Campi: “Tengo charlas con mis muertos, parezco un loquito pero para mí existe el otro plano”

El actor y humorista cuenta que hablarles a los familiares y amigos que ya murieron es saludable. Una cara más de un hombre que se dedica a convertirse en otras personas y que ofrece, en esta entrevista, una mirada íntima dotada de anécdotas, recuerdos y valoraciones. El comediante detrás de la máscara, mientras presenta “Papá por siempre” en el teatro

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Campi: “Tengo charlas con mis muertos, parezco un loquito pero para mí existe el otro plano”

Campi conserva una lista. Aparecen ahí los que ya no están. Nombra a sus padres, a sus amigos y a Antonio, una de esas personas que no necesita aclaración para ser identificada aunque su apellido sea Gasalla. Campi cuenta que les habla: “No es que nos morimos y nos comen los gusanos. No, no, no. Hay algo más allá, si no de dónde nace la poesía. ¿De un riñón? No. Existe un alma. Y eso va a otro plano. Yo no tengo contacto directo con el otro plano, no puedo ver, pero eso no dice que el otro plano conmigo no lo tenga. Para mí sí. Y tengo pruebas en mi vida. Y me hace bien pensar eso”, teoriza. Incluso alentó a Denise Dumas, su pareja desde hace veinte años, a hacerlo. “Ella no encontraba la llave. Decile a tu viejo que te ayude. Y empezó a tener un diálogo con su padre. Es una forma de tenerlo más cerca. Y empezaron a aparecer las cosas”, relata.

Es una de las ventanas que el polifacético actor y comediante Martín Campilongo abre para mostrar quién es él, entre tantos él, cuál de todos es entre tantas caracterizaciones. El hombre detrás de la máscara. El que quería ser camionero para viajar, escuchar música y pensar. El que le sanó una carie a su esposa. El que casi gana un concurso de canto sin haber cantado en su vida. El proveedor de pelucas de la industria audiovisual argentina. El niño que veraneaba en su terraza. El que le fabricó un implante casero a un hombre que había perdido su fisonomía.

Y este de 57 años que durante dos horas baila, canta y salta en la obra Papá por siempre, la versión teatral de la icónica película Mrs. Doubtfire, en cartel en el Liceo sobre la avenida Rivadavia 1499, de miércoles a domingos. “Empecé a entrenar en un gimnasio para estar a la altura. Y vengo bien (risas). Pero tenía miedo. Por adentro decía ¿me la bancaré? Tuve que dejar de fumar”, relata.

—¿Durante cuánto tiempo fumaste?

—Desde los 15 años. Tengo 57. He dejado dos años una vuelta. Volví cuando volví a la tele, estaba 30 puntos de rating y te hacen estirar que mide, volví a fumar de los nervios ahí. Y ahora dejé por el laburo y porque me había llegado el momento. Tenía que dejar porque tenía que cantar. Yo confiaba mucho en Seba Mazzoni, que es quien se ocupa de la parte de los cantantes de esta obra, es un maestro él. Él a mí me hizo casi ganador en Tu cara me suena. Yo me obsesioné, yo soy muy obsesivo del laburo, cuando agarro ese laburo…

—Nada que ver. No, no puede trabajar horas en una máscara él. No.

—Sí, sí, horas. Horas en todo. Y me llaman para hacer Tu cara me suena y yo no cantaba. Y yo siempre agarro laburos incómodos viste. Siempre. Y tienen que tener un par de requisitos más pero básicamente incómodos. Y me metí obsesivamente a estudiar con Seba Mazzoni canto y salí segundo, ganó Laura Esquivel y yo segundo, un tipo que no cantaba.

Martín Campilongo, conocido como Campi,
Martín Campilongo, conocido como Campi, destaca su multifacética carrera como actor, humorista y creador de personajes en la escena argentina

—¿Eras un tipo que no cantaba? ¿Ni en un karaoke?

—No, nada, nada, nada. Tenía oído. Después descubrí. Tenía oído para darme cuenta si estaba desafinado algo.

—Y hoy estás protagonizando cantando, bailando, todo.

—Yo soy un actor de comedia musical (risas).

—Si le saco actor y humorista, qué diría tu biografía.

—Un pibe de Parque Patricios diría el epígrafe. Después podría ser un montón de cosas eh, no es que si no hago esto me muero. No, yo podría plantar frutales y me encantan las plantas. Podría ser camionero, que era lo que yo quería ser de pibe. Fui diseñador de moda y gané premios con eso. Fui escultor y gané premios también. Está como buenísimo este mundo (risas). Me gusta todo.

—¿Por qué querías ser camionero?

—Porque me gustaba esto de viajar en soledad escuchando música y pensando. Y que me paguen un sueldo encima. Y el año pasado lo hice haciendo gira por primera vez. Viajé por todo el país y me pagaron sueldo y estaba buenísimo. Y fue lo más parecido.

—Cuando me dijiste que querías ser camionero pensé en un papá, un abuelo, algo de la herencia familiar.

—No, nada. Mi abuela fabricaba plumeros. Mi papá hacía ropa y fue canillita también. Nada que ver con esto. Nada que ver nadie.

—¿Es verdad que te armaste tu primera peluca con pelos de perro?

—Sí. Con barba de choclo. Barba de choclo era. Y se me resquebrajaba a la semana viste. Pero hacía la función del fin de semana y quedaba. Una peluca rubia buenísima. Y se me resquebrajaba y decía ay, cómo lo resuelvo. Y lo veo al perro ahí. Miraba. Tra, tra, tra el perro y quedó con unos lamparones que parecía que tenía un problema de salud.

—Aclaremos que ningún animal fue lastimado.

—No, mi perra, yo la amaba. Y era verano. Y nada, dame el pelo que lo necesito para pagarte la comida mi hija entendés. Colaborá (risas).

—En casa todos trabajan.

—Claro, claro. Sí, así fue. Ahora no, ahora hago pelos. Pelo a pelo. Hago pelucas buenas. Y cuando necesitan, los canales me llaman a mí. Mira vos qué loco eso.

Campi se autodescribe como un
Campi se autodescribe como un hombre creativo, obsesivo con el trabajo y resiliente frente a los desafíos de la infancia y la profesión artística

—¿Te llaman y qué te piden?

—Porque tengo un montón de pelucas. Y si no las hago. Yo hago… Yo no concibó el no, ¿entendés? Porque yo me crie con el no. Entonces fue una lucha ir contra el no.

—¿Con el no a qué te criaste?

—A todo. No, no hay plata para una peluca. No, no hay peluca. No se puede. Y me la hago yo. Y ahí estaba. Y la peluca primera me llegó cuando se murió la tía de Ramiro. Pasaron años, yo haciéndome las pelucas como podía viste. Y los dientes, no, yo no podía pagar un dentista, ni siquiera para mis caries menos para un personaje. Entonces eran con Poxilina diez minutos y eran como podía. Ahora a mi mujer le arreglé las caries por ejemplo entendés. Yo entiendo mucho ya de eso.

—¿Qué quiere decir que a tu mujer le arreglaste las caries?

—Denise tiene una sola carie. Mi mujer tiene 74 años.

—¿Eh?

—No (Risas).

—¿Qué le pasa? Un poco de respeto.

—No, pero es grande, Denise es grande. 50, ella lo cuenta. Y tiene una sola carie. Yo tengo el torno, todo, para hacer mi personaje. Te la arreglo. Acrílico. Se la limpié, se la emparché. Fue al dentista al tiempo. Le dice tengo una carie. Le dice pero la tenés arreglada. No, pero me la hizo mi marido. ¿Campi? Le dice. Está perfecta. Y todavía la tiene. Hace años se la arreglé yo.

—No lo hagan chicos.

—No lo hagan. Pero chicos sí curioseen. No operen a nadie a corazón abierto.

—Ahora, estos no que vos tuviste que auto gestionarte ya tenían más que ver con el inicio de la profesión y el recorrido. Me hablaste de todos los no que existieron antes. ¿Cuál dolió?

—Yo creo que los que iban a doler yo no me arrimaba. Yo no voy a castings porque es un no que me excede a mí ¿entendés? Por ahí están necesitando un rubio alto de ojos azules y me dicen no y después…

—El rechazo…

—Viste, yo laburo con esto.

—¿Pero con esto de la falta de plata en la infancia?

—No, no, no, yo soy de clase media. Una infancia divina.

—No había restricciones importantes.

—No. Pero tampoco era nos vamos de vacaciones todos los años. No. No. No. Pero felicidad no me faltó nunca a mí en la infancia. Nunca.

Las charlas íntimas de Campi
Las charlas íntimas de Campi con seres queridos fallecidos reflejan su creencia personal en un alma y otro plano más allá de la muerte

—¿Tus papás apoyaron todo este recorrido artístico que vos empezaste?

—Sí. Sí, sí, sí.

—Eso es buenísimo.

—Eso es buenísimo. Cuando contás con ellos es buenísimo. Sí, apoyaron.

—Te emociona.

—Sí, a mí me emociona todo. Mi viejo, mis abuelos, todo.

—Te vi el otro día emocionado hablando de Emma (su hija mayor, de 19 años).

—Sí. Sí. No me la esperaba esa. Sí. Porque es adolescente. Son todos adolescentes, ahora la adolescencia es hasta los 60 años.

—Y empieza a los 9.

—Y empieza cuando es un huevo cigota. Entonces todos son adolescentes en mi casa. Pero esta tiene 18. Un adolescente te hace esto: pasás de ser un superhéroe a ser… Y es guau, en qué momento dejé de ser un superhéroe. Y Emma me hace eso. Le digo yo no sé en qué momento dejé de ser tu superhéroe. Ah, para qué me llevás acá.

—Salgamos de ahí, salgamos sin ningún problema.

—Bueno, y le doy el remate. Me dice mirá, yo te admiro mucho papá, para mí sos muy sabio. Me mató. No me lo esperaba. Yo esperaba ser un paparulo. Me dijo eso y me mató.

—¿Y se lo pudiste decir o se enteró en la tele?

—Me puse a llorar que no podía parar. Me dijo eso y me puse a llorar que me fui porque era un papelón. Ya está acostumbrada a que llore. Se reía de afuera del baño, basta, salí. Y yo estaba llorando. Me mató.

—Algo hicieron bien ustedes para que una adolescente pueda devolver eso.

—Sí, muchas cosas hicimos bien. Con los chicos estamos muy atentos. Porque no es a la san fason la crianza de un hijo. Y mi mujer es muy madre. Muy Susanita es. Está muy encima y yo aprendo mucho.

—¿Es verdad que cuando se fueron a vivir juntos, que Denise por supuesto ya tenía dos hijos, te descontracturó toda la casa, que vos eras más ordenado?

—Muy ordenado y cae ella con los dos chicos, y yo tenía mi cajón de juguetes y empezaron a tirar mis juguetes y le digo che, hacé algo con los chicos, no pueden ser tan inmaduros. Le dije yo porque me estaban sacando mis juguetes (risas). Y terminé de decirlo y me di cuenta lo que estaba diciendo. Y me la recuerda cada tanto esa anécdota.

—Ahora, el taller en tu casa es un mundo tuyo. ¿O puede entrar ahí alguien más?

—No, entran todos.

—¿Y ahí podés mantener el orden que a vos te gusta?

—Sí, sí, sí. Porque mirá: el lugar común es la zapatilla no puede estar tirada, esto no puede estar. En tu habitación más o menos tenés una libertad. Dejá la remera donde quieras. Y mi habitación es como mi taller, entonces me respetan.

—Acá las reglas son éstas.

—Sí. Pueden usar mis pinturas, mis maquillajes, mis tacos altos, pero todo lo guardan donde va. No es un papá normal ni común.

—¿Cuál es el objeto más insólito que puedo encontrar en ese taller? Porque vos sos como un recolector, ¿no?

—Sí. Y un fabricante aparte. Lo que veo que me sirve para el laburo sí. Sí, podés encontrar cualquier cosa. Pedazos de brazos en mi casa. O cosas que no se pueden nombrar. Todo para el laburo, ¿no?

El actor recuerda sus inicios
El actor recuerda sus inicios haciendo pelucas caseras y fabricando implantes para algunos colegas, lo que hoy lo posiciona como referente en la industria audiovisual

—¿Qué no se puede nombrar?

—Bueno, había unos testículos que asomaban por acá del pantalón para un chiste que yo tenía que hacer. Y bueno, listo, te lo dije. Por ejemplo te podés encontrar con unos testículos largos que asoman por debajo de la botamanga del pantalón.

—(Risas) O sea, yo voy a cenar a la casa de Denise y Campi…

—A cenar no porque no te vas a poner los testículos en el plato. Tenés que venir a mi taller, abrir algún cajón y encontrártelo ahí.

—Y hay un par de testículos.

—Claro, eso puede pasar. Me dijiste cosas raras que puede haber en mi taller. Esa es una. No lo quería decir pero bueno.

—Pero te lo guardás para siempre. ¿O aparece Denise a decirte basta Martín, liberame espacio?

—No, no. Mi taller es mi taller. Ella tiene su lugar que lo tiene como lo quiere tener. En el taller están mis cosas. Cuando la conocí, vivía solo, soltero, 36 años. Y en invierno yo me ponía una peluca y sacaba a pasear al perro. Hacía frío y el gorro había que ir a buscarlo, y cuando llegó a mi vida me dijo lo de la peluca para pasear el perro no. Todo el resto está todo bien, pero lo de la peluca no. Mis vecinos ya sabían que era yo viste. Bueno, me fui.

—Es hermoso que sacaras a pasear al perro con peluca.

—Sí (risas). Sí.

—¿Viste los therians ahora? ¿Te preparaste alguna de esas máscaras?

—Sí, los vi. Ya tengo máscara de perro, de caballo. Pero que buena punta, sí. Si estuviese al aire es un re tema. Es un lindo personaje.

—Está naciendo en este momento.

—Es tuya. Sí, lo acabás de crear vos. Es una buena idea. Salgo de acá y se lo digo a Ale Korol para la próxima.

—Qué momento raro en algunas cosas.

—Es demasiado, ¿no? Qué sé yo. Es muy raro todo. Porque no estamos hablando de hace siglos atrás, en mi misma vida sucedió todo ese cambio entendés. Siempre le decía a mi abuelo ¿cómo te fuiste adaptando vos? Vos naciste con el lechero que venía con el caballo y de golpe el hombre en la Luna. A nosotros nos está pasando más o menos lo mismo.

—El afilador sigue pasando por casa, eh.

—Sí, sí, el therian, el celular. Hay un montón de cosas. Muchas veces me pregunto qué nos sorprendería. Porque ya no nos sorprende nada. Vos me decís una teletransportación y yo la puedo esperar. Yo creo que nos sorprendería la aparición de Dios. Eso nos sorprendería a los humanos hoy por ahí. Porque el teletransporte, viajar a China en diez segundos, puede llegar a pasar. Pero que aparezca Dios y lo veamos creo que nos sorprendería.

—¿Creés en Dios?

—Sí, claro.

—¿Y cómo son esas charlas?

—Son de agradecimiento más que nada y de pedir. Cuando estoy antes de la función sí.

—¿Qué se pide antes de la función?

—Uy, que no me olvide el texto, que pueda hacer bien mi laburo más que nada. Sí, con Dios, con mis muertos hablo yo. Sí.

—¿Con tus abuelos?

—Sí, mis viejos, mis amigos. Tengo una lista. Antonio. Tengo una comunicación con ellos, con otro plano. Y es saludable y es sorprendente. Cuando yo la conozco a Denise, ella tenía un amor por su padre y le digo pedile a tu viejo. No encontraba la llave. Decile a tu viejo que te ayude. Y empezó a tener un diálogo con su padre. Es una forma de tenerlo más cerca. Y empezaron a aparecer las cosas.

—¿Vos en esas charlas los encontrás?

—Yo no los sueño. Mirá, con Antonio (Gasalla) soñé hace poco. Pero yo tengo charlas sí, parezco un loquito, pero para mí existe el otro plano. No es que nos morimos y nos comen los gusanos. No, no, no. Hay algo más allá, si no de dónde nace la poesía. ¿De un riñón? No. Existe un alma. Y eso va a otro plano. Yo no tengo contacto directo con el otro plano, no puedo ver, pero eso no dice que el otro plano conmigo no lo tenga. Para mí sí. Y tengo pruebas en mi vida. Y me hace bien pensar eso.

—¿En qué momento sentís que esas pruebas de las que hablás…? ¿Alguna vez consultaste? Porque hay gente que sí ayuda en esto.

—Sí, sí, consulté. Me encontré con mucha gente sorprendente y mucho chanta. Pero hay un pequeño porcentaje que es de verdad y sorprende. Y hay mucho chanta que quiere bolsillear a la gente. Hay que estar atento a eso. Igual yo no necesito de nada de eso.

—¿Con quién pudiste del otro plano comunicarte o sentirte cerca?

—Con todos mis muertos.

—¿Con Antonio?

—Sí claro, antes de cada función. Yo lo tengo en mi camarín aparte. Va más allá de esto y está bueno recordarlos. Les hace bien a ellos y a nosotros seguir en contacto con ese recuerdo. Como cuenta la película Coco, creo que era.

—No quiero que te pongas triste así que te voy a sacar. ¿Lo disfrutaste siempre a tu trabajo?

—Sí, yo disfruto todo.

—¿Cómo te encontraste actuando en un colegio de curas? ¿Cómo sucedió?

—No, me contrataron de un colegio de curas. Pero fue en un lugar que se llamaba, no me acuerdo si se llamaba Oliverio Mateo, un sótano de los 90. Yo hacía personajes míos del under. Había uno que era una señora que vendía los órganos de su hija y era uno de mis personajes. Y me contratan para hacer la despedida de fin de año del colegio. Y le digo ¿pero qué colegio? Nuestra Señora del Soponcio. Un colegio de curas, sí. No, no voy. No, pero somos todos los chicos. Y me llevan ahí y bueno… ¿Sigo?

—Sí claro. ¿En qué cabeza cabe contratarte?

—Pero me pagaban entendés, y en ese momento era como que te diga ahora 10.000 pesos. Era un montón. Era guau, sí ¿estás seguro vos? Sí. Son 10.000 pesos, vamos. Bueno, y al Flaco Merpin. Que el Flaco hacía magia y se clavaba cuchillos, y salía sangre y manchaba. Me dice a vos y al Flaco Merpin. ¿Estás seguro el Flaco Merpin y yo? Sí, sí. ¿No hay curas? No, no, somos los chicos. Ok. Llegamos y eran curas, monjas y niños que corrían por el pasillo. Pero me habían pagado 10.000 pesos. Dije bueno, me disfrazo de vieja, agarro la bolsa de los órganos de la hija y entro a recorrer con mi monólogo. Y escuchaba ¿le habrán pagado a este hijo de puta? Entro y le digo Flaco mira, está complicado el asunto. Escucho a las monjas que dicen… (Risas). Y el Flaco había cobrado diez lucas también. Entonces sale el Flaco y entró a manchar de sangre a los curas. Y cayeron Capusotto y Alberti.

—¿Cómo cayeron?

—Porque eran diez sótanos en los 90 y andábamos nosotros por los diez. Ibas de uno al otro viste a pasar la gorra. Y caen estos dos.

—En el colegio de curas.

—Alquilaron un sótano donde laburamos para hacer la despedida del año del colegio de curas. Y caen los chicos y che, tenemos un monólogo para probar. Le digo mira, no es ni el lugar ni el momento. Vénganse la semana que viene. No, pero boludo. Les digo no, no da. Quedate tranquilo. Suben los dos y empiezan a hacer un monólogo con la “A”, la papaya, ta, ta, con la “A”. Después venía Capusotto con la “E”. Cuando llegaba a la “I” empezaban a volar las botellas de plástico, los vasos tiraban así. Nos fuimos a los botellazos el Flaco, Capusotto, Alberti y yo. Sí. Pero habíamos cobrado las diez lucas (risas).

—Se cobra adelantado siempre.

—Sí, sí. Qué genial. Sabés que creo que nunca lo hablé con Capusotto. Después hicimos una película, no sé si lo hablamos. Ya ni me acuerdo. Lo habremos hablado.

En su vida cotidiana, Campi
En su vida cotidiana, Campi mantiene un taller personal lleno de objetos inusuales y valora la importancia de la autenticidad en el arte y las buenas acciones

—¿Es la vez que más desubicado te sentiste en una situación?

—No, una vuelta me lleva Navarrete, me dice vamos a hacer gira a la Costa. No, yo nunca hice. Sí dale, necesito guita. Bueno dale. Es un amigo. Vamos a hacer gira. Armé unos personajes. Me dice vamos a ir a San Bernardo, Santa Teresita, San Clemente y no sé qué. Llegamos a San Bernardo, me dice se suspende, no fue nadie. Guau, se suspende San Bernardo. Vamos al otro día a San Clemente. Me dice hay una vendida. Uh bueno. Vamos a Miramar. Che, hay siete vendidas porque no había más lugar para Paolo el rockero y los siete que se quedaron afuera dicen bueno, vamos a verlo a este boludo y te sacaron. Bueno, ahí ya tenemos siete.

—La hicieron para siete.

—Sí. Para uno no, para siete sí. Y nos vamos a Santa Teresita, se llamaba El emporio de Shakespeare. Guau. ¿Manolo qué conseguiste? El emporio de Shakespeare. Llegamos Pizzería El emporio de Shakespeare. Le digo boludo, pero esto está toda la gente comiendo pizza. Vamos arriba, estaban las mesas apiladas, las sillas. Era un depósito. Y ahí me hicieron un lugarcito y había dos personas ahí sentaditos así y que me empezaron a verduguear. Viste, yo dije por qué estoy haciendo esto. Por un amigo, bueno.

—En la biografía podemos poner también buen amigo.

—Sí porque no tengo hermanos, yo tengo amigos. No tengo hermanos, pero tengo amigos de toda la vida, desde los 5 años, de jardín de infantes son amigos míos. Son como hermanos. Son los que saben mi historia y estuvieron en el recorrido conmigo y saben la altura de mi árbol de Navidad de la avenida Caseros, de la casa de mi madre.

—¿A tus hijas las admirás?

—Sí.

—No te voy a dejar emocionar de vuelta, pero hay un orgullo de papá ahí.

—Sí. Y hay muchas cosas que ya hacen mejor que yo. Un montón.

—¿Qué?

—Hablar inglés por ejemplo (risas). Ser a esa edad más pensantes que yo. Yo fui un poco más de grande un poco más pensante. Yo de chico no sé si era tan pensante. Era más creativo. A mí la creatividad me salvó de muchas. Estuvo buenísimo y está buenísimo ser creativo.

—¿Les diste muchos dolores de cabeza a tus viejos?

—Ellos dicen que sí, yo no creo. Yo hice crecer a cuatro chicos, ellos tenían uno solo y yo era un buen pibe. Pero ellos después de vos ni uno más, no queríamos más. Che ¿tan malo era yo? ¿Qué podía hacer? Pibito que ni jugaba al fútbol, que estaba en el taller de mi abuelo de los plumeros todo el día. O en el colegio o en el taller de plumeros estaba. Un pibito bueno.

—Vos sos un tipo que tiene escáner en los ojos y vas viendo al personaje, entonces quiero nombrarte algunos prototipos de argentino a ver cómo sería ese personaje. El sabelotodo del asado.

—Pero eso es muy argentino. Es muy nuestro eso. Nosotros sabemos de todo. Yo me acuerdo una vuelta que el equipo de fútbol bajo el agua de Argentina casi gana un Mundial y todos sabíamos las normas, el reglamento del fútbol bajo el agua. No sé ni el nombre, ya me lo olvidé. Pero yo era uno de los que sabía. Y hablabas con cualquiera con propiedad. Todos sabíamos. Eso es muy del argentino. Y también sabemos mucho eh, por ejemplo, de economía el argentino sabe porque estamos arriba de un zigzag. Por lo menos desde que yo nací esta Argentina es eso. Te obliga a saber esas cosas.

—El político en modo humano.

—Oh, ya no lo creemos eso me parece. Ya no es creíble.

—¿Y el político influencer en TikTok?

—Es algo que yo estoy descubriendo, ¿no? Es una novedad.

—¿El tachero filósofo te dio personajes, te dio de comer?

—Sí claro. En mi unipersonal siempre el primer personaje es un tachero que yo lo armé de muchos tacheros. Tiene una filosofía muy afilada el taxista pero con las palabras que en Pompeya le entendemos. Pero no deja de ser filosofía. Una vuelta uno me dice mirá, al argentino le están rompiendo el culo y sabés qué hace, lo acomoda para que duela menos y sigue. Y es toda una filosofía eso, no es saca el culo, lo acomoda y sigue dijo el tipo.

—También te resuelve la Argentina en diez cuadras.

—Y sabe de todo. El tachero sabe lo que quieras. Cambiar un cuerito, armar una ojiva nuclear, de fútbol bajo el agua. El taxista sabe de todo. Es un típico argentino, sí.

—Es hermoso el taxista.

—Sí. Viste cuando dicen no, no, a mí no me gusta que me hable el taxista. A mí me encanta que me hable el taxista. Que me hable, no que me pregunte, que me hable. Que me cuente. A mí me gusta mucho que me cuenten más que hablar yo.

—Contaste hace poquito, estabas con Ángel de Brito y hablaste de la prótesis de nariz que le hiciste a alguien.

—Yo no lo conté, Denise lo contó. Denise cuenta esas cosas.

—Bueno, pero ¿qué tiene de malo?

—Esas cosas no se cuentan. No se cuentan esas cosas, se hacen. Las buenas cosas de verdad no se cuentan, se hacen.

—Para quienes no sepan lo voy a explicar yo y no te voy a hacer contarlo a vos. Una persona que había perdido su nariz por un tema de salud no tenía plata para una prótesis, te escribieron sus hijos y les hiciste un montón de prótesis y te mandaron la foto de ese hombre que nunca más se había sacado una foto en Navidad.

—Ah, cuando vi la foto fue… Sí, después mucha gente más. Hay influencers que dan plata y se graban dándole plata, o comprando toda la mercadería a un tipo que vende medias. Si lo hacés verdadero no tenés que mostrar eso, lo tenés que hacer. No lo tenés que mostrar. Y eso lo contó Denise. De mi boca no hubiera salido nunca.

—¿Te enojaste con ella por contarlo?

—No, pobrecita, fue con la mejor intención.

—¿No sentís que hay algo también del efecto contagio que puede suceder de contar las cosas buenas?

—Ay, puede ser eh. Puede ser.

—Lo estoy pensando con vos eh. Algo de la cadena de favores que che, vos hiciste una buena hoy que ayudó a otro. Tal vez pueda pasar algo lindo.

—Sí, puede ser. Y tal vez salió a la luz por algo de eso. Andá a saber cómo acciona el destino, ¿no?

—Y ahora vas a recibir 200.000 pedidos.

—(Risas). Por mi forma de pensar no lo hubiera contado.

—¿Estás disfrutando el teatro?

—Sí.

—¿Con todo el desgaste físico que implica?

—Sí claro. Yo laburo, yo amo mi laburo. Yo les enseño eso a mis hijos, que busquen a ver para qué están puestos acá. Y cuando sabés para qué estás puesto acá no es laburo, lo hacés con ganas. Podés estar 24 horas haciéndolo que está buenísimo.

—Estás dejando mucho en esta obra. Llegás a tu casa, te pide Denise el salto del tigre. ¿Estás, te encuentra?

—Sí. Tengo sangre italiana yo. Y estoy tomando maca peruana para poder… (Risas). No sabés lo que colabora eso. Me la habían recomendado en el Bailando los bailarines porque no me daba el cuerpo. Toma maca peruana que vas a ver que, y era guau. Me ayuda a las dos funciones por día y aparte colabora con la sangre italiana.

—Hoy te descubrí odontólogo. También tenemos el consejo para la energía. Hay todo un profesional polirrubro.

—Sí, sí. Puede ser, ¿no?

—Y sí, escuchame, ya tenemos el dato para el sexólogo, el odontólogo.

—Claro. No hay que menospreciar al otro, el otro te enseña mucho. Pero nosotros crecimos en épocas que no existía YouTube, ahora cualquiera es ingeniero. Pero en mi época era a las trompadas. Yo aprendí a los sopapos a hacer pelucas. A los sopapos eh. Prueba y error. Era con Fastix una nariz hasta que me enfermé y era no, esto no se puede usar y empecé a descubrir qué era.

—¿Cuánto tiempo lleva hacer una máscara, una caracterización?

—Y a mí me puede llevar veinte minutos, nada. Pero me ha llevado días para llegar a los veinte minutos. Yo hace 35 años que laburo de esto.

—¿Y hoy para convertirte en el personaje?

—Estoy una hora antes. Pero el cambio de un personaje a otro, yo me convierto de Daniel a Doubtfire en seis, siete segundos. Porque lo requiere así la obra y está escrita así. No es por una habilidad personal. Tuvimos que llegar. Yo igual estoy muy entrenado al cambio rápido porque vengo del unipersonal.

—¿Pero cómo haces en siete segundos de transformarte del papá de los niños en, bueno, esta mujer que los va a cuidar que por supuesto sigue siendo su papá?

—En lo físico entro una pata y hay tres personas que me ayudan. Es como cuando entra un auto a boxes, viste, que le hacen y le cambian la rueda. Yo salgo una pata y traca. Y ahí están Jorgelina, Flora y Héctitor y me hacen rack y me cambian en un segundo y salgo. Pero lo he hecho yo en el under era yo solito atrás de un biombo. Y el escenario eran seis cajones de cerveza y una tablita era el escenario. Lo armaba yo.

—¿Se disfruta igual?

—Sí claro. Por eso no te asusta nada. Entendés, cuando sos feliz comiendo arroz seco y sos feliz igual el resto es. Si está mejor, si no está igual está buenísimo.

—Hoy está todo bien. Están los chicos bien. Está el amor bien. Está un teatro llenísimo.

—Sí. Y con un producto hermoso. Cuido mucho eso: no traicionar a la gente que me viene a ver. Porque a mí me gusta que me cuiden. Yo soy público también. Y tengo actores que yo sigo que sé que no me defraudan, que lo que hacen me va a gustar. Y a mí me gusta ser uno de esos, che, a mi público yo lo cuido porque sé lo que sale una entrada. Sé lo que es pagar una plataforma. Yo lo cuido, no hago porquerías. No necesito. Yo como arroz seco y soy feliz.

—Es imposible no quererte Campi.

—Ay, callate.

—Nos encontramos por supuesto de martes a domingo en el Liceo con una obra que tiene una gran producción atrás.

Papá por siempre.

—Está muy bien. No sabía que te cambiabas en seis, siete segundos. Yo los voy a ir a ver este fin de semana. ¿Siguen todo el año?

—Todo el año, varios años vamos a estar. Yo lo digo. Que después, viste, el destino…

—Hay que manifestarlo. ¿Vos manifestás?

—Sí, sí, sí. A conciencia ahora porque se puso de moda, pero yo ya de chico hacía eso sin saber. Mirá.

—¿Qué hacías?

—¿Te lo cuento? Vos después lo editás. Yo no iba de vacaciones viste, porque me mandaban al Club Piraña en Parque Patricios. Porque no había para ir. Entonces yo iba a la terraza y me mojaba los pies y agarraba así una escoba y pensaba que estaba pescando en la playa. Y me pasaba el día así viste. Y era feliz. Y me pasaba un rato en la playa. Y después me enteré que eso era manifestar. Tanto lo pensé que mis viejos después se pusieron un local en San Clemente y yo me pasaba tres meses por año hasta que decía no quiero estar más en la playa (risas). O sea, manifesté de verdad.

—Vamos a manifestar muchos años entonces de Papá por siempre y vamos a manifestar que se vengan cosas lindas para todos que venimos golpeados.

—Para todos, sí, sí.

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En Ellas, la modelo habló de la presión interna que la acompañó desde chica, de las decisiones que marcaron su vida adulta y del regreso al país tras años en el exterior. Además, reflexionó sobre el valor de los vínculos familiares y cómo el nacimiento de su hijo transformó su manera de vivir y elegir qué lugar ocupa cada cosa en su día a día

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Valentina Cervantes: la experiencia de ser madre joven, el impasse con Enzo Fernández y la reconciliación que redefinió la pareja

En Casino Deluxe, la influencer contó cómo atravesó sus meses de soltería y qué implicó vivir sola por primera vez. Además, habló de la organización familiar entre viajes y distancias, del valor de construir espacios propios y de los proyectos que imagina a futuro

Valentina Cervantes: la experiencia de

Amalia Granata: la verdadera historia con Robbie Williams, el departamento que compró gracias a Playboy y su salto a la política

En Desencriptados, la diputada recordó cómo transformó su exposición mediática en independencia económica, habló de su vínculo con una figura internacional y del recorrido que la llevó de la televisión a la Legislatura santafesina. Además, defendió la coherencia entre su pasado y sus convicciones actuales, y se refirió a la familia, la maternidad y la forma en la que enfrenta las críticas

Amalia Granata: la verdadera historia
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