Una adolescente en el vestuario de su colegio es advertida de que su pantalón está manchado de sangre. Ella, asustada, sin comprender qué le estaba pasando, grita, “Me estoy muriendo”. Sus compañeras, lejos de explicarle y ayudarla ante su primera menstruación, la conducen hasta la ducha. La escena la muestra vestida, mojada y llorando desconsolada, mientras sus compañeras la filman para subir el video a sus redes sociales al tiempo que le arrojan distintos elementos, burlándose y gritándole “Carrie Red”. La escena corresponde a la serie Carrie, que se emite por una plataforma de streaming.
Hace pocos días un nuevo caso de bullying conmocionó a la sociedad. Las violencias entre pares, hoy conocidas como bullying o acoso escolar, no son una novedad ni una moda de esta década. Sino que por el contrario, han existido desde siempre y fueron retratadas en películas y relatos que marcaron a generaciones.
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El bullying es una expresión de violencia que suele manifestarse en el ámbito escolar, donde los niños y adolescentes comparten gran parte de su tiempo. Sin embargo, que se manifieste en la escuela no significa que allí se origine ni que sea un problema exclusivamente escolar.
Para comprenderlo y abordarlo, es necesario reconocer que muchas veces quienes ejercen violencia también han estado expuestos a ella, la han naturalizado o han crecido en entornos donde el maltrato, la indiferencia y la falta de atención forman parte de la vida cotidiana. Los testimonios de víctimas, testigos e incluso de quienes ejercen estas conductas dejan al descubierto una realidad preocupante: la falta de escucha, la ausencia de respuestas, la falta de reparación y, en ocasiones, la justificación de comportamientos que provocan un profundo sufrimiento.
Sus consecuencias pueden ser devastadoras y afectar seriamente la salud emocional de niños y adolescentes, con desenlaces que, en los casos más graves, pueden incluir el suicidio. Frente a estas situaciones, el conocimiento de lo que ocurre debería ser el primer paso hacia la protección de quienes sufren. Que una institución educativa, las familias, los docentes o los adultos responsables tomen conocimiento de una situación de acoso debería significar para la víctima el comienzo de una respuesta y un alivio. Sin embargo, no siempre sucede así.
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La indiferencia, la minimización de los hechos y las justificaciones de las conductas violentas pueden profundizar el daño y transmitir un mensaje tan peligroso como el propio maltrato, que lo que está ocurriendo no importa o que debe ser tolerado. En la actualidad, las redes sociales agregan una nueva dimensión al problema. Pueden amplificar las agresiones, prolongarlas más allá del espacio escolar y multiplicar su alcance. Pero también pueden contribuir a la detección temprana de estas situaciones, siempre que exista un acompañamiento adulto responsable, atento y respetuoso de la privacidad de los niños y adolescentes. La tecnología no reemplaza la intervención humana, pero puede ser una herramienta para reconocer señales de alerta y actuar a tiempo. Por eso, los adultos tenemos una responsabilidad que no podemos eludir. Debemos escuchar, observar e intervenir cuando un niño o adolescente es víctima, testigo o autor de una situación de violencia. Intervenir no significa únicamente sancionar, también implica proteger a quien sufre, detener las agresiones, acompañar a quienes participan y trabajar para que estas conductas no se repitan. No podemos mirar hacia otro lado. El silencio no protege, la indiferencia no resuelve y la justificación de la violencia solo contribuye a perpetuarla. Cuando un niño pide ayuda, cuando un compañero presencia una agresión o cuando alguien reproduce conductas violentas, los adultos tenemos la obligación de actuar. Porque prevenir el bullying no es una tarea exclusiva de la escuela, es una responsabilidad compartida. Y porque, frente a la violencia, no intervenir también tiene consecuencias.
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