movilizar un poco las piernas, los brazos. Me sentaron también para ver si podía mantener erguido el cuerpo. Ahí salió una de las imágenes más duras que mis viejos me contaron después. Me habían puesto sentado para ver si respondía y estaba con la cabeza para abajo. Una imagen muy fuerte: se me caía la baba porque no podía todavía contener. Era parte del proceso de probarme a ver cómo respondía. Empecé a seguir avanzando de a poquito.
—¿En qué momento te explican lo que te pasó?
—Me lo explicaron en ese momento cuando ya estaba despierto. Me explicaban el accidente y yo escuchaba. Pero después cuando me llevan a un centro de recuperación ahí en el lago de Como, cuando llego a ese lugar ya entiendo que tengo que empezar a recuperarme, que no puedo caminar, que no puedo comer, que no puedo hablar. Y lo vivo como que me tengo que recuperar. Tengo que volver a hacer lo que hacía antes.
—Porque a vos lo que te dicen es tuviste este accidente y las secuelas van a ser cuáles. ¿Qué se sabía o todavía no lo podían determinar?
—Las secuelas en sí no pero me habían dicho “tuviste un golpe en la parte derecha del cerebro, eso repercute en la parte izquierda del cuerpo”. Entonces me había quedado como una tipo de hemiparesia, que es una debilidad en la parte izquierda del cuerpo. Entonces más allá de que no podía mover nada, la parte más afectada era la izquierda del cuerpo. Entonces tenía que lidiar con eso en ese centro de recuperación en Italia. Y los primeros pasos fueron en silla de ruedas, después con un bastón, caminar y demás.
—Pero era físico, no cognitivo.
—No, no era cognitivo. Porque incluso me hacían preguntar si recordaba muchas cosas y sí.
—¿Y lo del habla por qué era?
—Tenía que ver con haber estado entubado tantos días y parte de toda la lesión motriz que tenía en el cuerpo, también el manejo de la respiración, no podía hablar.
—No era propio del accidente y la consecuencia sino de haber estado. Porque, expliquemos, es muy difícil y muy costoso para el cuerpo estar en coma. Cada día en coma requiere una cantidad de días de recuperación importante, ¿no?
—Sí, sí, sí. Y aparte que también adelgacé mucho. O sea, en esos 22 días yo tenía un físico trabajado por el deporte en el máximo nivel y después era flaquito, no tenía fuerza en los músculos, no tenía movilidad. Entonces me costó mucho todo, yo me expresaba como podía.
—¿Podías leer, por ejemplo? ¿Podías escribir?
—Escribir todavía no tenía coordinación para escribir pero de a poquito algunas palabras decía o las decía o las escribía. Y lo cognitivo se dio cuenta mi viejo que estaba bien. ¿Por qué? Porque un día estaban ahí en mi habitación, yo estaba acostado antes de dormir, estaban hablando de, no sé, de un teorema de Pitágoras, de análisis matemático, mi viejo ingeniero. Y salió el tema de cómo era el teorema de Pitágoras y no se acordaban cómo eran. Y yo que estaba en la cama dije che, pásenme un lapicito y yo lo escribo. Y escribí la fórmula y ahí sí dijeron “che, esto se acuerda”. Yo estaba estudiando ingeniería así que sabía. Entonces esa fue una de las señales de que se dieron cuenta de que yo estaba bien.
—¿Entendiste que no volvías a jugar al hockey?
—No, no entendí. Yo me quería recuperar y volver a jugar al hockey. Y me decían los médicos “es imposible, con la lesión que tuviste es una locura”. Ya pasaba los límites. Capaz que volvés a caminar, capaz que podés correr, pero un deporte tan complejo en lo motriz es muy difícil.
—Además no te podías volver a golpear la cabeza.
—Claro, también. Pero no me decían que no porque tampoco me querían coartar la iniciativa. Y yo en el centro de recuperación digo “poneme los patines”. Y me pusieron los patines pero no podía ni patinar. Me ayudaron unas chicas, di unos pasos en patines y nada más. Pero era imposible. No podía ni caminar, imaginate.
—¿Cuánto tiempo fue de recuperación?
—En Italia estuve dos meses en recuperación. Cuando ya pude volver a caminar, a comer, a hablar un poco, me dijeron “váyanse para Argentina, sigan allá, porque sus hermanas también están solas”.
—¿Se estaba haciendo cargo del club de la recuperación?
—Claro. Entonces, en Mendoza iba a ser más fácil por el idioma, si bien yo entendía italiano, la parte cognitiva era más fácil en Mendoza con mi idioma. También necesitábamos estar con nuestra gente, en nuestro lugar. Ya estábamos tres meses afuera en Italia, extrañábamos mucho y necesitábamos estar en casa.
—¿Y acá?
—Y acá está el segundo golpe que tuve. No fue un golpe físico sino más bien un shock contra la realidad. Llegué, estaban todos normales y lo único distinto era yo. El único que estaba que no podía caminar bien, que no podía hablar bien. Todos los chicos de mi edad seguían con sus vidas, seguían haciendo ejercicio, deporte, estudiaban, salían a bailar y yo pensando en recuperarme simplemente, nada más que eso. Así que ese shock contra la gente normal, que te miran distinto, cuando estás diferente. Pienso en los chicos que por ahí nacen diferentes, en el bullying, digo yo también estuve ahí. Sé lo que es que te miren diferente.
—Fueron muchos años de rehabilitación.
—Fueron 5 años desde que volví de rehabilitación física a full. Yo quería recuperarme para estar bien, para estar normal entre comillas, para volver a jugar al hockey. Esos 5 años entrenaba, hacía de todo, iba a correr, iba a nadar, hacía de todo para recuperarme. Yo no podía creer que pudiera quedar así, mal. No lo podía creer y no me iba a limitar por lo que me decían los médicos. Yo busqué todas las alternativas posibles para poder recuperarme.
—Superaste muchísimo las expectativas que los médicos tenían de cómo te ibas a recuperar, ¿no?
—Me vieron después de dos años algunos médicos de Italia. Me dijeron que era impresionante cómo estaba después de la lesión que tuve. No podían creerlo. Fue como un milagro. Y cada vez que la gente me veía después de pasar un tiempo veían que estaba mejor. Pero yo nunca me daba por vencido. Yo decía “no, siempre falta un poquito más”. Así que en esos años también me puse a estudiar de vuelta en la Facultad.
—¿A estudiar qué?
—Administración de empresas. Y también fue un golpe tremendo enfrentarme con chicos de mi edad como son los adolescentes y yo estando distinto, ir a la Facultad, tener que rendir oral, que me decían algunos profes me decían “che, si querés rendir escrito no tenemos ningún problema”. “No, quiero rendir oral”. Yo quiero ser como cualquiera, yo rindo oral. Y eso también fue una barrera que pasé. Fueron años de mucho trabajo. También de mucha ansiedad, mucho estrés por volver a ser el de antes, por sentirme distinto. Esa ansiedad quedó pero no la trabajé en ese momento. Contra todo pronóstico, volví a jugar al hockey. Un partido volví a jugar y dije “bueno, ya está, lo logré”. Pero no soy el mismo de antes. No quiero jugar sin poder yo desarrollar todo mi potencial. Porque mis intenciones no las podía llevar a cabo con mi cuerpo. No tenía el cuerpo para llevarlas a cabo.
—¿Con ese partido pudiste amigarte con la situación?
—Sí, dije “lo pude lograr”. Todo el esfuerzo que hice valió la pena. Ahora ya está, lo suelto porque si no lo puedo hacer como yo quiero, como mi mente quiere hacer las cosas, no podía seguir. Así que si no tenía todo el potencial no lo quería hacer. Y de ahí es que dejé de jugar.
—¿Y cómo siguió? Porque aparece un nuevo capítulo.
—Sí, ahí empieza la recuperación espiritual, psicológica, con el trabajo psicológico. Tuve una compañera del colegio que estaba recibida de psicóloga y me dice “después de todo lo que viviste, cinco años de recuperación, ¿no has pensado en ir a un psicólogo para que te ayude a procesar todo eso?”. Y la verdad que sí, porque uno no se salva solo. Yo lo aprendí cuando fue mi familia a verme, no se salva solo.
—Aparte había un duelo que hacer.
—Sí, un duelo que hacer y también entender muchas cosas que me habían pegado fuerte. Tanto cambio en mi vida en tan poco tiempo. Un sueño que se había roto, un cuerpo que también estaba roto, enfrentar la vida distinto. Entonces necesitaba hablar con un psicólogo.
—Había que encontrarse con quién era el nuevo Fran.
—Sí, sí, había que encontrarse con ese nuevo Francisco. Y además seguir lidiando con una recuperación constante. Todo el tiempo tenía que mejorar, tenía que estar. Y estar en un mundo donde yo me sentía más profundo. Ya no estaba en la superficialidad de la vida. Yo era más profundo, más empático con la gente. Entonces ya no me encontraba bien en el grupo que tenía antes. Era como que me faltaba algo más. Me encontré con una persona más profunda, que entendía más la vida desde otro punto de vista. Así que bueno, todo ese trabajo. Y en ese momento la medicación era uf, es para locos la medicación. Y no, es algo que te falta, un químico en el cerebro que te falta y que te ayuda a bajar un poco. Y no es nada malo.
—Mientras que esté indicado por un médico bienvenida sea la ciencia y todo lo que nos haga sentir mejor.
—Ahí seguí en un camino de mucha introspección. De pensar, de meterme mucho de crecimiento personal, de repensar las cosas, vivir la vida de otra forma. ¿Sabes qué? Enfocarme en lo simple. Decir “che, yo en un momento la gente viene automático, respira, come, habla, estudia. Y yo cuando perdí todo eso, eso tan simple, tan básico, dije che ¿cómo será tenerlo eso?”. Y poder dedicarme a preocuparme por otras cosas. Preocuparme por estudiar, por hacer una carrera en el trabajo, por una familia y no preocuparme por tener que comer, cómo comer, en no atragantarme, en cómo respirar. Entonces dije qué tan simple es la vida para preocuparse por otras cosas que no tienen sentido. Y así fue que me recibí y todo lo demás que pasó en mi vida.
—¿Cuándo te sentiste ya cómodo con la rehabilitación y dijiste “ya está, soy el que quiero”?
—20 años después de ese momento fue cuando encontré la paz. Dije: “sé lo que valgo, sé lo que es mi familia, sé cómo quiero vivir y estoy en paz porque ya no tengo que pensar en nada más que vivir lo simple de la vida”.
—20 años después fue el año pasado.
—El año pasado, sí. Fue cuando pude reencontrarme con mi familia, reencontrarme conmigo ya en perfecto estado como estoy hoy. Ahí es cuando me sentí en paz, esa paz de vivir el día a día viste. De poder enfocarme en otras cosas que no sean lo básico.
—¿En algún momento te amigaste con vos?
—Sí, sí, sí. Cuando también empecé a hacer otras cosas: gimnasio, jugar al golf, también con amigos, ahí me encontré en un ambiente también que podía hacer, desplegar todas mis habilidades físicas en un deporte más tranquilo, con más paz, con naturaleza. En un momento ya dije ya está, ya luché demasiado, ahora sigo con mi vida puliendo cosas como le pasa a cualquier persona.
—¿Qué es el accidente para vos?
—Te puedo decir que fue algo que me cambió la vida para bien porque sin ese accidente no podría haber vivido todas las cosas lindas que tuve después. Todo este aprendizaje que tuve quizás no lo hubiese tenido si no tuviese tenido el accidente. Así que no fue algo malo en mi vida. Todo lo contrario, fue algo que me hizo mejor.
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