El crujido no vino desde el cielo, sino desde las entrañas de la tierra. A las 12:56 de la tarde de ayer, viernes 9 de octubre, el reloj se detuvo para millones de panameños. Un terremoto de magnitud 7.7 sacudió el país con una furia implacable, dejando tras de sí un rastro de pánico, colapsos en la movilidad y una incertidumbre que se extendió durante la noche y se instaló en el amanecer.
Tras el sismo principal, más de un centenar de réplicas continúan sacudiendo el suelo, transformando la rutina habitual en una larga jornada de supervivencia, solidaridad y refugios improvisados al aire libre.
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En la capital, la noche no se vivió entre cuatro paredes. En el área de San Francisco, donde las altas torres de apartamentos suelen recortar el horizonte, la altura se convirtió en una amenaza. Centenares de vecinos prefirieron descender decenas de pisos por las escaleras para buscar refugio en el Parque Omar.
Lo que es un espacio de esparcimiento se transformó de pronto en un campamento improvisado repleto de tiendas de acampar, colchonetas, mantas y maletas preparadas a toda prisa.
Para muchos, la recomendación del personal de emergencia y la cercanía de las estaciones del metro cerradas los empujó a buscar ese aire puro que, más que frescura, les devolvía una sensación de seguridad que el hormigón les había arrebatado.
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Para otros, la valentía consistió en resistir en la altura o aferrarse a la fe. «Yo vivo en un piso treinta y cuatro y fue bastante fuerte lo que se sintió», relataba una residente del sector mientras caminaba al amanecer para despejar la mente. «En la noche me quedé tranquila, en las manos de Dios».
El eco del sismo en las provincias centrales
Si en la capital la incertidumbre se tradujo en parques llenos y sistemas de transporte colapsados, en el interior del país el impacto muestra su cara más severa. Provincias como Herrera, Los Santos, Veraguas y Coclé sufrieron la fuerza del sismo con dureza.
En distritos como Pesé, los daños en la arquitectura tradicional y las viviendas de mampostería dejan al descubierto la vulnerabilidad de sus habitantes. En barrios y corregimientos como Rincón Hondo, Sabana Grande o El Ciruelo, el sonido de las tejas al caer y las paredes al rajarse sorprendió a muchos en medio de la siesta.
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A la destrucción material se sumó la suspensión del suministro eléctrico durante varias horas y el cierre temprano de los comercios. En medio de la oscuridad, la primera línea de respuesta comunitaria tuvo que multiplicar esfuerzos sin suficientes carpas ni insumos.
Las autoridades locales y los propios vecinos se convirtieron en la cara visible de un auxilio que clamaba por ayuda central para abastecer de agua, comida y refugios seguros a decenas de familias que lo perdieron todo.
La emergencia no dio tregua ni siquiera a los centros de salud. Ante el riesgo estructural y la persistencia de las réplicas, personal médico en distintos puntos del país tuvo que evacuar a los pacientes hacia las afueras de los hospitales. Camillas, sueros y monitores se desplegaron en patios, estacionamientos y pasillos abiertos para garantizar la atención médica sin exponer a los enfermos al colapso de los edificios.
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Con la llegada de este día, la ciudad intenta recobrar un pulso debilitado. A la angustia de las pérdidas se sumó el caos logístico: con las líneas del metro fuera de servicio y los metrobuses desbordados, miles de trabajadores caminan largas distancias buscando la manera de reincorporarse a sus labores o regresar a evaluar los daños en sus hogares.
A pesar del miedo acumulado y la fatiga tras una noche en blanco, el balance oficial hasta el momento no registra víctimas fatales, un aliento de alivio en medio de la contingencia. Mientras los especialistas recuerdan la importancia de cuidar la salud mental y respirar profundo tras el trauma, los panameños continúan recogiendo sus pertenencias, levantando carpas y apoyándose unos a otros, demostrando que ante la fuerza de la naturaleza, la mayor fortaleza radica en la unión de su gente.
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