La comunicación es una herramienta esencial en cualquier gobierno, y su importancia se vuelve aún más evidente en tiempos de crisis. En el Perú, enfrentamos una recesión no solo económica, sino también comunicativa, que ha impactado negativamente en la percepción pública y la confianza del empresariado. Esta falta de comunicación efectiva no solo ha obstaculizado la toma de decisiones necesarias por parte del gobierno para la resolución de problemas, sino que también ha afectado directamente la reputación de la misma presidenta Dina Boluarte, y así lo refleja la reciente encuesta realizada por CID Gallup que pone a la mandataria en el último puesto en gestión presidencial en Latinoamérica; junto a su par de Ecuador, Guillermo Lasso.
Una recesión implica una disminución de las actividades económicas. Esta reducción, llevada al plano de la comunicación, es la que evidenciamos en la propia presidenta y en los voceros designados por el gobierno, quienes tendrían la responsabilidad de comunicar y llevar el mensaje adecuado a la opinión pública; sin embargo, al analizar el desempeño comunicativo podemos ser testigos de espacios prolongados de silencio, demoras y poca preparación antes de salir hablar ante los medios de comunicación.
Un ejemplo claro de esta recesión comunicativa fue la propia recesión económica. En lugar de abordar el problema de manera proactiva, el gobierno pareció arrastrar los pies, evitando pronunciarse sobre la crisis. Los ciudadanos no solo deseaban escuchar la gravedad de la situación, sino también soluciones concretas y un plan de acción. La forma en que se anunció dicha recesión solo generó incertidumbre y desconfianza.
El caso del retorno de peruanos, que estaban y siguen atrapados en la guerra en el medio oriente, es otro ejemplo de la falta de comunicación con la población. La ausencia de una estrategia comunicativa efectiva contribuye a la percepción de inacción y desinterés por parte del gobierno. La comunicación debió ser clara y completa desde el inicio de este problema. No solo anunciando vuelos de retorno, sino también proporcionando fechas y plazos realistas para que los ciudadanos pudieran planificar.
Recientemente, durante la reunión con los presidentes de Latinoamérica y empresarios de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, Dina Boluarte invitó a los extranjeros a visitar al Perú, afirmando que vivimos “en calma y paz”, pero ¿se olvidó, acaso, que ella misma declaró en estado de emergencia varios distritos de Lima y de provincia por los actos delictivos que se registran a diario? Vender al extranjero una imagen de armonía teniendo un país sumido en la inseguridad, es dar dos mensajes totalmente opuestos que evidencian contradicción y afectan directamente la reputación no solo de la mandataria, sino del gobierno en sí.
La consecuencia más grave de esta recesión comunicativa es la pérdida de confianza en el gobierno y, como resultado, el freno en la inversión. Los inversionistas, tanto nacionales como extranjeros, requieren un ambiente de estabilidad y previsibilidad, y esto incluye la capacidad del gobierno para comunicar sus políticas y su visión de manera coherente y efectiva.
La situación no es irremediable. La comunicación efectiva y estratégica tiene una etapa previa muy relevante y se trata de la preparación no solo en la correcta elección de los voceros y su entrenamiento, sino también de una adecuada construcción de los mensajes que se desean insertar, con la finalidad de tener narrativas sólidas que permitan generar y/o transmitir confianza, credibilidad —y aún más en esta coyuntura— tranquilidad hacia la opinión pública.