Tardaremos en olvidar -o probablemente nunca lo hagamos- lo que hemos vivido la noche del último miércoles 8 de noviembre del 2023, en el estadio Alejandro Villanueva, en el desenlace de la final del fútbol de Perú. Porque por un lado Alianza Lima, el local que llegaba con la moral a tope por su vigencia ganadora, se desmoronó y acabó humillado frente a su clásico rival dejando pasar la oportunidad del tan aclamado tricampeonato. Y porque Universitario de Deportes, el nuevo monarca, alcanzó la tan anhelada estrella 27 imponiéndose en el escenario de su eterno rival, como fue en 1999; como, según remarcan, la historia manda.
Fue una tremenda pegada para el que fuera bicampeón nacional entre 2021 y 2022. Mejor dicho, fue una tremenda humillada para una institución que perdió el rumbo lentamente durante la presente temporada. Ningún espacio se salva, pero partamos por lo que manda: el aspecto deportivo.
Nuevamente quedó demostrado que la confección de grandes planteles (Dream Team’s como se dice) nubla, obnubila y enceguece. Aparentemente todo comenzó con rimbombancia con adquisiciones de peso. Otras fueron innecesarias como el caso de Christian Cueva, quien a estas alturas pasó al olvido para los aliancistas. Fueron muchos nombres más que hombres por lo visto. Tampoco podemos ignorar la forma en cómo se manejo el área de sanidad: poca transparencia, exámenes médicos sin esclarecimientos y demora eterna en la entrega de reportes de lesionados.
La inestabilidad en la zona técnica es otra arista que no puede pasar desapercibida. Y ahí tiene mucho que ver la planificación deportiva, que ahora ha quedado demostrada que no existe. El ritmo de Guillermo Salas, entrenador campeón del año pasado, fue decreciente al igual que su toma de decisiones. Y cuando se cortó de raíz su proceso nunca se llegó a un acuerdo para un sucesor idóneo. Porque tengamos en cuenta que el estratega uruguayo Mauricio Larriera fue una opción de descarte ante las negativas de otros. Y como descarte quedara, o debería quedar, por lo exhibido en el clásico denominado como ‘Matutazo’ 2023.
Y si de fútbol tenemos que hablar, hay que ser muy claros y directos: jamás hubo una idea de juego clara. Si es que hubo un intento, quedó en eso. Pero lo cierto es que todo se resumió en balones largos y despliegues de lucidez de Hernán Barcos, un delantero a carta cabal que se puso sobre sus hombros al plantel tanto en el Apertura como en el Clausura.
Por el contrario, Universitario exhibió un buen nivel futbolístico con dominio de pelota toda vez que sus integrantes jugaron a cara de perro las finales sin despistarse ni un segundo y metiendo fuerza desde el inicio hasta el final lapso exacto en el que Edison Flores y Horacio Calcaterra surgieron con anotaciones para la posteridad. Quizás el debe está en la resolución en los últimos metros, pero por lo demás impecable. La ‘U’ ganó jugando bien, jugando a buena lid.
No podemos pasar por alto, eso sí, el deleznable accionar al momento del pitazo final. ¿En qué cabeza cabe que se apague las luces en un escenario deportivo repleto con presencia de menores de edad, adultos mayores? Se puso en peligro a la afición local y también a los deportistas de ambos elencos. Pudo haber acontecido una tragedia que estaríamos lamentando. Ese execrable hecho, que ya ha dado la vuelta al mundo a través de publicaciones de periódicos e instituciones, es imperdonable y vergonzoso. Menos mal que todo quedó en un susto, pero eso no sólo empañó la final, sino la historia de Alianza Lima.