Damián Betular: el día que perdió toda vergüenza, la torta que le prepara a su mamá y una colección de juguetes en el lavarropas

A semanas del estreno de “Hairspray”, el pastelero habló con Infobae sobre el desafío de interpretar a Edna, los nervios de su debut teatral y el camino que lo llevó de la gastronomía a la comedia musical. Además, contó detalles de su vida personal, su obsesión por el orden, la pasión por coleccionar objetos y el estrecho vínculo que mantiene con su madre con quien habla hasta cuatro veces por día

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Damián Betular: el día que perdió toda vergüenza, la torta que le prepara a su mamá y una colección de juguetes en el lavarropas

Apenas unas semanas después del estreno de Hairspray en el Teatro Coliseo, Damián Betular atraviesa uno de los desafíos más inesperados de su carrera: interpretar a Edna Turnblad en la emblemática comedia musical dirigida por Fernando Dente. Las funciones agotadas, las críticas elogiosas y la ovación del público lo encuentran viviendo una experiencia que jamás imaginó. “Cuando llegué al Coliseo fue una mezcla de ‘¿qué hago acá?’ y ‘gracias’”, admite entre risas.

El chef pastelero que conquistó a millones en Bake Off, MasterChef y el streaming de Olga asegura que nunca soñó con terminar arriba de un escenario cantando, actuando y bailando. “Yo vine con el sueño de estudiar gastronomía”, recuerda sobre aquel chico que dejó Dolores para instalarse en Buenos Aires a los 18 años. “No me permito abandonar la cocina porque la amo y la voy a amar toda mi vida”.

Sin embargo, en los últimos años su universo se expandió mucho más allá de los hornos. Entre grabaciones, ensayos y funciones, atravesó meses de preparación física y vocal para ponerse en la piel de Edna. “Me duele todo: el taco, los movimientos, el cuello. Pero me voy feliz”, cuenta sobre una experiencia que también le abrió las puertas a un mundo desconocido: el teatro.

En esta entrevista con Infobae habla de sus padres, de su infancia en Dolores, de los nervios del debut teatral, de las personalidades internacionales para las que cocinó, de su pasión por coleccionar Legos y figuritas, de los vínculos afectivos y del momento profesional más intenso de su vida. “Hoy sí, hoy estoy muy contento”, resume.

—¿Cómo anda Edna?

—Muy bien. Cada día más consolidada. Estoy feliz con todo lo que está pasando y descubriendo un mundo lleno de empatía y buena onda. Hay un elenco espectacular que tuvo muchísima paciencia conmigo durante toda la preparación hasta llegar al teatro. Así que yo estoy feliz. Y Edna también.

—Estrenaron hace poquito y están agotados, con críticas excelentes. ¿Cómo la estás pasando?

—Muy bien. Creo que Belu Bilbao, que es la protagonista, tiene muchísimo que ver con todo esto por el talento que tiene. Y Fer Dente, desde la dirección, es súper exigente y eso eleva muchísimo el resultado. Yo lo comparo con la gastronomía: hay un estándar altísimo en cada detalle. Las luces, el vestuario, los bailarines, las voces... estoy maravillado. Todo funciona como un gran equipo y eso hace que la obra sea extraordinaria.

Damián Betular
Damián Betular acana de estrenar Hairspray: “Me duele todo: el taco, los movimientos, el cuello. Pero me voy feliz” (Maximiliano Luna)

—Si cuando viniste de Dolores alguien te decía que ibas a protagonizar una comedia musical y que te iban a pasar todas estas cosas, ¿qué le respondías?

—No lo hubiera creído nunca. Yo vine con el sueño de estudiar gastronomía y trabajar de eso. Después empezaron a pasar cosas que jamás imaginé: perfeccionarme afuera, entrar al Palacio Duhau, Bake Off, MasterChef, la patisserie en Devoto y, de golpe, el teatro. Con Fer Dente compartíamos estudio en Olga y un día, en uno de esos pases rápidos, me nombró Hairspray y me empecé a reír. Tiempo después me reenvió un mensaje con la playlist del musical y me puso: “¿Estás listo?”. Ahí arrancó todo. Y para mí fue muy especial porque es mi comedia musical favorita, la vi varias veces cuando la hicieron Enrique Pinti y Vane Butera. Me encanta por el mensaje, las canciones, el color, por todo. Entonces, cuando llegué al Coliseo el día del estreno, sentí una mezcla entre “¿qué hago acá?” y un agradecimiento enorme.

—¿Qué fue lo que te terminó de convencer?

—Saber que iba a tener preparación antes de empezar. Mucho trabajo en actuación, canto y baile. Arrancamos en agosto para llegar preparados a abril. Porque Edna baila, canta y tiene una exigencia física importante. Fue un entrenamiento intensísimo. Todo el verano tuvimos talleres y clases, y Fer siempre dice que función a función uno se sigue aceitando.

—¿No te ibas dolorido?

—Mucho. El taco, los movimientos, el cuello, me duele todo, pero me voy feliz. Además, aprendés un montón sobre el cuerpo, cómo estirar y prepararte vocalmente. Hay toda una rutina detrás que desconocía.

—¿En qué momento entendiste que te habías convertido en un personaje popular?

—Creo que trabajando todos los días en el local y viendo el vínculo con la gente. Ahí entendés hasta dónde llega la tele. Y MasterChef tuvo algo especial porque acompañó a mucha gente en la pandemia. Después Olga mostró una parte muy genuina mía y creo que todo eso se fue sumando.

—¿Vas al local?

—Sí, todos los días. Siempre hago la recorrida y pregunto: “¿Te atendieron bien? ¿Comiste bien?”. Y si alguien me dice “faltaría un ganchito para la cartera”, lo tomo. Me gusta estar atento a esos detalles. Creo que eso también hace que la persona que ves en la tele siga siendo real cuando te cruzás conmigo en el local.

—Me gustó esto que dijiste: el gastronómico sigue estando.

—Está y va a estar siempre. La gastronomía me apasiona: crear, pensar productos nuevos y trabajar en equipo. Hoy quizás no tengo el tiempo para estar tantas horas como antes, pero sigo muy involucrado. Y además aprendí algo: sé trabajar en equipo, no sé trabajar solo. Me pasa en la cocina, en MasterChef y ahora también en el teatro.

—¿Y en tu casa cocinás?

—En casa soy un horror. A veces termino comiendo una milanesa de soja o una lata de atún con palta porque no llego con los tiempos.

—Pero si alguien te invita a comer, caés con postre seguro.

—Eso sí. Paso por la patisserie y llevo una caja de macarons. Pero a la única que le hago una torta es a mi mamá, que no es fan de las del local. Ella es más simple y la torta que le gusta terminó entrando a la carta: se llama Carmen. Tiene bizcochuelo de vainilla húmedo, dulce de leche, crema, merengue seco y duraznos. Esa torta me hace feliz.

—¿Quién es la persona más importante para la que cocinaste?

—Para mí lo más importante siempre es cocinar para mi familia. Es una forma de dar amor. Pero profesionalmente el G20 fue un momento muy fuerte. Ahí entendí niveles de protocolo, seguridad y exigencia impresionantes. En el Duhau me tocó trabajar durante la visita de Trump. Ensayábamos durante semanas una cena para apenas unas pocas personas, con productos de excelencia y una sola oportunidad para que saliera bien. Es muy parecido al teatro: una vez que arranca, no hay segunda toma.

Damián Betular
Damián Betular con Tatiana Schapiro en Infobae (Maximiliano Luna)

—¿Qué te estresó más: cocinar para Donald Trump o la primera función de Hairspray?

—La primera función, olvidate. Cuando escuché el murmullo de 1.800 personas y se abrió el telón, respiré tres o cuatro veces antes de salir. Pensé en la responsabilidad de acordarme la letra, los tiempos y las marcas. Eso me estresó muchísimo. La gastronomía es algo que hago hace 26 años. Sea quien sea la persona, sé lo que tengo que hacer.

—¿Choluleaste a alguien?

—No nos dejan hacer esas cosas, sacarte fotos o hablar con huéspedes. Hay algo muy reglamentario en esos hoteles cinco estrellas. Pero me di un gusto con Emma Watson. Soy fanático de Harry Potter y ella se quedó con nosotros durante un tiempo porque estaba filmando en Chile. Como sabía que le gustaban los gatos, le mandaba macarons con forma de gatito a través de los mayordomos.

—¿Para quién no volverías a cocinar nunca?

—Nunca tuve una experiencia tan mala como para decir eso. Si algo no gusta o vuelve el plato, no me lo tomo personal.

—¿Hay gente que necesitaba que le prueben antes la comida?

—Hay probadores y verificadores, casi siempre chefs, que controlan mientras estás cocinando. También aprendí mucho sobre las distintas culturas gastronómicas, sus especias, sabores y formas de cocinar.

—¿Qué sería un sacrilegio que te pidan?

—(Risas). Tengo miedo de haberlo pedido yo alguna vez. Soy muy de pedir ensalada de frutas con dos bochas de americana adentro. Cuando me preguntan si quiero el helado aparte, digo que no. Así que no me puedo hacer el exquisito. La verdad es que no creo demasiado en los sacrilegios gastronómicos. Son gustos. Mi papá ama la carne bien cocida y mi mamá la prefiere jugosa. Cada uno disfruta la comida a su manera.

—¿Queso rallado con la pasta?

—Eso es más una pelea de Donato. Una vez me explicó que el queso rallado tenía que ser mucho más fino, más tipo polvo, porque yo le ponía unas tiras enormes. Pero son esas discusiones eternas como dulce de batata o dulce de membrillo. Al final, los dos son ricos.

—De batata claramente.

—Yo hago como un sanguchito: lámina de batata, queso y lámina de membrillo.

—Lo voy a probar. ¿Sentís que fuiste injusto con algún participante de MasterChef o de Bake Off?

—No. Siempre tratamos de hablar del plato y tener empatía. Sabemos lo difícil que es cocinar bajo presión y presentar algo que preparaste con ganas en muy poco tiempo. Hice cinco MasterChef, tres Bake Off acá y dos en España, y nunca me olvidé de eso.

—Si tenés que elegir tres momentos de tu vida, por fuera de lo profesional, que te hayan marcado, ¿cuáles serían?

—El primero fue cuando dije que quería estudiar cocina y mis papás me respondieron: “En dos días nos vamos a Buenos Aires a recorrer escuelas”. Tenía 18 años, era 2001 y para alguien que venía de un pueblo tan chico daba bastante miedo.

—¿Te quedabas solo en Buenos Aires?

—Sí, vivía con Pupi, una amiga, cerca del Instituto Argentino de Gastronomía. Trabajaba de noche además, porque Ariel Rodríguez Palacios me había dicho: “Mientras estudiás, trabajá también porque eso te va a afianzar mucho”. Me tomaba el 34 a las tres de la mañana o caminaba hasta Barrancas de Belgrano para tomarme el 15. Ese fue un momento muy mágico para mí.

—Que bien esos papás que apoyaron.

—Totalmente. Ese fue un momento clave. Otro fue una charla con mi abuela Pocha, que era fanática de la cocina. Me da tristeza que no haya llegado a ver todo esto porque lo hubiera disfrutado muchísimo. Y un tercero fue cuando entré a trabajar al hotel. Después de entrevistas larguísimas, en español, en inglés y pruebas de cocina, me llamaron para decirme: “Bienvenido a la familia Hyatt”. Sentí que todo el esfuerzo había valido la pena.

—¿A quién llamaste primero?

—A mamá. Siempre a mamá.

—¿Se emocionó?

—Sí. Ellos siempre me apoyaron muchísimo. Con Hairspray también. Mi mamá sigue teniendo Regalos Carmen, su boutique en Dolores desde hace cuarenta años, y mi papá trabajó toda la vida. Hoy están jubilados. No cambiaría nada de esa infancia: ir en bicicleta al colegio, caminar al boliche, seguir teniendo amigos desde jardín de infantes. El día del ensayo general vinieron todos y fue muy emocionante.

—¿Tenés hermanos?

—Florencia, que tiene seis años más. Vivimos juntos un tiempo en Buenos Aires, después armó su vida y se casó. Somos pocos, pero muy unidos.

—Preguntas porque sí, Damián Betular. La peor cita de tu vida.

—(Risas) Una que se levantaron, se fueron y nunca volvieron.

—¿Ya eras famoso?

—No. Era en un restaurante: esperé, esperé, y nunca volvió. Fui al baño a ver si estaba desmayado, no, listo, chau, gracias. No hablé más.

—¿Te levantás con la primera alarma o posponés?

—No uso alarma. Me despierto diez minutos antes de la hora que me tengo que levantar. Duermo medio entrecortado cuando sé que tengo que madrugar porque en mi familia la puntualidad es una obsesión. Y no entiendo eso de posponer la alarma cada cinco minutos. Me pone de mal humor.

—¿Te tirás las cartas? ¿Hacés alguna terapia alternativa?

—No, nada de eso.

—¿Sexo a la mañana o a la noche?

—No, a la mañana no. A la mañana un café con leche con una factura el fin de semana y por ahí fruta los días de semana. A la noche sí.

—¿Estás noviando?

—No.

—¿Tenés ganas?

—Creo que todo tiene su momento. Hoy estoy muy enfocado en el trabajo. Fueron meses de muchísimo ritmo y ahora quiero disfrutar del teatro.

—Una vez dijiste que sentías que el gran amor de tu vida todavía no había llegado.

—No, para mí cuando estás con alguien hay que dedicarle tiempo de verdad y hoy no lo tengo. Prefiero salir después de la función con el elenco a tomar una cerveza, pasarla bien y estar tranquilo.

—¿Hay alguien a quien le debas disculpas?

—No. Si me equivoco en algo, lo hablo enseguida. No me gusta guardar esas cosas.

—Si tuvieras que inventar hoy un escándalo mediático, ¿con quién sería?

—Con Sofía Gonet, la Reini. Tiene una manera increíble de contar cualquier historia. Además, era clienta mía y siempre fue súper generosa.

—¿A quién llamás si tenés un problema de verdad?

—A mamá. Y a papá también, claro. Siempre fueron muy compañeros conmigo, son gran fuente de consulta.

—¿Y cuando estás triste llorás?

—Sí, pero con cosas insólitas. Veo Mulán o Frozen y me emociono. Después pienso “no era para tanto”, pero necesitaba llorar. Y también hablo mucho con mis amigos. Soy de llamar por teléfono, no de mandar mensajes.

—¿Sos lector?

—Sí. Soy muy fan de las sagas. Harry Potter lo leí como siete veces entero. Y si sale una película basada en un libro, necesito leer el libro antes.

—¿Le tenés miedo al ridículo?

—No. Después de disfrazarme de La Sirenita en el streaming perdí toda vergüenza.

—¿Cómo llegaste a ese mundo?

—Los Cella aparecieron un día en la patisserie y me propusieron hacer un programa. Yo no me veía conduciendo, pero se armó el equipo con Nati Jota, Homero Pettinatto y Eial Moldavsky y apareció una química muy linda. Los adoro. Después tuve que dejar porque el nivel de exigencia de Hairspray requería toda mi atención.

—Te llevo un karaoke ¿qué cantás sí o sí?

Hairspray ahora. Pero también mucho Madonna, Shakira, Luis Miguel. Me gustan mucho los latinos. Hago “A mi manera” de María Marta Serra Lima, me sale hermoso. El karaoke es un gran entretenimiento para un cumpleaños.

—Si pudieras robarle un talento a alguien, ¿qué elegirías?

—Algo relacionado con la tecnología, a alguien como Steve Jobs. Me impresiona la gente que agarra un teléfono y hace magia. Yo apenas sé mandar un mail.

—¿Mentiste alguna vez para conseguir un trabajo?

—Sí. Dije que tenía un inglés perfecto y claramente no era tan perfecto. Se dieron cuenta enseguida. Pero me dijeron: “El trabajo es tuyo, prometeme que lo vas a mejorar”. Y cumplí.

—¿Cómo es Wanda trabajando?

—Gran compañera. Muy puntual, muy respetuosa, siempre con una sonrisa y muy clara con los roles. En un programa con tantas horas de grabación, tantos meses, eso se valora muchísimo.

—¿Ser querido o ser respetado?

—Querido.

—¿Que te recuerden o que te extrañen?

—Que me recuerden.

—¿Lavar siempre los platos o doblar la sábana ajustable?

—Las dos me encantan. Yo no me voy de mi casa sin hacer la cama y ventilar. Me levanto, abro, aunque haga menos 20 grados, cambio de aire, almohadones, cama y me voy. Y platos me pongo guantes y es como una terapia.

—¿Tenés un TOC con el orden?

—Sí, totalmente. Con mi casa y con el orden. Dificilísimo.

—Te invito a comer a mi casa, tardo en levantar los platos...

—Ay, me muero. Para mí la sobremesa es sin platos. Charlá todo lo que quieras, pero yo mientras voy levantando.

—¿Sexo todos los días o una vez cada tres meses?

—Todos los días tampoco, pero cada tres meses es muchísimo. Bueno, todos los días entonces.

—¿Dar o recibir un baile erótico?

—Si doy un baile erótico salen corriendo todos. Aunque con el entrenamiento de Hairspray, creo que ahora podría intentarlo.

—¿Viajar al pasado o al futuro?

—Al futuro. Aunque trato de vivir mucho el presente. Con los años perdés gente querida, amigos, y eso te enseña que hay que aprovechar el ahora.

—¿Qué le preguntarías al Betular de dentro de veinte años?

— Primero si seguimos acá. Y después cómo está el mundo.

—¿Ser la persona más rica o la más divertida del mundo?

—La más divertida.

—Completame esta frase: “La persona que más me cambió la vida fue…”

—Mi abuela Pocha. Me hacía sentir seguro. Fue un sostén enorme y reforzó muchas de las decisiones que tomé.

—“Cuando estoy solo de verdad yo…”

—Disfruto mucho de mi tiempo conmigo mismo.

—¿Lo que más me cuesta admitir es?

—Que me equivoqué en algo (risas).

—¿Sos cabezadura?

—Mucho. Ahora estoy obsesionado con el álbum de figuritas. Tengo un Excel para organizar las repetidas y el domingo voy a Parque Rivadavia y cambiarlas. A mis compañeros de teatro los obligué a comprar el álbum y cambio con ellos y sus hijos.

—¿Coleccionás algo más?

—Legos, cosas de Harry Potter, útiles escolares, libros para pintar. Amo coleccionar, me conecta con una parte muy linda de mi infancia.

—¿Los Lego los coleccionás armados?

—A veces los desarmo, los lavo y los vuelvo a armar siguiendo el manual. Guardo todos.

—¿Por qué los metés en el lavarropas?

—Porque juntan tierra, sobre todo los autos. Me ayuda a despejarme. Tengo todas las bolsas rotuladas: Ferrari, Aston Martin, Harry Potter.

—¿Cuál es la pregunta que más te molesta que te hagan?

—“¿Sos feliz?”. Porque nadie es feliz todo el tiempo. Migue Granados me la hace a propósito. Hay momentos de felicidad enorme y otros en los que perdés a alguien querido y cuesta mucho seguir.

—Lo viviste, a vos te pasó.

—Sí. Y creo que está bueno mostrar esa transparencia. Siempre trato de transmitir alegría, pero también entender que no todo es felicidad permanente. Por eso me emociona cuando alguien me dice que lo acompañé en un momento difícil o que le hice pasar un rato mejor. Ahora también me pasa mucho a la salida del teatro.

—¿Te gusta la salida del teatro?

—Ay, me encanta. Es el contacto más directo con la gente y pasan cosas hermosas, sobre todo con los chicos, que me dicen que me vieron en la tele o me traen una figurita de Messi. Y la llamo automáticamente a mamá para contarle, hablo como cuatro veces por día.

—¿Te sorprende todavía el cariño de la gente?

—Todo el tiempo. Sobre todo en los pueblos, donde te reciben como si fueras parte de la familia.

—¿Te imaginas papá?

—No. Disfruto mucho de los almuerzos familiares, de mis ahijados, de compartir tiempo con hijos de amigos, de armar un Lego o cambiar figuritas. Lo hablé en terapia y hoy no lo siento.

—Es recontra válido no querer.

—Sí, totalmente. Hoy te diría que no.

—¿Cómo es ser empresario en Argentina?

—Es un día a día. Es un desafío diario. Hay que reinventarse todo el tiempo, generar ideas nuevas y estar muy presente. El público argentino es exigente y un cliente que se va disconforme muchas veces no vuelve. Por eso insisto tanto en escuchar a los equipos y a los clientes. Nosotros trabajamos mucho con colecciones estacionales porque siempre buscamos ofrecer algo distinto. Y se viene una colaboración muy linda con una película que está por salir, que todavía no puedo contar.

—¿Qué le harías de comer a Javier Milei?

—Nunca cociné para presidentes argentinos, así que no lo sé. Igual escuché que en las reuniones sirven milanesas y esas cosas. Y yo siempre digo que está mal comer mientras hablás de trabajo. Eso lo aprendí en hotelería. Primero disfrutás la comida y recién en el postre hablás de lo importante.

—Lleva mucho tiempo la preparación de Edna.

—Llevaba. Ahora ya tenemos más ritmo.

—¿Hay un ritmo que todos fueron adquiriendo?

—Sí. Arranco con maquillaje, después peluca, rellenos, vestuario. Tengo cuatro cambios de peluca y cuatro de vestuario durante la obra.

—Salís y tenés que tener un séquito de gente.

—Sí, pero le pasa a todo el elenco. Los cambios son rapidísimos y nadie resignó nada. Fer Dente decía: “Hay que llegar”, y llegamos.

—¿Qué divismo te permitís?

—Pedir un café con leche. Nada más. El camarín lo decoré yo.

—¿Y en la vida?

—No tengo mucho divismo. Parece que sí, pero no.

—¿Viajás y qué pones en profesión?

—Chef, pastelero. ¿Qué tendría que poner ahora? Sigo poniendo pastelero.

—Ya que te gusta tanto que te lo pregunte ¿sos feliz?

—Hoy sí. Hoy estoy muy contento.

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