Cualquiera que mire en estos días imágenes del terremoto en Venezuela, imagino que no puede dimensionar el drama que allí se está viviendo. El mensaje telefónico precedió la tragedia, pero la gente no tuvo tiempo a dimensionar lo que veía. 200 años pasaron desde el último terremoto con esa escala, con la diferencia de que nadie tenía memoria de semejante experiencia.
¿A dónde huir cuando todo tiembla y los edificios se desploman como una casita de naipes? El miedo paraliza. sin internet ni luz ¿cómo saber si mis familiares y amigos están bien? Un terremoto tras otro nos recuerdan que levantamos nuestras ciudades sobre una tierra viva.
Un amigo venezolano llora cada vez que ve las imágenes. Las historias y los pedidos de ayuda se multiplican y sentimos juntos qué frágil es la vida, desde el paseo en helicóptero a donde estaba Gaspi y al que otro no subió. Todo puede terminar en un segundo, o cambiar para siempre. Sueños rotos, tu casa que ya no está, un amigo al que nunca volverás a ver.
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Por otro lado agradecer el don de la vida, cuando pasan estas cosas pienso: ¿de qué me quejo? Pero nada quita esta certeza de que la vida es un don y un misterio, nos sentimos eternos, pero vivimos sometidos a tantas circunstancias ajenas a nosotros.
A los que no nos tocó esta experiencia, se nos pone por delante la parábola del buen samaritano, para no seguir de largo ante al que está tirado al borde del camino, e intentar ser solidarios con nuestros hermanos venezolanos que sufren terriblemente en estos momentos. Desde un llamado, si conocemos a alguien de la comunidad hasta la ayuda, si está a nuestro alcance y acompañar con la oración a un pueblo que es creyente, rezar por los que murieron y también por los que en estas horas perdieron su casa o buscan con desesperación a sus amigos o familiares perdidos.