Un presidente cada vez más aislado y ensimismado se empecina en respaldar a como dé lugar a un jefe de Gabinete que a lo largo de los últimos 100 días desató un verdadero escándalo con múltiples estribaciones políticas, mediáticas, judiciales e institucionales.
Arropado por un presidente que suma nuevas fotos que apuntan a un pretendido y polémico desagravio del funcionario investigado por enriquecimiento ilícito -como la del acto de la bandera en Rosario-, y decidido a no renunciar, Manuel Adorni potencia el desgaste del gobierno ante la opinión pública, amplifica las recurrentes internas libertarias, resiente la relación con los aliados y sectores dialoguistas, y sume a la gestión en una suerte de parálisis en momentos donde el oficialismo se juega política y económicamente muchas de sus chances de reelección.
La tozudez presidencial resulta, a todas luces, sorprendente. Es que Adorni ya tiene inevitablemente el “boleto picado”, no solo porque no habrá recuperación posible desde el punto de vista político y reputacional, sino porque casi inexorablemente acabará dejando su cargo, ya sea por el accionar de la Justicia -un procesamiento-, el avance del Poder Legislativo -un proceso de remoción- o un tardío, pero aún posible, pedido de renuncia o desplazamiento por voluntad presidencial.
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Lo cierto es que parece más que claro que Milei vuelve a apelar al “juego del gallina”, el modelo de la teoría de los juegos que habría de tener su representación en la pantalla grande en una de las películas culturalmente más significativas del cine estadounidense del siglo XX: “Rebelde sin causa” (1955).
En una escena icónica en la que el personaje de James Dean (Jimmie) y Buzz, el matón que hace de novio de la bellísima Natalie Wood (Judy), se representa en la forma de una carrera de autos hacia un acantilado californiano con maravillosas vistas al océano Pacífico, un escenario que postula un conflicto entre dos personas, grupos o instituciones en el cual si ninguna de las partes cede, frenando o pegando un “volantazo”, se producirá un resultado grave en el que ambos pierden.
En este contexto, ambas partes perciben que la mejor estrategia es mantenerse firme y que el otro ceda: de esa forma se evitará no solo la catástrofe colectiva, sino que quien se haya mantenido firme podrá sentirse satisfecho por haber triunfado. Así parece entender Milei la disputa en torno al affaire Adorni: obsesionado por supuestas conspiraciones de ribetes políticos, mediáticos y empresariales, no solo parece creer que si “entrega” a Adorni proyectaría una imagen de debilidad y sentaría un precedente en virtud del cual “avanzarían” eventualmente contra otros funcionarios, sino que detrás del escándalo hay una voluntad destituyente.
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La “novedad” por estas horas, a la espera de lo que suceda en la semana en el Congreso de la Nación, pasa por la designación de Adrián Ravier como nuevo vocero. Una movida que, aunque claramente no resuelve políticamente el escándalo, busca oxigenar una comunicación gubernamental que tenía en el jefe de gabinete a su protagonista central. Por un lado, la decisión implica asumir que el jefe de gabinete no solo no tiene legitimidad para hablar en nombre del gobierno sino que incluso no puede comparecer públicamente. Por otro lado, legitima la creencia de que la centralidad del caso eclipsa los logros económicos de estos últimos dos meses.
Ambas hipótesis potencian los interrogantes y profundizan las contradicciones. ¿Si se reconoce no solo que el Jefe de gabinete ya no puede “poner la cara”, sino que su presencia es inconveniente para la marcha del programa económico, no es una paradoja mantenerlo en el cargo? Por lo pronto, la incorporación de Ravier, un dirigente de perfil más bien técnico ligado a lo económico, apuntaría a poner en valor los datos que el gobierno entiende que fortalecen el modelo económico, como la desaceleración inflacionaria, la caída del riesgo país, o el superávit, aún ante una realidad cotidiana bastante más compleja, donde esos números conviven con la baja actividad, la caída del consumo, problemas de empleo y merma de ingresos.
Así las cosas, en un contexto de creciente descontento que crece en la sociedad, y ante la amenaza latente de un procesamiento judicial, Adorni se encamina esta semana a la dura prueba del Congreso, en donde habrá que ver si los legisladores (opositores duros pero también aliados) avanzan a fondo con una destitución prevista en la Constitución, pero inédita desde su vigencia en 1994, o si hay actores que busquen evitar la colisión frontal, posponiendo las definiciones de remoción que generarían un nuevo conflicto institucional, a la espera de una salida pragmática desde el Ejecutivo.
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Todo muy difícil para un presidente que siempre se jactó de acelerar a fondo ante cualquier escenario de “juego del gallina”.