La negativa persistente a asistir a clases, los dolores de estómago antes de salir de casa, el aislamiento y la irritabilidad pueden ser señales de acoso escolar, una forma de agresión que afecta la asistencia, el desempeño académico y la salud mental de niños y adolescentes. La psicóloga Rosa Quispe, coordinadora de la estrategia de salud mental de la Dirección de Redes Integradas de Salud (DIIS) Lima Centro, pidió a las familias prestar atención a esos cambios y evitar atribuirlos de inmediato a la desobediencia o a problemas de crianza.
Quispe definió el acoso escolar como una conducta intencional, repetitiva y recurrente contra un estudiante o un grupo. La agresión puede adoptar formas físicas, verbales, psicológicas o sociales, y suele instalarse en espacios donde la víctima percibe que no tiene recursos para defenderse o pedir ayuda. El problema compromete a quien recibe el ataque, a quien lo ejerce y a los observadores que presencian la situación.
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La especialista advirtió que el silencio de los testigos también forma parte del escenario. Algunos pueden permanecer al margen por miedo, otros pueden sentirse frustrados ante la agresión y varios no saben cómo intervenir para respaldar al compañero afectado. Por esa razón, la prevención exige que la comunidad educativa reconozca que el maltrato entre pares no es un hecho aislado ni una situación que deba normalizarse.
El rechazo a ir al colegio puede ser una señal de alerta
Entre las primeras manifestaciones aparece el rechazo a asistir a la escuela. El niño, niña o adolescente puede inventar excusas para faltar, pedir quedarse en casa o presentar molestias físicas antes de la jornada escolar. Las ausencias frecuentes y los dolores de estómago previos a las clases requieren atención, sobre todo cuando se repiten sin una causa médica identificada.
Ese ausentismo puede repercutir en las calificaciones. Quispe relató que, a lo largo de sus 15 años de experiencia asistencial, atendió a familias que consultaban por el bajo rendimiento de sus hijos sin haber advertido que existía una situación de hostigamiento detrás de las dificultades académicas. La preocupación por las notas, señaló, debe ir acompañada de preguntas sobre el bienestar emocional y la convivencia en la escuela.
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El miedo, la ansiedad, la tristeza, la falta de apetito y el aislamiento también pueden revelar que el estudiante atraviesa una situación de violencia. La depresión, explicó la psicóloga, no siempre se expresa mediante el llanto o el abatimiento. Puede presentarse como indiferencia, frustración, enojo o conductas agresivas, expresiones que a veces los adultos interpretan sin considerar el malestar que las origina.
La escucha familiar debe preceder a los reproches
La recomendación para las familias es acercarse sin juzgar ni responsabilizar al menor por lo que sucede. Frente a cambios repentinos de ánimo, dificultades para dormir, pérdida de interés por actividades habituales o resistencia a hablar sobre el colegio, los adultos deben propiciar un espacio de conversación. Escuchar con empatía antes de emitir reproches puede facilitar que el estudiante cuente lo que le ocurre.
Quispe remarcó que la presencia física de los adultos en el hogar no siempre garantiza una comunicación efectiva. Las obligaciones laborales, las tareas domésticas y el uso constante del teléfono pueden reducir el tiempo de intercambio con hijos e hijas. La atención de calidad implica detenerse, preguntar de manera concreta por su día, validar sus emociones y evitar minimizar aquello que relatan.
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Frases como “son cosas de niños”, “debes aprender a defenderte” o “seguro hiciste algo” pueden profundizar el aislamiento de la víctima. El estudiante necesita percibir que cuenta con un respaldo adulto y que pedir ayuda no implicará un castigo ni una descalificación. La familia constituye el primer soporte ante una posible agresión entre estudiantes, aunque la respuesta también requiere la participación de la institución educativa y de los servicios de salud.
La intervención debe involucrar a la escuela y a los servicios de salud
Cuando aparecen señales de alerta, la familia puede acudir a un centro de salud para una evaluación que determine el nivel de afectación emocional y física. Si el caso requiere atención especializada, el establecimiento puede derivar al paciente a un centro comunitario de salud mental. La atención debe contemplar al niño o adolescente, pero también a su entorno familiar, debido a que el acompañamiento cotidiano incide en la recuperación.
Las escuelas, por su parte, tienen la responsabilidad de observar las dinámicas entre alumnos y actuar ante posibles situaciones de violencia. Los profesionales de psicología de los colegios pueden identificar cambios de conducta, recoger información y activar las rutas de atención correspondientes. Si el caso supera sus competencias o exige un abordaje clínico, corresponde coordinar la derivación con los servicios de salud.
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El acoso puede presentarse en instituciones estatales y privadas, sin una relación exclusiva con el nivel económico, social o educativo de cada comunidad. Las condiciones de convivencia en el hogar, el clima escolar y las formas de relacionamiento entre estudiantes pueden influir en la aparición de estas conductas. La detección temprana permite evitar que el miedo, el ausentismo y el deterioro emocional se consoliden en la vida del estudiante.
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