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La inteligencia artificial no creó la crisis del primer empleo

La inversión en empleabilidad juvenil no debería entenderse únicamente como filantropía. Es también una inversión en infraestructura laboral y en la sostenibilidad futura de las propias empresas

La imagen muestra a un hombre saliendo de una oficina bajo un cartel de "Salida", mientras otra persona observa una pantalla de laptop con la sigla IA, en un entorno que sugiere un espacio profesional. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cada 12 de agosto, el Día Internacional de la Juventud nos invita a reconocer el potencial de las nuevas generaciones. Pero también debería obligarnos a formular una pregunta más incómoda: ¿estamos creando realmente las condiciones para que los jóvenes puedan acceder a su primera oportunidad económica?

Eso significa trabajo formal y la respuesta, en demasiados países, es no.

Hoy conviven dos realidades contradictorias. Por un lado, millones de jóvenes están fuera del empleo, la educación o la capacitación. Por otro, empresas de todo el mundo aseguran que tienen dificultades para encontrar talento, especialmente para posiciones de entrada.

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La inteligencia artificial suele aparecer como la explicación inmediata. Se dice que automatizará los puestos iniciales, reducirá la contratación de jóvenes y eliminará las tareas mediante las cuales generaciones anteriores aprendieron a trabajar.

La IA no creó la crisis del primer empleo. La está haciendo imposible de ignorar.

Durante años, muchas empresas trataron la formación de talento como una responsabilidad externa. Las universidades debían formar profesionales preparados. Los gobiernos debían resolver las brechas educativas. Las organizaciones sociales debían acompañar a quienes quedaban fuera.

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La empresa aparecía al final del proceso, dispuesta a contratar únicamente a quien ya tuviera las competencias, la experiencia y las credenciales necesarias.

Ese modelo nunca fue sostenible. En un contexto de aceleración tecnológica, lo es aún menos.

Una posición de entrada no es solo un puesto de trabajo. Es el espacio donde una persona aprende a desenvolverse en una organización, trabajar en equipo, resolver problemas y convertir conocimientos teóricos en capacidades productivas.

Si eliminamos esas oportunidades sin construir mecanismos alternativos de aprendizaje, debilitamos la base misma del mercado laboral. Las empresas no pueden esperar encontrar profesionales experimentados dentro de cinco o diez años si hoy no están dispuestas a ofrecerles una primera oportunidad.

Por eso, la inversión en empleabilidad juvenil no debería entenderse únicamente como filantropía. Es también una inversión en infraestructura laboral y en la sostenibilidad futura de las propias empresas.

Como miembro del Directorio de la International Youth Foundation, una organización global sin fines de lucro que crea canales de desarrollo de talento junto con empleadores y jóvenes, he visto de primera mano cómo esto impacta a las comunidades en América Latina y el Caribe.

Durante décadas, la organización ha construido alianzas con empresas, gobiernos y actores locales para conectar formación, habilidades socioemocionales, conocimiento del mercado y oportunidades reales de empleo. Una de sus principales lecciones es que los mejores resultados no provienen de intervenciones aisladas, sino de compromisos sostenidos.

Su relación de casi dos décadas con la Caterpillar Foundation es un ejemplo claro. No se trata de una contribución puntual para aliviar temporalmente un problema. Es una alianza de largo plazo que ha permitido aprender, adaptar programas y ampliar aquello que funciona en distintos contextos, incluidos países de América Latina.

La lección para otras fundaciones empresariales (y particularmente para los gobiernos de latinoamérica y el Caribe) es simple: transformar el acceso de los jóvenes al empleo exige más que proyectos de un año. Requiere compromisos capaces de sobrevivir a los ciclos presupuestarios y a los cambios de liderazgo.

La transición tecnológica debe incluir rutas de entrada: programas de aprendizaje, mentorías, prácticas remuneradas y empleos iniciales que combinen trabajo con desarrollo de capacidades.

Esto es especialmente importante para América Latina y el Caribe. La región cuenta con una población joven que podría convertirse en una enorme ventaja competitiva. Pero esa oportunidad puede perderse cuando la educación no se conecta con el mercado laboral, el primer empleo exige experiencia previa de manera irreal y la tecnología se adopta sin una estrategia de inclusión.

El debate sobre inteligencia artificial suele concentrarse en qué empleos desaparecerán. Pero una pregunta igual de importante es cómo accederán los jóvenes a los empleos que permanezcan y a aquellos que todavía no existen.

No podemos pedirles experiencia si eliminamos los espacios donde podrían adquirirla. No podemos exigirles nuevas competencias si las empresas no participan en su formación. Y no podemos afirmar que existe una escasez de talento mientras seguimos sub invirtiendo en las personas e instituciones que podrían desarrollarlo.

La inteligencia artificial transformará el trabajo. Pero la decisión de cerrar o ampliar las puertas de entrada seguirá siendo humana.

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