El fútbol argentino es identidad, cultura y orgullo nacional. Es también industria, trabajo y proyección internacional. Mientras nuestros jugadores brillan en el mundo y la Selección nos llena de alegría, la estructura institucional que gobierna el fútbol local continúa funcionando bajo esquemas que ya no responden a las exigencias de una sociedad que reclama transparencia, profesionalismo y reglas claras.
La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) necesita una modernización profunda. No se trata de una disputa coyuntural ni de nombres propios. Se trata de discutir cómo deben administrarse las organizaciones que manejan recursos millonarios, derechos comerciales estratégicos y el destino deportivo de millones de argentinos.
En las últimas semanas, distintas voces del ámbito político y deportivo han coincidido en que el fútbol argentino debe avanzar hacia un modelo más transparente, competitivo y abierto a nuevas formas de gestión. El presidente Javier Milei ha sido claro al sostener que la Argentina necesita instituciones que rindan cuentas, eliminen privilegios y se ordenen bajo criterios de eficiencia y responsabilidad fiscal. Ese principio no puede aplicarse solo al Estado: también debe alcanzar a todas las organizaciones con fuerte impacto económico y social.
Cuando una entidad concentra poder y administra fondos significativos, debe estar sometida a estándares acordes a su relevancia. Publicación periódica de balances claros, auditorías independientes, límites a la perpetuación en los cargos y mecanismos efectivos de control no deberían ser excepciones, sino condiciones básicas de funcionamiento. Modernizar no significa romper con la historia del fútbol argentino; significa fortalecerlo con reglas previsibles y gestión profesional.
En ese marco, también debemos abrir un debate honesto sobre las herramientas jurídicas disponibles para que los clubes puedan elegir el modelo que mejor se adapte a su realidad. Existen alternativas modernas que permiten agilidad administrativa, acceso a capital privado, delimitación clara de responsabilidades y mayor transparencia en la gestión.
Incorporar la posibilidad de estructuras con capital privado no es “privatizar la pasión”. Es ampliar la libertad de elección. Libertad para que un club que necesita inversión pueda acceder a ella con seguridad jurídica. Libertad para profesionalizar su administración. Libertad para competir en un mercado global donde el fútbol es también industria y desarrollo económico. Negarse siquiera a debatir estas herramientas es cerrar la puerta al crecimiento.
En cuanto a la situación judicial que involucra a Claudio Tapia y a otros dirigentes, corresponde actuar con prudencia institucional. Existen investigaciones en curso y será la Justicia la que determine responsabilidades si las hubiera. Pero políticamente hay algo que debe decirse con claridad: no se pueden naturalizar excesos en el ejercicio del poder ni el uso de privilegios derivados de posiciones de conducción dentro de la AFA. Cuando se confunden intereses personales con responsabilidades institucionales, se erosiona la confianza pública. El fútbol argentino no necesita dirigentes intocables; necesita dirigentes responsables y sometidos a reglas claras.
En este contexto, resulta especialmente preocupante el paro del fútbol anunciado para este fin de semana en respuesta a una denuncia presentada por la Agencia de Recaudación y Control Aduanero. Las disputas institucionales o judiciales deben resolverse en los ámbitos correspondientes, pero no pueden trasladarse a la cancha ni utilizarse como mecanismo de presión. Suspender el fútbol por conflictos dirigenciales significa tomar de rehén a los hinchas, a los jugadores y a los clubes que viven de la competencia. El fútbol pertenece a la gente. Los dirigentes están para administrarlo, no para apropiarse de él ni para usarlo como herramienta en una disputa de poder.
La discusión sobre la AFA no debe centrarse en nombres, sino en reglas. Se trata de decidir si queremos una institución cerrada y aferrada a lógicas del pasado o una organización moderna, transparente y alineada con los estándares internacionales hacia donde avanza el deporte profesional.
El fútbol argentino fue capaz de conquistar el mundo dentro de la cancha. Ahora debe animarse a conquistar la modernidad fuera de ella. Porque cuando el poder no se controla, se degrada; y cuando las reglas son claras, las instituciones se fortalecen.
La AFA que los argentinos quieren, no puede ser la de los privilegios ni la de los dirigentes eternos. Tiene que ser la AFA de la transparencia, de la libertad y de la responsabilidad.
Si el fútbol argentino quiere competir en el mundo que viene, su conducción debe estar a la altura de los tiempos que corren.