Los recientes incendios en importantes instalaciones logísticas e industriales del Perú vuelven a poner sobre la mesa una reflexión que muchas veces solo surge después de una emergencia: ¿están realmente preparadas nuestras empresas para enfrentar un evento catastrófico? Durante el 2026 han ocurrido tres incendios de grandes proporciones en centros logísticos del país, donde la infraestructura y los contenidos terminaron prácticamente destruidos, y extinguir el fuego tomó días.
Más allá de las causas específicas que deberán determinar las investigaciones, los eventos dejan lecciones que trascienden a las empresas involucradas. Toda organización debe aspirar a una sólida cultura de gestión de riesgos: identificar amenazas, evaluar vulnerabilidades y establecer controles preventivos.
Las buenas prácticas incluyen sistemas de detección y alarma, rociadores y sistemas de supresión, compartimentación de áreas críticas, adecuado almacenamiento de materiales peligrosos, mantenimiento preventivo, y capacitación continua con simulacros y planes de emergencia actualizados.
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Sin embargo, sería un error pensar que estos controles eliminan completamente la posibilidad de un incendio severo. La experiencia internacional demuestra que incluso empresas con estándares de clase mundial pueden sufrir pérdidas significativas por este tipo de eventos.
Los centros logísticos modernos concentran grandes volúmenes de inventario, materiales de embalaje, plásticos, químicos y sistemas automatizados que generan cargas de fuego elevadas. Una falla técnica, una reacción química, una explosión o un factor externo pueden desencadenar eventos cuya velocidad de propagación supera los escenarios previstos.
Cuando el fuego alcanza cierta magnitud, además, entran en juego variables ajenas al control de la empresa. La respuesta del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú dependerá de las distancias, el tráfico y la disponibilidad de las estaciones, siendo necesarias grandes cantidades de equipos, como unidades aéreas y, sobre todo, grandes caudales de agua. Aquí aparece una dimensión que suele recibir menos atención: la protección financiera. Una empresa puede haber invertido correctamente en prevención y, aun así, sufrir pérdidas millonarias por un evento extraordinario.
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Las consecuencias no se limitan al daño físico de edificios o inventarios. Con frecuencia, los impactos más severos aparecen después: interrupción de operaciones, pérdida de ingresos, incumplimiento de contratos, costos extraordinarios, pérdida temporal de participación de mercado, impacto reputacional, gastos de reconstrucción y responsabilidades frente a terceros. En muchos casos, los daños indirectos terminan siendo tan importantes, o superiores, a las pérdidas materiales directas.
Por ello, una estrategia integral de gestión de riesgos no puede limitarse a la prevención y la respuesta. Debe incorporar mecanismos de transferencia de riesgo que protejan la continuidad del negocio.
Los seguros no sustituyen la prevención, pero sí son una herramienta esencial para la recuperación posterior al evento. Una adecuada estructura de seguros permite reconstruir instalaciones, reponer inventarios, cubrir gastos extraordinarios, mantener liquidez, proteger el patrimonio, atender responsabilidades frente a terceros y compensar la pérdida de utilidades derivada de la interrupción del negocio.
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La prevención reduce la probabilidad de ocurrencia. La capacidad de respuesta limita la propagación del daño. Pero es la resiliencia financiera, respaldada por una adecuada estructura de seguros, la que permite a las empresas recuperarse y continuar operando cuando ocurre lo impensable.