Hay algo en Iván de Pineda que parece no cambiar con el paso del tiempo: una energía inquieta y curiosa que lo empuja a seguir probando y aprendiendo. A once años del debut de Pasapalabra, ese formato que “iba a ser apenas por tres meses”, hoy lo encuentra en plenitud. “Cada vez que llegamos a grabar, todo se siente nuevo, fresco, algo que evoluciona”, dice, como si siempre fuera el primer programa.
Esa frescura también explica por qué el ciclo sigue funcionando. Hay algo del juego y del encuentro que se mantiene intacto. “Siento que el estudio es como una extensión de mi casa. Podríamos hacerlo en el living con amigos y divertirnos de la misma manera”, asegura. Y en esa idea de cercanía hay una clave de su forma de trabajar, pero también de vivir.
Porque si algo lo define es el vínculo. “Para mí no hay nada más importante que la interacción. Somos seres gregarios”, plantea. No importa si es en televisión o en la calle: “Aunque sea un minuto, lo importante es el vínculo”. Incluso ese “tenemos que vernos” —tan repetido—, para él ya encierra la posibilidad de algo que puede crecer.
Esa manera de estar, de poner lo humano por delante, también explica por qué es uno de los conductores más queridos. Él lo simplifica: “Trato de ser abierto, sincero y simple en el trato. Que el otro se sienta cómodo”. Y lo sostiene con una idea clara: “Creo que lo que se ve es lo que soy”.
En paralelo, su curiosidad funciona como motor y lo lleva a expandirse. Con su nuevo proyecto Desafío Atenea -se estrenará el jueves 23 de abril a las 18:30 en Olga- encontró una forma de conectar con los más jóvenes: “Se anotaron más de tres mil equipos de todo el país y poder vivir todo el proceso fue mágico. Me permitió conectarme con una generación que es el futuro del país”.

En lo personal, esa misma lógica de construir y sostener también atraviesa su historia de amor. Lleva casi tres décadas junto a su pareja, Luz Barrantes, a quien conoce desde la adolescencia. “Tenemos una dinámica muy aceitada, es un apoyo enorme”, cuenta. Y en medio de agendas cargadas y viajes constantes, hay un gesto que se repite: “Está bueno llegar a casa y que te pregunten cómo te fue”. Para él, como en todo, se trata de estar presente: “Aunque sea un mensaje corto, preguntar cómo está el otro, hay que hacerlo”.
A punto de cumplir cincuenta, elige no hacer balances solemnes. “No lo vivo como un mojón. Siento todo muy fresco, muy dinámico”, dice en esta charla con Infobae. Y en esa mirada —liviana, curiosa, siempre en movimiento— parece estar la clave de todo.
—Me dicen que te gusta charlar con la gente en la calle, que hay un vecino activo.
—Sí, pero no solo en la calle, en todos lados. Para mí no hay nada más importante que la interacción. Lo importante es el vínculo, no importa si dura un minuto o más. Yo estoy presente hasta cuando me cruzo a alguien en una esquina. Me gustaría que si me lo encuentro en dos años, haber generado algo para que lo recuerde y me diga: ¿nosotros no nos encontramos en algún momento en tal lado? No sé, es una ñoñez.
—Hay algo de eso que hace que todos te quieran. Sos un personaje que no genera contradicciones.
—No sé, pero sí me importa que el otro se sienta cómodo y que sea genuino. Y construir desde ahí. Trato de ser abierto, sincero y simple en el trato y en la conexión con todos.

—¿Te gusta recibir gente en tu casa, sos anfitrión?
—Sí, aunque no siempre tengo tiempo, me encanta recibir, estar con amigos y familia, la paso muy bien. Soy muy gregario, me ponés enfrente de la columna ahí atrás y quizás le hablo a la columna, me gusta charlar, compartir.
—Se viene Desafío Atenea, tu nuevo proyecto con estudiantes universitarios y es alucinante lo que pasó con la convocatoria.
—Sí. Primero, por la génesis del proyecto, que surge de un lugar muy puro. Lo pensé con Deby, mi socia en la productora Kocawa. Se anotaron más de tres mil equipos de todo el país, y que hayan llegado los sesenta mejores al teatro, con todo el proceso previo —eliminatorias, cuartos, semifinal y final—, me permitió conectarme con una generación que es el futuro del país. Me parece espectacular.
—¿Cómo fue la interacción con los chicos?
—Espectacular. Además pensaba algo muy loco: si hoy tuviese 20 años, no podría participar porque no soy universitario, me tocó empezar a trabajar desde muy chico y eso no lo pude vivir, entonces fue mágico de ver el proceso ahora. La pasé genial y además aprendí un montón. No solo por los contenidos, sino por conocer a estudiantes de todo el país, con sus sueños, sus ganas, sus inquietudes. Eso también te mantiene activo, con curiosidad. Fue un día larguísimo, terminamos muy tarde y yo estaba como bueno, qué sale.
—Estabas para irte con ellos.
—Sí, olvidate.
—Te autopercibiste de 24 de repente.
—(Risas) Puede ser. Pero era eso: “que no se corte”. Y todos diciéndome “mañana grabás, tenés dos programas de Pasapalabra”. Y yo: “bueno, ¿y a dónde vamos ahora?”.
—¿Salió Tequila?
—(Risas) Ya estaba la calabaza en la puerta del teatro, transformándose. Pero lo vivo así, con esa energía. Es lo que me sale, lo que tengo adentro.
—Premiar el conocimiento en un momento en el que todo es tan efímero, el interés, la cultura.
—Eso. Por lo menos la inquietud y la curiosidad en los ámbitos en los que te quieras desarrollar o te gusten. No importa si es en la universidad o en tu vida privada. Está bueno tener objetivos, en lo que sea. Eso te va ampliando.
—¿Vos funcionas así, por objetivos?
—Me gusta ir encadenando cosas. Ejemplo ñoño, perdón, no los quiero aburrir: empiezo a leer algo, aparece un dato que me da curiosidad, voy a otra plataforma a buscar más, y termino leyendo tres o cuatro cosas a la vez. Soy un poco hiperquinético y también verborrágico.
—¿Te llevás bien con ese que sos?
—Sí, re. Con el tiempo aprendés a controlar ciertas emociones porque hay una línea fina. No puedo trasladarle mi ansiedad al otro.

—Recién hablaste de tu socia, ¿sos socio en la productora?
—Sí, hace tres años y un poco con Deby Cosovschi. Surgió de empezar a compartir un espacio profesional y personal de la vida cotidiana, a trabajar juntos y decir: “¿por qué no generamos algo propio?”. Y también generar productos y excusas audiovisuales para contar algo.
—Te tenía como conductor, no como productor.
—Hay un gran equipo en Kocawa. A mí me gusta ocupar los lugares correctos. Muchas veces vemos solo lo que pasa delante de cámara, y para mí es muy valioso comprender lo que sucede atrás, las decisiones, las dificultades. Después de tantos años me pareció muy importante también poder entender todo eso.
—¿Y qué te gusta más?
—(Risas) Acá estoy, frente a cámara. Me gustan las dos cosas. Entender lo que pasa atrás me ayuda a desarrollarme mejor adelante y está muy bueno.
—Atrás de cámara también se asumen riesgos: hay una empresa, empleados, proyectos.
—El backstage no se televisa, pero ahí hay un espíritu de trabajo enorme de equipo. Mucha gente poniendo tiempo, energía, garra y pasión para que el producto se vea increíble. Y eso implica decisiones todo el tiempo, entonces está bueno reconocer ese trabajo.
—¿Negociás con vos mismo?
—No me gusta negociar. Nos ponemos de acuerdo para muchas cosas con un montón de gente y todas las visiones son bienvenidas. Lo importante es que el resultado sea el mejor posible y ver cómo hacemos para que sea entretenido.
—¿Es verdad que no estrenaron y ya tienen planeada la segunda temporada de Desafío Atenea?
—Sí, porque esto fue pensado desde el primer momento no como un one shot sino como un proceso que va a ir evolucionando.
—¿Qué dice tu mujer de que estés siempre entre un programa y otro? ¿Le divierte?
—Tenemos una dinámica muy aceitada. Sí, le divierte, es una crack de toda la cancha, una fenómena. Después de tantos años logramos un ida y vuelta muy fluido entre lo personal y lo profesional. Es un apoyo enorme. Está bueno llegar a casa y que te pregunten cómo te fue, si estuvo bueno. Es mutuo, yo también me intereso por lo suyo. Ahora arranco a viajar otra vez, vuelvo, a los seis días viajo otra vez y en el medio tengo que grabar Pasapalabra más la preproducción de Desafío Atenea, así que no paro.
—¿27 años juntos?
—Sí.
—Es un montón.
—Pero se siente como si fuera ayer. Nos conocemos desde los 12 o 13 años, es una vida entera..
—Es desde siempre.
—Totalmente. El año que viene cumplo medio siglo, pasé casi el 80% de mi vida con ella.
—¿Se hace un festejo grande por los 50?
—No sé, todo el mundo quiere que haga algo. Capaz los recibo a todos en pijama (risas).
—Los vas a recibir en pijama.
—No sé, todo el mundo quiere que haga algo y no sé qué voy a hacer.
—¿Te divierte cumplir 50?
—No es algo que me movilice. Es una cifra que suena, sí, pero a veces suena y no pasa nada. No lo vivo como un mojón, como esos kilómetros en la ruta que van pasando. Todo lo contrario: entre lo personal y lo profesional siento todo muy fresco, muy dinámico, sin esa carga del paso del tiempo.

—¿Cómo fue la primera cita con Luz?
—Me acuerdo de que hacíamos muchos kilómetros solo por el auto y la charla. Capaz íbamos a un lugar, pedíamos unas papas fritas, una gaseosa, y la pasábamos bárbaro de una manera muy simple. No hubo una “primera cita” formal, porque ya nos conocíamos.
—Pero en algún momento entendiste que esa amistad era otra cosa.
—Sí, pero fue muy orgánico. No veo cortes o momentos definidos cuando miro para atrás. Se fue dando de manera natural. Además compartíamos todo: amigos, salidas, la vida, imaginate.
—En algún momento te diste cuenta de que estabas enamorado.
—En algún momento te empezás a dar cuenta de que las cosas van para otro lugar. Te tenés que hacer cargo (risas).
—¿Te hiciste cargo fácil?
—Sí, soy bastante de hacer lo que siento que tengo que hacer.
—A los resultados.
—Sí, ponele.
—¿Y eso sigue siendo así hoy?
—Sí, pero también entendí que uno tiene que generar. Somos como un motor: vamos creando situaciones y después elegimos cuáles tomar. A veces aparece la oportunidad —como cuando decimos “tenemos que vernos”—, pero después hay que concretarla, hacerla real. A mí me motiva ese proceso: hacer que la semilla germine.
—¿Y vos sos de escribir durante el día, de mandar mensajitos?
—Sí, estoy muy atento. Pero lo hago con todo el mundo: también con mi madre, amigos, gente del trabajo. Para mí es importante estar presente, que la gente sepa que hay alguien que se preocupa. Hoy todo es muy rápido, hay mucha información, y ese gesto mínimo suma, sino te quedás solo en el saludo de fin de año.
—¿Qué te gusta hacer en tu casa? ¿Podés frenar un fin de semana?
—Si no estoy viajando ni grabando, igual estamos pendientes de Pasapalabra, porque va toda la semana. Y sino, me gusta leer.
—¿Series mirás?
—Sí, me encanta, sobre todo ver cosas que me motiven, me gustan mucho los detalles de las series.
—¿Qué estás mirando?
—Veo de todo. Hace poco vi la película de Peaky Blinders. Y después miro series de todos lados, en otros idiomas, me gusta la fonética alemana, sueca, noruega, belga, japonesa.
—¿Las series se ven en pareja o cada uno tiene las suyas?
—Algunas compartimos, pero yo soy de los que empieza algo y lo termina. No puedo tener una serie meses dando vueltas. No te digo que me voy a ver Grey’s Anatomy entera, pero si arranco algo, lo termino.
—¿Podés dejar por la mitad algo si no te gustó?
—Lo tengo que terminar. Con los libros me pasa lo mismo, empiezo y termino.
—¿Qué hacés con las series que salen una vez por semana?
—Ahí sufro. A veces me gana la ansiedad y espero a que haya varios capítulos para verlos juntos. Y después estoy toda la semana esperando el siguiente.
—Me pasó ahora con Love Story, la serie de Kennedy.
—Vi el tráiler.
—¿Conociste a alguien? Porque vos trabajaste en Calvin Klein.
—Trabajé mucho ahí, con Calvin Klein y con Kelly Klein, que era una parte importante del equipo. Imaginate que a veces nos tocaba hacer los famosos look books, que eran como los catálogos con todos los outfits de la colección. Podían ser cien fotos y nos pasábamos días enteros en la oficina haciéndolas. Lo mismo con los desfiles o las campañas: eran procesos largos, muy dedicados.
—¿Carolyn Bessette era espectacular como se la ve?
—Hablamos de la moda en los años 90, un momento en el que pasaban muchas cosas. Y, al no existir las plataformas digitales, todo estaba envuelto en cierto misterio. Hoy vemos el backstage de todo —una redacción, un estudio, un hospital—, pero en ese entonces no. Las revistas salían una vez por mes, o incluso de manera trimestral, y una colección podía tardar meses en llegar a las tiendas. Los procesos eran más largos, por eso, cuando ves series o historias ambientadas en esa época, también redescubrís cómo se trabajaba: los looks, las dinámicas, todo tenía otro ritmo.
—Armemos un escándalo: ¿no podemos decir que eras el tercero entre Caroline y John Kennedy Jr.?
—(Risas) No. Pero sí fue una etapa muy fuerte: pasé de la adolescencia a la adultez en Nueva York, en plena mitad de los 90, con la moda y una economía muy dinámica. Si cierro los ojos, me veo caminando con el book bajo el brazo, yendo a castings, viviendo todo eso. Me formo la película.

—¿Con la plata, siempre te administraste vos?
—Sí, soy bastante personal con eso.
—¿Sos organizado, metódico?
—Sí, bastante. Llego a un hotel, aunque sea por una noche, y cuelgo todo. Si tengo que planchar mis camisas, lo hago.
—¿Te sale bien?
—Olvidate. A veces llego de un vuelo largo y en una hora tengo una nota. Pido plancha, plancho dos camisas como a mí me gusta, todo perfecto y salgo. En una vida tan desordenado en términos de traslados, abro el bolso, saco las cosas, a mí me ordena.
—¿Quién se ocupa de lo cotidiano en tu casa, los vencimientos, las cuentas?
—Hoy la tecnología ayuda mucho, sino con los viajes sería imposible.
—Está Luchi igual.
—Sí, es una fenómeno, olvidate. Tiene todo impecable.
—¿Qué te gusta de lo doméstico?
—Me gusta cocinar. Le pongo mucha garra. Y si recibo a alguien en casa, me gusta hacerlo bien, demostrarte lo importante que es que vengas a compartir un momento. Aunque sean unas papas fritas, pero que te sientas bienvenida y que esté bueno.
—Hay amor.
—Sí, a todo lo que hago le pongo eso. Suena medio cursi, pero es así. Por ejemplo, hablo con la persona que trabaja en el estacionamiento de acá al lado, a veces hablamos de música porque le gusta el rock y otro día que paso está escuchando un tema, le hago un comentario. No me limito a un “hola y chau”. Hay algo más ahí.
—¿Después de tantos años qué sentís que la gente todavía no sabe de vos?
—Nada. Creo que lo que se ve es lo que soy. No hay diferencia entre cámara y vida real. Desde muy chico, cuando empecé a trabajar en la televisión, siempre intenté ser el mismo. Lógicamente no soy el mismo de cuando hacía El Rayo o Versus porque pasó más de un cuarto de siglo, pero en esencia sí.
—¿En qué momento te encontrás hoy y nunca imaginaste estar? ¿Vos sentías que el camino iba a ser este?
—Yo quería ser abogado, dedicarme a la diplomacia, a las relaciones internacionales. Y terminé en algo completamente distinto. Entonces aprendí a acompañar lo que va pasando, sin ser rígido.
—¿Es verdad que sos piloto?
—Sí, pero recreativo. Siempre me llamó la atención. Lo hice más por curiosidad y por ganas que por otra cosa, para tener el acceso a ese mundo que está buenísimo.
—¿Desde cuándo te gustó?
—Desde chico. Siempre decía “lo tengo que hacer”, pero no se daba la oportunidad, tiempo, espacio, decisiones, cosas. Y un día me lo propuse, empecé primero con avión y después me pasé a helicóptero.
—¿Cuántas horas necesitás para tener la licencia?
—Hay un mínimo de horas para poder rendir el examen, tanto el oral como el práctico. Pero más allá de eso, están las horas que cada uno necesita para llegar realmente preparado. Y eso es distinto en cada persona. Es como una carrera universitaria: hay un tiempo estimado, pero después cada uno tiene su propio proceso. Para mí, lo importante es tener las horas necesarias para estar a la altura del desafío y hacer las cosas como corresponde.
—¿Y cuándo sentiste que las tenías, cuándo te sentiste seguro?
—Hubo un día en que se sintió natural, más orgánico. Y es lo mismo que pasa con la tele: cuando no forzás nada, fluye. En este caso, además, es una gran responsabilidad.
—¿Y lo usás como medio de transporte?
—No. Sí me pasó alguna vez por trabajo, con un equipo, pero siempre con un profesional al lado, haciendo las cosas como corresponden. No es que lo uso en el día a día.
—Pero si tenés que llegar a grabar, ¿estás preparado?
—Sí, estaría preparado. Aclaro algo: no soy piloto comercial. Soy piloto privado, son dos cosas distintas. No puedo trabajar de eso.
—El año viene cargado: viajes, Pasapalabra, Desafío Atenea…
—Sí, terminamos ahora y seguimos. Viene nueva edición de Desafío Atenea, Pasapalabra, Iván de viaje y otros proyectos. Ya estamos viendo algunas otras cositas también con Deby, con Mariel y con el equipo.
—¿Te gusta producir para otros?
—Me parece espectacular, me re nutro viendo otra gente trabajar. Hicimos Bake off con Kocawa y estuvo buenísimo. Pero lo hizo el equipo. Yo acompañé desde mi lugar.
—Bake off fue un exitazo y no saliste a ponerte los laureles.
—No, porque el trabajo fue de ellos. Está bueno entender los roles, que todos nos podamos desarrollar y aportar desde nuestros puntos de vista y saber cuáles son nuestros fuertes.
—Sos muy humilde, pero hiciste bien el recorrido.
—Trato de aprender todos los días. Esto también lo hago para aprender. A veces las cosas quizás no te salen tan bien como te gustaría y si sos ñoño más todavía.
—¿Cuál es tu mayor ñoñera?
—(Risas) Tengo varias. Pero también es una forma de mirarme con cierta objetividad, de no creerme nada y seguir creciendo.




