Alejandro Pueblas viste saco y corbata. Luce camisas y camperas. Trabaja en televisión. Tiene su propio canal de streaming. Es periodista y conductor en América y A24. Pero lo que aparece en cámara es solo la superficie de quién es, de quién fue, de qué vida tuvo, de qué hizo con lo que le tocó. En la lotería de la vida, salió sorteado para nacer en Villa Elisa hace 38 años, hijo de un padre que lo abandonó en la infancia y de quien solo conserva el recuerdo de cuando lo golpeaba con una manguera, hija de una mujer que falleció cuando tenía nueve años, hermano de un hermano que le pegaba, cuñado de una cuñada que abusaba de él por las noches.
Alejandro cenaba té con chizitos antes de dormir. Alejandro dormía en una reposera. Alejandro paría pensamientos intrusivos existenciales: soñaba con dormirse y despertarse en otro lugar. Alejandro era abanderado en el colegio y la curiosidad lo motivaba. Empezó a trabajar a los doce años: repartía soda, productos de cosmética. El problema estaba en su casa, cuando caía la noche. Hasta que absorbió entereza y enfrentó a su hermano mayor. Se defendió por primera vez y huyó de su casa. “Me liberé”. Entendió que ahora el único dueño de su vida era él.
La escuela técnica, los consejos de sus docentes, el deporte, el club de barrio, su profesor de básquet y la mirada escrutadora y celestial de su mamá muerta lo salvaron. La honra por el trabajo lo llevó de la calle a una pieza, de la pieza a un monoambiente. La pregunta de su novia sobre qué le gustaría hacer de su vida lo orientó. Relatos, entrevistas, coberturas, ocho horas al aire y la pasión por un oficio que le permitió hacer cosas que nunca hubiese imaginado, como invitar a su hija a tomar la merienda a una confitería. “Una vida muy compleja -define-. Siempre me pasa cuando veo delincuentes que dicen ‘tuve una vida mala’: pará, yo también la tuve. Y las juntas mías tampoco eran las mejores. Perdí a mi mamá a los nueve. Mi papá nos abandonó antes. Imaginate de dónde vengo”.
—¿No delinquiste nunca?
—No. No. Tuve la oportunidad. Estuve con gente alrededor con un fierro ahí para agarrar y pegarle dos tiros a uno. En los lugares que andaba había de todo. Me cruzaba con todo.
—Podía haber sido ese el camino.
—Sí, sí, tranquilamente. Pero por qué no lo hice lo tengo claro. Mi mamá, una vez cuando yo decía malas palabras, me dijo “hablar bien no cuesta nada pero tiene una importancia de la gran puta”. Y eso me quedó en todo sentido, porque también me di cuenta cómo la gente te trata cuando hablás como un villero. Yo era re villero. Eso me abrió diferentes tipos de puertas. Siempre traté de hablar lo mejor posible. Es una pavada pero eso me llevó a lugares que por ahí permitieron que hoy no esté robando o no esté en otra situación que no sea esta.
—¿Hasta los nueve cómo era tu vida?
—Difícil también porque teníamos un papá que nos había abandonado cuando éramos más chicos. Éramos muy pobres. Mi mamá trabajaba en la Vucetich, era policía y a veces tomábamos un té con chizitos y nos íbamos a dormir. Madre soltera. Dos hermanos más de parte de madre, Era una vida austera.
—¿Dónde vivían?
—En Villa Elisa, en la ciudad de La Plata.
—¿Y al colegio fuiste siempre?
—Al colegio fui siempre. Me iba muy bien en el colegio. Abanderado. Mejor alumno. Pero porque me gustaba el colegio. Era curioso.
—¿Tus hermanos más grandes o más chiquitos?
—Todos más grandes. Ahí hay otra historia, ahora me aparece una hermana más chica. Tengo un papá que se dedicó a tener muchos hijos. Yo con él no tengo relación. Él se portó muy mal con mi hermana. Con mi mamá se había portado mal. A mí me pegaba mucho. Yo tengo recuerdos de él pegándome con una manguera hasta dejarme tirado en el piso de dolor. Y yo tendría seis años, y me lo acuerdo. No tengo recuerdos lindos con él.

—¿Cómo muere tu mamá?
—Tenía 40 años, yo tengo 38 ahora y estoy por llegar a esa edad, digo “qué joven que era”. Antes la veía como una mujer grande, ahora me está pegando un poco saber que mi vieja era joven. Ella tenía presión alta pero tiene un ACV. Ella murió en el 97. Ese ACV le provocó que una venita termine lastimándose por la misma presión. La operaron, pero no estaba la medicina como está hoy o tenía que pasar. Yo soy mucho del “tenía que pasar”.
—¿Quién te contó que tu mamá se había muerto?
—Yo cumplo años el 2 de marzo, ella fallece un 15 de marzo. Y estábamos toda la familia esperando en la casa de mi abuela las noticias. Llega mi tío y dice que se había muerto. Y mi hermano, con el cual no tengo relación y no creo que vuelva a tener, me dice “Ale, mamá nos ganó”. Íbamos a una iglesia en ese momento que te decían en la iglesia que algún día iba a venir Cristo a buscarnos a todos y a llevarnos al cielo. Entonces eso me ayudó a entender a los nueve años que mi mamá estaba en algún lugar.
—Algo de eso calmaba.
—Sí. Y que en algún lugar ella estaba y me miraba. Entonces eso también me ayudó a no hacer macanas. Siempre sentí que estaba ahí.
—¿A dónde te vas a vivir?
—Y ahí es difícil. Justicia, hermanos menores, abuelos con problemas de salud. Empieza un trajín de acá para allá. Paso unos días en la casa de unos tíos. Otro día en la casa de los abuelos. Hubo un intento de que vaya a un orfanato, que trataron de que no pase, y termino en un trajín de no tener un lugar único en la casa que mi mamá había podido terminar de pagar, donde va mi hermano mayor que cumplía 21 años y una cuñada. Fui a vivir con ellos.
—Te vas a vivir con un hermano de 21 que también era un niño de alguna manera, ¿no?
—Sí. No la paso del todo bien. La primera etapa sí y después empezaron a haber situaciones por parte de la que hoy es su mujer.
—¿Querés contar o preferís no hacerlo?
—Sí. La esposa de él conmigo no se portaba muy bien, era muy estricta en un montón de sentido. Me permitía salir a jugar día por medio. Me decía “vas cuatro horas y estás acá”. Yo tardaba cuatro horas y un minuto porque andaba en bicicleta y no salía por una semana.
—¿Era violenta físicamente?
—Sí. No tanto ella, él sí. Él me ha llegado a pegar muy fuerte muchas veces. En parte entiendo que también eran jóvenes y de dónde venían. Muchas veces me pegaban o me retaban diciendo que mi papá era una basura, que les había hecho vivir horrores, que yo era un malagradecido, pero yo tenía 12 años, no entendía nada. Y todo eso lo fui consumiendo. Ahí viví un daño psicológico casi irreversible. Después fui abusado, manoseado por esta mujer, a la que no denuncié. Me animé a contarlo ahora de grande, lo conté muy pocas veces. Ahora lo cuento más públicamente pero sí. Un día yo me acuerdo, estaba acostado durmiendo, tendría trece años, y me empezó a manosear y me hice el dormido de los nervios que tenía. Situaciones así.
—¿Le pudiste contar a él alguna vez que su mujer te abusó?
—Se debe estar enterando porque ahora me ve por televisión. Hace muchos años que no lo veo. Yo salía con una chica y esta mujer se inventó un mail y le mandaba cosas malas contra mí que no pasaban. Empiezo a estudiar informática en la Facultad y con contactos logramos hackear este mail. Resulta que era el mail de la mujer de mi hermano que no entendemos por qué tenía esa maldad. Porque ella no quería que tenga novia. De ahí viene el abuso o alguna enfermedad, tenía una cierta atracción hacia mí, la verdad que no lo sé. Hoy no lo puedo entender tampoco. En ese mail, se ve que ella engañaba a mi hermano un montón de veces, se encontraba con tipos en Constitución. También barrio vulnerable, clase media para abajo. Todas situaciones raras. Y ahí decido enfrentar la situación.
—¿Vos todavía vivías ahí a los 17?
—Sí, sí porque no tenía forma. Trataba de estar alejado de ahí lo más posible pero estaba ahí. Bueno, ahí se arma un lío enorme porque lo enfrento. Él empieza a golpearme casi al punto de quitarme la vida. Me empieza a ahorcar. Yo no le quería pegar a él porque estaba operado y tenía miedo. Yo jugaba al básquet, tenía fuerza y no le quería pegar porque también lo veía como una autoridad, como un papá. Me animo a pegarle y me voy a la calle.
—La contradicción entre el enojo y el dolor por el maltrato pero a la vez era el referente afectivo. Lo querías también.
—Tal cual. Yo siempre relaciono esas etapas de los niños con un perro. Hay un cartonero, el perro está muerto de hambre, lo sigue. Si vos sos una persona pobre, el perro está porque genera un lazo inconsciente con quien le da parte de su cariño. Si a vos te retaban, te pegaban, pero cuando te acariciaban la nuca o compartías algo lo vivías bárbaro... Esos momentos eran los que te hacían quedarte. Espero que hoy se den cuenta que a mí de casualidad no me arruinaron la vida. Tuve intentos de decir no quiero vivir más.
—¿Llegaste a lastimarte?
—No. No sé cómo explicarlo: estar acostado en la cama y decir “quiero cerrar los ojos, abrirlos y… no quiero vivir más esto”. Aparecer en otro lado.

—¿Cómo fue la decisión de irte?
—Tuvimos una pelea muy grande porque le cuento que la mujer lo engañaba, todo lo que pasaba. Un día exploto y enfrenté todo. Se armó una discusión que se fue a las manos. Yo no le quería pegar. Me agarra muy mal, me tira arriba de una cama ya ahorcándome al punto de que vi blanco dos veces. Cuando intento reaccionar, tiro una piña para irme y ahí me voy. No les volví a hablar hasta el día de hoy.
—¿Pudiste bajar la adrenalina del momento?
—Es que sentí paz.
—¿Te fuiste a vivir a la calle y sentiste paz?
—Sí, me liberé. Yo estaba viviendo un martirio ahí. Era como un silencio me acuerdo y estaba libre. Y si me moría no me importaba porque eso no lo iba a vivir más. Todo lo que me pasaba ahí no iba a volver a pasar. Entonces como que digo “bueno, ahora depende de mí”. Tenía otros valores, otra forma de vivir. Después tuve secuelas de muchas veces entrar en crisis en discusiones con alguien y golpearme la cabeza o quererme matar. De estar solo y quererme golpear la cabeza porque no… No sé cómo explicarlo.
—¿Cómo hiciste en esos años para no meterte en ninguna?
—Por hablar bien. Y después que siempre sentía, también por la iglesia, como que alguien te ve. Dios o alguien te ve. Entonces tenía la chance de hacer algo malo pero decía “me están mirando”. No necesité comprarme cosas y todo eso para ser feliz, por ejemplo. Era feliz haciendo deporte, jugando al fútbol, al básquet, a la paleta.
—Pero creciste en un contexto muy difícil.
—Sí, tengo compañeros del secundario que están presos. Tengo compañeros que murieron en algún tiroteo. Tengo vecinos con los que a veces me juntaba a jugar a la pelota que terminaron muy mal.
—Y a los 17 años, después de esa discusión, te vas...
—Me voy. Yo estaba en una crisis, hay cosas que me olvidé incluso. Pasé ahí varios días en la calle. Bastante tiempo en la calle. No tenía plata, era ver qué me deparaba la vida. Y siempre traté de trabajar en lo que sea. Iba a las obras, aplaudía y preguntaba al capataz o al que estaba si necesitaba algo ahí, que me dé lo que me quiera dar. Pasaba por una casa y si quería que le corte el árbol, que le limpie el vidrio, barrer una vereda, juntar tierra, arreglar una cocina. Yo ya era técnico en electrónica por el colegio. Arreglar algo y jugar al básquet me salvó. Entrenaba a los más chiquititos y me daban un poco de plata por ser el ayudante del entrenador. Comía y no tenía que robar, era un montón.
—¿Dónde dormiste el primer día Ale?
—Ese primer día estuve en el club escondido de la esquina donde yo me había escapado. Yo conocía el barrio, era el Ale de Villa Elisa, era mi barrio, y sabía que ahí nadie me iba a ver. Ahí estuve hasta horas de la madrugada, tarde, tarde, tarde. Yo jugaba al básquet en Platense, en La Plata. No le conté a nadie lo que me pasó por una cuestión de que me relacionaba con gente de otro nivel adquisitivo y me daba vergüenza. Yo era re pobre y jugaba con tipos que llegaban en auto a entrenar.
—¿Cuánto tiempo viviste en la calle?
—Fueron tramos, porque cuando me voy de ahí de lo de mi hermana yo había conseguido un lugarcito. Con mi hermana no todos los días podía dormir ahí porque era una casa que era compartida así que había días que dormía en la calle. En la plaza. En algún lugar. Ahí me agarré a piñas muchas veces porque te querían robar, te querían violar, en la calle eras un nene, era joven y ahí había gente más grande. Tuve peleas muy fuertes. Gente que quedó internada porque yo veía rojo. Hasta que no te rompía la cabeza no frenaba. Tenía una ira en mi cuerpo. Con algunos seguí teniendo relación en el tiempo y traté de ayudarlos para que salgan de esa situación. A muchos les he dado trabajo. Siempre yo quise avanzar, entonces yo viví muchas vidas en una vida.
—¿Vos dormías en la calle pero de día trabajabas, estudiabas, jugabas al básquet?
—De día tenía una vida como cualquier persona común, iba a trabajar, iba a entrenar, iba a todo. Me acuerdo de que en esa época empecé a hacer un poco más lo de repartir cosas para una empresa. Era peón de otro hombre que pintaba y yo iba a lijar. Después había otro hombre que a veces me llamaba cuando tenía que arreglar cosas en una casa, yo le hacía el pastón, plomería, gasista, todo. No me daba cuenta de los momentos feos. Hoy veo a alguien en esa situación y digo “pobre tipo”. Pero “pará, si yo estuve acá”. No me daba cuenta. En ese momento, no sé cómo explicarlo, sabía que iba a venir algo mejor.
—¿Lo sabías?
—Siempre. Siempre. Dos cosas siempre supe: que iba a trabajar en la tele y que iba a ser intendente. La de la tele la tengo, la otra no sé igual porque es un quilombo la política.
—¿Todavía tenés ganas?
—Es que me va a pasar. Tenga ganas o no. Yo hice cosas para estar acá, pero es re loco. Son circunstancias, se tienen que combinar un montón de cosas para que las cosas se den. Y es re loco que yo hoy esté acá o que vos me estés entrevistando hoy para mí es re loco. Pero yo sabía que algo iba a pasar.

—¿Qué es lo que creés que te salvó?
—Sentir que alguien me estaba mirando. Mi mamá o un Dios o algo. Yo iba a una iglesia en ese momento que me enseñó a entender por qué mi mamá murió. Después dejé de ir porque miré cosas que no me gustaban, pero me ayudó a entender. Y la junta del deporte también. Yo hacía mucho deporte. El club de barrio fue un 80% responsable de que yo no esté en otra cosa porque estaba ahí, estaba con un entrenador que era una figura que te decía qué estaba bien y qué estaba mal y si te peleabas con un compañero te decía “está mal pelearse”.
—¿El entrenador no supo todo lo que estabas viviendo?
—Sí y no. Me dio trabajo, sabía que yo venía de un lugar muy vulnerable. Era muy joven también. Sebastián se llamaba. Y con él también algo re trágico pasó. Él era periodista deportivo, estaba cubriendo un partido de Estudiantes en Belo Horizonte y en vivo lo atropelló un colectivo. También nos quedamos todos shockeados. Yo tenía 23 años, 24.
—¿Cuándo entendiste que no ibas a volver a la calle?
—Cuando logré alquilar mi primer lugar. Yo era empleado de un depósito en un comercio de iluminación y con esa plata logré alquilar mi primer lugar. Y que después fue muy rápido mi ascenso. De ahí alquilé en un barrio re carenciado también un monoambiente, de ahí alquilé otro departamento, hasta que un día llegué a una dirección en calle 50 en La Plata que era un departamento que tenía parquet en la pieza, tenía la cocina separada, mientras trabajaba en el local de iluminación.
—¿Y en qué momento de eso lloraste?
—No me frené a llorar. No me frenaba nunca a mirar para atrás. Siempre fui consciente de que todo eso que me pasó me ayudó a disfrutar cualquier pavada que tenía. Lloré más siendo padre que otra cosa. Nunca había tenido yo un bebé en brazos. Reacio total. Me daba impresión. Y nunca había tocado panzas de embarazadas. La única panza que toqué, y muy poco, fue la de la mamá de la nena: no disfruté el embarazo. Hasta que no nació mi hija no lo disfruté.
—¿Ustedes estaban de novios durante el embarazo?
—Sí, sí, re juntos.. Fue hermosa la etapa. Pero yo estaba como alejado porque digo “puede no nacer”, con todo lo que me pasó, todo lo que me puede pasar… no te puedo explicar. Hasta que no nació y la tuve ahí… Y el primer día que lloré mucho fue cuando le pinchan el talón para sacarle sangre. A mí me lo hacían siendo adolescente, pero vos llevás a un ser todo engañado a que le hagan mal. Mirá lo que yo pensaba.
—La están cuidando.
—Sí, pero… Cuando la pincharon y lloró, me mató. Una pavada. Pero porque uno carga toda su historia.
—Hay un papá que es lo opuesto a lo que fue el tuyo.
—Sí, ni hablar. Aparte yo ahora que tengo una hija no puedo creer cómo mi papá hizo eso. Te perdiste un re hijo, porque tampoco te iba a traer tantos problemas. Me iba bien en la escuela. No jodía.
—¿Lo volviste a ver alguna vez?
—Sí, un día lo fui a enfrentar.
—¿De grande?
—Sí, 22 años.
—¿Dónde lo fuiste a buscar?
—Él vivía en Villa Gesell. Sigue viviendo ahí. A mí me contaron un montón de cosas horribles de él. Ya mi mamá muerta. Y a mí me pegaban por ser hijo de él. En la casa donde vivía me pegaban prácticamente por ser hijo de Juan Carlos. Con mi mamá se portó muy mal. Había situaciones de violencia de género. Con una hermana también. No se portó bien.
—Con vos tampoco.
—A mí me pegaba. Yo lo senté a él en una silla y le dije “si yo a vos te hubiese cruzado en otra situación, te mataba”. No lo dudaba. Lo digo abiertamente. “Yo hoy te doy la oportunidad antes de que te mueras… porque te vas a morir. Yo no generé lazos paternos con vos chabón. Me pasó de todo y ni estuviste. Y encima ahora que estás acá conmigo, me contás los problemas que tuviste. Tengo 21 años y te vengo a buscar hasta acá yo". Fuimos a tomar un café. “A mí me dijeron de vos esto, esto y esto. ¿Es verdad o es mentira?”. Él me desmintió todo. Lo saludé. Me levanté, le digo “todo bien”. Me dice “yo pago”. Le digo “no, te lo voy a pagar yo porque hoy te lo puedo pagar”. Le pagué el café y me fui. La última vez que lo vi.
—¿Y a vos qué te pasó con eso?
—Nada. Me volví a liberar.
—¿Le creíste algo de lo que te dijo?
—No. Pero bueno. Sí le dejé en claro que si de alguna sobrina mía o de alguien yo me entero esto… “no lo contás. Así que cuidate de ahora en más. Te estoy dando otra chance”.
—Fuiste a cuidar a las nuevas generaciones porque nadie te cuidó a vos.
—Sí, para que él no le vuelva a hacer daño a nadie. Porque a mí por acción u omisión me hizo daño y se ve que a los que me rodeaban también les hizo mucho daño. No me hablan cosas buenas de él. Pensá que él para venirse acá con mi mamá y tenerme a mí, dejó abandonados a cinco pibes muertos de hambre. Ahora ellos lo perdonaron y se llevan todos bien. Y yo a ellos no los juzgo porque es su papá. Llegaron a generar lazo paterno, yo no generé ese cariño. Tengo más cariño incluso con este hermano que ni hablo que con él. Sí generé mini lazos paternos con los jefes que tuve en los trabajos. Aprendí muchos de ellos.

—¿Ale, cómo llegaste a la tele?
—Re loco. Un día yo fui a jugar a Estudiantes de La Plata al básquet y me dejan afuera. Ahí se me acabó el mundo de nuevo.
—¿Y por qué te dejan afuera?
—Porque me pasaban dos cosas. Yo corría en desventaja con los chicos. Yo trabajaba. Dormía poco. Llegaba cansado. Físicamente no rendía lo mismo que un pibe que iba a la escuela, jugaba a la Play y después iba a entrenar. Se alimentaba bien. Yo todo eso no existía para mí. Jugué al básquet pero yo quería jugar al fútbol. Pero me tenía que dedicar a eso y lo hacía de la mejor manera. Ese día me dijeron “vas a jugar poco”. Dije “listo, no juego más”. Crisis total. La mamá de mi nena en ese momento me dice “¿qué otra cosa te gusta?”. “Quiero trabajar en televisión”.
—¿Vos habías estudiado periodismo?
—Nada. Había aprendido de autodiacta porque me gustaba y miraba mucho. Y aprendía mucho. De todo aprendía. Y fui un par de días a una radio a ver cómo se hacía un programa. Me acuerdo: el programa se llamaba A la cama sin postre. Me dejaron pasar. Ese día no sé quién faltó y tuve que entrevistar a una persona. Bárbara la entrevista. Estaban todos contentos: “che, qué bien la entrevista, ¿dónde trabajás?”. “No, en nada, atiendo una casa de iluminación, es la primera vez que me siento en un programa de radio”. Y a los poquitos días se me ocurrió hacer un programa de radio que se llamaba No está tan mal por esta misma razón de que no está tan mal todo lo que me pasó, podría haber estado peor. Y además era un programa que nos fue muy bien. Hacíamos entrevistas a creadores de páginas virales de Facebook. Después empezaron a aparecer famosos. Lo producía todo el programa, me encargaba de buscar las publicidades, de hacerlo salir al aire. Siempre intenté aunque sea el camino más largo ser lo más profesional posible.. Lo más posible que parezca porque también la Chiqui nos enseñó “como te ven, te tratan, y si te ven mal te maltratan”. Todo parecía re pro. Entonces nos abrieron muchas puertas. Y el programa salía lindo al aire. Todos los miércoles de 21 a 23. Y después un día hago el curso: a mí me gustaba mucho comentario, relato deportivo en radio y televisión. Y ahí sin saber casi nada, porque no había ni terminado el curso, me toca relatar un partido de Estudiantes. Empiezo haciendo estudios centrales porque quería saber cómo eran las transmisiones. Hago estudio central en fútbol en una radio. Después en esa misma radio no sé si faltó el relator, “¿te animás?”. Sí ya, toda la vida relaté, obvio. Me va muy bien. Y después me terminan llamando, nada que ver, de Radio Provincia para relatar automovilismo. Porque tenía mucha velocidad para el relato. Me va joya. Termino siendo una alternativa de relato en el país que había dos grosos, ahora el tercero. Y la gente ya venía a saludarme en los autódromos, elegía escucharnos a nosotros. Un montón. ¿Pero viste cuando es un montón? Y ahí me llaman para hacer un programa en televisión, que todavía está, que se llama Máxima velocidad, como panelista. Ahí me divertí. Nos fue muy bien. Y un día me llama una productora de Crónica, Verónica, y me dice “mirá, no sé cómo tengo tu contacto, está pasando un policial en La Plata, plena pandemia. “¿Podés salir por teléfono con este caso?”. Le digo “mirá, en mi vida hice un policial pero salgo por Zoom si querés”. Y me voy: Ruta 2, un crimen terrible, dos tipos que se habían escapado de la cárcel, entraron a robar a una casa y cuando entran a robar, la familia mata a la que le estaban robando. Un caso de Crónica espectacular. Uno muere de un hachazo, el otro de un mancuernazo en la cabeza. Todos los condimentos. Empiezo a salir solo con mi celular por Zoom y estuve ocho horas al aire sin frenar. Recorriendo, caminando. Nunca había hecho nada de todo eso.
—¿Ocho horas al aire?
—Ocho horas al aire.
—No hay batería que aguante.
—Ya tenía en La Plata un local mío de iluminación. Me había diseñado un sistemita para cargar el celu en el auto rápido y tenía como una batería que cargaba el celu. No era tan accesible un power bank como ahora. Mi celular no se me quedaba nunca sin batería. Y al otro día vuelvo a salir mucho al aire. Me llama Facundo Pedrini, el director de Crónica, me dice “cuando tengas notitas en La Plata como corresponsal yo te pago por la nota”. Listo, perfecto. Empecé a salir muchas horas al aire más: era técnico en electrónica, me diseñé un estudio caminante, tenía micrófono, manos libres, todo con el celular. Y hacíamos móviles con el Pelado Trebucq.
—¿Cuánto tiempo ya de medios hasta hoy?
—Desde ese primer programa de No está tan mal a hoy doce años.
—Conocés la calle. Estuviste ahí. Conocés lo que es una infancia con derechos vulnerados y pasarla mal. ¿Qué te pasa hoy cuando ves y contás esa realidad?
—Hay días que me conmuevo. Hay otros que no: otra vez lo mismo. No aprendemos más. Otra vez esto. Y también me empecé a chocar con el poder. Es más peligroso el poderoso que el villero. Mucho más peligroso. El poderoso no tiene escrúpulos, no le tiembla el pulso, te destruye desde otro lugar. En cambio el villero si vos le das la plata o lo que llevás, por ahí zafás. Salvo que esté drogado. ¿Me explico? El otro no. No zafás.
—¿Tuviste algún problema?
—Sí, sí, sí. Corrientes cubriendo Loan lo pasé pésimo. Me operaron, que nunca me había pasado, de todos lados. Los medios de allá, el gobierno, todo. La pasé muy mal. Y con Cecilia Strzyzowski también, en Chaco. Nos seguían camionetas. Cecilia Strzyzowski fue mi primera cobertura para América y A24. La primera cobertura. Y la pasamos mal, en todo sentido. Y yo no estaba acostumbrado a eso. Y yo llego a Chaco, a mí antes de ir allá me vaciaron la casa. Yo arranqué dos veces más de cero. En la inundación del 2 de abril, que ahora se cumple la fecha de la inundación del 2 de abril, pierdo todo. De la ciudad de La Plata. Me inundo, lo poco que tenía se lo llevó el agua. Y después yo un día estaba en vivo en Crónica en un móvil y me vacían la casa. No me dejan ni un par de medias, nada. Y después al poquito tiempo yo dejo Crónica y cuando voy a Chaco allá tenía ropa recauchutada, mal vestido, todo mal. Pero siempre buena onda y traté de disimular de la mejor manera.
—¿Qué le decís a los chicos que hoy están como estabas vos a los nueve años?
—Me dedico mucho ahora al tema de “con los chicos no”. Como fui un chico de esos, todos estos casos me marcan mucho. Loan: los nenes no se pierden. Me encontré con cosas muy importantes, que hay gente que no le importa nada, que no le importan los nenes, como pasaba con nosotros. Y cuando veo nenes así trato de ayudar, pero después son tantos que no llegás. No llegás a ayudarlos a todos. Acá viene lo que yo te decía de un día por ahí ser intendente…
—¿Ves a tu hija y qué ves?
—Uf. Yo tengo recuerdos de muy chico por las cosas que me pasaron, entonces cada vez que mi hija me haba trato de pensar qué se me cruzaba más o menos a esa edad para tratar de entenderla. Y después veo a una nena que conmigo se quiere hacer más grande. Somos muy compañeros cuando estamos juntos entonces es como que la piba me sigue el ritmo y yo trato de enseñarle todo: poner tornillos, sacar tornillos. Conmigo me gusta que viva: hay que ir al súper, hay que cocinar.
—Que sea una nena.
—Sí, vivimos la vida. No le oculto lo que pasa alrededor porque a mí me lo hicieron. A mí con nueve años, mi mamá internada por un ACV y por morirse, me festearon el cumpleaños. Me acuerdo ese cumpleaños porque estaban todos haciéndose los que estaba todo bien y yo veía que no estaba todo bien. Era consciente de que me estaban festejando el cumpleaños con mi mamá internada. Es más, me regalaron una espada que después me la terminó rompiendo mi cuñada. La tuve hasta los trece. Entonces veo a mi hija y quiero que sea consciente de lo que pasa, en todo sentido. Que sepa que sus papás están separados…
—Que ella puede ser una nena, porque vos no pudiste ser un nene.
—Con ella fui por primera vez a un teatro, nunca había ido. Entonces cuando empecé a llevarla a los show infantiles, estaba más chocho que ella. No sabía cómo era un teatro. Cuando la llevé a una obra de teatro todo estaba bárbaro. Todo eso no lo viví, yo era re pobre. El otro día estaba con mi hija y me dice “vamos a tomar un café a tal lugar”. No podía creer que yo le estaba pudiendo pagar a mi hija. Estaba ella con ese nivel de poder decir fui con mi papá a tomar un café. Yo tomaba un café para irme a dormir porque no comía.
—Que pueda desear. Que pueda querer.
—No lo puedo creer eso. Y a veces también se mezcla con que tenés que laburar un montón para darle todo. Entonces yo ahora estuve tres días que no la vi porque estuve en otro lugar cubriendo con gente que por ahí necesitaba un montón de cosas. Porque ahí se me divide a los que quiero ayudar, o lo que tenés que mostrar porque laburas y demás, y tu hija que es la tuya. Pero cómo haces para estar todos los días viste. Hay días que tu trabajo es esto, no podés si no. Es muy difícil eso. Eso lo sufro un montón cuando viajo. Mal.
—¿El contraste de las realidades?
—Sí y no verla. El viaje a mí me mata. Estoy en esta, es la que me tocó. No está tan mal, viste, como el título de mi primer programa, porque mi hija está bien, le puedo dar todo, pero bueno, te pasa esto.
—Hiciste un montón con lo que te tocó.
—Qué sé yo, hice lo que pude.
—¿Podés estar orgulloso del camino?
—Es como que eso no me doy cuenta. No estoy orgulloso de mí por ahí en un montón de situaciones porque, qué sé yo, lo vivo así. Vos pensá que yo pasé mi primer Día del Padre en el caso de Loan. Mi segundo Día del Padre estaba cubriendo la marcha de ahí. Pero bueno, a ella le expliqué que estaban buscando a un nenito chiquito que se lo habían llevado, que estaba ayudando a la familia.
—Vos no tuviste nunca un papá el Día del Padre.
—No claro, claro. Y el que tenía me pegaba.
—¿Hoy sos un tipo feliz?
—Tengo muchos más momentos felices que tristes. Que no es poco. Los momentos felices duran poco y después vos tenés que ir generando cosas para tener momentos felices. Hoy cuando me pasa algo triste digo “cuánto hacía que me no pasaba”. O cuando me pasan muchas cosas buenas seguidas digo “en cualquier momento viene el hachazo”. Te sentís raro, decís “¿cuándo va a pasar, dónde está la trampa acá?”. Vengo esperando a ver dónde está la trampa. Aunque también depende hoy mucho de mí, que eso me deja tranquilo.
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