En el fútbol hay un ganador y un perdedor. Si uno mete tres goles y el otro uno, no necesitamos economistas para determinar quién ganó. El comercio internacional no funciona así. Exportar no es meter goles e importar recibirlos. Tampoco un superávit comercial representa necesariamente una victoria ni un déficit una derrota.
Comerciamos precisamente porque ambas partes encuentran beneficios en hacerlo.
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EE. UU. es uno de nuestros principales socios comerciales. En 2025, el intercambio de bienes entre ambos países alcanzó alrededor de US$ 21,000 millones. Y solo durante el primer semestre de 2026, nuestras exportaciones hacia ese mercado sumaron US$ 4,863 millones, un 15.4% más que en similar periodo del año anterior.
Pero detrás de esas cifras hay una transformación bastante más interesante.
El mercado estadounidense ha sido fundamental para el desarrollo de sectores no tradicionales peruanos. Uvas, arándanos, espárragos, paltas, textiles y confecciones son algunos ejemplos. Empresas peruanas invirtieron, incorporaron tecnología, desarrollaron productos y generaron empleo para abastecer a uno de los mercados más grandes y exigentes del mundo.
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Sin embargo, los beneficios del comercio no terminan cuando exportamos. También aparecen cuando importamos.
Pensemos en una camiseta. El Perú puede importar algodón producido eficientemente en EE. UU. Una empresa peruana lo transforma, incorporando trabajo, diseño, tecnología y conocimiento, y produce una prenda que puede venderse en Lima, Bogotá o nuevamente en EE. UU. ¿Quién ganó y quién perdió?
La pregunta carece de mucho sentido. El agricultor estadounidense encontró un comprador; la empresa peruana consiguió el insumo que necesitaba; trabajadores peruanos participaron en su transformación; y un consumidor obtuvo finalmente una prenda que decidió comprar.
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Lo mismo ocurre cuando importamos maquinaria para una fábrica, equipos tecnológicos para una empresa o combustibles que permiten mover nuestra economía. Importar nos permite acceder a bienes, insumos y tecnología que no producimos o que otros producen de manera más eficiente. Eso también genera productividad y bienestar.
Por eso, observar únicamente el saldo de la balanza comercial para determinar quién se beneficia de una relación comercial es como intentar explicar un partido mirando solamente cuántos pases dio cada equipo. Es información, ciertamente, pero difícilmente nos cuenta toda la historia.
El TLC entre Perú y EE. UU. cumplió 17 años de vigencia en 2026. Durante ese periodo se consolidaron mercados, inversiones y cadenas productivas que conectan empresas y trabajadores de ambos países. Eso no significa que toda empresa gane siempre ni que el comercio carezca de desafíos. Significa algo bastante más sencillo: el intercambio ocurre porque crea oportunidades que no existirían si cada país pretendiera producir todo por sí mismo.
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Así que, antes de preguntarnos cuáles han sido los beneficios, quizá convendría investigarlos.
Desde aquí extendemos cordialmente la invitación: el Semanario de ComexPerú publica cada semana abundante información sobre comercio exterior y políticas públicas. Es gratuito.
Y, de paso, quizá la próxima cifra resulte más fácil de leer.
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