José Luis “Batata” Clerc es un extenista profesional argentino. Es considerado una de las figuras más destacadas del tenis argentino de los 80. Durante su carrera en el circuito ATP, se especializó en canchas de polvo de ladrillo y alcanzó el puesto número cuatro del ranking mundial en agosto de 1981, su mejor ubicación histórica. Su palmarés incluye 25 títulos individuales, lo que lo ubica como el segundo argentino con más títulos oficiales, solo superado por Guillermo Vilas.
En el plano deportivo, Clerc demostró solidez en los torneos internacionales, con dos semifinales en Roland Garros (1981 y 1982) y un papel decisivo en la final de la Copa Davis de 1981, donde, junto a Vilas, lideró al equipo argentino frente a Estados Unidos. Tras retirarse como profesional a finales de los años ochenta, mantuvo su vínculo con el tenis como comentarista, participando en transmisiones de grandes torneos y conservando presencia pública en eventos relacionados con el deporte.
Fuera de las canchas, Batata es padre de cuatro hijos y participa en iniciativas de inclusión social a través del deporte al compartir su experiencia con la crianza de su hija menor, Sophie, nacida con hipoacusia. A través de su testimonio, promueve la integración y respalda acciones destinadas a facilitar tratamientos adecuados para niños con discapacidad auditiva.

—¿Te gusta algún otro deporte además del tenis, que es tu especialidad? ¿Fútbol? ¿Básquet?
—Un poquito ahora veo La Fórmula 1, muy de vez en cuando esos partidazos de la NBA. Pero no soy de ver otros deportes porque no tengo tiempo. Estoy permanentemente trabajando (risas).
—Más allá de lo gran jugador que fuiste, número cuatro del mundo, con más título en Argentina después de Vilas, hoy la gente te ve en la tele y algunos pibes no saben lo que jugabas…
—Hace muy poquito me pasó que entré a las redes sociales y de repente me vi jugar. Y dije: “¡Qué bueno! Qué bueno para que los chicos y la gente no diga: ‘Batata es un invento de los comentarios de tenis’ de ESPN” (risas). Primero fui tenista y después tuve la suerte de laburar en televisión muchos años.
—No solo fuiste tenista sino que llegaste a ser número cuatro del mundo, algo que cuesta muchísimo en el deporte de élite. Y dedicarte al tenis desde lo televisivo, a un deporte que vos practicaste y del que tenés un enorme know-how, también exige muchísimo tiempo: mirar partidos, analizar estrategias, viajar, entender a qué juega cada pibe. Es una dedicación total, que no deja demasiado margen para otras cosas.
—Y conozco a todos los jugadores. Desde que me retiré en el año 85, que estuve dos años parado tratando de jugar la Copa Davis, pero desde los 90 empecé a transmitir tenis. Entonces, no me perdí el paso a ningún jugador… Como Greg Rusedski, Ivanišević, Pete Sampras. Después vino Andre Agassi , Del Potro, el Big Four. Los conozco a todos y te digo cómo hay que jugarle a cada uno, con todo respeto, pero son tantas horas que uno pasa mirando y mirando...
—Estudiás, ves la tendencia de los equipos, de los jugadores, ya sabés qué van a ser bajo presión, a quién puede ir la bola… Yo creo que la gente valora mucho eso de vos. Todos los que ha jugado un deporte profesional y lo pueda explicar bien, me parece que el público lo valora.
—Tengo la suerte que donde voy, la gente me para en la calle o si voy a un club me dice: “La verdad Batata aprendemos mucho con vos y cómo te adelantás a una jugada. Decís: ‘Ahora le va a sacar kick al revés y pasa’”. Uno lo ve porque tuvo la suerte de estar ahí y sabe cómo viene el partido. Sabés lo que va a hacer el tipo y no es una casualidad. Muchas veces que digo: “¿Sabe qué? Tengo una sensación que posiblemente venga el quiebre ahora”. Cuatro iguales, pum, quiebra. “¿A qué número la apuesto?”, te dicen (risas). Y no. Uno va viendo la trayectoria, va viendo el partido y sabe lo que puede llegar a suceder.
—¿Te acordás cuando fue la primera vez que leíste: “José Luis Clerc, número cuatro del mundo”?
—Hace tanto… Lo que sí recuerdo más son los primeros partidos porque fui el barrabrava que estaba ahí con siete u ocho amigos gritando: “Argentina, Argentina” con la bandera. Y yo tengo una palabra que es muy importante para mi vida: soñar. Yo soñaba a los 14 años con jugar tenis. Me acuerdo que estaba Vilas, Cano, John Alexander, Phil Dent, unos jugadores número top ten, una de las mejores parejas del mundo. Y yo dije: “Ahí es donde quiero estar. Ese es mi sueño. Yo quiero representar a mi país”. ¿Y a los 17 años, dónde estabas? Jugando en Chile con Guillermo Vilas, jugando el doble de la Copa Davis.
—Eso me he olvidado. ¿Vilas y vos en dobles?
—Sí. Y la verdad que tuve un apoyo tremendo porque Vilas. Yo lo miraba y nos gritaban: “¿Qué están pololeando? ¿Están de novios?” (risas). Porque el otro no paraba de hablarme y decirme: “Dale, dale, dale”. Y yo prestaba atención. Fue un momento muy lindo de mi vida.
—¿Era intenso Guille en la cancha? ¿Era tipo coach?
—Sí, en ese momento sí. Era muy importante. Tiene seis años más que yo, Guillermo. Casi que me agarró de la mano y me dijo: “Vení, nene, que tenemos que ganar en dobles”. Porque siempre dobles era el gran problema que tenía Argentina con Chile, porque lo mejor que tenía Chile, más allá del Pato Cornejo, Hans Gildemeister, de Jaime Fillol, era siempre se definía y se define muchas veces en el dobles. Y le ganamos. Le ganamos al Pato y a Jaime Fillol, que era una pareja que estaba entre las 12 mejores del mundo y nosotros éramos dos singlistas. Pero Guillermo me llevó muy bien de la mano en ese partido recuerdo.
—Hubo una rivalidad medio estúpida entre Vilas y vos. ¿Fue creada más por los medios que por ustedes?
—A ver, tuvimos de todo con Guillermo. No te puedo decir lo que vivía el argentino acá. Lo sentí cuando me vine a vivir al país, que todos me miraban como diciendo: “Vos es la oveja negra porque estuviste en Chile”. Pero estuve en Chile porque mi entrenador era chileno y yo vivía en el campo. Entrenaba entre las gallinas, entre chanchos. Si yo venía acá, tenía que ir a la casa de este, a la casa del otro, a comer con mi tía, a comer con mi prima, a la televisión…
—Te sacaba de foco.
—Y te digo sinceramente, por suerte, lo tuve a Guillermo por delante porque me sacaba toda esa presión. Cuando jugábamos Copa Davis se paraba el país y uno sentía realmente que se paraba el país.
—¿Y después? Cuando ya estabas más asentado, más sólido, ¿cuál era la pica entre Vilas y vos? Porque eran los dos mejores nuestros. ¿Fue esa argentinidad que siempre busca elegir a uno u otro en vez de disfrutar a los dos?
—La rivalidad, porque eso lo buscaba el sobre todo la prensa. Había que vender. Vos fijate lo que es River-Boca, Menem-Alfonsín, Vilas-Clerc. Somos así, pero ahora como que está todo más calmo, ¿no? Desde que llegó Del Potro es Del Potro y punto. Antes también le había pasado a Nalbandián y a Coria. Querían esa rivalidad. Con Vila es verdad que nuestros entrenadores no se llevaban bien…

—Igual puede haber alguna cosita entre ustedes: el ego, la individualidad… Pero de ahí a estar súper peleados, ser enemigos u odiarse, es un montón.
—No nos hablábamos. Pero teníamos algo en común...
—¡¿No se hablaban?!
—Con Vilas no me hablaba. Por ejemplo, en la final de Copa Davis no nos hablábamos. Pero teníamos algo en la mente: queríamos ganar la Copa Davis los dos. Si Guillermo salía, yo quería que Guillermo ganara para quedarme ese punto, para sacarme un poquito el estrés, esa ansiedad, los nervios, la tensión.
—Pero eso era profesional. En lo personal tenían cero vínculo.
—A ver, no nos hablamos durante un tiempo. Pero también fuimos muy buenos amigos. Él hizo unas declaraciones después que yo le gané en la final en España, en Madrid, porque me iba llevando como chico para el colegio. Iba dos a cero arriba, porque se jugaba cinco siete en esa época, no como ahora juegan tres y dicen: “¡Uy! Qué cansado está, pobrecito”. Y sin embargo se ganó seis palos verdes. Nosotros ganamos 5.000 dólares (risas). Y vos sabés que en esa final estaba dos sets a cero abajo, break abajo y me da una pelota. Y a partir de esa pelota yo encontré una pelota que a mí me molestaba mucho de él, que me jugaba alto al revés. Hasta que le encontré el timing y ahí el partido hizo clic y le gané. Ahí hizo declaraciones después de muchos meses y dijo: “No soporté nunca que Batata me haya ganado”, pero no por mí, sino por ser un argentino. Porque para los argentinos Vilas es…
—Es que Guille en ese momento era el único, el uno, el indiscutido, entonces que viniera otro argentino a ganarle, habrá sentido rechazo.
—Claro. ¿Quién es este? ¿Qué hacés acá? (risas).
—Son dos cracks, son cosas que pasan y demás. ¿Cuál fue el último contacto que tuviste con él de grande?
—Mi hija es hipoacúsica. Y no me hablaba con él hace tiempo y le pedí un día que por favor (se emociona). Necesitábamos darle más nombre a las Lomas Oral, que el colegio donde iba Sophie. Sophie es una chica extraordinaria, con una madre espléndida. Está perfecta. Pero me conmueve esta anécdota. Lo llamo a Vilas y le digo: “Pasa esto, esto y esto. ¿Vendrías a una jornada de teatro para recaudar fondos?” Y me dijo: “Sí, por supuesto Batata”. Yo quería llevar gente conocida para que venga la prensa y dar a conocer el lugar. Vino y nos dimos un abrazo... Le dije: “Gracias, Guillermo”. Yo estaba muy preocupado de no molestarlo y le dije: “¿Te querés ir? No hay problema” Y me dijo: “No, Batata. La estoy pasando bárbaro. ¡Qué lindo es esto! Qué bárbaro”. Pasaron los meses y llegó la noche solidaria que se hace todos los años, donde se junta la mayor cantidad de plata para el colegio, porque es sin fines de lucro. Entonces le dije: “Estuve en Roland Garros. Traje la remera de McEnroe que me la firmó, la remera de Boris Becker, la de Björn Borg. ¿Venís a la noche solidaria? Vos no hagas nada. Pero yo quiero que vos vayas adelante a decir esta es la raqueta que yo gané el US Open: una head”. “Buenísimo, Me encanta. Voy”, me dijo. Pero no era que tenía que estar 10 minutos: había que comerse la cena, vino con Pian... Y estuvo ahí y para mí esas cosas borraron todo. Lo quiero, lo adoro y lo extraño mucho (se emociona).
—Es jodido porque no está en su mejor final, ¿no?
—No está en su mejor final. No está en su mejor momento. Guillermo es parte de mi familia, viví toda mi vida con él y estaríamos cagándonos de risa ahora diciendo: “Boludo, ¿te acordás cuando te peleaste? ¿Te acordás cuando me dijiste esto?” Pero bueno, así es la vida. Lo extraño. Vos fijate que yo no hablo mucho de él y no doy muchas entrevistas porque sé por dónde van a ir…
—Yo estoy sorprendido. No era mi intención ahondar tanto, pero me parece espectacular que la gente esté viendo este momento y sepa el amor que vos tenés por quien fue tu coach, tu amigo, tu rival y que tuvo todos estos gestos.
—Cuando yo me abro, hablo desde el corazón. No para tener marketing. Tuve la suerte de tenerlo adelante, como te dije anteriormente, porque él me sacaba todas las presiones. Siento una gran admiración por él y no le llego ni al tobillo. No hay ningún tenista argentino que le llegue a los tobillos a Vilas. No sé si lo habrá en Latinoamérica. Me podés decir: “Ríos fue número uno del mundo”. Sí, pero Ríos no ganó ningún Grand Slam. Yo creo que no se pueden comparar ni épocas ni jugadores, porque lo que ha hecho Vilas es algo impresionante a nivel de un Rafa, de un Roger, de un Andy Murray de un Novak Djokovic.

—Siempre los deportistas tienen un vacío al retirarse. Leí que tuviste pensamientos depresivos o una depresión posttenis. Te pasó como a tantos otros, ¿cómo saliste?
—16 años con ataque de pánico estuve, sin tomar una pastilla. El médico que me vio se dio cuenta y después fui a un psicólogo. En aquella época no se sabía qué era. No se decía ataque de pánico, como hoy. Estás transpirando, está sudando, estás con la boca seca y te dicen: “¡Ah! Tenés un ataque de pánico”. A mí me agarró en los 90. Yo me acuerdo que estaba para ir a jugar un partido de squash y empiezo con taquicardia. Dije: “Me muero, ¿qué es esto?” Y seguramente que cuando estaba jugando mi pulsación estaba en 180, 190 y no me daba cuenta porque el cuerpo está acostumbrado a hacer deporte. O cuando entrenaba, o cuando salía a correr, cuando hacían pique las pulsaciones. No le di bola, pero mi cabeza estaba tan vacía, mi entrenador ya no estaba más, que era como mi padre, mi hermano, mi coach, el Pato Rodríguez. Fue muy duro, muy difícil para mí, porque él era el que me sostenía, él era el que me marcó la vida. Una vez me agarra y me dice: “Batata, la puerta del triunfo está allá. Si te vas para el otro lado, no vas a llegar”. Una sola vez me lo tuvo que decir. Nunca más. Era el que me sostenía emocionalmente.
—Por graficarlo de algún modo. Se te acabó el tenis, se te fue Pato.
—Las dos cosas al mismo tiempo y quedé en bolas, hablando mal y pronto. Escuchaba una ambulancia y me agarraba un pánico terrible. Son cosas que aprendí diciendo: “Bueno, esto es parte de la vida”. Porque yo no sabía lo que era la vida. Cuando vos llegás a estar allá arriba, decís: “Traeme un vaso de agua” y te vienen cuatro… Todo lo que se te ocurría estaba a disposición y de repente: freno de mano. Fue la pata en el freno y dije: “No juego más”. Y si bien lo venía preparando, fue un momento muy difícil y me estrolé contra la pared.
—¿Y cómo saliste de todo eso?
—Entre la familia y ciertos amigos, no muchos. Porque algunos me decían: “Cómo rompés las bolas, flaco”. Porque yo no podía ir de acá al baño solo. Tenía mis “damas de compañía” para ir a jugar los torneos de veteranos, así me decían mis amigos. “¿A quién le toca hoy?”, se preguntaban entre ellos. “¡Uy! Me llamó Batata a las a las 10 de la mañana”, comentaban. Yo les decía: “Che a las cinco tenemos el vuelo que nos vamos a New York, ¿eh? Te espero”. Porque necesitaba estar con alguien. El que sufre de pánico sabe lo que es. Es la muerte propiamente dicha. Y en Estados Unidos me vio mi médico, un argentino con quien jugaba mucho al tenis allá. Me vio tan mal que caí de sorpresa al consultorio y me dice: “Mañana ya tenés tu psiquiatra”. Me medicó. Yo no quería tomar nada porque le tenía miedo porque la primer pastilla que me dieron fue Valium y fue como que me caí en un pozo. Después empecé a entender todas esas cosas. Cuando empecé a tomar estas pastillitas, dije: “¡Wow” hay otra vida”. Y una psicóloga me dijo: “Vos fuiste un Fórmula 1 y conocés a la perfección tu motor: cuando tenés un tirón, si tenés una palpitación, lo conocés tanto que cuando empezaste con una palpitación dijiste: ‘Me muero’”. Y después otro, el primer psiquiatra me dijo: “Mirá José Luis, esto es como dejar un chiquito de 5 años en la 9 de Julio en hora pico. ¿Qué hace ese chiquito? Se asusta. Bueno así estás vos, asustado por todo”.
—Para cerrar, hago un repaso rápido de varios nombres que mencionaste: Björn Borg, Vilas, Connors, McEnroe y ahora Federer, Nadal... Haciendo un random, en homenaje al nombre del programa, decime de todos esos ¿con quién no jugarías un partido y con quién de todos ellos, aún sabiendo que pudieras perder, te encantaría jugarle?
—Volvería a jugar con Vilas. Saldría a comer con Vilas. Le daría un abrazo a Vilas. Y te quiero, Vilas.
—¿Y con quién no?
—Con McEnroe. Era muy duro. Era tremendo. Te tenías que agarrar a las puteadas con él. Era bravo. Lo quiero mucho, ¿eh? John es un genio total. Y el que sí me quedé caliente, te digo sinceramente, cuando lo trajimos a Roger Federer. Quería pelotear, te juro, estaba como un nene diciendo: “Peloteame un poquito” y no me animé (risas). Te juro. Y estaba el kids day y estaban todos los nenes jugando con él. Y yo estaba como loco, quiero pegar, quiero sentir la velocidad de pelota de él. Pero no me animé.





