Arabia Saudita vs. los Hutíes: otro ejemplo de guerra asimétrica

Riad enfrenta una ofensiva sostenida desde Yemen, mientras el respaldo iraní a rebeldes pone a prueba su defensa aérea y tensiona su vínculo histórico con Washington

Simpatizantes de los hutíes de Yemen levantan sus rifles en una marcha de apoyo al grupo y en contra de la acusación de Arabia Saudí de que los rebeldes atacaron La Meca, el sitio más sagrado del islam, en Saná, Yemen, el viernes 18 de septiembre de 2026. (AP Foto/Osamah Abdulrahman)
Simpatizantes de los hutíes de Yemen levantan sus rifles en una marcha de apoyo al grupo y en contra de la acusación de Arabia Saudí de que los rebeldes atacaron La Meca, el sitio más sagrado del islam, en Saná, Yemen, el viernes 18 de septiembre de 2026. (AP Foto/Osamah Abdulrahman)
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El enfrentamiento entre Arabia Saudita y los insurgentes hutíes va tomando entidad propia en el conflicto de Medio Oriente. Este país es una potencia regional importante y lidera a las monarquías del Golfo Pérsico. De acuerdo con el Global Firepower Index, se ubica en la posición 25° por su poder militar y su gasto en Defensa alcanza los 46.000 millones de dólares anuales (8° del mundo por su monto) , situándose entre Francia y Japón.

En cuanto a población, está en la posición 43° (37 millones) y por PBI en la posición 19°. Según el SIPRI -un centro de estudios independiente centrado en la relación entre economía y defensa-, es el cuarto país del mundo por sus importaciones de armamento. Sin duda es una potencia regional en el ámbito de Oriente Medio, históricamente aliada militar de Estados Unidos y con una actitud de convivencia con Israel -que ha firmado los Acuerdos de Abraham impulsados por Trump en su primer mandato para avanzar hacia la paz- pero sin abandonar la causa palestina.

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En cuanto a Yemen, ocupa de acuerdo al Firepower Index la posición 98ª por su poderío militar, u población es de 36 millones (44°) y su PBI alcanza el lugar 120° a nivel global. Este país destina a gasto militar 1.000 millones de dólares, 46 veces menos que Arabia Saudita.

Cabe recordar que Yemen se encuentra en una guerra civil, con lo cual es difícil precisar qué porción de ese gasto y poderío corresponde a cada uno de los bandos combatientes. Los hutíes que responden a Irán tomaron, hace ya varios años, la capital del país, Saná. El gobierno formalmente reconocido por la comunidad internacional no la ocupa pero cuenta con respaldo militar de Arabia Saudita y sus aliados.

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Por su parte, los hutíes -apoyados por Irán- han logrado mantener firmes sus posiciones y controlar el pasaje de Bab el-Mandeb, sumando este estrecho al de Ormuz en su estrategia de interrumpir el tráfico de petróleo hacia Occidente.

Se da claramente entre Yemen y Arabia Saudita un caso de la llamada “guerra asimétrica”: un gran poder militar que no logra vencer a otro mucho más débil. Tal es el caso de Rusia frente a Ucrania o el de Estados Unidos frente a Irán.

Los insurgentes yemeníes están también en guerra con Israel. Los drones provistos por Irán son su arma más relevante y efectiva. Han causado daños menores en instalaciones y aeropuertos israelíes, pero en Arabia Saudita han llegado a producir daños relevantes en los últimos días: ataques mediante drones sobre el principal aeropuerto de Riad, la capital saudí, han provocado decenas de muertos y centenares de heridos. Esto ha significado una escalada en el conflicto que durante más de un lustro mantienen los rebeldes hutíes. La guerra entre los sauditas y los rebeldes yemeníes es una versión militar de la que libra el islamismo sunita, al que pertenece Arabia Saudita, y el chiíta, liderado por Irán.

El primero ha combatido militarmente en territorio yemení contra los hutíes, pero no ha logrado vencerlos. La capacidad antiaérea de Arabia Saudita resulta insuficiente e ineficaz, pese a la enorme superioridad de su gasto militar. Los hutíes han logrado también atacar las plantas de Aramco, la petrolera saudí. Cabe señalar que este país es el primer exportador global de crudo, superando a Rusia, Estados Unidos e Irak. Esto hace que su fortaleza económica sea al mismo tiempo su “talón de Aquiles” en esta circunstancia. La coalición liderada por Arabia Saudita en Yemen ha estado integrada de manera intermitente por Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Egipto, Marruecos, Sudán, Bahréin y Kuwait.

La escalada entre Arabia Saudita y los insurgentes yemeníes ha puesto en crisis la histórica alianza entre Washington y Riad. Esta era la clave para la seguridad en Medio Oriente, articulada de hecho por el triángulo entre Estados Unidos, Arabia Saudita e Israel, hoy en crisis por los hutíes apoyados por Irán.

El príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán ha solicitado el apoyo militar de Washington en este conflicto. Incumpliendo los tratados militares entre Estados Unidos y Arabia Saudita, la administración Trump se ha negado a prestar ayuda. Esto genera dudas e incertidumbres para el resto de los aliados estadounidenses en Medio Oriente. Las limitaciones en las Fuerzas Armadas saudíes frente a los drones yemeníes son la clave del fracaso que está teniendo Ryad. Las defensas antiaéreas —claves para desbaratar los drones— son insuficientes y están fallando. Este es el factor crítico que Estados Unidos no resuelve. Pero ello también se vincula a la falta de estos sistemas militares en las mismas reservas estadounidenses y no necesariamente a una falta de voluntad.

A ello se suma las elecciones de medio término estadounidenses del 3 de noviembre. Trump ha dicho que finalizada esta, la guerra va a cesar. Su planteo es que Irán, a través de los insurgentes yemeníes, está buscando un aumento en el precio del petróleo que contribuya a la derrota electoral del presidente estadounidense. El precio del galón de gasolina es determinante en términos históricos para cualquier elección en este país. Si sube, quien está en el poder sufre pérdida de votantes.

El “Pacto de la Meca”, la reciente alianza militar firmada el 7 de agosto entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, fue puesto a prueba rápidamente. No tiene planes concretos en el terreno militar, pero los tres gobiernos han ratificado la alianza y analizan cómo materializarla militarmente. Pakistán es un país próximo a China y tiene misiles nucleares. Turquía es una potencia regional con poder e influencia crecientes, que además pertenece a la OTAN. Los tres jefes de Gobierno de estos países parecen ser conscientes de que la inacción puede implicar un fracaso.

Para los saudíes, su alianza regional con países árabes moderados que no atacan a Israel, el abandono por parte de Washington y la falta de un plan de acción concreto por parte de sus socios en el Pacto de la Meca los ponen en una situación estratégica compleja.

Al mismo tiempo está teniendo lugar una ofensiva marítima de Rusia contra Ucrania en el mar Negro, cuyo alcance es imprevisible. El dilema que para Trump supone enfrentar una derrota saudí en Yemen o arriesgar su posición electoral -parece tener perdida la Cámara de Representantes pero podría retener el Senado- para impedirlo, lo lleva a mantener el status quo, aun a costa de incumplir acuerdos con sus aliados y poner en riesgo la estabilidad de Medio Oriente.

Estados Unidos ha puesto en riesgo la solidez de la OTAN con el debilitamiento de su apoyo en Ucrania. A ello se suma ahora la incertidumbre para sus aliados en Medio Oriente. Pero es claro que la guerra será un factor desfavorable más para la previsible derrota electoral de Trump.