Hace tres años, el mundo amaneció ante una de las mayores masacres contra civiles que se recuerde: más de 1.200 personas fueron asesinadas y 251 fueron secuestradas y llevadas a Gaza. Familias enteras atacadas en sus hogares, jóvenes asesinados en un festival de música y hombres, mujeres, niños y adultos mayores arrancados de sus vidas para convertirse en rehenes.
Pero el 7 de octubre no fue sólo un día de horror. Fue también un día que puso a prueba nuestras convicciones.
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Porque después de una masacre, antes incluso de que el mundo terminara de conocer la dimensión de lo ocurrido, hubo quienes eligieron el silencio y otros que relativizaron la barbarie. Hubo quienes buscaron explicaciones antes que condenas. Y también quienes, en lugar de mirar a las víctimas, decidieron culparlas.
Ese silencio también forma parte de la historia del 7 de octubre.
Tres años después
Tres años después, recordar no puede ser un ejercicio meramente ceremonial.
Recordar significa preguntarnos qué sociedad queremos ser. Significa preguntarnos qué hacemos cuando las víctimas son judías y qué hacemos cuando el odio se disfraza de consigna política. Qué hacemos cuando una persona es atacada por su identidad, cuando una institución judía es señalada, cuando un estudiante tiene miedo de mostrar una estrella de David o cuando una familia siente que debe ocultar aquello que es para evitar una agresión.
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Después del 7 de octubre, el antisemitismo no quedó encerrado en Medio Oriente. También atravesó nuestras sociedades.
En Argentina, los registros de la DAIA mostraron un aumento significativo de las manifestaciones antisemitas después del ataque. Y esa tendencia formó parte de un fenómeno mucho más amplio: en distintas democracias occidentales, los episodios antisemitas se multiplicaron después del 7 de octubre.
El 7 de octubre fue el comienzo de un atentado terrorista antisemita, que continúa. Avanza digitalmente con grupos organizados de ataque.
Esto debería preocuparnos a todos. Porque el antisemitismo nunca es solamente un problema de los judíos. El antisemitismo es una señal de alarma sobre el estado de una sociedad. Cuando una sociedad empieza a aceptar que un grupo puede ser señalado, estigmatizado o agredido por lo que es, se rompe algo mucho más profundo que una norma de convivencia. Se rompe la idea misma de igualdad.
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No podemos acostumbrarnos al odio
Hay algo especialmente peligroso que ocurre cuando el tiempo pasa: nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a las imágenes, a las noticias, a las amenazas, a los discursos de odio, a escuchar que los judíos tienen que explicar por qué existen, por qué apoyan a Israel, defienden a sus familias, llevan una estrella o celebran sus tradiciones.
Y cuando una sociedad se acostumbra al odio, deja de parecer extraordinario. Ese es uno de los grandes peligros de estos tres años.
Que el horror termine convirtiéndose en paisaje no podemos permitirlo.
Recordar el 7 de octubre también significa recordar que las víctimas no fueron estadísticas. Fueron personas. Tenían nombres, familias, proyectos, amigos, hijos, padres y una vida que alguien decidió arrancarles.
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Y significa recordar a quienes fueron secuestrados, porque ningún ser humano puede convertirse en moneda de cambio. El secuestro de civiles no puede ser relativizado, justificado ni convertido en una nota al pie de una discusión política.
La memoria también es una responsabilidad
Como presidente de la DAIA, pero primero como argentino, creo que nuestra responsabilidad es mucho más grande que preservar una memoria. Tenemos que defender un principio. Nadie debe ser perseguido por ser quien es.
Hay que recordar para no repetir, denunciar para no naturalizar y hay que hablar para que el silencio no vuelva a ser cómplice.
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