La discusión sobre la edad en el fútbol revela un prejuicio persistente: la tendencia a reducir a los jugadores —y en especial a Messi— a un número, desconociendo la complejidad del rendimiento y la diversidad de las trayectorias deportivas.
Hay algo inquietante en la manera en que hablamos de fútbol. No es la pasión ni la épica, ni siquiera la emoción que acompaña cada jugada. Es un prejuicio que aparece con la misma naturalidad con la que se canta un gol: el viejismo, ese reflejo social que convierte los años avanzados de un deportista en un motivo de disvalor, en un límite anticipado, en una sentencia de exclusión que no necesita pruebas.
En el caso de Messi, esta lógica se vuelve evidente. Cada partido reactiva la misma pregunta: “¿podrá rendir a su edad?”. Como si la edad fuera un obstáculo en sí mismo, como si los años funcionaran como un veredicto biológico que no admite matices. La narrativa es tan insistente que termina opacando lo esencial: Messi no juega “a pesar” de su edad; juega porque su repertorio (talento, disciplina, lectura del juego, inteligencia táctica y sensibilidad social) no se mide en años.
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El viejismo como violencia simbólica
El viejismo deportivo funciona así: reduce a la persona a su edad, instala la idea de un declive temporal inexorable y desconoce la diversidad de trayectorias corporales y vitales. Es una forma de violencia simbólica que opera en el lenguaje, en los supuestos y en esos comentarios que parecen inofensivos, pero reproducen desigualdades profundas.
En nuestros estudios sobre vejez y derechos se ha mostrado que el viejismo genera una desigualdad sobreviniente por esta condición etaria: un trato diferenciado que no surge de la persona en sí, sino de la mirada social que la reduce a su edad. Para comprender su alcance, resulta útil retomar el concepto de injusticia epistémica, desarrollado por Miranda Fricker. El prejuicio no solo discrimina: también distorsiona nuestra capacidad de conocer. Se vuelve injusticia epistémica cuando un estereotipo impide ver o reconocer la experiencia, la inteligencia y sensibilidad situacional, la lectura del contexto y la capacidad de adaptación que muchas personas mayores despliegan en distintos ámbitos. En términos simples: el viejismo nos hace interpretar mal la realidad.
Estos prejuicios resultan aún más visibles y más problemáticos, en sociedades longevas como las actuales, donde la expectativa de vida se ha extendido y las trayectorias vitales se han diversificado. Persistir en lecturas viejistas del rendimiento deportivo no solo desconoce esta transformación demográfica: también reproduce un imaginario que ya no se corresponde con la realidad de poblaciones que envejecen activas, diversas y plenamente capaces.
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En el deporte, esta forma de violencia se vuelve especialmente visible porque el cuerpo está en el centro de la escena. Pero el cuerpo no es un reloj de arena que se vacía de manera uniforme: es un territorio plural, moldeado por la historia, el entrenamiento, la salud, la motivación y el deseo.
La evidencia contradice el prejuicio
La historia del fútbol desmiente la idea de que la juventud es el único territorio legítimo del rendimiento. Kazuyoshi Miura sigue jugando profesionalmente a los 59 años. Buffon se retiró a los 45. Ibrahimovic jugó hasta los 41. Roger Milla anotó en un Mundial a los 42. Giggs y Zanetti se mantuvieron en la élite hasta los 40.
No son excepciones milagrosas: son trayectorias que muestran que el rendimiento deportivo es un fenómeno complejo, donde la edad cronológica es solo una variable más. La inteligencia táctica, la experiencia, la disciplina y la capacidad de adaptación pesan tanto, o más, que la velocidad o la explosión física.
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Messi y la trampa del “todavía puede”
Cada vez que Messi juega bien, reaparece la frase “todavía puede”, como si estuviera desafiando un destino biológico escrito de antemano. Pero Messi no “puede, todavía”: simplemente puede. Puede porque su talento no envejece. Puede porque su juego se reinventa. Puede porque su vínculo con la pelota es un lenguaje propio.
El problema no es Messi. El problema es la narrativa que lo rodea, que insiste en leer su rendimiento a través del prisma de la edad. Esa narrativa reproduce un imaginario social que asocia vejez con pérdida, inutilidad o irrelevancia. Y ese imaginario se expande más allá del fútbol.
Por qué importa cambiar la narrativa
El fútbol es un amplificador cultural. Lo que allí se naturaliza se multiplica en la vida social. Si seguimos asociando edad con declive, ¿qué queda para las personas mayores en ámbitos laborales, educativos o comunitarios?
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Combatir el viejismo en el fútbol es una forma de combatirlo en la vida. Es reconocer que la edad no es un problema, sino una etapa del curso vital que merece ser vivida con plenitud, sin estigmas ni prejuicios. Es comprender que la diversidad etaria enriquece los equipos, las instituciones y las comunidades. Y es, sobre todo, un acto de justicia.
Hacia un deporte sin viejismos
Necesitamos un cambio cultural que transforme la manera en que hablamos del rendimiento, del cuerpo y del tiempo. Un lenguaje deportivo libre de estereotipos permitiría analizar a los deportistas desde una perspectiva más justa y más realista. Una narrativa que reconozca el valor de la experiencia ampliaría nuestra comprensión del juego. Y una mirada que visibilice las trayectorias longevas como parte legítima del deporte contribuiría a desmontar prejuicios que afectan a millones de personas fuera de la cancha.
El fútbol puede ser un espacio de inclusión o de exclusión. Depende, en buena medida, de cómo lo contemos. Y contar bien también es una forma de hacer justicia.
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