En la televisión cocina desde un convento, habla de rock nacional con la misma naturalidad con la que explica la vida monástica y responde sin esquivar ninguna pregunta. La hermana Verónica —o simplemente Verito, como le dicen sus amigos— se convirtió en una de las revelaciones de El Gourmet, donde derriba, sin proponérselo, muchos de los prejuicios que existen sobre las religiosas.
Detrás de esa sonrisa espontánea hay una historia atravesada por el dolor, la vocación y una fe inquebrantable. Creció en una familia poco religiosa, vivió de cerca la enfermedad de su hermano, descubrió la cocina en la adolescencia y, cuando todos imaginaban otro destino para ella, eligió el convento.
En esta conversación con Infobae habla de su infancia en Belgrano, de los novios, del rock, de las amonestaciones en el colegio, de la muerte de su hermano, del amor, del celibato y de las renuncias que implica la vida religiosa. También cuestiona algunos estereotipos sobre la Iglesia y explica por qué cree que una monja no es muy distinta de cualquier otra persona.
Con humor, convicciones firmes y una calidez poco frecuente, Verito abre las puertas de un mundo que suele permanecer lejos de la mirada cotidiana y demuestra que la fe también puede contarse desde la cercanía.
—Bienvenida, hermana Verónica. ¿Hermana Vero, Verónica, cómo te digo?
—Hermana Vero o Verito, así me dicen mis amigos.
—Verito la estás rompiendo en El Gourmet, cocinando desde el convento. ¿Contenta con las repercusiones?
—Feliz. Lo que más me sorprende es que muchos dicen: “Mirá, una monja distinta”. Y no, todas somos iguales. Lo que pasa es que mucha gente nunca tuvo contacto con una religiosa y se quedó con un estereotipo.
—¿Cómo fue tu infancia?
—Muy feliz, mis padres eran muy amorosos y dedicados. Nací en Belgrano R y vivía como cualquier chico de los 80: en la calle, andando en bicicleta, en la plaza y en el club, aunque mi hermano (dos años menor) estuvo enfermo desde los cuatro hasta los 15 años, y eso fue muy pesado para toda la familia.
—¿Y había espacio para vos en una casa atravesada por la enfermedad de tu hermano?
—Sí. No al cien por ciento, porque todos sufríamos, pero con el tiempo entendí lo que habían vivido mis papás. Aun así, tuve una infancia muy linda.
—¿Eran católicos?
—Estaba bautizada e hice la comunión porque quise, pero en casa no íbamos a misa. Mi hermano también hizo catequesis porque nos encantaban los cantos, pero ahí terminó todo.
—O sea que nunca imaginaste terminar siendo religiosa.
—Al contrario. Tenía una imagen bastante mala de las religiosas. Mi hermano pasaba mucho tiempo internado en el Hospital Gutiérrez y ahí había una congregación. A veces tenían frazadas o comida y no entendíamos por qué no las repartían. Me quedó esa sensación.
—¿Cómo siguió la vida para tu hermano?
—Se curó de una enfermedad autoinmune que tiene una probabilidad de vida del 50%, y falleció hace ocho años, de un ataque cardíaco.

—¿Cuándo nació tu amor por la cocina?
—A mis 12 años mi papá perdió el trabajo, y mi mamá, que era instructora de yoga, tuvo que empezar a dar clases. Mi papá hizo de todo para salir adelante: compró taxis, se rebuscó como pudo, pero mi mamá volvía tarde por eso cuando llegaba del colegio empezaba a hacer la comida para adelantarle algunos pasos.
—¿Y te enamoraste de la cocina?
—Mi mamá cocinaba muy bien y era súper dedicada, cocinaba al mediodía y a la noche, una locura. ¿Dónde viste que alguien cocine dos veces por día? Yo aprendí todas sus recetas porque no quería perderlas. Gracias a Dios me salen bien... hasta ahora no intoxiqué a nadie. (Risas). Además tengo una teoría: al que le gusta comer tiene que aprender a cocinar.
—¿Nunca soñaste con tener un restaurante?
—No. Siempre vi la cocina como una forma de cuidar a la gente que quiero. Después de volver de Brasil cociné unos meses para una empresa de viandas saludables, pero al mismo tiempo daba clases de Geografía, era superiora de la casa y no podía con todo.
—¿Cómo eras de adolescente? ¿Dabas dolores de cabeza?
—(Risas). Era buenísima... No, hacia desastres. En tercer año junté veinte amonestaciones. A las veinticinco quedabas libre, así que después caminaba en puntas de pie.
—¿Por qué te sancionaban?
—Por cualquier cosa. Una vez por comer una mandarina durante la meditación, otra porque me fui del colegio con mi mejor amiga antes de que terminara el horario. Era parte de la barra del fondo.

—Quién hubiera dicho en ese momento que “la de la barrita del fondo” iba a iniciar un camino religioso. ¿Siempre te gustó el rock nacional?
—Sí, me encanta. Con mi hermano éramos fanáticos de los discos. Salía un álbum nuevo de Soda Stereo y corríamos a comprarlo. Escuchábamos de todo: Charly, La Renga, Los Gardelitos.
—¿Te puedo llegar a encontrar en un recital de Ciro?
—(Risas). No. De Ataque 77 sí.
—Pero hoy no te veo en un recital.
—¿Cómo le digo a la superiora que me dé plata para una entrada? (Risas). No sería posible.
—Podemos conseguir que Ataque 77 te invite.
—Bueno... ahí sí.
—¿Había novios en la secundaria?
—En la secundaria sí, en quinto año tuve un novio y después más grande también, antes de entrar en el convento. Igual me sigo enamorando. No te asustes, pero me enamoro de las personas. Amo a mis amigos, a mis hermanas, a la gente con la que comparto la vida. Lo digo en serio, no románticamente. Soy muy querendona. No entiendo eso de ponerle condiciones al amor. Hace poco volví de Alemania y quedé enamorada de varias hermanas con las que compartimos una experiencia muy profunda. Las extraño muchísimo.
—¿Siguen en contacto?
—Sí, por WhatsApp. Todo el tiempo.
—¿Cuántos novios tuviste?
—Tres, pero solo presenté uno.
—¿Y alguno te rompió el corazón en ese momento?
—Uno

—¿Cómo llega el llamado?
—No aparece de un día para el otro. Yo tenía 21 o 22 años y, durante unas vacaciones, entré a una librería de la editorial San Pablo. Ya estaba muy cerca de Dios y compré un libro sobre la vida de San Francisco de Asís. Me voló la cabeza y pensé: “Quiero vivir como él”. Y ahí empezó a crecer ese deseo de dedicar mi vida exclusivamente a Dios y de transmitirles a los demás que Dios es amor.
—Pero recién dijiste que ya estabas enamorada de Jesucristo. ¿Cuándo nació ese amor?
—En un retiro al que me invitó una compañera cuando tenía 21 años. Fui sin expectativas y me cambió la vida. Fue un giro de 180 grados: cambió mi forma de mirar todo, incluso la relación con mis padres. Hay gente que se encuentra con Dios en un libro, en una persona o en una experiencia. A mí me pasó ahí.
—Ahí encontraste la plenitud.
—Sí. Dos años después entendí que mi camino era la vida religiosa y otros dos me llevó descubrir en qué congregación, porque hay muchas formas de seguir a Jesucristo.
—Explicame eso. Yo pensaba que una iba a una iglesia y decía: “Quiero ser monja”.
—(Risas). No. Hay muchísimas congregaciones porque hay muchas maneras de seguir a Jesucristo. A mí me gusta pensar la espiritualidad como un camino ancho. Todos van hacia Dios, pero cada uno recorre un sendero distinto. En la espiritualidad benedictina, que es la mía, lo central es la Sagrada Escritura y la liturgia; otras ponen el acento en María o en el servicio a los más pobres.
—¿Y se puede cambiar de congregación?
—Sí. Pasó con la Madre Teresa de Calcuta. Sintió otro llamado, pidió permiso para salir y fundó su propia congregación, dedicada especialmente a los moribundos, a los parias y a los que estaban en la calle.

—Cuando empezaste ese camino, ¿tu familia ya lo sabía?
—Lo intuían porque vivía hablando de conventos, pero no les gustó nada. Mi mamá dejó de hablarme varios meses. Mi papá no entendía por qué la pobreza podía ser un valor y mi hermano me cargaba con “esa religión de boludez”. Después él también encontró a Dios y un día me dijo: “Ahora te entiendo”.
—Pero no se hizo sacerdote.
—No. Porque encontrar a Dios no significa hacerse sacerdote o religiosa. Dios nos llama a todos. A mí me llamó para ser hermana. A vos, para formar una familia. Cada uno tiene un camino distinto.
—¿Y cómo lo imaginás?
—No puedo imaginar a Dios. Pero sí creo que es amor, que nos hizo libres y que nos invita a elegir el bien. Por eso también creo en la vida eterna.
—Quiero volver a eso después. Pero antes, ¿por qué tu mamá se enojó tanto?
—Porque tenía otros planes para mí. Quería nietos, que me casara. Además, no era religiosa y sentía que estaba desperdiciando mi vida. Cuando uno entra en la vida consagrada también atraviesa un proceso de cuatro años en el que toma cierta distancia de la familia para abrazar esa nueva misión.
—¿Nunca te costó renunciar a tener hijos?
—No. El amor de Dios es una locura y me llena mucho más que una familia. Estoy totalmente convencida de eso. Además, tengo a mis alumnos, que los adoro, y estoy en la batalla de llevarlos a que encuentren a Dios, porque si eso sucede se solucionan los problemas: ya no irán a las drogas, no saldrán a robar. El que encontró a Dios, tiene solucionada la vida.
—¿Y la cocina siempre estuvo ahí?
—Siempre. Entré al convento y enseguida quedé a cargo de la cocina. Las hermanas estaban chochas. (Risas).
—¿Qué cocinabas?
—Lo mismo que en cualquier casa argentina: milanesas con puré, papas fritas, huevo frito. Hoy, por ejemplo, hice arroz con huevo porque era un día sin carne y tenía poco tiempo.
—¿Cuántas son las hermanas?
—Cuatro. Cuando entré éramos doce. En toda la congregación también éramos muchas más: pasamos de unas tres mil a alrededor de mil quinientas. Viví en comunidades de veinte y hasta treinta y seis religiosas. También cociné para retiros con cincuenta chicos.

—En un momento empezaste a viajar también.
—Más que viajar, fui de misión. La hermana que era mi superiora en Buenos Aires fue nombrada priora en Brasil, que es como la superiora de todas las superioras, y me propuso ir con ella porque tenía onda con los chicos. Allá teníamos tres colegios y quedé a cargo de la pastoral, que es todo lo que tiene que ver con la espiritualidad, la catequesis, retiros, campamentos. Viví varios años en Brasil y después, otros tres en Estados Unidos.
—¿Y cómo fue esa experiencia?
—Fantástica, las adoro las extraño, las amo. Soy un poco norteamericana y otro poco brasileña.
—¿Se amigó tu mamá con tu camino?
—Sí, no le quedó otra (risas).
—Una vez que ingresás a la congregación, ¿a qué renunciás además del amor de un hombre y de tener hijos?
—A los lazos, o mejor dicho, a vivirlos del mismo modo. Puedo ver a mi familia y a mis amigos, pero por ejemplo, ya no puedo ir a tomar mate a la casa de mi mamá.
—¿No podés irte de vacaciones una semana con tu familia?
—Sí. Tenemos dos semanas de vacaciones en otro convento y diez días para pasar con la familia. Yo ya no tengo la casa de mis papás porque mi mamá y mi hermano fallecieron y mi papá está muy grande, pero voy a Entre Ríos, a la casa de mis primas.
—¿Y un sábado a la noche podés salir a comer con una amiga?
—También puedo, pero tengo que pedir permiso. Igual, por lo general, mis amigos vienen al monasterio. Es un lugar muy cálido... y además cocino bien. (Risas).
—¿La vida en el convento tiene horarios estrictos?
—Sí, es bastante militar. Nos levantamos a las cinco y media, rezamos hasta las ocho y media. A las nueve empezamos a trabajar hasta las doce, que volvemos a rezar y almorzamos. Ahí tenemos un descanso hasta las dos y media, y empieza el trabajo de vuelta hasta las cinco. De cinco a siete rezamos. Cenamos y ocho menos cuarto es el recreo, que es fantástico porque jugamos a las cartas, charlamos. Viene la última oración de la noche y después silencio absoluto y cada una se retira a su cuarto.
—¿Y si querés ver Gran Hermano?
—(Risas). No miramos nada. A esa hora estoy viendo Hermana Verónica, porque al otro día a las seis de la mañana estamos rezando.
—Bien jugado, Hermana Verónica. Pero, ¿hay una tele?
—Sí, tenemos una tele divina en un lugar común. En nuestra habitación tenemos celular y computadora.
—¿Todas las congregaciones lo permiten?
—No. Las de clausura, por ejemplo, tampoco tienen acceso libre al mundo digital. Nosotras sí, pero con responsabilidad.

—¿Tenés redes sociales?
—Sí. Ahora empecé a usarlas un poco más para que la gente vea que una hermana es una persona totalmente normal... o casi normal. (Risas). Mi Instagram es @hna.verito.
—¿Podés tener bienes propios?
—Objetos sí; bienes, no. Por ejemplo, la casa que heredé no es mía, le pertenece a la congregación. El auto que tenía, también. Eso es parte de la pobreza, que es otra renuncia: no tener bienes ni salario. Todo lo que gano como docente, los cursos que doy, las velas que vendo o las jubilaciones van a la cuenta de la congregación. Si necesito comprarme algo, lo converso con la superiora. Vivimos con una economía compartida, como cualquier familia.
—O sea, se habla si necesitás unos anteojos, pero no una entrada para un recital.
—Exacto. La pregunta siempre es qué es necesario y qué es un gusto. Voy al cine con mi papá porque a él le encanta y lo necesita, pero ir a comer ya no. Vamos por ahí el Día de la congregación, que salimos todas. Una o dos veces al año.
—¿Qué extrañás?
—La obediencia: tener que pedir permiso cuesta. Aunque siempre tuve superioras muy comprensivas que me han dado mucha libertad, pero cuando alguna vez me dijeron que no, tuve que aceptarlo.
—Además de cocinar y dar clases, ¿una religiosa puede ejercer cualquier profesión?
—Sí. Hay hermanas médicas, abogadas, de todo. En Europa es más común porque muchas ingresan después de los treinta, ya recibidas. Yo entré siendo profesora de Geografía y lo primero que pregunté fue si iba a poder seguir dando clases. Me dijeron que sí, apenas hice los votos empecé a trabajar en una escuela porque amo estar en el aula.
—¿Y cómo hacés con estos adolescentes de hoy?
—A los adolescentes te los ganás con amor, no hay otro truco. No la podés caretear. Si sienten que los querés, te van a dar amor.
—Hay temas en los que la Iglesia parece muy lejos de los jóvenes. Hoy la mayoría de los adolescentes tienen relaciones sexuales, por ejemplo.
—Claro que sí, y arrancan cada vez más chicos. Yo trato de enseñarles que el cuerpo propio y el del otro merecen respeto. Después, sé cuál es la realidad. Lo importante es que se cuiden y que entiendan que la sexualidad no define todo. A veces hacemos mucho más daño con la difamación, el chusmerío o la violencia que con otras cosas de las que casi no hablamos.
—¿Te importa que una alumna pueda acercarse a vos para pedir ayuda y prevenir un embarazo?
—Por supuesto. Hablamos de sexualidad, pero también de alcohol, drogas, bullying... de todo.
—Es bueno eso, porque si no la Iglesia queda lejos.
—Sí. Hay que acercarla.
—Antes contabas que cuando entraste eran tres mil hermanas y hoy son mil quinientas. ¿Sentís que tiene que ver con esto?
—Porque muchas eran muy mayores y fallecieron, pero también porque hoy ingresan muchas menos. Cuando hice el noviciado en el 2001, éramos quince; hoy hay una sola. También cambió el perfil: entran más grandes y por verdadera convicción, no porque busquen una salida o una oportunidad para estudiar.
—¿No sentís que el lugar de la mujer en la Iglesia es injusto?
—No es mi batalla principal, porque mi prioridad es trabajar con la gente y con los chicos. Pero sí creo que muchas mujeres podrían ocupar espacios que todavía no ocupan. ¿Un hombre es más inteligente, más capaz, más santo? Los amo a los hombres, no tengo nada contra ellos, pero Jesús, hace dos mil años, ya tenía mujeres entre sus discípulos, algo revolucionario para la época. No encuentro fundamentos para pensar que una mujer sea menos capaz dentro de la Iglesia.
—¿Creés que eso va a cambiar?
—Sí. Absolutamente.
—Te escucho hablar y te amo, Verito. ¿Qué te pasó cuando Jorge Bergoglio fue elegido Papa?
—Una locura. Yo estaba en Estados Unidos. Estábamos limpiando una casa de la congregación cuando escuchamos: “Jorge Mario Bergoglio”. Le dije a la hermana que estaba conmigo: “¡Ese es el arzobispo de Buenos Aires!”. Cuando volvimos al convento era una fiesta.
—Habemus papam.
—Sí, yo ya lo conocía. Antes de ser arzobispo de Buenos Aires, cuando era vicario de la Vicaría Flores, recorría las parroquias y se reunía con los chicos que se estaban preparando para la Confirmación. Yo era catequista en esa época, todavía no había entrado en el convento. Él llegaba y les decía: “Pregunten lo que quieran”. ¿Y qué le preguntaban? “¿Por qué no podemos tener relaciones antes de casarnos?”. (Risas). Nunca esquivaba una respuesta. Era muy cercano. Que un obispo dedicara ese tiempo a escuchar a los chicos ya decía mucho de él.
—Qué hermoso recuerdo.
—Sí. Un genio.

—¿Cómo es el vínculo entre las hermanas y los curas?
—Muy bueno. Compartimos mucho con los sacerdotes de la parroquia de enfrente: vienen a comer, nos invitan a tomar el té, vamos a misa todos los días. Es una relación muy linda.
—¿Cómo apareció la propuesta de hacer el programa en El Gourmet?
—De una manera muy providencial. Una amiga recomendó mi nombre cuando buscaban una hermana que cocinara. Acepté enseguida, pero nunca imaginé que me iban a elegir.
—¿Cómo fue el casting?
—Muy gracioso. Yo estaba de retiro y mis amigas me sugerían qué cocinar. Primero propuse pastas y pizza, pero me rechazaron todo. Al final hice una sopa paraguaya. El casting fue en nuestra cocina, querían ver cómo cocinaba y cómo me desenvolvía frente a cámara.
—Y te manejaste con esta soltura que tenés siempre.
—Era una sola cámara. Si hubiera tenido mucha gente adelante, capaz me intimidaba. (Risas).
—¿Cómo te dijeron que habías quedado?
—En una reunión por Zoom. Me dijeron: “Hermana Verónica, estás invitada a grabar una serie”. Me quedé muda. Estaba convencida de que me iban a agradecer y nada más.
—¿A quién se lo contaste primero?
—A las hermanas. Ni ellas pensaban que me iban a elegir. Ya había pedido permiso antes y me dijeron que sí, pero lo gracioso es que ninguna pensó que realmente me fueran a elegir. Grabamos todos los programas en apenas dos semanas. El primer día estaba un poquito más dureli, muy pendiente de que todo saliera perfecto. Pero al segundo o tercer día entendí que mi trabajo no era solamente cocinar, sino también entretener. Y ahí me relajé.
—¿Cómo fue esa revolución en el convento?
—Las hermanas me recontra bancaron. El Gourmet prácticamente tomó posesión de la casa durante esas dos semanas y ellas tuvieron una paciencia enorme.
—¿Y el horario de rezo?
—No dejé de rezar. Lo único que resigné durante esas dos semanas fue la oración del mediodía. Para mí, Dios siempre está primero.
—¿Bailan entre las hermanas?
—Sí, claro. Tengo mil videos bailando folclore. Bailo chacarera, escondido y pará de contar. Pero cuando hay fiesta, hasta hacemos coreografías.
—Para mí sos la hermana rockera como un estilo de vida: de hablar con los adolescentes como hay que hablar, de cuestionar cosas de la propia Iglesia.
—Es que si uno no se cuestiona a sí mismo... Yo me cuestiono todo el tiempo.
—¿Nunca quisiste dejar los hábitos?
—No, es una convicción. A veces imagino cómo sería mi vida fuera del monasterio, pero lo que quiero es esto: poner a Dios en el centro, enseñar en el colegio, estar con los pobres y vivir desde este lugar. Lo de El Gourmet es circunstancial; mi vida sigue siendo la de todos los días, con gente muy sencilla.
—¿Te preocupa que cada vez haya menos jóvenes cerca de la Iglesia?
—No. Al contrario. Creo que está pasando algo interesante: hoy muchos artistas y deportistas muestran su fe con naturalidad. Messi, por ejemplo, siempre agradece a Dios. Eso hace que muchos vuelvan a acercarse.
—¿Te podés enojar con cosas de la Iglesia cuando aparecen casos aberrantes?
—Sí, muchísimo. Aunque sean pocos, el daño que provocan es enorme. También muestran que la Iglesia está formada por personas, y las personas se equivocan.
—¿Todo se perdona?
—Dios perdona todo, no hay pecado que no perdone. Si vas a la puerta de una cárcel, casi siempre encontrás a las madres esperando. El amor de una madre es lo más parecido al amor de Dios. Voy a decir algo que sé que puede generar debate: yo no creo en el infierno.
—¿No creés en el infierno?
—No. Me cuesta pensar que Dios quiera a un hijo suyo lejos de Él para siempre. Sí creo en la purificación, en el purgatorio, pero no en un Dios que quiera condenar eternamente. Es mi manera de entenderlo, aunque sé que no necesariamente representa la posición oficial de la Iglesia.
—A mí me cuesta imaginar compartir la eternidad con alguien que hizo cosas terribles. Un violador de chicos, Hitler, Videla...
—Sí, claro. Pero nosotros necesitamos un Dios que perdone. En la cruz, Jesús dice: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. A mí esa frase siempre me conmueve.
—Cuando mi mamá se estaba muriendo de cáncer una amiga me dijo: “Qué injusto”. Yo le respondí: “Qué triste”. Injusto es un chico de dos años en terapia intensiva. Ahí es donde más me cuesta creer. ¿Cuál puede ser la misión de un nene de dos años? ¿Qué pecado cometió?
—No hay pecado, Tati. La muerte o una enfermedad no son un castigo de Dios. Jesús fue muy claro con eso: una desgracia no ocurre porque alguien haya hecho algo malo. Esa idea de que “Dios castiga” hay que desterrarla de nuestro corazón.
—Pero mucha gente dice “Dios te está castigando”.
—Es una creencia muy instalada, pero no es la enseñanza de la Iglesia.
—¿Y dónde está Dios ahí?
—No tengo una explicación para el sufrimiento. Lo que sí creo es que Dios ama profundamente a las personas y la mayor prueba de ese amor es que entregó a su propio Hijo por nosotros. Y también creo que esta vida no es el final: los inocentes que sufrieron o murieron están con Dios. Esa es mi esperanza y mi convicción: nosotros pensamos que esta vida es la vida, pero la vida y el amor están allá.
—Quiero creer en eso. Debe dar mucha paz.
—Sí. Si mañana me muriera, me iría con Dios. ¿Qué mejor que eso?
—Quiero preguntarte por el celibato. ¿No es un tema que la Iglesia debería revisar?
—Para mí, como religiosa, tiene sentido porque expresa una entrega total a Dios. En el caso de los sacerdotes, creo que es un tema que la Iglesia deberá seguir discerniendo. De hecho, durante muchos siglos pudieron estar casados.
—Pero si el amor se multiplica, ¿un sacerdote con familia estaría menos entregado?
—No necesariamente. El amor nunca se divide, se multiplica.
—Entonces, ¿una religiosa que se enamorara estaría menos entregada a Dios?
—Nuestra vocación consiste en seguir el modo de vida de Jesús: pobreza, obediencia y celibato. Ese es el camino que elegimos. Pero personalmente no creo que una familia impida servir a la comunidad, es un tema que la Iglesia deberá seguir discutiendo.
—¿Por qué no quisiste ser madre superiora?
—Uno no elige. Lo fui por un tiempo, pero vamos rotando. Si me lo vuelven a ofrecer tendría que aceptar, pero sería un plomo porque necesito mi libertad para hacer las cosas que hago y ese puesto esclaviza mucho. En septiembre, por ejemplo, voy a Santiago del Estero y ya estamos juntando cepillos de dientes, dentífricos, jabones y shampoo para los chicos.
—Aprendí un montón de cosas. Te agradezco tu disposición para charlar tan abiertamente. ¿Te sentiste cómoda?
—Súper.
—¿Sos una mujer feliz?
—Ultra feliz. Tengo problemas, como cualquiera, pero me levanto todos los días agradeciendo. La gratitud es el primer pensamiento que tengo cuando abro los ojos.
—Qué privilegio haber encontrado un camino que te da tanta plenitud.
—Gracias a Dios. Ojalá todos podamos encontrar cuál es nuestro
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