“Yo fui infiel en mi primera relación y me arrepiento tanto de haber hecho eso. Después, mirándola a la cara, se lo dije y me quería morir”, confesó Yeyo De Gregorio en una charla íntima en Casino Deluxe, el ciclo de entrevistas de Infobae.
Su nombre real es Stéfano De Gregorio. Es actor, conductor, streamer y creador de contenido. Inició su carrera artística siendo apenas un niño y se convirtió en una de las figuras más reconocidas de las ficciones de Cris Morena gracias a sus participaciones en Floricienta, Casi Ángeles, Rincón de Luz y Chiquititas Sin Fin.
A lo largo de los años construyó una extensa trayectoria en televisión, teatro y cine. Además, tuvo un paso por el fútbol en España antes de regresar a la Argentina. En la actualidad, dirige de una agencia de publicidad y marketing que representa a artistas e influencers, consolidando también su presencia en el streaming y las plataformas digitales.

Un millón de dólares
—Soy difícil para darte la platita. Acá te la tenés que ganar contando tus verdades y tus historias más sinceras. Es un millón de dólares, así que primero me tenés que convencer para qué la usarías.
—¡Qué lejos que estoy del millón de dólares! Pero lo primero que te voy a responder es que lo usaría para recorrer el mundo con mis papás. No de mochilero sino a todo trapo. Recorrerlo bien: hoteles buenos, ir en business, alquilar auto. Donde mamá quiera comer...
—Pero te vas a gastar el millón de dólares.
—No, no. Porque necesito invertir también algo. Necesito comprar alguna propiedad.
—Y necesitás 150 o 200 mil dólares para el viaje, pensando en no recorrer todo el mundo sino 3 o 4 países de cada continente.
—Está bien. Aparte está mi hermana también, así que somos cuatro.
—Te quedan regios 800 mil dólares para invertirlos.
—Bueno puedo ajustarlo un poco. Nosotros no estamos acostumbrados a ir en primera, no viajamos nunca en primera (risas). Podemos ir en clase turista, pero el hotel va a estar bueno, los restaurantes también...
—Pero me dijiste: “Lo que mamá quiera comer, a lo que quiera ir, que viajemos cómodos”.
—Para mí ya ir a recorrer el mundo es tope de gama. No importa cómo vayamos, pero vamos. Es más, los vuelos internos, todos con descuentos, todos en maquinita, olvídate (risas). En todo lo que se puede ahorrar, se ahorra. Pero no se va a escatimar en un lindo restaurante, una salida, una obra de teatro.
—Bueno, cerramos en 150. ¿Qué hacés con el resto?
—Bueno, lo que haría es compraría cinco departamentos. Comprando cinco, por ahí puedo sacar un buen número. Departamentos que valen 130 mil, por ahí los termino sacando 100, porque te pongo las 500 vivas de una.
—¿Le comparías al mismo constructor cinco departamentos para hacer un negocio?
—Sí. Con esos cinco departamentos ya tengo un alquiler por mes que más o menos me mantiene. ¿Y qué estamos en 650? ¡Estamos sobrados, Emilia! Tenemos 350 todavía. En vez de cinco compro seis departamentos buenos a 100 mil dólares. Y con los otros 250… No sé, yo no soy un tipo muy ambicioso con la plata.
—¿Te gustaría hacer algo vinculado al deporte?
—Puede ser. Tengo muchas ganas de ponerme un club de pádel porque con mi grupo de amigos y con la agencia y varios actores, formamos como una linda comunidad. Somos como una familia de 70 u 80 personas que siempre vamos juntos a todos lados, armamos eventos y vamos todos. Y como el pádel me gusta mucho y jugué toda la vida… Armaría como un pádel con cuatro o cinco canchas y con una buena confitería adelante. Sería como un club social para juntarse, para hacer eventos, juntarse a ver partidos, poder hacer previas. Y obviamente para jugar al pádel, para hacer torneos...
—¿Es verdad que vivís en un hotel?
—Hace 11 años que vivo en un hotel.
—Me imagino que ya te conocen todos ahí.
—Tengo 20 mamás en el hotel, son todas un amor. Y todos también. Son todos unos genios, la verdad.
—¿Por qué te mudaste? ¿Vos fuiste de la casa de tu mamá y tu papá directo ahí?
—Al hotel, sí (risas).
—Vos querías que te sigan mimando. No querías sentirte solo en cuatro paredes.
—Todo surgió cuando yo me estaba por mudar solo. Tenía 19 años, casi 20, me estaba por mudar solo y surgió por una anécdota que terminé durmiendo en ese hotel. Me despierto en ese lugar y veo que es como un departamento. O sea, no era una habitación de hotel. Y ahí se me prendió la lamparita y dije: “Che, acá podría vivir yo”.
—¿Cómo fue? ¿Lo pediste? ¿Cómo lo hablaste?
—Y la historia es muy graciosa. Termino bajando a recepción, dejo mi nombre para que me hablen, que tenía ganas de hacerles una propuesta porque me gustaría vivir ahí. Y no lo tomaron muy mal. Me dijeron que ha vivido gente ahí. Pero el tema es que al otro día ni me escribieron. Entonces, me fui con un bolso con equis cantidad de dinero en su momento muy decidido. Y le dije si podía tener una reunión con el gerente del hotel o el dueño, con el que esté. Me tuvieron esperando un ratito y me dijeron: “Sí, subí, te esperan en el piso uno”. Cuando entré, me encontré con un póster de Vélez. Ahí dije: “Esta es la mía. Acá ya está”. Pegué muy buena onda con el gerente del hotel, le conté que yo soy fanático de Vélez y justo él también medio era representante de algún que otro jugador de Vélez, que también los conocía. Entonces, le dieron buenas referencias mías y yo le dije: “Mirá, yo soy un pibe sano, no ando mucho de noche y quiero vivir acá porque voy a tener servicio de sábanas, de toallones, tengo desayuno. La verdad que voy a cumplir 20 años, no me veo viviendo solo, pero ya tengo que irme y esta me parece una gran opción”. Entonces, saqué el bolsito y le dije: “Te traje acá”...
—Toda esta platita.
—“Esto es para pagarte seis meses. Obviamente, te podés arrepentir. Si al mes, la gente del hotel te dice: ‘Che, no va el pibe esto o lo otro’, bajo, hacemos lo que tenemos que hacer y todo bien. Pero vas a ver que no. Vas a ver que me van a querer”, le dije.
—Y te ganaste el corazón de todos.
—Y sí, gracias a Dios, sí.
—¿Te hacen comidas especiales? ¿Cómo haces con el almuerzo, cena?
—No, almuerzo y cena me manejo yo. Tengo cocina. Es un apartamento con dos habitaciones.
—Es un famoso apart-hotel.
—Igual, no cocino, la verdad. La única vez que cociné fue cuando me fui a vivir a Europa, que estuve un año y medio ya allá, y ahí sí. Pero porque los supermercados de Europa, es mucho más fácil todo. Te la dejan medio servida en bandeja.
—Pero te mudaste en un punto para tener como una familia hotelera que te esté asistiendo un poquito y que no sea un choque abrupto pasar de vivir con una familia a vivir solo, pagar las cuentas, lavarte la ropa, tener la heladera llena...
—Y aparte la ubicación es muy buena para todo lo que es el gremio mío. Estoy muy bien ubicado ahí. Entonces, me cerraba por todos lados, la verdad. Y al mes ya era el pibe más feliz del mundo. No iba a querer ir más. Estaba muy bien, la gente del desayunador es divina, los conserjes de recepción, las chicas de limpieza también, muy buena gente, toda gente laburadora. Y yo soy muy empático, muy sociable con la gente.
—¿Alguna anécdota que te hayan bancado la gente del hotel? ¿Alguna cosa un poco más que se rompieron un poco las formas?
—Te voy a decir una light y una no tan light. La light es que varias veces me bancaron cuando el desayuno ya estaba terminado, con la puerta cerrada, y yo asomaba la carita por el espejo y les decías: “Por favor”. Ahí me abrían y me decían: “Servite rápido y volá”. Eso está bueno, porque hay veces que me levanto un poco tarde y...
—¿Te dejan entrar a la cocina, por ejemplo, si no llegás al desayuno?
—Voy y saludo a Mati, al cocinero, que es un capo. Por ahí paso a saludarlo. Pero no, no se si no me dejan. Yo no me paso. Hasta donde veo que me dan, voy.
—¿Y la otra, más heavy?
—Una vez me llama el conserje hace muchos años porque había un altercado y me dice: “Volá por el ascensor de servicio. Volá”.
—¿Un altercado de qué tipo?
—Había pasado una situación, por eso te digo, no te la voy a contar del todo.
—¿Pero un altercado que no tenía nada que ver con vos?
—Tenía que ver conmigo. Y me dijo: “Volá por el ascensor de servicio y andate. Después me lo vas a agradecer”. Y salí así como estaba. Estaba en shortcito, salí por el ascensor de servicio, bajé, me subí al auto y por las dudas me fui. Y después sí, se lo tuve que agradecer. Le llevé una botellita a Juancito.
Yo nunca, nunca
—Este es el juego de Yo nunca, nunca que me imagino que conocés. Si hay algo que hiciste, tomás y me contás la anécdota.
—Sí, alguna vez lo jugué (risas). Dale.
—Yo nunca nunca conviví con un mono.
—Sí (risas). No sabés lo que me pasó. Esto fue en Floricienta.
—¿Cuántos años tenías?
—Tenía 9. No me acuerdo si fue primera temporada o segunda. Me voy a tirar que fue la primera cuando estaba el Freezer, Juan Gil Navarro. Y tenía que hacer una escena con un mono. Entonces, el mono me lo traen un día antes, como para que yo pegue buena onda.
—¿Un mono tití? ¿De esos chiquitos?
—Un mono de verdad. No sé la diferencia entre mono tití. Pero sí, era chiquito, divino. No sabés cómo me llevaba con el mono. Bárbaro. O sea, el día anterior, en el camerino, el mono conmigo estaba culo y calzón, perdón por la palabra. Nos llevábamos bárbaro. Yo dije: “Listo, ya está, quiero tener un mono”. Porque posta nos llevábamos muy bien. Cuestión que al otro día empiezo a grabar, a la tarde y llegaba el momento de la escena del mono. Yo estaba grabando y lo veo al chabón con el mono entrar al estudio y digo: “Qué bien, mi amigo el mono”. Entonces, me pasan el mono a mí, estamos ensayando y estaba todo bárbaro. Todos muy sorprendidos, diciendo: “Che, mirá qué bien Stefano con el mono”. Cuestión, cuando dicen acción y me subo al mono al hombro, ¡me pega una mordida!
—¡No puede ser!
—No sabés la mordida que me pegó. Es el día de hoy que…
—¿Te dejó cicatriz?
—No, no me dejó cicatriz.
—Pero tenés como una sensibilidad rara ahí.
—Es una locura, no sabés lo que fue el momento. Obviamente, tuvimos que cancelar el momento, porque yo…
—¿Te salía sangre?
—Sí, sangre por los dos colmillos me clavó en el dedo.
—¿Y qué hizo? Te mordió, te miraba y se fue por ahí.
—La verdad que no sé, porque yo pegué un grito. No sé si me puse a llorar o qué, pero dije: “Sacame este mono de acá, no me traigas más, no grabo nada”. Me di vuelta mal ahí, porque dije: “Si me mordió una vez, ya está, me puede morder diez veces”. ¿Vos entendés que el día anterior estábamos bárbaro?
—Pero algo pasó ahí con el cuidado. Imaginate, pobre mono, no tendría que haber estado ahí realmente.
—Sí, yo tenía 9 años. Por ahí me pasé un poquito de confianza, ¿eh? Y me mordió, me mordió la mano.
—Te perdonamos igual porque tenías 9 años, eras un niño...
—Igual ahí en el momento, con la producción que teníamos, me desinfectaron la herida y todo bárbaro, ya está. Fue una pavada, pero la anécdota sí fue graciosa (risas). Y cada vez que veo un mono tengo la mejor, pero de lejos, porque me quedó eso. Lo mismo me pasó con los perros, que yo soy amante de los perros, soy enfermo de los perros. Pero de chiquito una vez me mordió uno, entonces, les tengo un poco de respeto, ¿viste? Amo los perros. Ojalá que nunca más en la vida me muerda ninguno. Pero desde que me pasó eso, como que me quedó decir: “Che, estamos seguros de que con el perro este está todo bien”.
—Pasemos a la segunda: Yo nunca, nunca fui infiel.
—Yo fui infiel en mi primera relación y me arrepiento tanto de haber hecho eso…
—¿Tuviste en tu primera relación una persona pública? No me acuerdo.
—No, ninguna de mis relaciones fueron públicas. De hecho, fue con la persona que más aprendí cosas en mi vida con mi primera relación. Porque mi primera relación me llega muy tarde, a los 24 años. Yo no me había enamorado nunca y fue la primera vez que me enamoré locamente, mal. De hecho, me separo un poco enamorado. Me separo culpándome de lo que había hecho.
—¿Te separaste por esa infidelidad?
—Sí, te podría decir que sí. Fue una boludez, una cuestión impulsiva. Sí vos hoy, que voy a cumplir 32 años, me preguntás por qué lo hice, no te puedo contestar porque la verdad que fui un boludo, fui un boludo bárbaro.
—Tenías ganas y no las frenaste.
—Pero también aprendí mucho de eso. Eso a mí me enseñó muchísimo. Yo con mi primera relación aprendí todo. Hasta esa relación yo no había salido ni dos meses con una chica. Pero porque tuve una adolescencia muy vertiginosa, ¿viste? No confiaba tanto en una chica. Era difícil para mí confiar, porque yo había vivido cosas como bastante fuertes con el tema de las presencias en el interior, con lo que era la fama antes, que no es la misma fama hoy en día. Hoy en día vemos todo tan cercano con las redes sociales, pero antes era muy distinto. Vos lo viviste: no podíamos ir a un restaurante, a un shopping.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
—En mi primera relación estuve casi cuatro años enteros y fui muy feliz, aprendí muchísimo. De hecho, terminamos muy bien. Es el día de hoy que por ahí de vez en cuando cruzamos un mensajito porque nos queremos ver bien. Yo creo que tanto mi primera relación como la segunda, no me las voy a olvidar nunca más en mi vida. Para mí fueron re importantes las dos, aprendí muchísimo. También crecí muchísimo con ellas. Entonces me quedó medio una espina, por eso no soy hipócrita y lo cuento porque me sentí muy mal con lo que había hecho. Después, mirándola a la cara, me quería morir.
—Pero te conociste un montón ahí, en una situación así. Supiste lo que querés y no querés en una relación.
—Y no permití que me perdone. Por eso cuando nos separamos, nos separamos bien. Pero yo me separé medio enamorado de ella. Yo no quería perderla, pero me obligué a hacerlo.
—Fue un acto de nobleza respecto a ella. Te diste media vuelta y trabajaste sobre vos mismo en eso y preferías no seguir una relación que vos considerabas que no era justo que siguiera.
—Exacto. Me costó muchísimo. Mal. Recién a los 27 o 28, siento que lo aprendí. Y me castigué, me autocastigué con eso. Pero hoy en día tenemos buena onda, a ella la veo muy bien, creció en un montón de cosas, hemos hablado muchas veces. Hasta con su familia, por ahí cruzo un mensaje de vez en cuando, porque se gente muy linda, ¿viste? Que, volviendo a lo que te dije antes, es gente que no me vas a olvidar nunca y que estuvieron bancándome en los momentos buenos y malos. Entonces, es una boludez terminar mal. Siempre hay que tratar de terminar bien. Lo aprendí tarde, pero es así.
Últimas Noticias
Fabián Armoa: la actualidad del vóley argentino, su encuentro con Federer y la emotiva historia con su hijo adoptivo
En Citados, el experimentado entrenador dio cuenta del momento que vive ese deporte en el país, cómo tomó la decisión de irse a vivir a San Juan y recordó el momento en que decidió adoptar a Manuel, a quien hizo debutar en la Primera como profesional

Lolo Poggio: soltera “por primera vez” a los 20, amor sin exclusividad y las peleas con Julieta
En Desencriptados, la actriz repasó su carrera desde la infancia, recordó cómo vivió su paso por Gran Hermano y habló de los desafíos de crecer bajo la exposición pública. Además, contó cómo transita esta nueva etapa de su vida, reveló los mensajes que recibe a través de las redes sociales y reflexionó sobre las nuevas formas de vincularse, poniendo el foco en la confianza, la libertad y los acuerdos dentro de una relación

Carla Peterson: “Yo no le miro el teléfono, por ahora… ”
Tiene la misma clave que su marido, pero nunca pensó en revisarle el teléfono y tampoco en esconder nada. Su papá hoy no habla ni escribe, contesta cantando y conserva la alegría, cómo es la vida con él después del ACV. Relajada y divertida sostiene sus decisiones con los años: ni lavar los platos ni hacer la cama. Una gran actriz que tuvo que pasar por Derecho, Turismo, Publicidad y un curso para ser azafata para cumplir con los mandatos

Franco Yan: “Nunca hay que perder la oportunidad de decirle a alguien cuánto lo querés”
El actor, que atraviesa un gran presente con “Margarita”, recuerda cómo fue crecer tras la muerte de su madre, reflexiona sobre el bullying, cuenta por qué eligió formarse en Inglaterra y revela los proyectos con los que busca abrirse camino como autor y productor

Tiene tics desde los cuatro años, sufrió el rechazo de la sociedad y solo el humor lo salvó: “Pensé que nadie me iba a querer nunca”
Nicolás Litman dice que cuando era un niño tenía infinidad de movimientos involuntarios en el rostro, en los brazos, en el cuello: “Era una máquina”. Fue al psicólogo, lo medicaron y padeció el acoso en su infancia por ser alguien distinto. En este capítulo de Voces, la transformación de un joven que tardó en aceptarse como quien es: “Yo era el diagnóstico, me sentía el Tourette”

