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“No jugaba a ser un nene, ya lo era”: pasó años escondiendo su verdadera identidad y sus alumnos lo entendieron sin preguntas

Su papá aún le dice el nombre de mujer con el que nació, sus hermanas aún no leyeron el libro que escribió para contar su historia y con sus alumnos no hubo nada que explicar. “Buen día, profe Mariano”, le dijeron de inmediato. En un nuevo capítulo de Voces, la vida de un docente de música que encontró en el arte su refugio para crear su propia identidad y para sanar un drama familiar

“No jugaba a ser un nene, ya lo era”: pasó años escondiendo su verdadera identidad y sus alumnos lo entendieron sin preguntas
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Durante años, Mariano Crippa sintió que vivía dos duelos al mismo tiempo. En su casa, el dolor era una presencia constante: sus padres habían perdido a dos hijos varones y, tiempo después, también murió un sobrino por la misma enfermedad genética. Mientras intentaban reconstruirse una y otra vez, él cargaba otro secreto que todavía no sabía describir. Había nacido con el nombre de María, pero desde los cuatro o cinco años sabía que esa identidad no era la suya.

Hoy tiene 41 años, es profesor de Educación Musical, compositor y acaba de publicar Un hombre nuevo, un libro autobiográfico en el que reconstruye ese recorrido. Cada capítulo termina con una canción propia porque, como dice, “todo lo que no podía decir con palabras lo empecé a escribir en la música”. Esa misma obra lo llevó a presentarse en la Feria del Libro y en congresos sobre diversidad y género en distintos puntos del país.

En diálogo con Voces, cuenta cómo fue crecer en un pequeño pueblo santafesino cuando todavía no existían conversaciones sobre identidad de género, recuerda la profunda depresión que atravesó durante la adolescencia y explica por qué la música terminó convirtiéndose en su refugio. “Yo no jugaba a ser un nene; yo lo era”, resume sobre una sensación que lo acompañó desde la primera infancia.

También habla del vínculo con sus padres, de la sobreprotección que dejó una historia familiar marcada por las pérdidas y del largo camino hasta convertirse, legal y emocionalmente, en Mariano. “Llegó un ángel disfrazado de música que me salvó”, dice. Y esa frase, quizás, resume toda su historia.

—Sos docente de música. ¿Cómo te presentarías hoy?

—Soy profesor de Educación Musical. Nací en Elisa, un pueblo muy chiquito de Santa Fe. Hoy mi ropa sigue ahí, pero vivo viajando con el arte: con mi música y con Un hombre nuevo, el libro donde cuento mi historia.

—Vamos al principio. Vos naciste con otro nombre.

—Sí. Mi nombre era María del Valle. Así me puso mi papá, por la Virgen del Valle. Crecí en un pueblo muy chico y desde los cuatro o cinco años empecé a sentir que ese nombre no me representaba. Fui un chico muy feliz, pero también crecí atravesado por dos dolores: el prejuicio por sentirme diferente en un lugar tan estructurado y la historia de mi familia.

—Tu historia también está marcada por una serie de pérdidas muy fuertes. ¿Cómo estaba compuesta tu familia?

—Éramos cinco hermanos. La mayor es Mariela; después nació Gastón, que murió a los seis meses; luego Jacquelina; después nací yo y el menor era Leandro, que falleció cuando tenía tres años. Años más tarde también murió Alexis, el hijo de Mariela. Yo siempre digo que era como un hermano para mí porque cuando nació yo tenía doce años.

—Tus papás perdieron a dos hijos y, más adelante, también a un nieto.

—Exacto. En ese momento nadie entendía qué pasaba. Eran bebés que nacían completamente sanos y, a los seis o siete meses, empezaban con convulsiones, fiebre constante e infecciones en los oídos. Mis viejos recorrieron médicos, curanderos y homeópatas buscando respuestas, pero la ciencia todavía no podía explicar qué era.

—¿Con el tiempo supieron cuál era la enfermedad?

—Sí. Muchos años después se descubrió que era una enfermedad congénita que afectaba a los varones de la familia. Pero en ese momento ellos nunca tuvieron esa respuesta. Es muy loco porque no pudieron criar a sus hijos varones y, de algún modo, la vida terminó dándoles uno.

—¿Cómo era esa casa en medio de tanto dolor?

—Éramos una familia de clase media. Mis viejos tenían el salón del club del pueblo, donde se hacían cumpleaños, casamientos y todas las fiestas. Ahí nació mi relación con la música. Me crié viendo tocar músicos en vivo. Por eso digo que mi infancia tuvo dos caras: por un lado, el arte me cobijó; por el otro, convivíamos con muchísimo dolor. Cada cual sobrevivió como pudo.

—¿Después de tantas pérdidas apareció una sobreprotección?

—Sí, totalmente. Mi mamá todavía hoy me cuida como si tuviera 13 años. Y yo la entiendo. Después de todo lo que vivieron, es lógico.

—¿Cuándo empezaste a sentir que algo no coincidía con tu identidad?

—A los cuatro o cinco años. No tenía palabras para explicarlo, pero sabía que era diferente. Yo no jugaba a ser un nene; sentía que lo era.

—¿Cómo se manifestaba?

—En cosas muy simples. En la escuela mandaban a las nenas a bordar y a los varones a carpintería. Yo quería estar con ellos haciendo un portarretrato de madera. No entendía por qué tenía que quedarme bordando. Sentía que no estaba donde quería estar.

—Pero los juegos o las actividades no tienen género.

—Ahora se habla más, pero en ese momento ni siquiera se hablaba. No podía contárselo a mis padres, a mis docentes ni a mis amigos. Cuando llegó la pubertad y mi cuerpo empezó a cambiar, me deprimí muchísimo. Me sentía completamente solo y ahí apareció un ángel disfrazado de música que me salvó, me cobijó, y empecé a volcar en canciones todo ese dolor, esa tristeza que no podía poner en palabras.

—¿Esas canciones ya hablaban de lo que te estaba pasando?

—Sí, aunque de manera inconsciente. Usaba muchas metáforas. Tengo una canción que se llama Mi otra mitad y empieza diciendo: “Más allá de lo que puedes ver se esconde mi otra mitad”. Hoy la leo y entiendo que ya estaba hablando de mi identidad, aunque en ese momento tenía apenas 13 años.

—“Aquellas noches que por ti lloré“. ¿Por quién llorabas?

—Por un amor al que nunca le pude decir lo que sentía. Por mis ausencias. Y por mis hermanos.

—El libro tiene un código QR en cada capítulo. ¿Cómo surgió esa idea?

—Quería que fuera una experiencia interactiva. Que mientras leés también escuches la canción que acompaña esa parte de la historia. Por ejemplo, el primer capítulo habla de mis hermanos y el QR te lleva a Tres ángeles, la canción que hice para ellos. Es literatura y música al mismo tiempo.

—¿Había lugar para hacer tu propio duelo en esa familia?

—Yo veía que mis viejos no podían más y no quería sumarles otro dolor. El arte fue mi escapatoria más sana.

—¿Cómo fue la adolescencia?

—Muy difícil. Cada vez me encontraba menos. En la escuela sufrí bullying, esas cosas que te decían los compañeros que dolían y cuando se enteraron de que me gustaba una chica me dejaron de lado. Me decían “marimacho”, me corregían la forma de sentarme o me decían que así nunca iba a conseguir novio, incluso los docentes. Hoy eso parece impensado, pero en ese momento era normal y encima no íbamos a los psicólogos.

—¿Podías hablar de eso en tu casa?

—No. Mis padres soñaban con que yo fuera una nena, que tuviera mi fiesta de 15, que me casara, que tuviera hijos. No quería decepcionarlos.

—¿Cuándo sentís que tocás un límite?

—Mariano no existía en ese momento. María terminó la escuela, me mudé a Rosario para estudiar el Profesorado de Música y la ciudad me abrió la cabeza, encontré libertad. Venía de un pueblo de diez cuadras y por primera vez conocí personas que sentían lo mismo que yo.

—¿Ahí ya entendías qué te pasaba?

—Sabía que me gustaban las mujeres, pero todavía no entendía mi identidad porque yo mismo tenía muchos prejuicios conmigo. El clic llegó un día dando clases. Les hablaba a mis alumnos de la importancia de cumplir los sueños y ser auténticos, y algo resonó dentro de mí: “Yo no lo estoy siendo conmigo”. Ahí empezó mi verdadero cambio.

—¿En ese momento ya habías construido una vida afectiva?

—Sí. Estuve más de diez años en pareja con una mujer. Después de esa reflexión, decidí empezar mi transición. Fui a una endocrinóloga, comencé el tratamiento con testosterona. Los hombres trans nos aplicamos una inyección cada tres meses. y también elegí agregar dos letras a mi nombre: la N y la O. Es un “no” a detenerme, por más difícil que sea el camino.

—¿Cómo fue la decisión de transicionar?

—Vi a Ale Iglesias en Gran Hermano. Verlo feliz me movilizó muchísimo. Me tomé un colectivo y me vine a Buenos Aires para averiguar cómo podía hacer yo. Pensé: “Quiero ser como él”. Cuando se lo conté a mi mamá, me dijo que si quería hacer eso me fuera del pueblo. Y yo pensaba: “¿Por qué tengo que irme para ser? Yo quiero ser en todas partes”. De ahí nació una de mis canciones.

—¿Qué es lo que le decís a tu mamá? ¿“Quiero ser hombre”?

—Ni siquiera me animaba a decirlo. Le mostré un video de Ale Iglesias y le dije: “Esto quiero hacer”. El miedo más grande de mis papás era el qué dirán. Y también atravesar otro duelo. Ya habían perdido hijos y sentían que ahora también perdían a María.

—¿Qué edad tenías?

—Treinta y siete años. Y empecé el tratamiento a escondidas.

—¿Tus papás no lo sabían?

—No. Se los conté por separado. Con mi mamá había más diálogo. Con mi papá casi no hablábamos de estas cosas.

—¿Pudiste explicarles que esa incomodidad con tu cuerpo venía desde la infancia?

—No. Apenas había podido contarles que me gustaban las chicas. Con mi papá pensé que podía reaccionar de dos maneras: enojarse o felicitarme. Hizo una tercera cosa: lloró. Creo que no sabía cómo acompañarme y yo también sentía culpa porque no quería hacerlo sufrir más.

—Pero los cambios empezaron a notarse.

—Sí. La voz empezó a cambiar y yo inventaba excusas. Decía que era el aire acondicionado, que estaba resfriado. Incluso la operación me la hice a escondidas. Les dije que viajaba a un curso del Ministerio.

—En la escuela sí decidiste contarlo.

—Sí. Primero hablé con la directora y después se informó a las familias. Los alumnos fueron los que más me acompañaron. Al otro día entré al aula y simplemente me dijeron: “Buen día, profe Mariano”. No hubo nada más que explicar.

—¿Y los padres?

—Siempre tuve muy buena aceptación. Creo que antes que cualquier etiqueta, uno es una persona y siempre respeté mucho a la comunidad, amé mucho mi trabajo, doy la vida por los chicos y la escuela. Y si vos sos buena persona y te movés desde el amor, eso también vuelve.

—¿Te preguntaron algo en particular los papás o los chicos?

—No. A veces una mamá llegaba y decía: “Seño María, acá está mi hijo”. Y el nene la corregía: “No, profe Mariano”. Los chicos no nacen con prejuicios y habladurías hay siempre, pero no viví la discriminación en primera persona.

—El colegio apoyó.

—Sí. Vivo en Elisa y doy clases en cinco escuelas rurales, en distintos pueblos. Tengo alumnos que llegan en moto, otros a caballo, otros en tractor. En una escuela tengo solamente dos chicos y damos clase abajo de un árbol mientras tomamos mate. Por eso te digo, a mí Dios siempre me cobijo.

—¿Qué edades tienen tus alumnos?

—Desde chicos de tres años hasta jóvenes de 19. Los más chiquitos me dicen “Pofe Marano” porque todavía no les sale. Una vez uno me saludó diciéndome “Hola, Mariano Moreno”, porque la escuela lleva ese nombre. Son maravillosos. Doy clases en inicial, primaria, secundaria y también enseñé en el profesorado. Entro a trabajar a las siete de la mañana y salgo cerca de las seis de la tarde. Después empieza mi otra vida, la de músico.

—¿Los más grandes hacían preguntas?

—Sí. Lo que más les llamaba la atención era cómo iba cambiando mi voz. Ellos me conocieron siendo contralto y fueron viendo cómo me convertía en barítono. Aprovechábamos eso para hablar de música, de los distintos registros vocales y también aparecía la ESI, que hoy es tan cuestionada.

—Y tan necesaria.

—Para mí fue fundamental. La Educación Sexual Integral abrazó al niño que yo fui y que nadie supo escuchar ni entender. La ESI no viene a decirle a nadie cómo vivir su sexualidad. Viene a enseñar vínculos sanos, el cuidado del cuerpo y, sobre todo, a darles un espacio a los chicos para hablar. Nadie quiere convencer a nadie de nada. Te puedo dar un ejemplo: tengo 20 años de carrera docente y no salió ningún alumno homosexual o con identidad de género diferente. Lo único que hacemos es escuchar. Un chico necesita saber que su cuerpo vale, que merece respeto y que puede pedir ayuda si algo le pasa. Eso es la ESI.

—¿Cuándo sentiste que te despedías de María?

—En un principio fue una negación elegir ese nombre. Era como decir “María, no”. Pero con el tiempo entendí que no tenía que negar a quien fui. Hoy María y Mariano conviven. Elegí ese nombre justamente porque contiene a los dos: admiro la sensibilidad y la valentía que tuvo María para atravesar tantas cosas, y también la fortaleza de Mariano.

—¿Cuánto duró la transición?

—Más o menos diez años y para mí culminó el proceso, que es muy personal y cada uno sabe hasta dónde quiere llegar con su transición: algunos solo cambian su identidad social, otros hacen tratamiento hormonal, otros se operan. No existe un único camino.

—¿Vos qué elegiste?

—Hice hormonación y me realicé una toracoplastia, que es una cirugía para quitarse los pechos y masculinizar el tórax. No sentí la necesidad de hacer una cirugía genital. Para mí, la transición llegó hasta donde yo necesitaba.

—¿El DNI lo cambiaste?

—Sí. Fui uno de los primeros docentes de Santa Fe en actualizar todos mis datos en el sistema educativo. Tenía miedo de perder la antigüedad, el trabajo, de tener que empezar de cero. Eran fantasmas muy grandes. Pero nada de eso ocurrió. Puedo mirar hacia atrás y sentir que valió la pena.

—¿Quién te acompañó en todos estos años?

—María, Mariano. Mis amigos, que tengo muchos porque valoro la amistad. Y mi familia, que la amo y me ha acompañado desde su lugar, desde donde ha podido cada uno. Y mi música, mi arte.

—Hace un rato hablábamos de Es hora de partir. Hay un verso que dice: “Siento que es hora de partir, aunque no sepa dónde ir”. ¿Es una despedida de María?

—Sí. En algún punto tuve que hacer ese duelo. Hay cosas que ya no voy a volver a vivir, como escuchar esa voz en vivo. Pero tampoco desapareció. Cuando canto esa canción hago un dúo conmigo mismo: suena la grabación de María y yo canto con ella. Es una manera de abrazar esa parte de mi historia.

—¿La extrañás?

—No. Porque sigue estando. Hoy, cuando me miro, veo a María y veo a Mariano. Los dos viven en mí.

—En el libro hablás mucho del autoconocimiento.

—Sí. Para mí la primera clave es mirarse. Vivimos pendientes de lo que hacen los demás, de producir, de correr, de cumplir objetivos. Pero pocas veces nos preguntamos quiénes somos realmente. Tenemos una sola vida y es muy cortita. Vale la pena detenerse a pensar cómo queremos vivirla.

—¿Tu familia leyó el libro?

—Mi familia no es muy lectora. Dejé el manuscrito arriba de la mesa pensando que alguno lo iba a agarrar y nadie lo hacía. Un día llegué al negocio de mi mamá, que tiene una librería, y la encontré leyéndolo. No dije nada. Tiempo después me abrazó y me dijo: “Ahora entiendo cuánto sufriste, Mariano”. Ahí sentí que el arte había logrado explicar lo que yo nunca había podido poner en palabras.

—¿Fue una forma de encontrarse?

—Sí. Y también siento que hoy pueden tener al hijo que biológicamente nunca pudieron tener.

—¿Hoy tus papás lo viven así?

—Mi mamá sí. Mi papá habla poco, pero también me acompaña a su manera. Y están orgullosos de mi camino recorrido porque saben que fue muy difícil.

—¿Tu papá ya te pudo llamar Mariano?

—No. Mi papá me dice María del Valle todavía y está todo bien. Mi mamá sí me dice Mariano.

—El libro se llama Un hombre nuevo. ¿Por qué ese título?

—Porque no habla solamente de mí. Todos podemos ser una persona nueva cada día. No me refiero al hombre por el género, sino a la posibilidad de elegir qué vida queremos tener. Yo podría haberme quedado parado en el lugar de la víctima, pero me paré en otro lado y cómo pude salí adelante, con las herramientas que tenía: la educación y el arte.

—¿Tus hermanas te acompañaron?

—Les costó mucho. De hecho, todavía no leyeron el libro. Les pregunté por qué y me dijeron que no pueden enfrentarse a todo lo que cuento. Yo respeto los tiempos de cada uno. Si algún día quieren leerlo, ahí va a estar.

—Ojalá en algún momento puedan leerlo. ¿Hoy estás bien?

—Sí, hoy me siento íntegro. La felicidad no es constante, va y viene, pero encontré mi lugar y hago las cosas que me gustan: enseñar, compartir tiempo con mis alumnos, cantar, escribir. Eso me llena.

—¿Tenés ganas de ser papá?

—Me encantaría, pero a esta altura voy a ser más abuelo que papá (risas).

—¿Estás en pareja hoy?

—Hoy no.

—Hoy no, pero te escucho hablar de los chicos y te iluminás, así que puede haber un papá por ahí.

—A veces los más chicos hasta me dicen “papá” por el tiempo que pasan conmigo. Dios no me mandó hijos, pero tengo alumnos que son como si lo fueran, porque por ejemplo, el año que viene se recibe la primera promoción completa que tuve desde sala de tres. Entraron con tres años y hoy terminan la secundaria técnica con 17. Los vi crecer y, de alguna manera, también los crié.

—Después de escribir el libro y contar tu historia, ¿qué te gustaría que se lleve quien lo lea?

—Que todo lo que hagamos sea desde el amor. Sé que hay personas que todavía no entienden estas historias. Pero cuando uno mira desde el corazón, entiende mucho más. A veces hace falta que le pase a alguien cercano para comprenderlo. Ojalá este libro sirva para abrir un poco más nuestros corazones. Hay un dicho que me gusta mucho: la sexualidad no está entre las piernas, sino entre las orejas, en la cabeza.

—No es todos contra todos.

—Exactamente. Estamos muy poquito tiempo acá, hay que ser más amorosos.

—¿Y hoy sos feliz?

—Soy feliz.

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