“Me duele sentir que no llegamos a tiempo”: tiene 20 años y lucha por defender el derecho de los niños a seguir siendo niños

Pasó de la burbuja de una infancia privilegiada al impacto de ver nenes que no conocen las vocales en el monte santiagueño. Ese cambio en su mirada y el miedo a la indiferencia social le dieron forma a la historia detrás de “Volver”, la organización que lidera bajo una regla de hierro: “Si no vas a volver, no vengas”. En un nuevo capítulo de Voces, Lupe de la Cuesta cuenta cómo esa conciencia se transformó en responsabilidad para que el olvido no sea el destino inevitable de cientos de chicos

“Me duele sentir que no llegamos a tiempo”: tiene 20 años y lucha por defender el derecho de los niños a seguir siendo niños

Lupe tiene siete años y escribe cuentos. Es hija de una profesora de letras y viven en una posición acomodada en la provincia de Buenos Aires. Va a un colegio privado y sabe que tendrá la posibilidad de elegir el rumbo de su historia. Maia tiene siete años y no conoce las vocales. Vive en Añatuya, un pueblo en Santiago del Estero. Cuando Lupe y Maia se conocen, Lupe ya tiene dieciseis. Recuerda lo que ella hacía a la edad que en ese ahora tiene Maia. Descubre que hay una diferencia sustancial entre ellas. Se lo cuestiona. Piensa que tal vez haya una distancia insalvable. Hasta que Maia dice que le fascina el color rosa, el favorito de Lupe, y se ponen a cantar juntas canciones de Tini. La brecha se reduce y congenian.

Lupe vuelve de ese viaje a Añatuya con una preocupación. Es una duda existencial y genuina. Sabe que probablemente la experiencia gratificante que parió en el pueblo se disolverá con el paso del tiempo. Presume que será un desenlace inevitable. “Nos vamos a olvidar de que hay chicos viviendo así y nos vamos a convertir en lo que criticamos”, cree. Lo cuestiona. Lo rebate. Lo discute. Y comprende que no es imposible volver. Vuelve y vuelve a volver. Ahí nace “Volver”, una organización que -según su propia descripción- lucha para que los chicos sigan haciendo cosas de chicos.

PUBLICIDAD

Entre cada vuelta, las ganas de hacer que chicos sigan haciendo cosas de chicos se multiplican. “Volvimos con el corazón rebalsado. Nos sentíamos llenos”, dice. Ese entusiasmo, ese desborde lo trasladan a un hogar del barrio de Parque Chas, llamado María del Rosario, que dirige una profesora del colegio. Empiezan a hacer ahí lo que hacen en el paraje santiagueño. “Llevábamos hilos encerados y hacíamos pulseras. Llevábamos masa y jugábamos con masa. Llevábamos soga y saltábamos la soga. Pelota de fútbol y jugábamos al fútbol”, relata. Y lo que empieza, se sigue. Porque “nos llamamos Volver, si no vas a volver no vengas”.

Read more!

Lupe es Lupe de la Cuesta. Tiene 20 años. Conduce un grupo de treinta voluntarios en la organización Volver, es referente de un adolescente de catorce años de un hogar y cuenta que todo lo que hace nació de los viajes de servicio con el colegio San Andrés, de Olivos. “Cuando tenía doce años fuimos a una escuelita en el Delta. Y creo que desde el primer momento donde vos te enfrentás a niños, ves que de repente sube el río y no pueden llegar a la escuela, algo que a nosotros nunca jamás nos había pasado. Hay algo de entender que soy una privilegiada“.

PUBLICIDAD

Lupe de la Cuesta es la fundadora de la organización Volver que acompaña niños en situaciónes vulnerables.

—Qué bueno la escuela que lo incentivó.

—Es tan importante que existan estas actividades. Porque si no vos podés vivir una vida entera sin enterarte de qué hay afuera de ese círculo. Fue nuestro miedo durante mucho tiempo. Nosotros nos enteramos que hay otra cosa, que hay gente afuera que está viviendo mal. ¿Y vamos a seguir como si nada?

—¿Qué edad tenías cuando te empiezan a surgir estos interrogantes?

—Fue en mi último año de colegio, yo tenía 16 años, cuando vamos por primera vez a Añatuya, un pueblo en Santiago del Estero. Fue muy impactante ver infancias tan distintas a la mía. Me acuerdo muy bien de una chiquita que se llamaba Maia, que tendría 7 años y no sabía las vocales. Y a mí me impactó mucho eso porque me acordaba que yo a los 7 años me encantaba jugar a escribir cuentos. A mí siempre me gustó escribir, mi mamá profesora en letras, yo a los 7 años escribía cuentos y pasaba horas haciendo eso. Y enfrentarme a una chica que no sabía las vocales y al mismo tiempo después esa chica me dijo “mi color preferido es el rosa” y cantamos juntas unas canciones de Tini que estaban de moda en ese momento. Hubo algo de decir estamos o estuvimos en esta edad en una posición tan distinta y a la vez somos dos nenas de 7 años a las que les gusta el rosa.

"Fue muy impactante ver infancias tan distintas a la mía", recuerda Lupe en Infobae.

—Ahí empezaste a entender algo de lo aleatorio de donde nacemos.

—Sí, totalmente. Y lo injusto de eso. Y al volver, me acuerdo de que tuvimos una conversación con mi profesora de historia, a la que quiero mucho, -hoy me río cuando lo cuento pero en ese momento era una preocupación real-, de decir nosotros vimos lo que hay afuera de este barrio o lo que hay afuera de esta burbuja, y lo más probable es que el año que viene arranquemos una carrera en una universidad privada, y después pasemos a trabajar en una empresa, y nunca hagamos nada y nos olvidemos de esto que vimos. Lo decíamos con miedo. ¿En qué nos vamos a convertir? No podemos convertirnos en alguien que no le importe todo esto. Y eso era compartido. Era una cosa de decir “nos vamos a olvidar de que hay chicos viviendo así y nos vamos a convertir en lo que criticamos”. Viéndolo casi como inevitable.

—Todos los años tenían una experiencia social distinta.

—Sí, no sólo teníamos viajes de servicio sino que teníamos actividades como visitas a hogares, salidas con hogares. Me acuerdo una vez que llevamos a todos los chicos de un hogar al cine.

—Muchas veces uno calma algo de esa angustia desde lo económico. Pero ustedes decidieron poner el cuerpo.

—Sí. También es sumamente importante la ayuda económica, pero nosotros encontramos que lo que nos movía era estar ahí. Hay algo mío personal que más allá de injusticia, más allá de todo: a mí me encanta estar con chicos, desde siempre. Tenía 8 años y era la que cuidaba a las primitas de 3. Ahí hay algo de disfrute, de decir, quiero estar acá.

Todos los años durante su educación secundaria el colegio propuso actividades sociales, el viaje a Santiago del Estero marcó el inició del trabajo que hoy hace desde la organización Volver.

—¿Cómo empezás a plantear en tu casa estas diferencias que vivías y a entender que vivís en otra realidad?

—Yo creo que mi casa fue una casa donde la conciencia del privilegio estuvo presente. No fue algo que yo traje como ajeno. Mi mamá fue profesora del colegio al que yo fui. Y yo fui a ese colegio con una beca. Y creo que hay algo de eso, donde siempre hay una conciencia de vos estás en una posición muy privilegiada, estás recibiendo una educación sumamente privilegiada y tenés que ser consciente de que te vas a encontrar con gente muy privilegiada y muchas veces mucho más privilegiada que vos. Había algo de ser consciente de ese privilegio, de que no todos viven la misma vida. Siempre fui de agarrarme temas y querer lucharlo mucho. Entonces, mis papás siempre me escuchaban en la mesa de la comida de la noche, peleando porque, no sé, no podía creer la cantidad de casos de anorexia o que había un chico que se había ido a dormir sin comer.

—En tu casa eras la que ibas a salvar el mundo.

—Lo peleaba, sí. Y discutiéndolo también.

—¿Qué te empezó a pasar con los chicos?

—Para mí hay un magnetismo desde el primer momento de querer cuidarlos y a la vez disfrutar tanto jugar con ellos. Realmente sentarme, jugar y, más allá de todo lo que pueda haber alrededor, disfrutar ese momento como el mejor momento del día. eso es lo que lo hace tan sostenible creo.

—¿Qué te shockeó ver? ¿Qué aprendiste en ese camino?

—Algo que me shockea es la resiliencia que veo en algunos lugares. Siempre fui muy buena alumna, muy responsable, muy estudiosa pero eso nunca me fue difícil algo. Nunca me fue difícil sentarme a estudiar. Nunca tuve trabas para sentarme a estudiar. Ver chicos que tienen todas las trabas y que igual se sientan a estudiar y que igual se esfuerzan. A estos chicos que quieren que les vaya bien, hay que ayudarlos. Me acuerdo patente estar en un micro yendo a otro pueblo cerca de Añatuya y ver por el micro pasar por un rancho, ver una mesa que le faltaba una pata muy chiquita, dos nenes sentados haciendo la tarea o haciendo ejercicios en el medio de la nada, en una casa que no tiene baño.

Guadalupe de la Cuesta: "A estos chicos que quieren que les vaya bien, hay que ayudarlos"

—¿Y cómo nace el proyecto?

Volver nace porque después de ese viaje que hacemos en el último año de colegio a Añatuya, había una sensación mía, compartida creo, de decir “no puede ser que no volvamos”. El último día todos llorando porque nos íbamos, habíamos estado cinco días con los chicos de un hogar y nos despedíamos. No puede ser que estemos llorando así como si fuese imposible volver. No es imposible volver. Y con el apoyo de una profesora del colegio que me re incentivó, me re empujó, me dijo “y volvé, no es imposible, volvé”. Arranco, mando un millón de mails, organizo un millón de cosas y convoco a quince chicos con los que al año siguiente volvemos a Añatuya. Ahí arranca Volver.

—¿Imaginabas en ese momento lo que estabas impulsando?

—Ni por casualidad. Pero al mismo tiempo hoy lo pienso y tiene tanto sentido que hoy estemos acá. No imaginaba lo que iba a pasar. Es más, cuando estamos terminando ese viaje, me acuerdo de decirle a uno de mis amigos “¿salió bien, no? Podríamos volver a venir”. En ese viaje era una duda si esto iba a ser algo constante o si era una cosa de una vez y ya.

—Vos ibas desarrollando este camino, teniendo estas inquietudes. ¿Qué pasaba mientras en tu casa? ¿Qué decían tus papás?

—La primera reacción de mis papás, como todo padre, es miedo. Especialmente cuando la primera vez que voy a Añatuya yo siendo el adulto, o sea, solos. Hubo miedo de decir, ¿cómo vas a llegar? ¿dónde te vas a quedar? ¿no te va a picar una vinchuca? ¿no te va a agarrar dengue? Todos los miedos que se les pasan por la cabeza de un padre, que también desconoce mucho qué es Añatuya o qué hacemos allá. Pero ahora ya están subidos al proyecto.

—Hoy ya es una forma de vida.

—Sí, totalmente.

Eran tantas las ganas y el compromiso que una vez finalizada la secundaria Lupe organizó a un nuevo grupo de voluntarios para volver a Santiago del Estero.

—¿Cómo empiezan a trabajar con el hogar en Buenos Aires?

—Volvemos de ese primer viaje en Añatuya. En ese momento decíamos mucho “volvimos con el corazón rebalsado”. Nos sentíamos llenos. Era eso. Y era decir, de vuelta, no puede ser que algo que nos llene tanto solo lo podamos hacer cuando hay un finde largo y nos podemos escapar a Añatuya. No puede ser. Tiene que haber una manera. Y una persona que era profesora en nuestro colegio y que nos había guiado mucho en lo que era servicio comunitario, se había ido -Pri Garritano se llama- para empezar a ser directora en un hogar de niños. Y nosotros eso lo sabíamos. La seguía en Instagram, sabía que ya estaba siendo directora en un hogar. Entonces le tiro un mensajito y le digo “che, tengo un grupo de voluntarios, acabamos de volver de Añatuya, estamos muy contentos. ¿Hay chances de empezar a ser voluntarios en tu hogar?”. Y varias personas nos dijeron “arranquen tranqui, vayan una vez por mes, se van a quemar”. Había mucho una cosa de “ustedes están muy energéticos porque acaban de volver de Santiago, no se apuren porque como que esa energía se va a quemar y no va a ser sostenible en el tiempo”.

—Y hay que cuidar a los chicos de eso también ¿no?

—Totalmente. Era un planteo absolutamente coherente. Soy la primera en decir “nos llamamos Volver, si no vas a volver no vengas”. Pero yo creía, quizás una cosa medio adolescente, que no nos íbamos a quemar. Arrancamos igual yendo cada quince días, porque dijimos “vamos a escuchar a estos adultos que nos están diciendo esto”. Arrancamos yendo al hogar los sábados a la mañana, a estar, a jugar.

—¿Qué hacían ahí?

—Arrancamos muy tranquilos cada dos semanas a estar en el hogar de nueve y media a doce y media los sábados. Llevábamos hilos encerados y hacíamos pulseras. Llevábamos masa y jugábamos con masa. Llevábamos soga y saltábamos la soga. Pelota de fútbol y jugábamos al fútbol.

—¿Los chicos se enganchaban?

—Los chicos estaban copados. Pero porque los chicos no estaban acostumbrados a voluntarios tan jóvenes. Yo en ese momento tenía 17 y mis amigos 17, 18. Era un hogar donde había voluntarios pero tenían en general 40, 50 ó 60. No estaban acostumbrados a que haya un grupo de chicos con mucha energía. Así que estaban muy enganchados. Llegábamos y era gritos, “Lupe, Lupe, Lupe”, como mucha energía había.

"Si no vas a volver no vengas", pide Lupe que acompaña todos los sabados con su organización al hogar María del Rosario

—¿Cómo fue evolucionando?

—Un día hicimos una feria de ropa para juntar fondos para volver a Santiago del Estero y en esa feria de ropa estamos charlando entre nosotros, y yo digo “che, quiero hacer una salida”. Nos habían dicho en el hogar que los voluntarios hacían salidas generalmente, que en algún momento cuando conociésemos más a los chicos podíamos hacerlo. Y me acuerdo que estando en la feria de ropa le mandé un audio a la directora del hogar, a Pri, que teníamos confianza porque había sido nuestra profesora y le digo, “Pri ¿hay chance de que hagamos una salida? Pegué mucha onda yo con estas dos nenas ¿Hay chance de que pueda sacarlas un rato el finde?”. “Sí, re contra”. En el medio nosotros habíamos entregado autorizaciones, papeles. Es importante decir esto porque no es que uno llega a un hogar y saca un niño. Ahí hicimos junto con una amiga la primera salida con dos nenas.

—¿A dónde fueron?

—Fuimos a McDonald’s. Después al teatro. Y después se quedaron a dormir a mi casa. Fue muy a todo o nada la salida. Yo siempre digo qué valientes que fuimos porque nos mandamos con toda. Pero salió muy bien.

—¿Qué dijeron en tu casa?

—Al principio no entendían. Al principio hubo algo de decir “¿cómo?, ¿qué?”. Pero no porque desde un no, sino desde un “¿por qué existe esto? ¿por qué existen salidas? ¿qué es este mundo?”. Y ahí yo empecé a explicar que los chicos necesitan salir, el hogar es hermoso pero no es una familia y necesitan vivir la vida familiar. Mi papá fue “ok, dale”. Y estuvimos muy poco tiempo igual en mi casa porque llegamos tarde a la noche después del teatro, y a la mañana siguiente era sábado entonces fuimos directo al hogar. Pero ese tiempo mis papás se derritieron de ternura.

—¿Dormiste algo esa noche?

—Yo siempre duermo bastante mal cuando están los chicos en casa. Al día de hoy, con tres años adentro, siempre duermo medio mal con los chicos en casa. Viste cuando las madres dicen “una vez que tenés un hijo dejás de dormir bien”. Hace tres años que vienen a dormir, ¿por qué sigo durmiendo mal? Hay algo de no relajar del todo porque sabés que están ahí y querés que estén bien.

"El hogar es hermoso, pero no es una familia y necesitan vivir la vida familiar"

—Todos los chicos del hogar de a poquito pudieron empezar a salir, a conocer casas, a vincularse con las familias.

—Totalmente. Sí, ese primer año nosotros estábamos aprendiendo cómo hacer las cosas y éramos muy cuidadosos. Me acuerdo de que tenía un Excel con cuántas veces sacamos a cada chico, para ser más o menos justa de decir que todos hayan salido alguna vez. Hoy ya no funciona así porque tenemos la suerte de tener muchos voluntarios, entonces hasta incentivamos a que un voluntario tenga más vínculo con un chico y lo saque más. Así que ese primer año todos salieron alguna vez a nuestras casas.

—¿Qué pasa la mañana siguiente cuando los llevás de nuevo al hogar?

—No hay una angustia enorme. Eso le pasa a mi mamá por ejemplo. Cuando un par de veces mi mamá me acompañó a llevarlos de vuelta a los chicos, me dice como “ay, qué angustia o qué duro” después de pasar un fin de entero con algún chico. Y la respuesta que yo le doy a mi mamá es que te pasa eso porque nunca entraste al hogar. Nosotros que entramos al hogar sabemos que no es un lugar del terror, no es un lugar del mal. Es un lugar donde los chicos la pasan bien, donde se divierten. Y también para los chicos es su casa en estos años. Tengo mucho vínculo ponele con uno de los adolescentes y de repente me dice “ya quiero ir al hogar, estoy hace tres noches en otras casas”. Hay algo de su casa y de esa comodidad. Lo que sí me pasa a mí cuando los dejo de vuelta es extrañarlos. Sí hay una extrañitis de repente. Pero, bueno, es personal.

—Un montón de cosas te quiero preguntar. ¿Quisiste convencer a tus padres de que se anoten en el RUAGA?

—No, nunca. Sé que no es mi búsqueda que ellos hoy adopten y también sé muy bien que no es la búsqueda de ellos. Yo sí sé que a mí me gustaría adoptar cuando esté en una edad de querer ser madre. Pero también sé que es algo que no hay que incentivar ni hay que forzar, tiene que ser un deseo que esté muy firme de la persona que se anota.

—Son treinta. ¿Todos van a al hogar?

—Sí, somos un poco más de treinta pero que hay voluntarios que vienen a los viajes de Santiago del Estero exclusivamente. Hay voluntarios que vienen al hogar exclusivamente. Hay voluntarios que van a la escuelita de apoyo escolar exclusivamente. Y hay voluntarios que hacen dos o tres de estas actividades.

—¿Los voluntarios son todos tan jóvenes como vos?

—Sí, los más grandes tienen 24, 25 años.

—¿Y es una búsqueda que sean un grupo de gente joven o se puede anotar cualquiera?

—Se puede anotar cualquiera. Al ser gente joven atraemos gente joven y se arma medio un grupo de amigos que está buenísimo. Pero también en el hogar, especialmente en el hogar María del Rosario, recibimos gente más grande que arrancó a ser voluntario con nosotros y por ahí después pasó a ser referente.

Lupe con una de las niñas del hogar en el Ecoparque.

—Contemos qué son los referentes.

—Yo soy referente de uno de los chicos. Los referentes afectivos son familias que son voluntarios en el hogar, pero que tienen vínculo con un chico o un grupo de hermanos en particular. O sea, en vez de sacar a todos los chicos o a cualquiera, sacan a un chico o a un grupo de hermanos siempre, idealmente todos los fines de semana. Nuestro hogar tiene la suerte la verdad de que hay muchos referentes. Cada chico tiene más de una familia referente. Entonces, esto igual, yo digo tiene la suerte, bah, nosotros funcionamos así y funciona. Hay otros hogares que funciona distinto y que les funciona y que está buenísimo. Hay hogares que funciona que el referente los pasa a buscar el viernes y los lleva de vuelta domingo a la noche y eso es todos los fines de semana y quizás es un rol más demandante en ese sentido. En nuestro hogar no es así sino que todos los referentes tratan de sacar al chico todos los fines de semana pero de repente un referente lo saca el sábado, el otro el domingo. No es esto de llevarlo a tu casa todos los fines. Pero sí, es un rol que a mí me encanta. Pero también es un rol que yo siempre le tuve, durante mucho tiempo fui voluntaria sin ser referente. Y es un rol que siempre le tuve mucha admiración, de conocer a referentes y ver el trabajo que hacen con los chicos. O sea, cómo cambia el chico en dos años de recibir amor de parte del hogar, pero también y muy especialmente de parte de los referentes.

—No demos los nombres reales de los niños, inventémoslo si querés.

—Sí, Santiago, pongámosle.

—¿Santiago cuántos años tiene?

—Tiene 14. Es grande.

—Es un adolescente, ¿Cómo nació el vínculo entre ustedes?

—Fue muy curioso porque tuve mucho vínculo con él por tiempo antes de ser referente. Podríamos decir que fui referente durante mucho tiempo hasta el título. El vínculo arranca porque él un verano les habían mandado un cuadernillo del colegio para hacer tarea y entrar al año más acomodados. Me puse con él y otra nena que estaba en su mismo grado a ayudarlos con la tarea, a hacerles apoyo escolar. Después vino otra maestra que también les hacía apoyo escolar y él me pidió, “¿puedes hacerme apoyo escolar a mí?”. Y yo dije “bueno, dale”. Hicimos eso. Entonces yo arranqué a hacerle apoyo escolar a él solo y fue un verano entero de una intensidad con el apoyo escolar. Era todos los días apoyo escolar. Se terminó el cuadernillo y vamos a McDonald’s. Ahí empezó. Yo ese año pedí en el hogar si podía hacerle apoyo escolar de manera constante, no solo en el verano. Me dijeron que sí. Arranqué a ir una vez por semana al hogar para hacer apoyo escolar con él. Y empezó una cosa de si aprobás esta prueba, hacemos una salida y festejamos; si aprobás todo en el boletín, te llevo al Parque de la Costa. Él es parte de un grupo de cuatro hermanos que tenían una pareja que eran referentes de los cuatro y después cada uno tenía referentes individuales. Y él era el único que no tenía un referente para él solo. Eso lo noté, él me lo dijo y medio que empecé a suplir ese rol en el interín de que le estaban buscando un referente. Yo no pensaba ser su referente. Pero en ese interín yo dije “lo voy a sacar más a él porque claramente hay una falta acá, están buscando un referente”. Y fue el año pasado recién que le pusimos el título.

—¿Hay comunicación cuando uno no va al hogar? ¿Los adolescentes tienen celular? ¿Cómo es?

—Sí, los más grandes tienen celular. Siempre es una ida y vuelta porque adolescentes es típico que se les rompe, que no sé qué, que no sé cuánto. Entonces tenemos periodos cuando tienen celular y periodos donde no. Pero hay mucha comunicación con el hogar. A mí, mi cosa preferida con Santiago es llevarlo a los partidos de fútbol. Él hace fútbol en un club y a mí me gusta eso. No solo me gusta llevarlo sino que me gusta tener esa constancia de saber cómo viene la liga, de estar metida en todo eso.

—¿Viene de una historia difícil Santiago?

—Sí, o sea, todos los chicos vienen de una historia difícil. A mí me duele... Nosotros tenemos una forma de hacer las cosas: cuando los chicos ingresan tratamos de saber lo menos posible sobre su historia. Esto no aplicaría a alguien que trabaja en el hogar o a un trabajador social. Lo digo nosotros como voluntarios. Sí cosas puntuales que hay que saber, como por ejemplo si viene de un caso de abuso sexual. En general te avisan porque es algo que tenés que saber por cómo se va a manejar el chico. Pero no saber detalles. No nos gusta saber la anécdota. Porque si sabés la anécdota es muy difícil no encarar el vínculo desde la lástima. Entonces nos gusta conocerlos por lo que viene, por lo que es hoy: un pibe que le encanta jugar al fútbol, que es de River, que no sé qué, que no sé cuánto.

—Y que si ellos tienen necesidad de contar algo, lo cuentan.

—Así es como nos vamos enterando en general. Con Santiago tengo mucho vínculo y de repente te va largando cositas. Situaciones de que me golpearon de esta manera, casos de adicciones que te cuenten cómo se drogaban los padres. Cuando ya tenés mucho vínculo con el chico, lo querés mucho y él te abre eso, hay un dolor muy grande de decir “no llegamos a tiempo”, de decir “si te hubiese conocido cuando tenías cinco en vez de cuando tenías diez…”, “¿cómo no te pudimos sacar de ahí antes?”.

—Vos me hablabas de Santiago recién y pensaba en los hogares en los que se trabaja bien: hay algo de la individualidad de los chicos que falta, esa mirada uno a uno y saber que hay alguien atrás del enrejado alentándote en un partido de fútbol que los chicos recontra necesitan.

—Sí. Y es quizás es lo que en el primer momento a nosotros nos hizo darnos cuenta de que tenemos que estar acá. Me acuerdo la primera vez que fui a verlos a un acto del colegio. Yo no iba hace mucho tiempo. No es que fui a ver a un Santiago con el que tengo un vínculo tremendo, fui a ver a varios de los chicos que iban a la misma escuela. Yo tenía ese momento libre y voy. Fui a pararme ahí a aplaudir. Pero una de las nenas, cantando desde las gradas, la cara cuando me ve y me reconoce, deja de cantar, como que salta y golpea a otra que también era del hogar, le dice “está Lupe -le leo los labios-, está Lupe, está Lupe”. Y me señala y se olvida de la canción, se olvida de todo. Fue la primera vez que yo iba a un acto. Dije “¿tenemos que estar acá? ¡Claro!”.

—Esa nena te vio y dijo “está acá por mí, me está mirando”. A veces nos cuesta mirar.

—Sí, y especialmente cuesta en ellos ese sentirse mirados de forma individual. Porque hasta el mejor hogar es una institución y hay veintidós chicos.

Lupe además de ser la coordinadora de los voluntarios de Volver es referente afectivo de un adolescente del hogar.

—Un hogar que fui a visitar que me gusta mucho cómo trabaja me decía a los chicos cuando llegan acá hay que reconstruirles la posibilidad de que sepan que tienen el derecho de elegir cosas, que pueden desear jugar al fútbol, que pueden elegir un gusto de helado.

—Sí.

—Y ahí vuelvo a esa diferencia que vos planteabas con tu propia infancia, con poder decidir y soñar la carrera qué querés estudiar.

—Totalmente sí. Yo cuando terminé el colegio justamente, me dan un premio por las notas y doy un discurso: lo que yo agradezco del colegio y de mi educación en gran parte es la libertad de elegir. Y es eso, y es entender que es algo para nosotros tan natural, porque yo nunca me cuestioné poder elegir la carrera que quisiese o poder elegir el hobby que quisiese. Y es algo tan raro, tan escaso. En Añatuya lo veo muy, muy, muy tajantemente. Conocimos a una chiquita que había entrado hace poquito al hogar, no elegía nada. Hicimos una actividad donde estábamos pintando unas bolsas y esta chiquita de 5 años, le pregunté “¿de qué color querés?“. ”No sé“. ”¿Qué dibujo querés?“. ”No sé“. Y así con todo. ”¿Qué helado querés?“. No sé. Cómo algo tan básico de alguna manera fue vulnerado.

—¿Les tocó acompañar chicos que se hayan ido adoptados del hogar?

—Sí, sí. Y es la alegría más grande. A Añatuya llevamos varios voluntarios nuevos a trabajar con nosotros, con Volver. Nos preguntaban ¿cómo hacen para seguir con tantas historias tristes? Hay historias que te juro que hacen que valga la pena todo y a cada chico que entra soñamos con que tenga una historia tan linda como algunos de los que vimos irse en adopción. Porque yo vi chicos irse en adopciones tan hermosas. Y lo merecían tanto. Todos los chicos lo merecen, no es la palabra merecer, pero chicos que vos decías “¿cómo puede ser que no tengan una familia y que lo esperaron tanto?”. Cuando llega el momento, no podíamos explicar la felicidad.

Lupe de La Cuesta junto a Tatiana Schapiro en Infobae (Adrian Escandar)

—¿Qué necesitan Lupe?

—Necesitamos siempre voluntarios. Siempre gente que se mueva, que le mueva algo adentro y que diga yo quiero ser parte de esto y que nos escriba. Y necesitamos donaciones siempre. Para eso también nos pueden escribir: donaciones materiales, si tienen algo que piensan que puede venir bien, o monetarias. Y si alguien quiere ser voluntario está bienvenido.

—De Añatuya volvieron hace muy poquito. ¿Ya se está planificando el próximo?

—Sí. Nos gusta ir. Tratamos siempre de ir en Pascua y en el Día de la Infancia. Así que bueno, tuvimos recién un viaje de Pascua y el Día de la Infancia se va venir en Agosto.

—¿Entendés que esa decisión de no mirar al costado le están cambiando la vida a un montón de chicos?

—A mí me cuesta me cuesta pensarlo así pero creo que sí. Y lo que estoy segura que entiendo es que mutuamente nos cambiamos la vida, nos cambia el propósito, el levantarnos a la mañana.

—¿En qué sentís que ellos te hicieron mejorar la vida?

—Yo creo que me dan un porqué mucho más grande. Me dan un entender para dónde estoy yendo en la vida y que es algo más grande que cualquier cosa chiquita mala que me pueda pasar. Hay algo que suena tonto pero hay algo de decir: no me fue tan bien en el parcial, no pasa nada entendés, estoy yendo para otro lado.

Read more!

Más Noticias

Maxi López: “Yo estuve enojado, todo era recontra tóxico”

Empezó a contar su historia y el público lo eligió. Estuvo más de diez años sin compartir la vida con sus tres hijos mayores por conflictos con su ex mujer. Los viajes para intentar verlos y la proximidad que nunca se perdió, por qué hoy todos quieren ir a vivir con él. Cómo recuperaron con Wanda la complicidad de cuando estaban casados. Barcos, casas, aviones y lugares exóticos, los años del fútbol en que llevaba 40 amigos de vacaciones. Maxi y Wanda, Gastón y Solange, la pelea furiosa que pudo transformarse en comedia familiar

Pablo Echarri íntimo: cuando nació su amor con Nancy, la charla pendiente con su papá y el pacto con su familia ante una provocación

El actor y productor reconstruye en esta entrevista el momento en el que comenzó su romance con Nancy Dupláa, su compañera de elenco por entonces y con quien hoy acumula 25 años de relación. El recuerdo del secuestro de su papá que despertó en él un estrés postraumático, las noches con Diego Maradona y la ideología política que lo obligó a acordar un método con su familia ante un eventual intento de escrache

Fiorella Vitelli: canceló su casamiento, quedó embarazada de un hombre que casi no conocía y formó la familia que soñaba

En Ellas, reflexionó sobre la exigencia de “poder con todo”, el peso de los mandatos femeninos y el vínculo con su mamá. Además, recordó la decisión de dejar una relación que ya no la representaba y cómo una historia inesperada cambió su forma de vincularse, confiar y construir el hogar que siempre había deseado

Cande Molfese reveló cómo cambió su mirada sobre la maternidad, habló del testamento que guarda en su celular y de las “hadas” en las que cree

En Casino Deluxe, la actriz y conductora habló sobre su deseo de formar una familia, el presente que atraviesa junto a su pareja y los cambios personales que transformaron su manera de pensar en los últimos años. Además, contó por qué dejó escrita su herencia en las notas del teléfono y compartió las experiencias espirituales que marcaron su vida

La Nena de la Fórmula 1: cómo surgió su nombre, por qué Colapinto está a la altura de Fangio y hasta dónde puede llegar

En Citados, la creadora de contenidos especializada en la Máxima contó cómo fueron sus comienzos hasta ser reconocida, analizó el fenómeno del piloto argentino y se esperanzó con el regreso de la categoría a la Argentina