La guerra que nadie pudo ganar

La confrontación entre Estados Unidos e Irán expuso la complejidad de la disuasión en el siglo XXI, mostrando cómo los márgenes de maniobra política y militar se ven condicionados por factores internos y externos en ambos países

El equilibrio de poder en Medio Oriente se redefine tras el conflicto entre Estados Unidos e Irán (Jacquelyn Martin/Pool vía REUTERS)

Estados Unidos no perdió la guerra con Irán. Pero tampoco pudo ganarla. Y ese matiz, en geopolítica, lo cambia todo.

La tentación de explicar este conflicto como un fracaso o una victoria es fuerte, pero equivocada. Lo que ocurrió entre Estados Unidos e Irán en estas semanas no encaja en esas categorías simples. No hubo colapso del régimen, como anticipaban en Washington. Tampoco hubo una derrota estratégica iraní. Lo que emergió fue algo más incómodo: una demostración concreta de los límites del poder y de la vigencia de la disuasión en el siglo XXI.

El punto de partida fue un error de cálculo. La administración de Donald Trump, junto al Pentágono, diseñó una operación con una premisa central: que un shock inicial suficientemente contundente podía desarticular al régimen iraní antes de que este reorganizara su capacidad de respuesta. La lógica era clara, incluso racional desde la superioridad militar estadounidense. Pero falló en lo esencial: la comprensión del adversario.

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Irán no es un Estado convencional. Es una estructura político-militar diseñada para sobrevivir. La eliminación de cuadros de mando no genera parálisis, sino reemplazo. Las cadenas de sucesión están previstas. Las unidades operan con autonomía relativa. Y, sobre todo, existe una estrategia regional pensada para activarse en escenarios de guerra abierta.

Durante las primeras cinco semanas del conflicto, esto quedó en evidencia. Irán perdió líderes militares y figuras políticas relevantes, pero no colapsó. Resistió. Y en esa resistencia activó su principal activo estratégico: la red de aliados no estatales. Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen y milicias en Irak comenzaron a operar como extensiones del poder iraní, ampliando el conflicto más allá de sus fronteras sin necesidad de una confrontación directa total.

La importancia estratégica del estrecho de Ormuz condiciona la economía global y los mercados energéticos (REUTERS/Benoit Tessier)

Este punto es central: Irán no compite con Estados Unidos en términos de poder convencional. Compite en resiliencia, dispersión y capacidad de generar costos indirectos. Es una doctrina construida durante décadas.

Irán no necesitó ganar en el campo de batalla. Le alcanzó con demostrar que puede volver demasiado costosa cualquier victoria estadounidense.

El verdadero punto de inflexión no ocurrió en el campo de batalla, sino en la economía global. Entre la cuarta y quinta semana, la amenaza —y en algunos momentos la interrupción parcial— del tránsito en el Estrecho de Ormuz empezó a impactar de lleno en los mercados. El petróleo subió, pero no fue lo único: fertilizantes, aluminio y costos logísticos comenzaron a escalar. La incertidumbre energética se tradujo rápidamente en presión inflacionaria global.

El estrecho de Ormuz no es solo un paso geográfico. Es una válvula del sistema económico global. Y su vulnerabilidad transforma cualquier conflicto regional en una crisis internacional.

Ahí cambió la lógica de la guerra.

Lo que había sido concebido como una operación militar acotada empezó a transformarse en un problema político doméstico para la Casa Blanca. La doctrina “America First”, eje del discurso de Trump, entró en tensión con una guerra que empezaba a impactar en precios, mercados y expectativas económicas.

La política interna estadounidense influye en la toma de decisiones durante crisis internacionales (REUTERS/Evelyn Hockstein)

Las semanas avanzaron y la presión interna creció. Sectores del electorado republicano comenzaron a cuestionar el conflicto por desviarse de una agenda centrada en lo doméstico. Voces influyentes dentro del ecosistema mediático conservador amplificaron esas críticas. Las encuestas empezaron a mostrar un deterioro en las perspectivas del oficialismo de cara a las elecciones de medio término.

Trump quedó atrapado en una tensión clásica de poder: sostener la credibilidad externa o evitar un costo político interno creciente. Escalar implicaba riesgos económicos y militares. No escalar implicaba erosionar la disuasión. No había salida sin costo.

En paralelo, comenzaron a aparecer fisuras dentro del propio gobierno. El vicepresidente JD Vance, con una visión más alineada al nacionalismo estratégico, no emergió como un impulsor de la escalada sino como parte de una corriente que busca evitar guerras prolongadas sin beneficios claros. No se trata de moderación en términos clásicos, sino de cálculo político: maximizar poder sin quedar atrapado en conflictos abiertos.

Este elemento es clave para entender la decisión posterior de suspender el ultimátum. La suspensión no fue debilidad. Fue una admisión implícita: el costo de cumplir la amenaza empezaba a ser mayor que el costo de no hacerlo.

Estados Unidos no perdió capacidad militar. Perdió margen político.

Y ese es el verdadero límite del poder estadounidense hoy: no lo que no puede hacer, sino lo que ya no le conviene hacer.

La diplomacia emerge como recurso central tras la incapacidad de resolver la guerra por la fuerza (REUTERS/Evelyn Hockstein)

En ese contexto, la diplomacia volvió al centro de la escena. Pakistán, Turquía y Qatar emergieron como mediadores clave. No es casual. Pakistán, en particular, ocupa un lugar singular: es el único país musulmán con armamento nuclear y mantiene canales abiertos tanto con Washington como con Teherán. Su rol como potencial sede de negociaciones en Islamabad refleja un intento de construir una salida que permita evitar una escalada mayor sin obligar a ninguna de las partes a una capitulación explícita.

Las posiciones en la mesa de negociación muestran la complejidad del escenario. Irán busca el reconocimiento de su derecho a un programa nuclear civil limitado, mantener capacidad de influencia sobre el estrecho de Ormuz y obtener algún tipo de compensación por los daños sufridos. Estados Unidos exige la normalización del tránsito marítimo y la eliminación verificable de cualquier capacidad nuclear con potencial militar.

El núcleo del problema sigue siendo el enriquecimiento de uranio. Es la frontera técnica y política entre uso civil y militar. Para que un acuerdo sea viable, Irán debería aceptar restricciones claras y un sistema de verificación robusto. Sin eso, cualquier entendimiento será percibido como insuficiente por Washington y sus aliados.

Ahora bien, incluso si se alcanza un acuerdo, el equilibrio regional ya cambió.

Irán salió golpeado en términos militares. Sus capacidades fueron degradadas, su infraestructura atacada y su red de mando tensionada. Pero no fue derrotado. Y en Medio Oriente, resistir es una forma de poder. La percepción de que pudo soportar la presión de Estados Unidos e Israel sin colapsar le otorga un capital simbólico que no es menor.

Para las monarquías del Golfo, especialmente Arabia Saudita, el mensaje es incómodo. Si Irán puede resistir un ataque directo, su capacidad de disuasión indirecta —a través de aliados y presión sobre rutas energéticas— sigue siendo relevante. Esto reconfigura los cálculos de seguridad en toda la región.

Israel enfrenta su propio dilema. Su objetivo estratégico es claro: debilitar de forma sostenida la capacidad militar iraní, especialmente en materia de misiles y proyección regional. Pero una escalada sin control puede sabotear cualquier proceso de negociación y arrastrar a la región a un conflicto más amplio. Por eso su comportamiento reciente combina presión militar con cierta contención táctica.

La doctrina de disuasión y la estrategia asimétrica desafían la superioridad militar tradicional (Jacquelyn Martin Pool/Pool via REUTERS)

Estados Unidos, por su parte, queda en una posición ambigua pero conocida. Sigue siendo el actor dominante, pero el conflicto expuso límites en su capacidad para imponer resultados rápidos. Además, la gestión inicial generó tensiones con aliados tradicionales en Europa y Asia.

Europa, Japón y Corea del Sur no cuestionan el liderazgo estadounidense. Pero sí empiezan a cuestionar su previsibilidad.

En el plano interno, el costo político es ineludible. Trump enfrenta un escenario complejo: presión electoral, críticas dentro de su propia base y cuestionamientos sobre la conducción del conflicto. La posibilidad de cambios en el equipo de defensa no puede descartarse, especialmente si se busca reconstruir credibilidad institucional.

Sin embargo, reducir este episodio a sus consecuencias políticas internas sería un error. Lo que está en juego es más profundo.

Primero, la centralidad del estrecho de Ormuz como punto crítico del sistema internacional quedó nuevamente confirmada. No se trata solo de un corredor energético, sino de una herramienta de disuasión. La capacidad de interrumpir —o amenazar con interrumpir— ese flujo otorga a Irán un poder desproporcionado con relación a su peso económico.

Segundo, la guerra reafirmó la vigencia de la estrategia asimétrica. Irán demostró que puede absorber golpes significativos y seguir operando a través de redes, aliados y presión indirecta. Esto desafía las doctrinas tradicionales basadas en superioridad tecnológica.

Tercero, la política interna sigue siendo un condicionante central de la política exterior. Ninguna potencia puede sostener indefinidamente un conflicto que erosiona su base doméstica, especialmente en contextos electorales sensibles.

La percepción de resistencia otorga a Irán un capital simbólico relevante en la región (REUTERS/ Waseem Khan)

Cuarto, el conflicto evidenció las limitaciones de las soluciones rápidas en Medio Oriente. Las dinámicas regionales, atravesadas por rivalidades históricas, identidades y alianzas informales, resisten los intentos de resolución unilateral.

En el corto plazo, el escenario más probable es una negociación que congele el conflicto sin resolverlo completamente. Un alto el fuego informal, la reanudación del tránsito en Ormuz y algún tipo de acuerdo limitado sobre el programa nuclear iraní. No será una solución definitiva, pero puede ser suficiente para evitar una escalada mayor.

Irán no ganó. Estados Unidos tampoco. Pero ambos evitaron una derrota clara.

Y en ese equilibrio incómodo se define el nuevo mapa de poder en Medio Oriente: un orden donde la paz no es un estado, sino apenas el intervalo entre dos conflictos.

*Gudo Feld es Magíster en Estudios Internacionales. Colaborador del Observatorio de Defensa y Seguridad Internacional (CEPI - UBA). Miembro del Comité de Medio Oriente del CARI

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