El caso de Wally, un golden retriever nacido en 2021 durante la pandemia, expone en escala íntima un cambio que también aparece en los estudios sobre conducta canina: perros criados o incorporados a hogares después de 2020 muestran una relación distinta con la rutina, la separación y el adiestramiento, con efectos que van desde una sensibilidad extrema hasta una menor facilidad para aprender.
Esa diferencia fue observada en un análisis del Dog Aging Project sobre más de 47.000 perros, difundido por Popular Science y citado en una nota reciente de Infobae. El estudio encontró que, en términos generales, los perros mantuvieron perfiles de comportamiento estables de un año a otro, pero los inscritos en el proyecto a partir de 2020 obtuvieron puntajes promedio más bajos en facilidad de adiestramiento.
Wally nació en enero de 2021 y creció en un entorno marcado por la presencia constante de sus dueños, Julia Kuch y Tom Kuch, durante los meses de confinamiento por Covid.
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Esa convivencia ininterrumpida eliminó las horas de soledad habituales para un cachorro y consolidó una asociación directa entre seguridad, casa y compañía humana.
En la práctica, esa forma de apego se traduce en reacciones intensas ante cambios mínimos. La partida de un invitado, el sonido de unas llaves, un día de lluvia o la pérdida de un juguete bastan para que el perro busque consuelo inmediato.
Un estudio halló una baja en la facilidad de adiestramiento después de 2020
La investigación del Dog Aging Project reunió datos aportados por los dueños durante más de cuatro años. El equipo analizó tendencias vinculadas con miedo, atención, excitabilidad, agresividad y facilidad de adiestramiento.
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Courtney Sexton, coautora del estudio y académica de Virginia Tech, resumió el valor estadístico del trabajo en una frase citada por la publicación: “Cuando tienes un conjunto de datos tan grande, realmente tienes poder en los números”.
Sexton señaló que factores como la etapa de la vida, el sexo y el tamaño del animal influyen en la conducta. Aun así, el resultado central fue que la pandemia no produjo alteraciones sustanciales en la mayoría de los perros, salvo en ese grupo incorporado o registrado después de 2020, que mostró una leve disminución en la facilidad para ser adiestrado.
Las hipótesis planteadas por los investigadores no establecen una causa definitiva. Entre las posibilidades mencionadas aparecen el aumento de adopciones en refugios durante la pandemia, con animales que ya podían arrastrar interrupciones previas en sus vidas, además del estrés adicional de los dueños y de una posible reducción del tiempo disponible para entrenarlos.
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Wally muestra cómo esa sensibilidad aparece en la vida diaria
En el caso de Wally, sus dueños bromean con que ellos son el apoyo emocional del perro. La inversión de ese papel habitual surge de conductas visibles: orejas caídas, mirada melancólica y una búsqueda persistente de contacto físico cuando algo altera su entorno.
Tom es su humano favorito, y su ausencia temporal activa una angustia que el animal no logra procesar como algo pasajero. El perro también responde de manera protectora cuando Julia atraviesa un momento difícil o sufre una lesión, lo que muestra una sensibilidad intensa a las emociones de quienes lo cuidan.
Esa capacidad de leer cambios en el tono de voz y en las expresiones faciales tiene una base evolutiva ligada a milenios de convivencia entre perros y humanos. En Wally, esa percepción aparece amplificada por una crianza sin separación temprana y por una rutina doméstica en la que cada alteración se vuelve relevante.
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La vida cotidiana del animal está marcada por pequeños rituales. El uso de impermeables y toallas después de paseos bajo la lluvia, por ejemplo, funciona como una escena que el perro vive como una prueba de valentía, mientras que cierres de puertas o cambios menores en la rutina afectan su estabilidad.
La cuenta de Instagram @wally.meets.world registra esas escenas para sus seguidores. Allí aparecen episodios como su espera frustrada de comida mientras sus dueños cocinan, una secuencia que se presenta como parte de ese patrón en el que el perro reclama atención y, al mismo tiempo, actúa como espejo de las emociones de su familia.