El arma absoluta versus la guerra invisible

Cómo la Guerra Híbrida está redefiniendo el poder en el siglo XXI

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La posesión de armas nucleares evita el Apocalipsis, mientras que los drones, la IA, los ciberataques, los satélites, la información y la resiliencia estratégica definen a los ganadores de las guerras (Imagen ilustrativa Infobae)

Durante más de setenta años, la disuasión nuclear constituyó el pilar central de la estabilidad estratégica mundial. Sin embargo, los conflictos en Ucrania, Medio Oriente y Asia demuestran que la posesión de armas nucleares ya no impide ataques convencionales, operaciones encubiertas, ciberagresiones ni campañas de desgaste estratégico. Mientras la bomba continúa evitando el Apocalipsis, son los drones, la inteligencia artificial, la guerra de la información y las capacidades híbridas las que comienzan a definir el resultado de los conflictos del siglo XXI.

Pocas tecnologías transformaron la historia de la humanidad con la profundidad que lo hicieron las armas nucleares.

Las explosiones de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 no solo precipitaron el final de la Segunda Guerra Mundial. También inauguraron una nueva era estratégica en la cual la supervivencia misma de las naciones pasó a depender de la capacidad de destruir al adversario.

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La aparición del arma atómica modificó de manera radical el pensamiento militar clásico.

Desde Clausewitz hasta Moltke, la guerra había sido concebida como un instrumento político cuyo objetivo era imponer la voluntad propia al enemigo mediante la destrucción de sus capacidades militares. La irrupción del arma nuclear alteró esa lógica.

Por primera vez en la historia, la victoria militar podía equivaler a la destrucción simultánea del vencedor. De allí surgió la necesidad de desarrollar una nueva teoría estratégica.

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Autores como Bernard Brodie comprendieron tempranamente esta transformación. En 1946, escribió una frase que marcaría toda la doctrina posterior: “Hasta ahora el objetivo principal de las fuerzas armadas era ganar guerras. De ahora en adelante deberá ser evitarlas”,

Nacía así la era de la disuasión.

Beaufre y la teoría de la disuasión

Ningún autor desarrolló con mayor profundidad este concepto que el general francés André Beaufre. Su obra constituyó uno de los pilares doctrinarios de la estrategia occidental durante la Guerra Fría.

Para Beaufre, la disuasión consistía en convencer al adversario de que el costo de una acción sería superior a cualquier beneficio esperado. La esencia de la disuasión no radicaba en el empleo de la fuerza, sino en la credibilidad de su utilización.

La amenaza debía ser: posible, creíble, proporcional y comprendida por el adversario.

La sola existencia de un arsenal nuclear no garantizaba la disuasión, ya que lo verdaderamente importante era que el enemigo creyera que dicho arsenal podría ser utilizado.

Thomas Schelling desarrollaría posteriormente este razonamiento mediante la llamada “diplomacia de la violencia”, explicando cómo la capacidad de infligir daños futuros podía transformarse en un instrumento político.

Durante décadas, la combinación de estas teorías permitió sostener un equilibrio relativamente estable entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

La estabilidad del terror

La Guerra Fría produjo una paradoja histórica. Nunca antes la humanidad había acumulado semejante capacidad destructiva. Sin embargo, tampoco se produjo una guerra directa entre las dos superpotencias.

La razón fue la llamada Destrucción Mutua Asegurada. Ambos bloques poseían capacidad suficiente para responder a cualquier ataque nuclear mediante una represalia devastadora.

La tríada estratégica —misiles balísticos intercontinentales, submarinos nucleares y bombarderos estratégicos— garantizaba la supervivencia de una parte significativa del arsenal incluso después de sufrir un primer golpe.

La consecuencia era simple: ningún líder racional podía esperar ganar una guerra nuclear. La disuasión funcionaba porque el empleo del arma implicaba el suicidio estratégico.

El triunfo político del tabú nuclear

Existe otro factor que suele recibir menos atención: desde 1945, ninguna potencia volvió a utilizar armas nucleares en combate. Con el paso de las décadas se consolidó un fenómeno político, moral y cultural conocido como “tabú nuclear”.

La comunidad internacional desarrolló una creciente condena hacia cualquier posibilidad de empleo del arma atómica contra poblaciones civiles. Los tratados de control de armamentos, el Tratado de No Proliferación Nuclear y múltiples acuerdos internacionales reforzaron esta tendencia. Hoy, ningún líder puede ignorar el costo político, diplomático y moral que implicaría convertirse en la segunda persona de la historia en ordenar un ataque nuclear.

Paradójicamente, el éxito de la disuasión comenzó a erosionar su propia credibilidad. Cuanto menos imaginable resulta el empleo del arma nuclear, menos efectiva se vuelve como instrumento de coerción cotidiana.

La aparición de la Guerra Híbrida

Mientras la disuasión nuclear consolidaba la estabilidad estratégica global, comenzaba a surgir otra forma de conflicto. Una forma más difusa , mas flexible y difícil de atribuir: la Guerra Híbrida, que combina simultáneamente operaciones militares convencionales, fuerzas especiales, ciberataques, guerra electrónica, campañas de desinformación, sabotajes, coerción económica, empleo de actores proxy, utilización masiva de drones e inteligencia artificial.

Su principal ventaja consiste en operar por debajo del umbral que justificaría una escalada estratégica, ya que no busca necesariamente derrotar militarmente al adversario, sino desgastarlo, desorganizarlo, dividirlo, paralizarlo y erosionar su voluntad política.

Ucrania y el golpe a la disuasión nuclear

La guerra entre Rusia y Ucrania constituye probablemente el laboratorio estratégico más importante desde el final de la Guerra Fría. Allí comenzó a verificarse una realidad que muchos teóricos se resistían a aceptar: la posesión de armas nucleares no impide ataques convencionales.

Al respecto, la ex subsecretaria general de la OTAN y especialista en control de armamentos Rosa Gottemoeller desarrolla esta idea en su trabajo La extraña derrota de la disuasión nuclear, donde toma como referencia la denominada “Operación Telaraña”, mediante la cual Ucrania logró atacar bombarderos estratégicos rusos vinculados a la tríada nuclear mediante drones de muy bajo costo infiltrados en territorio ruso.

El episodio posee una enorme trascendencia doctrinaria, ya que Rusia había sostenido durante años que cualquier ataque contra activos estratégicos podía justificar una respuesta nuclear.

Sin embargo, cuando dichos activos fueron efectivamente alcanzados, la respuesta rusa fue convencional. La amenaza nuclear no desapareció, pero perdió credibilidad.

La actual crisis entre Irán, Israel y Estados Unidos también confirma esta tendencia, debido a que Israel posee uno de los sistemas de disuasión nuclear más sofisticados del planeta, sin embargo Hamás atacó el 7 de octubre de 2023,

Hezbollah lanzó miles de cohetes, los hutíes alteraron la navegación en el Mar Rojo e Irán ejecutó ataques directos con misiles y drones.

Ninguno de estos actores se vio disuadido por la mera existencia del arsenal nuclear israelí. Por el contrario, Israel se vio obligado a responder mediante inteligencia, defensa antimisiles, operaciones especiales, guerra electrónica y ataques convencionales ¡Exactamente las herramientas propias de la Guerra Híbrida!

Gottemoeller identifica correctamente esta transformación al señalar que la verdadera respuesta israelí ha sido el fortalecimiento de la “disuasión por negación” a través de sistemas como Iron Dome, David’s Sling y Arrow.

India y Pakistán: el límite del arma atómica para ambos continentes por igual

El enfrentamiento entre India y Pakistán durante 2025 constituye otro caso paradigmático, pues ambos poseen armas nucleares, sin embargo ello no impidió el conflicto convencional más grave entre ambos desde 1999. En este caso, pareciera que los arsenales nucleares evitaron la escalada final, aunque no evitaron el enfrentamiento.

Por lo tanto, se podría afirmar que la disuasión nuclear continúa funcionando para impedir la destrucción mutua, pero ya no basta para impedir agresiones limitadas.

La verdadera revolución militar

La verdadera revolución militar del siglo XXI no es nuclear, sino tecnológica.

Un dron de algunos cientos de dólares puede destruir sistemas valuados en decenas de millones, la inteligencia artificial puede acelerar procesos de decisión antes reservados a estados mayores completos, la guerra electrónica puede inutilizar sistemas de mando, los satélites pueden proporcionar inteligencia estratégica, comunicaciones y geolocalización y las redes sociales pueden influir sobre la voluntad política de sociedades enteras.

La relación costo-beneficio se ha invertido. La asimetría favorece cada vez más al innovador, mas que al más fuerte.

Pareciera que la disuasión por castigo comienza a ceder espacio frente a la disuasión por negación. Ya no alcanza con amenazar, es necesario resistir.

De este modo, la resiliencia estratégica se convierte en un factor de poder tan importante como la capacidad ofensiva, por lo que quien logre proteger sus infraestructuras críticas, asegurar sus comunicaciones, integrar inteligencia artificial, defender sus redes y absorber ataques sin colapsar tendrá ventajas decisivas.

Para la Argentina, estas transformaciones deberían constituir una advertencia estratégica.

Nuestro país se encuentra inserto en un escenario internacional crecientemente competitivo, donde los recursos naturales, la tecnología, el acceso al Atlántico Sur, la Antártida, el espacio ultraterrestre y los datos adquieren una relevancia creciente, además de que parte de su territorio se encuentra ocupado por una potencia extra regional.

En este contexto, Argentina debería preservar y profundizar las capacidades científicas y tecnológicas que le permitan mantener abierta la aptitud nacional para alcanzar capacidades estratégicas avanzadas. Ello supone fortalecer el complejo nuclear argentino, sostener el desarrollo científico asociado al ciclo completo del combustible nuclear, la tecnología de reactores, la propulsión nuclear y las capacidades industriales relacionadas.

No se trata de promover la proliferación nuclear, sino de preservar el conocimiento estratégico nacional, ya que la historia está llena de ejemplos en que los países que pierden capacidades tecnológicas terminan perdiendo autonomía política.

La Guerra Híbrida dependerá cada vez más del dominio de la información. Por ello resulta indispensable impulsar una política nacional orientada al desarrollo de satélites de uso dual porque las futuras capacidades estratégicas exigirán comunicaciones seguras, observación terrestre, vigilancia marítima, geolocalización, procesamiento masivo de datos e integración con inteligencia artificial.

El fortalecimiento de organismos como CONAE, ARSAT, INVAP y la CNEA debería constituir una prioridad estratégica nacional.

La experiencia de Ucrania, Rusia, Israel e Irán demuestra que los sistemas autónomos serán protagonistas de los futuros conflictos.

La Argentina debería promover una política industrial orientada al desarrollo nacional de drones aéreos, navales, vehículos terrestres no tripulados, sensores inteligentes y sistemas autónomos integrados mediante inteligencia artificial.

La oportunidad tecnológica existe, la cuestión es si tendremos la voluntad estratégica de aprovecharla.

Patagonia, Tierra del Fuego y los hubs de IA del hemisferio sur

Las Fuerzas Armadas también pueden desempeñar un papel relevante en el desarrollo estratégico nacional. La Patagonia continental y la Isla Grande de Tierra del Fuego reúnen condiciones excepcionales para transformarse en polos de procesamiento de datos, inteligencia artificial y servicios digitales avanzados.

Su ubicación geográfica, disponibilidad territorial, potencial energético y cercanía con los accesos antárticos las convierten en candidatos naturales para albergar futuros hubs tecnológicos del hemisferio sur.

Las Fuerzas Armadas, mediante su despliegue territorial, capacidades logísticas e infraestructura existente, pueden contribuir al desarrollo y protección de estos proyectos estratégicos.

Conclusión

Durante décadas, la humanidad creyó que las armas nucleares constituían la garantía definitiva de seguridad. La realidad actual demuestra algo diferente.

El arma atómica sigue siendo fundamental para evitar una guerra total entre grandes potencias, pero ya no determina por sí sola el resultado de los conflictos.

La Guerra Híbrida ha encontrado espacios que la disuasión nuclear no logra cubrir.

Ucrania desafía a Rusia, Irán desafía a Israel y Estados Unidos, actores no estatales desafían a potencias militares muy superiores. Los drones, la inteligencia artificial, los ciberataques, los satélites, la información y la resiliencia estratégica están redefiniendo el concepto mismo de poder.

La paradoja del siglo XXI es que el arma más destructiva creada por el hombre continúa evitando el Apocalipsis, pero son tecnologías mucho menos espectaculares —y mucho más accesibles— las que comienzan a decidir quiénes ganaran y quiénes perderán las guerras del futuro.