“No iba a negociar más mis valores para encajar”: el renacer de la CEO que transformó una traición en un nuevo modelo de negocio

Alexia Keglevich recuerda ese día en el que -dice- perdió su identidad, su dignidad y su integridad. Había sido despedida de la empresa que dirigía y había sido fundada por su padre. La historia de una mujer que quiso ser tenista, empezó a trabajar a los 16 años como cadete, llegó a tener quince ataques de pánico por día y creó Pax Assistance: “Se pueden hacer las cosas bien, con empatía, y ganar dinero”

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“No iba a negociar más mis valores para encajar”: el renacer de la CEO que transformó una traición en un nuevo modelo de negocio

Durante 34 años, Alexia Keglevich construyó su identidad dentro de la empresa que había fundado su padre: Assist Card. Empezó como cadete, llevaba avisos a los diarios en la época de los fotolitos, creció hasta convertirse en CEO y atravesó crisis que pusieron a prueba no solo el negocio, sino su propia vida. Hasta que en noviembre de 2020, en plena pandemia, una llamada telefónica la dejó afuera de todo lo construido. “Me dijeron que se terminaba, que no podía entrar a mi oficina”, recuerda. No fue solo un despido: “En ese momento perdí mi identidad, mi integridad, mi dignidad. No sabía dónde estaba”.

No era la primera vez que el suelo se movía bajo sus pies. Su historia personal está atravesada por rupturas, violencia y desarraigo. “Mi infancia fue muy dura, con una familia disfuncional”, cuenta. Padres separados en los años 70, nuevas parejas con graves problemas de salud mental, una vida partida entre dos casas que “no eran un refugio seguro”. Creció —dice— “encajando, sobreviviendo, estando alerta”, aprendiendo a autocuidarse como regla de vida. Más tarde llegarían los ataques de pánico: “Llegué a tener diez, quince por día. Uno siente que se vuelve loco. Y te dicen: ‘Pero si te veo perfecta’”.

Sin embargo, su recorrido también estuvo marcado por la ambición y el trabajo incansable. Quiso ser tenista, pero una lesión frustró el sueño. A los 16 años ya trabajaba; a los 22 fue madre; en 2001, en medio del derrumbe económico argentino y tras el impacto global del 11-S, tomó la conducción ejecutiva de la compañía familiar. Fue ella quien habló cara a cara con cada empleado para pedirles que aceptaran una reducción salarial del 35% para evitar el cierre. “Todos aceptaron. Y ahí sentí el peso enorme de tener que sacar adelante la compañía por toda esa gente que me acompañó”, asegura. Esa mezcla de autoexigencia, búsqueda de reconocimiento y necesidad de demostrar que no era “la nena de papá” la acompañó durante décadas.

La venta de la empresa en 2011 —una decisión que intentó frenar hasta último momento— marcó otro quiebre. “Cuando estábamos por subir al ascensor para firmar, miré a los ojos a mi papá y le dije: ‘Por favor, no lo hagas’. Y él me dijo: ‘La decisión está tomada’”. Siguió diez años más al frente, ya bajo una corporación internacional, hasta que llegó el despido con causa que hoy continúa judicializado. “¿Si siento que me hicieron una cama? Sí. No lo siento, lo sé”. Pero el golpe no la endureció: “Mi última elección fue justamente ablandarme. Humanizarme más”.

De esa decisión nació Pax Assistance, su nueva empresa de asistencia al viajero, la primera en la Argentina en incorporar salud mental como cobertura estructural. “Pax quiere decir paz. Y la paz vino cuando comprendí que no iba a negociar más mis valores para encajar”, explica. El proyecto empezó literalmente por WhatsApp, con tres personas y una convicción: “Presentarnos al mundo como una empresa de corazón grande, sin letra chica”. En cinco meses alcanzó el punto de equilibrio y hoy suma más de 250.000 viajeros. “Se pueden hacer las cosas bien, con empatía, siendo coherente con los valores, y se puede ganar dinero”, afirma en una extensa charla con Infobae. Su historia revela cómo una caída puede convertirse en propósito.

—Te echaron de tu propia empresa.

—Sí, fue un momento doloroso. Muy triste, de quiebre en mi vida. No discuto la decisión, porque viniendo del mundo empresarial uno entiende que pueden pasar estas cosas; sí discuto las formas, las maneras, el irme por la puerta de atrás sin justificación alguna, sin indemnización. Pero bueno, lo lindo es que la historia trasciende.

—Te reinventaste, mirá dónde estás hoy.

—Sí, estoy muy feliz. No quiere decir que no haya sido muy doloroso todo. Porque eso fue un momento de quiebre y a lo largo de mi vida tuve bastantes. Creo que lo más importante es no hacer que esto te endurezca. Está la típica frase lo que no te mata, te endurece. Creo que mi última elección ahora fue justamente ablandarme. Humanizarme.

—¿Cómo fue tu infancia?

—Muy dura. Vengo de una familia disfuncional: mis padres se separaron en los años 70. Mi madre se volvió a casar inmediatamente con una persona con graves problemas de salud mental, y mi padre también se volvió a casar, en su caso con una mujer alcohólica. De mi infancia tengo recuerdos de haber tenido que encajar, sobrevivir y estar siempre alerta. Pero, al mismo tiempo, también recuerdo momentos de creatividad y una libertad que se disfrutaba muchísimo. Era una época en la que crecíamos en la calle.

—Ninguna de esas dos casas era un refugio seguro.

—Ninguna. De hecho de lunes a viernes vivía en lo de mamá, los fines de semana en lo de papá y esto me costó entenderlo, mucha terapia de por medio. Hoy veo la situación con mucha más empatía.

—Pax es la única asistencia al viajero que contempla la salud mental. ¿Crees que tiene algo que ver con esa nena?

—Creo que Pax es el reflejo de todas mis vivencias, entre ellas esa. Yo también tuve muchos problemas de ataques de pánico. Y creo que hoy no darle visibilidad a la salud mental es no estar a la altura de las circunstancias del mundo.

Alexia Keglevich junto a su
Alexia Keglevich junto a su papá.

—Vuelvo a Alexia chiquita. ¿Tenés hermanos?

—Tengo una hermana mayor del mismo padre y de la misma madre. Tengo una hermana menor de la misma mamá y no del mismo papá. Tuve un hermano del mismo papá y no de la misma mamá.

—Eran un montón. ¿Los episodios de salud mental que se vivían en la casa de tu mamá con su pareja te afectaban a vos directamente?

—Sí, me afectaban directamente.

—¿Vivías algún tipo de violencia?

—Sí, conmigo, con mi madre.

—¿Alguien te pudo cuidar de eso?

—Creo que mi hermana mayor fue muy cuidadora conmigo. Aún lo es. Y creo que también eso hizo que yo creciera en este ambiente donde tenía que autocuidarme y ser autosuficiente, casi como una regla de vida. Hoy mirando para atrás, creo que soy totalmente otra persona.

—Te fuiste armando.

—Me fui formando a los golpes. Las historias no son las que se cuentan desde los éxitos que uno puede llegar a ver, porque mucha gente te dice: “Ah, bueno, pero esta mujer es imparable”. No, en realidad esta mujer convive con muchas facetas, con muchas vivencias, con mucho dolor que muchas veces no se cuentan.

—¿El sueño por dónde pasaba en la adolescencia?

Quería ser tenista. De hecho estaba dedicada a full. Era una manera también de escaparme. Gaby Sabatini era mi ídola total. Y después, por una lesión, tuve que dejar el deporte y ahí fue cuando, en esta desesperación de tal vez huida y tal vez de ser económicamente independiente por cosas que había vivido mi madre y demás…

—¿Vivió violencia económica tu mamá?

—Exacto. Yo dije: “Bueno, yo quiero trabajar y ser económicamente independiente”, y fui como una taurina que tenía su objetivo clarísimo. Empecé a trabajar a los 16 años y nunca paré hasta que me despidieron en 2020.

Alexia Keglevich: "Empecé a trabajar
Alexia Keglevich: "Empecé a trabajar a los 16 años y nunca paré hasta que me despidieron en 2020"

—¿Empezás a trabajar en la que era la empresa familiar?

—No, yo vivía en Martínez y la única parte que conocía del centro era donde en su momento tenía la oficina mi padre, que era Viamonte y Florida. Ya había fundado Assist Card, pero estaba empezando. Los tiempos eran más lentos que ahora.

—Y entender todos los que viajábamos que necesitábamos una asistencia en el exterior por si nos pasaba cualquier cosa.

—Exactamente. El cuento es que me subí al tren, me bajé en Retiro, caminé hasta Florida y Viamonte y entré en una agencia de viajes porque era lo que yo sabía hacer: viajar, porque siempre viajé. De chiquita, de hecho, jugábamos a ser agentes de viaje con los tickets en papel carbónico. Entré, tenía actitud, hablaba idiomas. Y me dieron un trabajo, obviamente, de cadete.

—Venías de una familia en donde había problemas, pero lo económico no era un problema.

—Del lado de mi madre sí; del lado de mi padre al principio también. Cuando se separaron mi padre era una persona común y corriente, no había fundado todavía Assist Card.

—¿Vos ya te veías empresaria en ese momento?

—A los 18, 19 años creo que vi Secretaria ejecutiva con Melanie Griffith.

—Hermosa. Que iba con las zapatillas y se cambiaba cuando llegaba.

—Exactamente. Y cuando vi esa película dije: “Yo quiero esto, quiero ser como ella”, que aparte justamente venía de rebelarse. Y me gustó mucho esa película. Igual, siempre me gustó también cuando mi padre –de chicas– nos contaba sobre la empresa. Y en algún momento me pidió que fuera a trabajar con él.

—Te iba a preguntar esto, por qué teniendo una empresa familiar decidís empezar en otro camino.

—Por no querer depender de nadie, ni siquiera de mis padres. Y para mí, ir a trabajar para mi padre —además de que no me lo había ofrecido— era depender. Un día lo llamé y le dije: “Te quiero decir que estoy trabajando”, y casi se infarta. Me dijo: “¿Pero cómo una hija mía está trabajando? Me vas a hacer quedar muy mal”. Porque yo en ese momento tenía 16 años. Y unos meses más tarde me dijo que fuera a su compañía.

—¿Mientras trabajabas seguiste estudiando?

—Sí. De hecho, empecé a trabajar mientras todavía iba al colegio. Y después enseguida empecé la Facultad: iba a la noche y durante el día trabajaba. Llegaba a las once y media de la noche a casa, en tren.

Alexia Keglevich, trabajó en la
Alexia Keglevich, trabajó en la empresa familiar y la ayudó a crecer durante 34 años.

—Contame cómo es hacer crecer una empresa familiar.

—Te puedo decir cómo es trabajar con mi padre. Una empresa familiar tiene muchas cosas lindas: justamente, al ser familiar, es mucho más cercana y se trata todo en familia. Con todo lo bueno y todo lo malo de eso. Con mi padre aprendí mucho la perseverancia, mucho la autoexigencia. Aprendí muchísimo de él. Aprendí a soñar en grande. Y también aprendí —mal aprendido— esto de ganarse el amor a través de la exigencia. Entonces yo buscaba, tal vez —hoy lo digo con mucha terapia encima—, el amor de mi padre dando todo de mí.

—¿Se lo pudiste decir a él?

—Sí, hace muy poco se lo escribí, no se lo pude decir en persona.

—Había algo del trabajar con él, entonces, que era una búsqueda de ese amor, de esa nena que quería ser cuidada también.

—Ciento por ciento. Aparte yo nunca había vivido con mi padre y esta era una manera de estar cerca de él, claramente. Y era una persona —aún hoy lo es— que deslumbra. Entonces para mí era “guau”. Lo miré siempre con mucha admiración hasta que empecé a tomar mi propio vuelo y ahí la parte familiar empezó a tocarse.

—¿Vos qué hacías en la empresa?

—Empecé como cadete, obvio. Después trabajé en el departamento de publicidad, en la época de los fotolitos, y llevaba los avisos al diario los viernes a la noche. Mi pasión siempre fue el marketing. En esa época no existía como tal, entonces empecé a desarrollar el área en la compañía y ya se veía algo diferente. Me hice cargo de la gerencia de marketing. Al principio trabajaba solo en la Argentina y después el resto de países también quedaron bajo mi responsabilidad.

—¿Tu hermana también trabajaba en la empresa?

—No, mi hermana nunca trabajó. Mi hermano entraba y salía de vez en cuando.

—¿Y la mujer de tu papá?

—Se volvió a separar cuando mi hermano tenía 18 años y, unos años más tarde, falleció. Así que mi hermano quedó sin su mamá. Y mi papá se volvió a casar con alguien que está hoy todavía con él, ya desde hace 35 años, y hacen una pareja maravillosa.

A los 22 años fue
A los 22 años fue mamá de Macarena.

—¿En qué momento de ese recorrido empezás con los ataques de pánico?

—Tuve a mi hija Macarena muy joven, a mis 22 años. Me había casado a los 21 con una persona 13 años mayor. Creo que también fue una escapada.

—¿Creés que buscabas un papá ahí también?

—Puede que buscara un papá. Buscaba salir de mi casa también. En esa época nadie dormía afuera de su casa, por más que tuviera 20 años. Me casé, me quedé embarazada y me separé cuando Macu tenía cuatro meses, así que crecimos juntas.

—Trabajabas y tenías una beba de cuatro meses.

—Y me hacía cargo de ella porque el papá —un amor, hoy fallecido—no podía mantenerla. Así que me hacía cargo también de eso.

—¿En esa situación de tanta vulnerabilidad a vos tus papás te pudieron ayudar?

—Yo creo que, a su manera, cada uno trataba de acompañar. Tal vez con mamá había más conversaciones. Probablemente me quisieron acompañar o me quisieron cuidar, pero yo no me sentí cuidada. Y, aparte, cuando nació Macarena automáticamente el foco pasó a ser que había que cuidar a otra persona.

—Pero vos en ese momento trabajabas en la empresa familiar. ¿Pudo tu papá decirte “tomate dos años tranquila”?

—No, de hecho empecé a trabajar cuando Macarena tenía dos meses y la llevaba en el moisés. Pero también eso fue parte de que yo permitía la exigencia y redoblaba la apuesta.

—La taurina que no puede con el no.

—Claro. Yo lo reconozco: “decime que no y te diré cómo lo hago”. Después eso tiene un costo enorme. Al tiempo me volví a enamorar de una persona que trabajaba en la empresa familiar. O sea, pasó a ser el yerno de mi padre. Se pelearon y, obviamente, ahí fue un caos. Nos fuimos los dos de la compañía y durante cuatro años estuve afuera, convencida de que me iban a dar trabajo rápidamente: ya tenía 10 años de experiencia, hablaba idiomas, había viajado al Sudeste Asiático sola para abrir la compañía y franquicias. Y la verdad es que nadie me daba trabajo porque, cuando decía que venía de una empresa familiar, automáticamente me desestimaban.

—O sea, al prejuicio que hay con las mujeres se sumaba el prejuicio de, bueno, ella trabajó…

—Claro, la nena de papá. Luché muchísimo con eso. Me costó mucho sacarme el título.

—¿Él lo tenía también ese prejuicio?

—Te diría que no, al contrario. Él desde el principio me dijo: “Vos vas a ser la que más va a trabajar en esta compañía porque vas a dar el ejemplo”. En ese sentido, él fue siempre muy directo conmigo: “No te voy a proteger y te la voy a hacer difícil”. Porque también hay que entender su historia: vino de una infancia muy difícil, donde perdió su vida completa durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un refugiado, perdió a sus amigos, a su familia, entonces uno comprende que también tenía muchas limitaciones emocionales.

—Hizo lo que pudo.

—Claro. “Yo no sé abrazar porque a mí nunca me abrazaron”, eso me decía.

Alexia Keglevich: "Me pude sacar
Alexia Keglevich: "Me pude sacar de encima el prejuicio y también el síndrome del impostor"

—Te vas esos cuatro años con tu pareja. ¿Se van los dos?

—Me voy esos cuatro años. Era plena época de Carlos Menem, todavía con una hija chica, y la casa hipotecada a punto de perderse porque, obviamente, no tenía ingresos.

—¿Él también sin trabajo?

—Los dos nos quedamos sin trabajo. De hecho, emprendí con una agencia de viajes que me duró ocho meses. Dije: “Esto no es lo mío”. Y cuando me faltaban 100 dólares para que todo se derrumbara, me llamaron del Banco Río —hoy Banco Santander— y entré en el área de tarjetas de crédito. Inicié una etapa totalmente nueva, con una Alexia diferente: mucho más segura. Ya no era “la hija de”. Ahí me saqué ese título. Ahí Alexia fue Alexia. Me encantó. Y en el año 2000 mi padre me pidió que volviera y volví.

—Ese paso por el banco te dio una seguridad distinta a vos también, ¿no?

—Muchísima. Me pude sacar de encima el prejuicio y también el síndrome del impostor. Ese pensamiento de: “¿Habré sido tan buena porque era la hija de, o porque soy yo?”. Fue espectacular en mi vida profesional.

—¿En qué momento aparecen los ataques de pánico?

—Tuve a mi segunda hija en el Banco Río, Federica, y volví a la compañía familiar en pleno 2001. Tuve que recomponer: realmente la compañía se fue a pique porque en 2001 pasó el atentado a las Torres Gemelas y después pasó lo de la Argentina, así que fue muy duro. Teníamos que bajar los sueldos y les hablé a cada uno de los empleados: tenían la opción de irse o quedarse, bajarse el sueldo y después, cuando pudiéramos, recuperarlo. Esa ida uno a uno, cara a cara, y sentir la responsabilidad de cada una de las vidas que tenía enfrente —familias, mujeres solas, padres de familia—. Todos, absolutamente todos —se me pone la piel de gallina— aceptaron bajarse el sueldo un 35%. Eso fue un peso enorme para mí porque dije: “Tengo que sacar adelante esta compañía por toda esta gente que me acompañó”. Y eso, sumado a que se empezaba a desmoronar mi segundo matrimonio, hizo eclosión. Así que ahí tenía a las dos nenas chicas; un matrimonio que se estaba desmoronando y una compañía que había que sostener.

—Qué rol tenías vos en la compañía en ese momento.

—Ahí ya era CEO, directora ejecutiva.

—¿Tu papá se había corrido?

—Era presidente. No estaba en la ejecución, estaba sí en lo estratégico.

—Pero cuando te llamó para que vuelvas vos dijiste: “vamos a negociar”.

—Yo le di esa condición, correcto. Le dije: “No voy a volver como una más, quiero ser tu mano derecha”. Y él aceptó.

Tras su salida de la
Tras su salida de la empresa familiar Alexia Keglevich fundó Pax Assistance: "No iba a negociar más mis valores para encajar"

—Año 2001, cuando todavía era tabú hablar de ataques de pánico y salud mental. ¿Encontraste ayuda?

—Caí en un psiquiatra tremendo que nunca me explicó qué era lo que estaba teniendo. No sentía estar por morir, sino que se me volvía loca. Es terrible. Llegué a tener diez, quince ataques de pánico por día. La verdad es que la pasé muy mal. Me medicaron, obviamente, pero no me servía para nada. Hasta que, de autodidacta, empecé a buscar. Fui a una médica y me dio un manual, como un workbook, que empecé a completar y me hizo comprender el origen de los ataques y cómo dejar de pelearme con ellos. Para mí eso fue clave: saber, aceptarlo y decir “en algún momento va a pasar”. Porque mi desesperación era “no pasa”, y cada vez era peor. Nunca dejé de trabajar. Eso también tuvo mucho costo. Era un momento para cuidarme.

—¿En qué momento Assist Card se convirtió en una empresa grande?

—Sobrevivimos al 2001 y empezó a ser una empresa mucho más potente. Ahí fue cuando mi padre, en 2011, decidió venderla porque no pudo sostener la empresa y la división entre la familia.

—¿Por qué la división entre la familia?

—Porque en algún momento, el fundador tiene que definir al sucesor y es muy doloroso tener que decidir. Creo que mi padre no pudo y cortó por lo sano: “Voy a vender y que otro tome la decisión”. Y vendió.

—¿No eras vos la sucesora natural, siendo su mano derecha?

—Sí, pero también estaba mi hermano varón. Y lo menciono como varón porque mi padre es de la nobleza húngara, donde todo el linaje pasa a través del hombre y no de la mujer.

—Era la empresa de asistencia al viajero más importante en ese momento en Argentina.

—Sí, fue la primera empresa argentina y de hecho la categoría de asistencia al viajero la inventó mi padre, es suya. La creó desde una historia personal profunda, porque cuando perdió todo y tuvo que salir de Hungría, estuvo durante dos años vagando por Europa solo, sintiendo lo que era estar lejos de casa.

—¿Ya existían empresas en otros lugares del mundo que lo hicieran?

—En Europa existen los seguros de viaje, pero son muy diferentes. Si necesitás un médico buscalo y después te compensan económicamente. No resuelven. Luego, fueron replicando nuestro modelo.

Alexia Keglevich posa sonriente junto
Alexia Keglevich posa sonriente junto a sus hijas.

—Llega el momento de la venta. ¿Estuviste de acuerdo?

—No. De hecho, hay una anécdota: la venta se hizo en Zúrich un 11 de diciembre de 2011. Habíamos viajado los dos para hacer la transacción. Él tenía que firmar todos los papeles y yo lo acompañé con los abogados y todo el equipo. Cuando estábamos por tomar el ascensor para subir al piso donde se firmaba, lo miré a los ojos y le dije: “Por favor, no lo hagas”. Y él me miró a los ojos y me dijo: “Ya me conocés, la decisión está tomada”. Y fue así. El nuevo dueño definió a la sucesora, que fui yo. Y ahí salió toda la familia: mi hermano, mi padre, y quedé yo sola en la compañía, que ya no era una empresa familiar: era una corporación.

—Me imagino que económicamente fue un impacto muy fuerte también para la familia que compre una corporación…

—Para mi padre. Para el resto no (risas). Vale la aclaración.

—¿Y cuántos años seguiste trabajando ahí?

—Diez años. Hasta el 20 de noviembre de 2020 que me despidieron. Me llamaron por teléfono en plena pandemia y me dijeron que no podía entrar a mi oficina. Que iban a hacer una investigación en mi contra y que no podía comunicarme con nadie. No entendía nada, sinceramente. Había entregado la empresa en punto de equilibrio, en una industria que otra vez se había ido a cero. En ese momento perdí mi identidad, mi integridad, mi dignidad. No sabía dónde estaba. Fue súper doloroso. Después vinieron las causas.

—¿Vos sentís que te hicieron una cama?

—No lo siento, lo sé.

—¿Qué duele más, que te echen en plena pandemia, que sea la empresa que creó tu papá y a la que vos te sumaste, hiciste crecer de esa forma, la traición?

—Creo que lo que más duele es haber perdido la identidad y haberme perdido. Me llené de miedos, de impotencia, de inseguridades. Fue un momento muy doloroso que, lejos de endurecerme, me ablandó muchísimo más.

—En un momento del mundo muy particular también. ¿Cómo era tu familia en ese momento?

—Mis dos hijas casualmente vivían afuera. La más grande vivía en Londres y la otra se fue a vivir a Estados Unidos en pandemia. Con lo cual era la primera vez que me encontraba sola, sin hijas, sin trabajo, sin perro —que lo tuve que sacrificar en su momento—, sin pareja.

—Y, sin embargo, apareció una fuerza que no imaginaste que podía surgir, ¿no?

—Yo creo que uno siempre tiene esa fuerza. Esa pulsión. Pero no es el “todo va a estar bien” o el “vos podés”. Es mirarse de frente con la verdad y ser coherente con lo que uno ve. Y, a partir de ese dolor, transformarlo. La voluntad de salir adelante y no darme por vencida fue clave. Y también entender algo muy fuerte: uno puede ser un número. Yo pensaba que esa compañía era mía, la sentía propia. Y no era así. Me demostraron que eso no valía nada.

"Nos presentamos al mundo como
"Nos presentamos al mundo como una empresa de corazón grande y sin letra chica", explica Alexia Keglevich, sobre Pax Assistance.

—¿Cómo nace Pax?

—Primero Pax quiere decir paz. Y la paz vino cuando yo comprendí que no iba a negociar más mis valores para encajar. Durante toda mi vida tuve que negociar mis propios valores para poder encajar en la vida o que me quieran, o que me acepten. Entonces un día decidí no negociar más mis valores y eso me dio paz. Por eso la compañía se llama Pax. Es un nombre corto que me gusta, se dice en todos los idiomas.

—¿Lo encontraste fácil?

—Lo dibujé mucho tiempo. Cuando atravesé ese dolor, cuando acepté mi pasado, cuando acepté que nada iba a cambiar, que tenía que sacar adelante lo mejor de mí.

—Es re importante esto que decís: puedo estar enojada, me traicionaron, me deben mi indemnización, son 34 años en esta empresa. Puedo quedarme en esa queja o puedo mirar para adelante. Y vos miraste para adelante.

—Así es. Miré para adelante. Es un quiebre. Sé perfectamente el día, la hora, dónde estaba sentada y qué estaba pasando por mi ventana. Lo sé, lo sentí, vino desde las entrañas, dije hasta acá llegamos. Vamos a construir esta nueva vida desde valores que no se negocian. Desde propósitos.

—¿Cómo era tu posición económica en ese momento? ¿Te quedaste sin trabajo y tenías la vida resuelta igual?

—No para toda la vida, pero tenía una posición. Estuve en un cargo global ganando muy bien durante los últimos años de mi vida. El día que me despidieron me vinieron a buscar la computadora, el auto, la obra social, todo. Entonces reconstruir eso también fue duro.

—¿Para cuánto tiempo te daba la cuenta?

—Viviendo bien, tres o cuatro años, sin contar todo lo que yo quería darles a mis hijas, que para mí era muy importante. Nunca fui apegada al dinero. Para mí el dinero fluye y cuando las cosas son coherentes, las puertas se abren.

—¿Te salió fácil el nombre Pax?

—Sí, me salió muy fácil. Lo amé, lo dibujé, lo humanicé con la X y la cabecita. Es como una hija más.

—¿Cómo empezaste a darle forma?

—En ese momento en el que sentí paz, también me sentí libre por primera vez en mi vida. Nunca me había sentido libre porque tenía jefes, padres, o porque tenía que rendir cuentas, o porque tenía que pedir permiso, o porque tenía marido. Entonces empecé a crear todo desde cero, llamé a los prestadores, todos me decían que contaba con su apoyo, mucha gente se quiso asociar. Y empecé a dudar de mí misma otra vez, fueron nueve meses hasta que salió. En diciembre del 2021, un año más tarde del despido, Pax vendió su primer Pax.

—¿Cómo se festejó esa primera venta?

—Éramos tres personas y teníamos una red de prestadores, pero el modelo de negocio era muy diferente. Yo tenía algo clarísimo: incorporamos salud emocional, dimos servicio a través de WhatsApp. La empatía estaba por sobre todo. Nos presentamos al mundo como una empresa de corazón grande y sin letra chica.

Alexia Keglevich junto a Tatiana
Alexia Keglevich junto a Tatiana Schapiro en Infobae

—Conociendo tanto la industria y las falencias de otros prestadores, te ibas a insertar como nuevo jugador marcando la diferencia. Identifiquemos esos puntos a tener en cuenta.

—La falta de empatía al momento de pedir ayuda. Del otro lado todo termina siendo automatizado: “apriete 1, apriete 9…”. No entienden que estás sola, te responde un protocolo. Y eso es lo que falta, no solo en la industria: creo que en el mundo entero falta empatía y humanidad.

—Decir: en esto me diferencio. ¿Qué más?

—Si tenés un problema con tus medicamentos o perdiste tu valija y necesitás comprarte ropa, Pax te envía el dinero a tu billetera virtual, Vos no usás tu propio dinero.

—Esto que decías recién: “corazón grande y sin letra chica”.

—Sí. Y es real. Y el equipo que me acompaña hoy —que somos muchísimos más, porque el crecimiento fue impresionante— lo sostiene todos los días. El mundo necesita empresas humanas. Necesita hablar diferente. En este mundo tan conectado y, al mismo tiempo, tan desconectado, cuando alguien se siente escuchado, ya cambia todo. Así es como Pax empezó a crecer gracias a los buenos reviews de nuestros paxeros.

—¿Cuál es el ranking de los cinco principales problemas que tienen los pasajeros en sus viajes?

—Primero, equipaje. Lejos. Segundo, depende del destino. Por ejemplo, en Brasil la gastroenteritis está top of the line. Después, en Europa, caídas por el hielo, según la temporada. Golpes de calor en Orlando en épocas de mucho turismo. Otitis. Insolaciones en niños. Todo eso representa el 90% de los casos. Después están los problemas graves.

—¿Cuántos son hoy?

Hoy somos más de 200 personas. Pero la parte más importante —lo que yo llamo el corazón— somos 45. El núcleo más unido, el que sostiene la cultura. No tengo rotación, imaginate. Yo tengo un podcast que se llama PodPax donde cuento historias para un mundo mejor. ¿Vendemos Pax ahí? No. Pero muestra nuestra identidad. Yo soy, quizá, hasta ingenua. Pero estoy convencida de que hay que volver a las bases: a lo humano, a la conexión.

—No deja de ser una empresa. ¿Da ganancias ya o todavía no?

—Te voy a contar: el punto de equilibrio lo alcanzamos en el mes cinco. Para una startup es increíble. Y sí, se puede hacer las cosas bien, con empatía, con coherencia con los valores, y ganar dinero.

—¿Qué te pasa a vos con haber armado una empresa sola, sucesora y competidora de la que fundó tu familia?

—Hoy agradezco la vida que tuve, con fracasos y éxitos. Todo fue aprendizaje y creo que eso hace a Pax diferente. Agradezco todo, incluso lo doloroso. Y tengo algo claro: no voy a negociar nunca más mis valores para encajar.

—¿Cuántos pasajeros tuvieron este año?

—Alrededor de 250.000 viajeros.

—¿Se puso orgulloso tu papá?

—Sí, yo creo que sí. Igual, él es el fundador de Assist Card y yo soy Pax. Cada uno tiene su titulo.

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