El 8 de mayo de 2025, un hombre de blanco apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro y no dijo su nombre, ni su programa, ni una consigna. Dijo: “La paz esté con todos ustedes”. Eran las palabras pascuales de Cristo a los suyos, no las de un jefe de Estado. Un año y tres meses después, esa primera frase sigue funcionando como clave de lectura de todo lo que vino: un pontificado que decidió, deliberadamente, bajar el volumen para que se escuche el contenido.
Vale la pena detenerse acá, porque en la Iglesia católica solemos hablar de “comunicación” como si fuera el envoltorio del mensaje. León XIV está demostrando lo contrario: la forma en que se dice algo también es mensaje. El tono, el gesto y hasta el silencio comunican tanto como el contenido.
Quien busque en sus escritos la frase suelta, el exabrupto fecundo, la imagen que vuela sola por las redes, se va a frustrar. Su magisterio trabaja en otra dirección.
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Su primera exhortación apostólica, Dilexi te, la firmó el 4 de octubre de 2025 —fiesta de san Francisco de Asís— en la Biblioteca Privada del Palacio Apostólico, y la presentó cinco días después en la Sala de Prensa de la Santa Sede con el cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. El texto tiene una historia que dice mucho: el papa Francisco venía preparándolo sobre el amor a los pobres en los últimos meses de su vida. León XIV lo recibió como herencia, lo hizo suyo, le sumó reflexiones propias y lo publicó al comienzo de su pontificado.
A lo largo de 121 puntos construye un fundamento teológico: muestra que acercarse al pobre no es beneficencia, sino Revelación. Firmar la herencia del predecesor en lugar de estrenar agenda propia ya es, en sí mismo, una decisión sobre cómo comunicar.
La encíclica Magnífica Humanitas, del 15 de mayo de 2026, confirma el patrón. Retoma la Doctrina Social desde la Rerum novarum de León XIII —el guiño del nombre no es decorativo— y la proyecta sobre la inteligencia artificial y el poder tecnológico. Y hace algo que no es habitual: le pide a la Iglesia un examen de conciencia sobre sus propias estructuras, con escucha explícita a las víctimas de abusos de poder, de conciencia, económicos y sexuales. Ponerlo dentro de una encíclica social, y no en un comunicado de crisis, le da rango de doctrina permanente.
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Pero el texto más elocuente sobre su modo de entender la comunicación se conoció el 24 de enero de 2026, memoria de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas: el Mensaje para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, titulado “Custodiar voces y rostros humanos”. Ahí hace un movimiento hermoso: se va al griego prósōpon —rostro, lo que está a la vista, lugar de la presencia— y al latín persona, de per-sonare, la voz inconfundible de alguien. Y concluye: “El rostro y la voz son sagrados”.
El desafío de la inteligencia artificial, sostiene, es antes que nada antropológico. Advierte sobre delegar el pensamiento crítico en las máquinas y sobre los algoritmos diseñados para maximizar la interacción, que premian la reacción rápida y erosionan la escucha. Un Papa que cuestiona la comunicación fabricada para la reacción inmediata no puede gobernar a golpe de titular sin contradecirse.
En su primera audiencia con la prensa, el 12 de mayo de 2025, ante miles de periodistas reunidos en el Aula Pablo VI, fijó su programa en una fórmula: “Desarmemos las palabras y ayudaremos a desarmar la Tierra”. Pidió una comunicación que no busque el consenso a cualquier precio, que no se revista de agresividad, que no adopte el modelo de la competencia. Reclamó la liberación de los periodistas encarcelados por buscar y contar la verdad. Y arrancó con una broma sobre los aplausos iniciales antes de leer un texto que no dejaba nada librado al azar.
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Ese es su registro: cadencia pausada, texto preparado, casi nada de improvisación. Habla con fluidez italiano, inglés y español, y usa las tres lenguas con intención. En su primer viaje internacional —Turquía y Líbano, entre noviembre y diciembre de 2025, con unos 80 periodistas a bordo— pronunció sus discursos en inglés y francés en lugar de italiano, un giro silencioso en la cultura papal. Y en aquel primer saludo desde el balcón, cuando se le quebró la voz, fue para hablar en español a su querida diócesis de Chiclayo, en el departamento peruano de Lambayeque, donde fue obispo entre 2015 y 2023. Aquella emoción funcionó como una credencial de pertenencia latinoamericana.
Ese modo de comunicar desafía las reglas del momento. En un entorno donde la información circula a velocidad de vértigo, lo que no se responde de inmediato tiende a leerse como ausencia. Apurados, durante los primeros meses hubo quienes lo describieron como un Papa silencioso, y algunos vaticanistas se preguntaron si esa pausa no era una desventaja en la conversación pública.
El tiempo fue mostrando que se trataba de un ritmo propio, que no es el de las redes sociales ni el de los ciclos noticiosos, sino el de una institución que piensa en siglos y que, cuando habla, quiere que su palabra pese.
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Eso quedó claro cuando el conflicto político lo obligó a subir el tono. Ante los ataques públicos del presidente de los Estados Unidos, en abril de 2026, mientras recorría África, León XIV se limitó a decir que la polémica no le interesaba. Pero su palabra sobre la guerra, sobre los migrantes y sobre la paz se volvió más frontal. Se dijo entonces que el Papa silencioso había empezado a alzar la voz. No cambió de voz: cambió de volumen. Y eso solo puede hacerlo quien lo administró con mesura durante meses.
Desde la primera aparición marcó diferencia: salió con la mozeta —esa esclavina roja sobre los hombros— y los ornamentos que su predecesor había dejado de lado. Volvió a habitar el Palacio Apostólico. Recuperó Castel Gandolfo, la casa donde los Papas descansan en verano, después de trece años sin uso. Se leyó como “regreso a la institución”, y algo de eso hay. Pero hay más: son gestos que corren el foco desde su persona hacia el oficio que ocupa. Quien viste los signos de Pedro está señalando dónde está el centro, y el centro es el ministerio.
El gesto más potente llegó el Viernes Santo del 3 de abril de 2026, cuando cargó personalmente la Cruz a lo largo de las catorce estaciones del Vía Crucis en el Coliseo: el primer Papa en décadas en hacerlo. Fue a la vez imagen de vigor físico y catequesis, el sucesor de Pedro bajo el peso del madero. Sus gestos son deliberados y están enraizados en la tradición cristiana y romana.
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Los especialistas en comunicación no verbal describen un patrón constante: espalda erguida sin rigidez, hombros distendidos, peso repartido, manos que se mueven poco y el mentón bajo, señal de acercamiento y ausencia de superioridad. Quienes analizaron sus apariciones durante el viaje a España señalaron que no lo registraron ni una vez con el mentón elevado.
Su escudo cierra el círculo: el cor transfixum agustiniano —un corazón atravesado sobre las Escrituras—, el lirio mariano y el lema “In illo uno unum”, en Aquel que es uno somos uno. En el consistorio extraordinario de enero de 2026, ante más de 170 cardenales, lo dijo en seis palabras: “La unidad atrae, la división dispersa”.
Alguien podría objetar que todo esto es carácter: un hombre reservado al que sencillamente no le gustan los micrófonos. Los hechos apuntan a otra cosa. León XIV está montando la estructura que sostiene ese estilo, y una estructura sobrevive a quien la crea.
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El 2 de junio de 2026 nombró prefecta del Dicasterio para la Comunicación a la mexicana María Montserrat Alvarado, hasta entonces presidenta y directora de operaciones de EWTN News. Asumirá el 1 de noviembre en reemplazo del italiano Paolo Ruffini, quien cumple 70 años en octubre. Es la primera mujer laica no consagrada al frente de un dicasterio y queda a cargo de Vatican News, Radio Vaticana, L’Osservatore Romano, Vatican Media y la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Confiarle todo el aparato informativo del Vaticano a una comunicadora profesional es una decisión de gobierno.
La maquinaria ya se vio funcionar en el viaje a España de junio pasado: relato centralizado, menos comillas y más datos, explicación por imágenes. Un estudio académico sobre aquella cobertura mostró hasta qué punto la Santa Sede eligió conducir la narración en lugar de correr detrás de ella.
De modo que lo que la Argentina va a ver en noviembre estará diseñado hasta el último detalle.
Me quedo con esta lectura: en una cultura que confunde influencia con exposición, León XIV está mostrando que la autoridad moral se sostiene en la coherencia y no en la frecuencia. Su comunicación es menos reactiva, más simbólica, más lenta. Puede parecer un déficit competitivo. Se parece más a una apuesta de largo plazo.
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Para los que trabajamos en la comunicación de la Iglesia local, todo esto se traduce en tarea concreta. Significa resistir la tentación del contenido diseñado para el clic. Significa que un texto bien fundado vale más que diez publicaciones ingeniosas. Significa custodiar rostros y voces reales —los de nuestra gente— en lugar de fabricar simulaciones. Y significa entender que la sobriedad, cuando es habitada, no es frialdad: es respeto.
No es una discusión abstracta y tenemos fecha. El 5 de agosto pasado, Matteo Bruni, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, confirmó que León XIV realizará su primer viaje apostólico a Sudamérica del 6 al 17 de noviembre de 2026: Montevideo, Paysandú y Florida; después Buenos Aires, Córdoba y Luján, del 8 al 11; y finalmente Lima, Chiclayo, Cuzco y Pucallpa. Un Papa no pisa la Argentina desde Juan Pablo II, en 1987.
Faltan menos de tres meses. Hasta entonces habrá comisiones, cronogramas, vallados, acreditaciones y planes de contingencia, y está bien que los haya. Pero la pregunta de fondo es otra, y es la que este Papa nos viene haciendo desde el balcón: si lo que decimos, y el modo en que lo decimos, todavía sirve para la paz.
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