El crecimiento de la educación superior universitaria en el Perú es una buena noticia. Cada vez más personas pueden acceder a una carrera y ampliar sus oportunidades profesionales. Esta democratización se refleja también en la evolución de la matrícula que, en cinco años, registró un incremento de más de 430 mil estudiantes (2020-2 vs 2025-2) , quienes cuentan con una oferta de más de 7,600 programas de pregrado, maestría, doctorado y segunda especialidad. Este avance plantea, a su vez, un nuevo desafío: en un sistema universitario de mayor alcance, ¿qué elementos permiten reconocer el valor de una propuesta académica?
Una forma de responder a esta pregunta es mirar más allá de la malla curricular y contar con mecanismos que permitan conocer no solo qué se enseña, sino también los resultados que alcanza cada programa y cómo responde a las necesidades de su entorno. En ese contexto, la acreditación universitaria adquiere un valor que trasciende el reconocimiento. Este proceso permite revisar sistemáticamente la formación que se ofrece, contrastarla con referentes externos e identificar oportunidades de mejora. Así, este constante ejercicio de evaluación se convierte en una herramienta para fortalecer la toma de decisiones y sustentar, con evidencia, la calidad de la propuesta académica.
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El Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa (SINEACE) reporta actualmente 126 programas acreditados localmente, a los que se suman acreditaciones internacionales cuya presencia ha aumentado en los últimos años, pero no dejan de constituir una pequeña parte de la oferta educativa nacional. Este escenario muestra una oportunidad para seguir impulsando una cultura de evaluación y mejora continua en la educación superior.
La experiencia de países como Chile y Colombia ofrece referencias interesantes. Allí, la acreditación se ha convertido progresivamente en un elemento prácticamente indispensable para que estudiantes, empleadores y sociedad puedan valorar positivamente una propuesta educativa. Para el Perú, avanzar en esa dirección permitiría fortalecer la confianza y brindar más información para la toma de decisiones.
Este reto adquiere mayor relevancia ante la velocidad con que cambian las profesiones. El Human Progress Report 2026, de ETS, señala que 77% de los trabajadores encuestados considera que mantener su seguridad laboral requiere una evolución continua de sus capacidades. Asimismo, 86% afirma que la educación superior sería más pertinente si los estudiantes egresaran con un registro de sus habilidades y credenciales, mientras que 88% cree que esto facilitaría conectar mejor el talento con los puestos de trabajo adecuados.
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Las universidades tienen, por tanto, la oportunidad de ir más allá de otorgar un grado y demostrar el valor de la formación que ofrece. Escuchar de manera sistemática a estudiantes, docentes, egresados y empleadores permite actualizar programas, anticipar cambios y fortalecer competencias relevantes para el entorno profesional.
En nuestro caso, este ejercicio ha permitido incorporar nuevas perspectivas a partir de evaluaciones externas y referentes internacionales, revisar resultados e identificar oportunidades para fortalecer progresivamente la formación de los estudiantes. La experiencia demuestra que el valor de estos procesos está, sobre todo, en aquello que permiten transformar.
En ese camino, la acreditación puede ayudar a convertir la evaluación en resultados concretos: propuestas académicas más pertinentes, procesos innovadores, mayor internacionalización y, finalmente, profesionales mejor preparados para los desafíos del mercado laboral y para contribuir al desarrollo del país.
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Ampliar el acceso a la universidad ha sido un avance clave. El reto está en fortalecer la confianza en lo que ocurre dentro de ella. En un sistema cada vez más amplio y diverso, un título puede ser mucho más que la constancia de haber culminado una carrera y representar una formación cuya calidad, pertinencia y resultados cuentan con evidencia para respaldarlos.
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