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Discriminación, antisemitismo y Derecho

Una obra colectiva convoca a Foucault, Arendt y la historia judicial para advertir que el odio no nace con la violencia, sino con una palabra, una clasificación o una indiferencia que nadie decide detener

La presentación del libro Discriminación, antisemitismo y Derecho: respuestas judiciales frente al odio

La publicación de la obra colectiva “Discriminación, Antisemitismo y Derecho: respuestas judiciales frente al odio”, dirigida por Mariana Kohan, Laura Kvitko y Flora Acselrad – donde nosotros al desbrozar el capítulo “los libros del horror” establecimos comunes denominadores entre el “ Malleus Malleficarum” y “Mi lucha” - instala sobre la superficie una de los temas de la hora: la defensa de la dignidad humana frente a las diversas formas de discriminación.

El texto aborda el fenómeno del antisemitismo; como hemos dicho en innumerables espacios, éste no ha sido una creación del nacionalsocialismo: por el contrario, se ha verificado en grandes segmentos de nuestra historia. El flamante texto, aporta herramientas multifacéticas para comprender un problema que no pertenece únicamente al pasado sino que proyecta su bruma oscura hacia el futuro.

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En este contexto, vuelve a adquirir latitud algunas de las reflexiones que desarrolláramos, en este mismo medio, en la columna “Como el rey Leónidas, debemos combatir el antisemitismo”.

La evocación del legendario rey espartano, en la batalla de Termópilas – donde el monarca griego resistiera el embate de las fuerzas ampliamente superiores al mando del rey Jerques de Persia - no debe entenderse como una apelación a la confrontación, sino como una metáfora de la firmeza necesaria para defender principios esenciales cuando estos son colocados bajo el candelero de la luz fatua de la amenaza.

Leónidas representa, en esta lectura, la decisión de no permanecer indiferente. Su figura permite pensar que existen momentos en los cuales la indiferencia deja de ser una posición verdaderamente neutral. La defensa de la igualdad, de la dignidad y del pluralismo exige una respuesta institucional y ciudadana contundente.

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Pero ¿cómo se construye aquello contra lo cual debemos resistir? En Defender la sociedad, particularmente en las clases de 1976, Foucault desarrolla su análisis sobre la genealogía del racismo y la transformación de las relaciones de poder. Su enfoque no se limita a despuntar qué es el racismo, sino en investigar cómo determinados discursos históricos comienzan a penetrar en parte de la población, dividirla y establecer diferencias consideradas políticamente relevantes.

La genealogía disecada por el sociólogo francés obliga, por lo tanto, a formular una pregunta preliminar: ¿cómo se construye socialmente al “otro”?

El problema no tiene su raíz en una ley discriminatoria o con un acto de violencia. Puede tener su simiente con antelación, el que se verifica cuando se producen discursos que germinan en un valladar infranqueable entre un “nosotros” y un “ellos”; cuando determinadas diferencias son presentadas como naturales; cuando una característica religiosa, cultural, étnica o nacional comienza a utilizarse para definir a una persona antes incluso de conocerla.

El racismo, en el prisma de Foucault, introduce una división dentro de la población. Separa, segrega, clasifica y establece una frontera entre quienes deben ser protegidos y quienes pueden ser considerados peligrosos, inferiores o indeseables.

Esta perspectiva permite comprender que el antisemitismo no debe analizarse únicamente a partir de sus manifestaciones más extremas. También debe estudiarse el proceso mediante el cual una sociedad produce representaciones del judío como el “otro”, como el extraño, como el enemigo, como amenaza o como objeto de aniquilación.

Desde esa banda, la lectura y relectura del libro de Julio Meinvielle “ El judío en el misterio de la historia “ nos lleva a preguntarnos como un texto - que se inspira en muchos de sus tramos en las sagradas escrituras- coloca a un pueblo como el causante de la mayoría de los males que asolaron a la humanidad.

Similar desatino se observa en la obra de Karl Binding y Alfred Hoche “ Licencia para la aniquilación de la vida sin valor vida” donde los autores reivindican el exterminio masivo de aquellas individuos previamente seleccionados, estigmatizados y descartables que no merecían vivir; luego de una construcción darwiniana, inferían la ausencia de cualquier tipo de castigo en oportunidad de dar muerte de manera masiva a los alcanzados por malformaciones congénitas, débiles mentales y otros desdichados.

Estas reflexiones pueden ser hilvanadas con los desarrollos de Hannah Arendt. En “Los orígenes del totalitarismo” analiza la evolución histórica del antisemitismo y su relación con las formas políticas que terminaron desembocando en el totalitarismo. Foucault, desde otra perspectiva, permite observar los mecanismos mediante los cuales el poder clasifica, separa y administra poblaciones.

Arendt pregunta cómo fue posible llegar a determinadas formas de dominación política. Foucault se interroga respecto de cómo se construyeron los saberes, las categorías y las prácticas que hicieron posible determinadas formas de poder.

No son preguntas idénticas, pero pueden complementarse: Arendt nos advierte sobre el resultado político de la exclusión. Foucault permite mirar el proceso mediante el cual la exclusión se construye.

Y allí aparece una enseñanza fundamental para el derecho: antes de sancionar la discriminación, es necesario comprender cómo se fabrica el discurso que la hace posible.

El antisemitismo constituye un ejemplo histórico particularmente grave de ese proceso. El peligro aparece cuando una comunidad deja de percibir individuos concretos y comienza a ornamentar una categoría homogénea.

Ese mecanismo destruye la individualidad. Arendt mostró hasta qué punto la transformación de las personas concretas en categorías abstractas podía preparar el terreno para formas extremas de dominación. Foucault, por su parte, permite comprender el papel de los discursos de saber y de las clasificaciones sociales en la producción de esas diferencias.

Las redes sociales han creado un escenario global: allí millones de mensajes circulan simultáneamente y no todos poseen el mismo vínculo con los hechos. La repetición puede otorgar apariencia de verdad. Una mentira reiterada miles de veces puede adquirir una existencia social independiente de su falsedad originaria.

En “ La expulsión de lo distinto “ Byung Chul Han apunta que la sociedad actual tiende a eliminar la alteridad, la diferencia, reemplazándola por la homogeneidad y la repetición de “ lo igual” siendo las redes sociales el espacio propicio donde, cuando aparece una aparente diversidad, en realidad se apunta a una profunda uniformidad.

Por eso, la lucha contra el antisemitismo, también es una lucha por la calidad del discurso público. No alcanza con prohibir determinadas conductas. Es necesario desarrollar ciudadanos capaces de distinguir entre hechos y ficciones, entre argumentos y prejuicios, entre mirada diversa y discriminación.

La genealogía foucaultiana introduce además una cuestión particularmente importante: el racismo moderno puede convertirse en una tecnología de poder. En la lógica del poder sobre las poblaciones que Foucault analiza, el racismo permite establecer una separación entre aquellos cuya vida debe ser protegida y aquellos cuya exclusión puede ser tolerada o incluso presentada como necesaria.

Su famosa formulación sobre la relación entre la muerte de otros y el fortalecimiento de la propia población apunta precisamente a ese mecanismo. La cuestión resulta fundamental para comprender por qué el racismo no debe reducirse a una simple opinión individual. Puede convertirse en una estructura de poder cuando las clasificaciones y jerarquías son incorporadas a instituciones, prácticas y discursos.

Es más, al menos en ese tramo, es necesario regresar, como dice Slokar, a otras obras de Foucault. En efecto, tanto en el primer tomo de su Historia de la sexualidad, en el seminario publicado como “La sociedad punitiva” y la ya célebre “ Vigilar y castigar “ a través de la categoría de la biopolítica relató la transición del “ anciane regime “ hacia lo que llamó “la sociedad disciplinaria” como el paso de hacer morir al dejar morir, trayendo a colación una de las inopias mas deletérea que ha denotado la evolución de la sociedad: la lucha por la vanguardia étnica .

El derecho aparece entonces como una herramienta de resistencia. Si el poder puede clasificar, excluir y producir desigualdades, el derecho constitucional y los derechos humanos pueden establecer algunos límites a esas prácticas y afirmar un principio contrario: ninguna persona puede ser reducida a una categoría que determine su valor humano.

Y es aquí donde volvemos regresar a la apelación de la actividad del rey espartano y sus trescientos afamados guerreros. Leónidas puede representar la resistencia frente a la amenaza visible. Arendt advierte sobre la indiferencia que puede acompañar los procesos de exclusión.

Foucault nos enseña a mirar la genealogía de esos procesos: quién delinea, cómo se clasifica, qué saberes legitiman la clasificación y qué relaciones de poder se encuentran detrás de ella. El gran desafío contemporáneo consiste entonces en evitar dos extremos. Por un lado, desterrar el antisemitismo como si fuera simplemente una opinión negativa. Por el otro, responder a cualquier expresión controvertida suprimiendo indebidamente la libertad de expresión.

La democracia exige recorrer un camino más difícil: distinguir, argumentar y aplicar el derecho con precisión. La libertad de expresión es esencial precisamente porque permite la circulación de ideas. Pero la igualdad y la dignidad humana también forman parte del núcleo de derechos que el Estado constitucional debe proteger.

Por eso, el combate contra el antisemitismo, no puede reducirse a una cuestión de sanciones. Es también una batalla cultural, educativa, institucional y jurídica. El verdadero aporte de una obra como Discriminación, Antisemitismo y Derecho permite mirar simultáneamente el pasado, el presente y evitar que, en el futuro, Auchwittz, se repita.

La enseñanza común podría resumirse de este modo: el antisemitismo no comienza necesariamente con la violencia; puede comenzar con una palabra, una clasificación, un estereotipo o una indiferencia.

Por eso combatirlo significa también soterrar su genealogía. Significa impedir que el prejuicio se convierta en clasificación, que la clasificación se transforme en exclusión y que la exclusión termine convirtiéndose en persecución.

Las Termópilas de nuestro tiempo no son un campo de batalla. Son los tribunales, las escuelas, las universidades, los medios de comunicación, las redes sociales y todos aquellos espacios donde se construyen diariamente las representaciones que tenemos de los otros.

Allí es donde debe levantarse hoy la figura del rey Leónidas. No para combatir personas, sino para defender principios. No para imponer una verdad por la fuerza, sino para impedir que el prejuicio se convierta en verdad oficial. No para limitar el pensamiento, sino para defender la posibilidad misma de pensar.

En definitiva, como enseñan Arendt y Foucault desde perspectivas diversas, la defensa de la libertad comienza mucho antes de que aparezca la violencia: comienza cuando una sociedad se niega a aceptar como natural aquello que históricamente fue construido para excluir.

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