A fines de julio de 2026, el Perú ya no está frente a una advertencia lejana, sino frente a una realidad inmediata. La Organización Meteorológica Mundial calcula una probabilidad de 80 % de que El Niño se desarrolle entre junio y agosto, y una probabilidad cercana o superior a 90 % de que continúe al menos hasta noviembre. Por su parte, el ENFEN proyecta que el Niño Costero alcanzaría su mayor intensidad entre noviembre y diciembre, con posible continuidad hasta abril de 2027. Esto es, el país dispone de pocos meses para implementar medidas para mitigar el impacto negativo del Niño Global y el Costero.
La resiliencia económica puede leerse como un balance con tres cuentas: exposición, capacidad de absorción y velocidad de recuperación. El Perú presenta una exposición alta, una capacidad de absorción desigual y una recuperación que suele depender de gasto público, mayormente tardío. Esa combinación no describe un país preparado, sino más bien a un país acostumbrado a reconstruir.
Si evaluamos la vulnerabilidad de la infraestructura, la principal es la vial, que concentra el mayor riesgo sistémico. Una carretera dañada no es solo cemento perdido: es interrupción de cosechas, empleo, comercio, pesca y abastecimiento urbano. El problema peruano no es la ausencia de carreteras, sino la alta dependencia que tenemos de corredores con pocos desvíos y escasa redundancia.
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El agro ocupa el segundo lugar. Los grandes exportadores poseen riego tecnificado, seguros, cadenas de frío y acceso a crédito. Mientras que el pequeño productor enfrenta otra realidad, una inundación puede destruir la campaña, cortar la vía de salida y deteriorar su capacidad de pago en una sola semana. Es decir, el mismo choque produce dos resultados distintos. La resiliencia también refleja desigualdad empresarial.
Por su parte, la pesca enfrenta un riesgo biológico y financiero. El calentamiento del mar desplaza especies, reduce capturas y obliga a ajustar temporadas. La respuesta no puede limitarse a vedas. Las empresas necesitan liquidez, diversificación productiva y planes laborales para meses con menor actividad.
Finalmente, el transporte transmite todos estos daños. Una falla logística convierte pérdidas sectoriales en inflación, desabastecimiento y menor actividad regional. Es aquí donde se refleja el verdadero carácter sistémico de El Niño: afecta de forma conjunta alimentos, cadenas de suministro, infraestructura y estabilidad macroeconómica.
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¿Qué debe hacerse ahora? No hay tiempo para grandes anuncios. Sí lo hay para identificar puentes críticos, limpiar drenajes, proteger accesos portuarios, crear rutas alternas, adelantar inventarios y preparar líneas contingentes de crédito. Por lo pronto, los municipios ya han recibido S/14,9 millones para 28 intervenciones en 14 jurisdicciones. Esto es positivo, pero es una reacción limitada frente al riesgo nacional.
El Banco Mundial propone una lógica distinta: identificar riesgos, reducir vulnerabilidades, preparar financiamiento y proteger fiscalmente al país antes del desastre. América Latina ya usa seguros paramétricos, bonos catastróficos y líneas contingentes. Perú sigue concentrando la discusión en obras y transferencias. Una vez más, El Niño servirá para revelar qué instituciones funcionan, qué empresas planificaron y qué territorios quedaron otra vez esperando ayuda.
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