En 2025 se celebró el 80° aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, una ocasión que no logró disimular la tensión actual entre ambas orillas del Atlántico. Por el contrario, fue un año en el que los socios de la OTAN revisaron aspectos clave de sus acuerdos comerciales y militares.
Primero, Europa aceptó un acuerdo comercial marcadamente asimétrico, que fija aranceles del 15% sobre productos europeos, sin una contrapartida equivalente para las exportaciones estadounidenses. En segundo lugar, los países europeos accedieron a elevar el gasto en defensa del 2% al 5% del PBI, en respuesta a la presión estadounidense para compartir el peso de los gastos militares de la OTAN.
Tras estas exigencias de Estados Unidos, se instaló la percepción de una menor integración comercial y la idea de que el respaldo militar estadounidense ya no puede darse por garantizado. En conjunto, los acuerdos reflejan que la relación transatlántica ingresó en una nueva etapa.
Los acuerdos reflejan que la relación transatlántica ingresó en una nueva etapa
El menor comercio provocado por los aranceles y el mayor gasto que implica el rearme llegan a una Europa con exceso de déficit fiscal y estancamiento económico.
En términos concretos, en los últimos años el retraso europeo frente a Estados Unidos es significativo: desde 2019, el PBI real de Estados Unidos creció cerca de 15%, mientras que la Eurozona avanzó apenas 5 por ciento.
Según proyecciones oficiales, la brecha seguirá ampliándose: Estados Unidos crecería al 2% anual en los próximos dos años, mientras Europa lo haría más cerca del 1 por ciento.
Eurozona fragmentada
El crecimiento económico post pandemia dentro de la Eurozona ha sido profundamente heterogéneo.
- España acumuló un crecimiento del 10% desde 2019, por encima del promedio del bloque.
- Francia, a pesar de su inestabilidad política y el deterioro fiscal, creció 5 por ciento.
- Alemania, tradicional motor industrial europeo, apenas alcanzó un 1,2 or ciento.
El caso alemán responde a factores estructurales: el fin del acceso a energía barata rusa, la crisis del sector automotriz frente a la competencia asiática y la dificultad creciente para acceder al mercado estadounidense.
Estos elementos explican parte del colapso de la producción industrial alemana, que cayó 20% desde 2018.
Las proyecciones sugieren que esta fragmentación persistirá.
España mantendría tasas de crecimiento superiores al 2% anual, mientras que Alemania, Francia e Italia crecerían cerca del 1%. Un ritmo insuficiente para cerrar la brecha con Estados Unidos.
Mercados financieros y empresas
La divergencia se acentúa en los mercados bursátiles.
Estados Unidos cuenta con el mercado de capitales más profundo y líquido del mundo; Europa sigue fragmentada por intereses nacionales y no logra consolidar un verdadero mercado integrado.
Europa sigue fragmentada por intereses nacionales y no logra consolidar un verdadero mercado integrado
Desde 2018, el S&P 500 más que duplicó su valor, con un crecimiento promedio anual de 13,6%. El STOXX 600, que agrupa a las principales empresas europeas, creció a un ritmo anual de apenas 5,4%, acumulando una suba cercana al 50 por ciento.
La diferencia se observa también en el tamaño de las empresas.
Las diez mayores compañías estadounidenses alcanzan capitalizaciones de billones de dólares y el índice está dominado por tecnológicas.
En Europa, con pocas excepciones, predominan sectores tradicionales como farmacéutica, lujo y consumo.
ASML, la empresa más valiosa del continente, apenas ocuparía la posición quince en el S&P 500.
¿Por qué se quedó atrás?
Un análisis superficial podría atribuir el rezago europeo a la inflación, el precio de la energía, la guerra en Ucrania o la competencia china. Sin embargo, estos factores no resultan suficientes.
La inflación en Europa está desde hace meses en torno al objetivo del 2% y cerró diciembre de 2025 en 1,9 por ciento.
Los precios del gas superan su promedio histórico, aunque están lejos de los picos de 2022.
El costo de la guerra en Ucrania también recae sobre Estados Unidos, que aun así crece al doble que Europa. La competencia china es un desafío global.
Las diferencias de fondo con Estados Unidos parecen ser estructurales y pueden resumirse en dos factores.
Primero, la fragmentación política europea. En los últimos meses, la UE alcanzó tres hitos comerciales: aranceles a autos eléctricos chinos, acuerdo comercial con Estados Unidos y acuerdo con el Mercosur. En los tres casos, Alemania y Francia adoptaron posiciones opuestas:
- Alemania se opuso a los aranceles a China; Francia los promovió.
- Alemania impulsó el acuerdo con el Mercosur; Francia se opuso por presión agrícola.
- Alemania buscó una postura conciliadora con Estados Unidos; Francia, una más dura.
El resultado: un proceso de decisión lento y errático. No es casual que el acuerdo con el Mercosur demorara más de 25 años y, finalmente, fuera impugnado por el Parlamento Europeo a instancias de Francia.
No es casual que el acuerdo con el Mercosur demorara más de 25 años y, finalmente, fuera impugnado por el Parlamento Europeo
Segundo, Europa parece haber reemplazado su histórica cultura del progreso por una cultura ideológica. El sector automotriz ilustra el problema: la prohibición de vender vehículos de combustión a partir de 2035 se impuso por razones ecológicas, sin una transición industrial y tecnológica sólida. Años después, ante la crisis en el sector, la UE debió rectificar.
El resultado ha sido una pérdida de productividad. Hasta la pandemia, la productividad europea creció a ritmo similar que la estadounidense. Desde 2020, la productividad en Estados Unidos se aceleró, mientras Europa se estancó.
El fin del Estado de bienestar
El Estado de bienestar fue un pilar central del modelo económico y social europeo, pero su contracara ha sido una elevada presión fiscal y un deterioro progresivo de las cuentas públicas, con impacto directo en la competitividad privada.
Tras la caída del Muro de Berlín, Europa pudo reducir el gasto en defensa y expandir el gasto social. Hoy, el gasto social en las principales economías europeas supera ampliamente al de Estados Unidos.
Este modelo se financió principalmente con una presión impositiva alta.
Los ingresos fiscales en Europa representan entre el 37% y el 44% del PBI, frente al 26% en Estados Unidos.
La combinación de altos impuestos y un Estado de gran tamaño afectó la rentabilidad, la inversión y la innovación del sector privado.
El aumento persistente del gasto público contribuyó además a una expansión significativa de la deuda, que ha limitado el crecimiento a largo plazo.
A esto se suma el exceso de burocracia y regulación. La carga administrativa, junto a la fragmentación y complejidad europeas, limitó la innovación, la creación de empresas y la adopción de nuevas tecnologías.
Este diagnóstico es compartido por instituciones europeas: en 2024, Mario Draghi advirtió que el modelo de desarrollo de la UE dejó de ser viable y que Europa necesita un cambio profundo.
En 2025, el debate se profundizó. La administración Trump dejó claro que Europa no puede seguir financiando su Estado de bienestar a costa de reducir el gasto en defensa.
Muy por el contrario, este año los países europeos se comprometieron a elevar el gasto militar del 2% al 5% del PBI, un retorno a niveles previos a la caída del Muro de Berlín.
Este año los países europeos se comprometieron a elevar el gasto militar del 2% al 5% del PBI, un retorno a niveles previos a la caída del Muro de Berlín
En definitiva, para relanzarse, el continente deberá contraer el gasto social y redefinir el Estado de bienestar que lo caracterizó en las últimas tres décadas.
Volver a una cultura del progreso
El 2025 aparece como el año en que Europa tomó conciencia de la divergencia con Estados Unidos y de la urgencia de un cambio de rumbo. La brecha no es inevitable, sino el resultado de decisiones políticas, institucionales y culturales recientes.
Una posible hoja de ruta para revertir la tendencia surge de las ideas de Joel Mokyr, premio Nobel de Economía en 2025. En A Culture of Growth, Mokyr sostiene que el progreso tecnológico y económico es, ante todo, una función de la cultura.
Europa lideró el crecimiento global cuando supo construir y sostener esa cultura del progreso. Hoy, ante un mundo más competitivo y fragmentado, el principal desafío es abandonar la rigidez ideológica e impulsar un enfoque pragmático, orientado a la productividad y el crecimiento.
El autor es Magister en Economía de la Universidad de Tilburg en Holanda y en Management de la universidad Luiss, Italia