Durante décadas hemos convertido la restauración de la naturaleza en una imagen demasiado simple: alguien con una pala plantando un árbol. Es una imagen poderosa. También es insuficiente.
Frente a la magnitud de la degradación que enfrentamos, el problema ya no es solamente cuántos árboles podemos plantar. La pregunta realmente importante es si somos capaces de recuperar ecosistemas completos, hacerlo en millones de hectáreas, comprobar que funcionan y sostener esa recuperación durante décadas.
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La semana pasada participé en el Congreso RedLAC 2026, un espacio que reúne a fondos ambientales de América Latina y el Caribe. Actualmente son 34 fondos en 20 países que, en conjunto, gestionan más de USD 1.500 millones y trabajan en la conservación de más de 900 áreas protegidas.
Y una de las preguntas que atravesó muchas de las conversaciones fue precisamente esa: ¿cómo restaurar a escala, más allá de intervenciones puntuales en determinados territorios? Hoy, hasta el 40% de las tierras del planeta se encuentran degradadas. Cada año se pierden alrededor de 100 millones de hectáreas de tierras saludables y productivas. Al mismo tiempo, los países han comprometido la restauración de cerca de mil millones de hectáreas hacia 2030. La distancia entre esas dos realidades es enorme. Y explica por qué necesitamos cambiar la conversación.
Restaurar un ecosistema significa recuperar suelos, ciclos de agua, diversidad biológica, conectividad ecológica y la capacidad del territorio de seguir prestando servicios esenciales a las sociedades que dependen de él.
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En algunos lugares la respuesta correcta será plantar. En otros será permitir la regeneración natural. En otros habrá que recuperar humedales, pastizales o manglares. Y en muchos será necesario combinar distintas intervenciones durante años.
Eso requiere algo bastante menos fotogénico que una jornada de plantación: infraestructura.
Infraestructura científica para entender qué necesita cada territorio. Bancos y cadenas de suministro de semillas nativas. Viveros y laboratorios. Sistemas de información geográfica. Tecnología para intervenir lugares remotos. Monitoreo de largo plazo. Estándares que permitan saber qué funcionó y qué no. Equipos locales capaces de operar esas herramientas y mecanismos financieros que puedan acompañar procesos ecológicos que no ocurren dentro de un trimestre fiscal.
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Ahí está apareciendo una nueva generación de soluciones que merece atención.
Una de ellas nació en Argentina y la vengo siguiendo desde hace algunos meses. Tuve la oportunidad de conocer mejor su trabajo durante la Conferencia Internacional del Club de Roma para América Latina y volví a escuchar sobre sus avances durante RedLAC.
ReForest LATAM combina análisis ecosistémico, biotecnología y dispersión aérea para intentar resolver uno de los grandes cuellos de botella de la restauración: la escala. Su sistema utiliza iSeeds, cápsulas biodegradables que protegen semillas nativas y las acompañan con sustratos y bioestimulantes para favorecer su germinación y establecimiento. Antes de intervenir, imágenes satelitales, sistemas de información geográfica e inteligencia artificial permiten analizar variables como suelo, cobertura, topografía y condiciones ambientales para determinar qué especies conviene dispersar y dónde. Luego, drones ejecutan esa prescripción sobre grandes extensiones y permiten llegar a lugares donde la plantación convencional resulta lenta, costosa o logísticamente inviable.
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La reflexión de esto, es que la tecnología empieza a hacer posible que tareas históricamente costosas, difíciles de monitorear y muy intensivas en logística puedan diseñarse, repetirse y evaluarse con mayor precisión.
La siguiente generación de soluciones para la restauración tendrá que combinar tecnología con ciencia ecológica, conocimiento territorial y gobernanza local. El objetivo siempre debe ser maximizar ecosistemas recuperados.
Existe además otra discusión inevitable: quién paga.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que la inversión mundial en restauración debería pasar de aproximadamente USD 64.000 millones en 2022 a USD 296.000 millones anuales hacia 2030. Hoy los gobiernos aportan cerca de tres cuartas partes del financiamiento.
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Es difícil imaginar que semejante brecha vaya a cerrarse solamente con presupuestos públicos o filantropía.
Necesitamos convertir la restauración en algo que gobiernos, empresas, bancos de desarrollo e inversionistas puedan financiar con confianza. Y para eso hacen falta proyectos medibles, verificables y comparables, sin reducir la complejidad de la naturaleza a una sola tonelada de carbono o a un número de árboles.
América Latina tiene una oportunidad extraordinaria.
Poseemos algunos de los ecosistemas más importantes del planeta, una comunidad científica formidable y una generación emergente de emprendedores que empieza a aplicar biotecnología, inteligencia artificial, sensores, imágenes satelitales y drones a problemas ambientales.
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El desafío ahora es conectar esas capacidades con financiamiento, instituciones y territorios.
Porque la próxima revolución de la restauración consistirá en construir sistemas capaces de recuperar ecosistemas completos, sostenerlos en el tiempo y hacerlo a escala que este siglo exige.
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