Tras varias semanas extenuantes y cargadas de tensión, no solo por la persistencia del affaire Adorni sino fundamentalmente por el impacto de una interna que desbordó los límites de lo imaginado, el oficialismo parece haber encontrado un leve y provisional respiro.
Un respiro que no proviene tanto de la política, sino más bien del contexto macroeconómico. Es que, como quedó en evidencia durante las conmemoraciones oficiales del feriado patrio del pasado 25 de Mayo, la pax interna del oficialismo es muy precaria y el Presidente no está dispuesto ni a laudar a favor de algunos de los contendientes ni a arbitrar para moderar las tensiones y encolumnar a las partes.
Por el contrario, los gestos presidenciales durante los festejos proyectaron una imagen de una tregua aparente, una escenificación de encuentro y reconciliación a todas luces forzada entre las “Fuerzas del Cielo” que lidera el influyente asesor sin cartera Santiago Caputo y el “karinismo” y su guardia pretoriana comandada por el clan Menem.
PUBLICIDAD
Un enfrentamiento que no solo da cuentas de diferencias políticas, estratégicas y tácticas, sino que esconde una encarnizada lucha por el control de la botonera del poder político en el marco de un gobierno en el que el presidente desdeña la política y se encierra en dogmas y teorías económicas, dejando un tentador vacío de poder que no pocos aspiran a conquistar.
En este marco, el optimismo oficialista tras casi dos meses y medio de una agenda copada por escándalos e internas llegó de la mano de la performance de algunos indicadores macroeconómicos y datos financieros. A la baja de la inflación, que se consolidaría en la próxima medición, se le suman la baja del riesgo país por debajo de los 500 puntos básicos, una mejora de casi 10% en los indicadores bursátiles y, sobre todo, un nuevo desembolso del Fondo Monetario Internacional (FMI) que se destinará a recomprar Letras Intransferibles que el Tesoro le había colocado en los últimos años al Banco Central, y que servirá para sanear el el balance de la entidad.
A ello hay que sumarle una calma cambiaria que si bien, a la luz de la historia reciente puede ser decodificada positivamente como un indicador de estabilidad, y un aliciente para la acumulación de reservas, también entraña un escollo para la reactivación productiva. Si bien la actividad evidencia, en la última medición, una mejora de 3,3%, ello no se explica por un crecimiento económico real, sino por el rebote respecto a la fuerte caída del primer trimestre. Y más allá de la performance de sectores como el energético o minero, los industriales como la siderurgia, la metalurgia o las automotrices ya anunciaron que la leve recuperación que se había registrado en abril se revirtió rápidamente en mayo.
PUBLICIDAD
Aunque las variables macroeconómicas y financieras insuflen un mejor ánimo en el Gobierno y permitan -aun transitoriamente- migrar la conversación a la economía frente a una agenda hasta hace apenas unos días hegemonizado por el caso Adorni y las internas, sin brotes verdes en el horizonte no hay mucho para festejar en un escenario donde se amplía cada vez más la brecha entre las promesas de un modelo productivo apuntalado por grandes inversiones en petróleo, gas y minería, y la dura realidad personal y familiar de millones de argentinos.
La destrucción del empleo es ya un dato insoslayable, y el impulso a sectores extractivos de baja mano de obra intensiva no permite avizorar una mejora en ese plano. Además, si se tienen en cuenta tanto el comportamiento de los salarios reales como la pérdida de los ingresos disponibles en relación a la inflación, no se avizora una mejora en los deprimidos niveles de consumo. Y, todo ello, en el marco de una morosidad creciente, que en el caso de las familias ya alcanza un altísimo 12%.
Lo cierto es que frente a este panorama, aún ante la palmaria evidencia de que no hay alivio que se traduzca en una mejora en la vida cotidiana de los argentinos, Milei parece cada vez más convencido de que la economía acabará por ordenar la política, garantizarle su reelección y consolidar su modelo económico.
PUBLICIDAD
En algo tiene razón el Presidente: si los argentinos lo vuelven a elegir será por la economía, no por la política o la batalla cultural; y si no lo reeligen no será por las internas, los errores políticos, ni siquiera por escándalos de presunta corrupción como el del jefe de gabinete. Aunque, claro está, son todos problemas que potencian los desafíos e interrogantes, y le dan aire a una oposición que aún lucha por encontrar referencias competitivas.
Así las cosas, un presidente ensimismado y obsesionado por tener la razón sigue desperdiciando -como lo hizo durante los 80 días de zozobra por el caso Adorni- de un tiempo precioso que, tras el paréntesis del Mundial, ya no podrá recuperar en un proceso en que todo se teñirá inevitablemente de lo electoral. Allí ya será otra la historia.