El lunes 8 de junio de 2026, el Banco de la Provincia de Buenos Aires (BAPRO) colocó deuda por u$s100 millones en Nueva York con una tasa de 4,25 %. Mejoró así la tasa obtenida por banca privada y pública gestionada en el último año.
Los otorgantes tuvieron que analizar los números de la Provincia, su superávit fiscal y sus perspectivas de repago.
Pero lo hicieron en el contexto de la situación financiera nacional, el apoyo del Tesoro Norteamericano, el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones financieras públicas y privadas.
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Más allá de los conflictos políticos locales, Argentina es una sola.
Si el riesgo país fuera de 2000 puntos y la inflación superara el 300 % —como lo era 2 años atrás— esta operación hubiera sido imposible.
Nosotros transitamos una grieta que no nos permite inscribirnos en el panorama político y económico global.
Podemos mirar cerca —en Chile, un espectro electoral que va de Borich a Kast, en Brasil, de Bolsonaro a Lula o en Uruguay, de la alianza entre los conservadores Blancos y Colorados hasta el izquierdista Frente Amplio—.
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Si miramos más lejos, vemos las profundas diferencias políticas, ideológicas y regionales que dividen a los países europeos —catalanes y vascos con el resto de España, valones y flamencos en Bélgica, el conflicto del Tirol en el norte de Italia y las diferencias con el sur napolitano o siciliano, el debate entre izquierdas y derechas en Alemania o Francia.
Ni hablar del debate actual en los EEUU ligado a la más que cuestionada gestión del Presidente Trump.
Todas las Naciones arrastran conflictos históricos y diferencias que muchas veces parecen irreconciliables, sin embargo, la democracia y las Instituciones Republicanas nos permiten conciliarlas con alternancia y diversidad.
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En todos los casos expuestos, hemos visto sucederse a administraciones de uno u otro signo sin que el rumbo de las naciones se altere sustancialmente. Porque los gobiernos cambian pero la nación se caracteriza por la continuidad. Y sin continuidad no hay credibilidad.
La credibilidad argentina sería que en el 2027 —y en el futuro— pudieran gobernar Milei o Kiciloff, o Macri o Bullrich, o cualquier otro/a que decidiera la ciudadanía, sin alterar la media docena de prioridades que cimentan una Nación estable.
Las prioridades son:
- equilibrio fiscal
- independencia del Poder Judicial
- independencia del Banco Central
- educación obligatoria y gratuita de los 5 a los 15 años y becas que garanticen la educación de los más calificados para terminar la educación secundaria y la universitaria
- eliminación progresiva de las retenciones
- fortalecimiento del Federalismo y la Integración Regional (Mercosur + Chile)
No importa quién gobierne, el fortalecimiento de estos 6 ejes daría estabilidad para que propios y extraños sepan a qué atenerse en el mediano y largo plazo.
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Lo único que necesitamos es la voluntad política de hacerlo.
Por supuesto que, alrededor de estos temas centrales, se estructuran una red de otros que los complementan y perfeccionan, dentro del marco de nuestra Constitución Nacional, votada por unanimidad en 1994.
Estamos más cerca de lograrlo de lo que percibimos en la actualidad. Los gritos altisonantes, la soberbia autorreferencial y la falta de una visión estratégica compartida nos obnubilan y nos perturban.
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Solo mirando a nuestros vecinos Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil, es suficiente para inspirarnos y ver cómo es posible sostener con pasión nuestras convicciones y mantener el rumbo que nos contenga a todos.