En la era digital, la narrativa política es performativa. Siempre lo fue, pero la disrupción tecnológica de la última década aceleró de manera exponencial el cambio de paradigmas del relato político y sus consecuencias.
La palabra, la imagen y la gestualidad del líder no solo expresan poder: también lo construyen. La narrativa es hoy una forma central del ejercicio del poder.
La identidad digital de los políticos de este tiempo es de diseño. No se trata de presentar “la mejor versión”, de acuerdo con la expresión popularizada por el coaching, sino de la construcción de un perfil digital que se pretende instalar para encarar el proyecto y la acción.
Los líderes contemporáneos se construyen como personajes digitales: superhéroes, guerreros culturales, CEOs del orden transnacional, omnipotentes o poderosos desde la vulnerabilidad. No comunican necesariamente quiénes son. Diseñan cómo quieren ser percibidos.
Trump juega al extremo en la elaboración de su propio personaje. En el comienzo de la última semana se autoproclamó “Presidente en funciones de Venezuela”.
No lo hizo en el marco de las instituciones: lo hizo en Truth Social, la plataforma que creó para sí mismo luego de ser vetado en otras redes. No se trató de un error. Se trata de ejercer la apropiación simbólica del poder. Trump viraliza un concepto, una idea en modo “alucinación”.
Se autopercibe como “Acting President of Venezuela”. Sin validez legal ni reconocimiento oficial, ejerce de hecho un mandato por imposición. Trump delinea su rol a voluntad. Mezcla hechos políticos y militares con imágenes ficticias y hegemoniza la conversación pública.
En los vertiginosos tiempos que corren, el poder ya no necesita ser verdadero. Basta con jugar en el plano de lo creíble, de lo verosímil, de lo emocionalmente eficaz.
La política en la era digital se vuelve un sistema en el que los hechos se confunden con la ficción. Una ficción que, al viralizarse, construye realidad. Es el signo de estos tiempos: la utilización de la identidad digital como extensión de la estrategia política.
Los recursos de comunicación política que activan los nuevos líderes van de lo satírico a lo irónico, de lo simbólico a lo real. En un contexto de elaborada ambigüedad, todo se vuelve deliberadamente confuso, volviendo verosímil lo inimaginable.
El proceso de naturalización de lo ilegal, de lo aberrante, de lo revulsivo se pone en marcha, decantando alucinaciones y fantasías de quienes disponen del poder en alguna de sus formas. Los liderazgos se fortalecen con la viralización de representaciones visuales y narrativas pensadas para modelar las percepciones de las mayorías.
La línea que separa lo real de lo inventado es difusa, pero la confusión que aturde y desinforma permite fijar agendas e intervenir activamente en las tensiones internacionales.
La narrativa crea inmunidad simbólica. Frente a una realidad tan compleja, el relato político simplifica. La discriminación tajante entre buenos y malos, lo ordenado y lo caótico, lo supuestamente verdadero y lo falso tranquiliza, permite identificación y empatía, y reduce los niveles de incertidumbre.
Al producir identificación con estéticas y relatos, el líder fideliza voluntades, gana confianza y apoya las adhesiones en lo cognitivo, pero también en lo emocional. Quien logra que una sociedad mire el mundo desde su historia ya no necesita discutir los hechos uno por uno.
Trump trabaja sin respiro para perfilar su identidad de mandamás de Occidente. Modela la realidad a la medida de sus alucinaciones. Hay, no obstante, una diferencia sustancial entre el sentido de este concepto en la IA y en los liderazgos políticos.
Trump interviene con su relato en otras identidades. Modela perfiles ajenos de acuerdo a sus urgencias y necesidades. Ocurrió en estos días con la cuestión venezolana.
Trump llenó de elogios a Delcy Rodríguez, la presidenta interina bajo tutela americana, mientras, gélido, le bajaba el precio a María Corina Machado, líder excluyente de la oposición venezolana.
Delcy cumple, María Corina dignifica. Para redondear su perfil, Trump necesita de las dos mujeres.
Delcy Rodríguez hace equilibrio en un delirante doble discurso: mientras dispone medidas por cuenta y orden de Trump, sostiene la moral del chavismo con arengas populistas más propias del socialismo del siglo XXI que del ideario trumpista, y al mismo tiempo entrega el petrolero y formatea la producción energética en subordinado acuerdo con el republicano.
Delcy Rodríguez es una “persona fantástica” con quien tuvo “una larga llamada” telefónica. “Es alguien con quien hemos trabajado muy bien, con quien nos estamos llevando muy bien con Venezuela. Ha sido muy fácil tratar con ella”, recargó.
Mientras Trump le pasaba frío a Corina, Delsy tomaba un trago amargo al paladar chavista: la intempestiva visita del director de la CIA. Por orden de Trump, John Ratcliffe desembarcó en Caracas. Horas después, la dulce Delsy, echó de su Gabinete a Alex Saab, acusado por Estados Unidos de ser el testaferro de Maduro.
Está “cumpliendo ordenes”. Es “ideologicamente comunista y dirigió centros de tortura”, diría más tarde Corina Machado, quien, no obstante, confía en que Venezuela será libre gracias a Trump.
Devaluada por la narrativa trumpista, Machado acomoda también su discurso a lo que Trump le impone.
El presidente norteamericano atendió a la lideresa en la Casa Blanca, lugar al que ingresó por una puerta lateral. Nadie la recibió oficialmente ni hubo imágenes para la prensa, como es de estilo.
Hubo que esperar varias horas para saber qué pasó en el desangelado almuerzo que compartieron. No hubo paso por el Salón Oval, ni acceso a la prensa, ni fotos, ni declaración conjunta. Machado pasó como una exhalación por las dependencias trumpistas.
“Fue un gran honor conocer hoy a María Corina Machado, de Venezuela. Es una mujer admirable que ha pasado por muchas dificultades. María me entregó su Premio Nobel de la Paz en reconocimiento a mi trabajo. Un gesto maravilloso de respeto mutuo. ¡Gracias, María!”, posteó Trump.
“Creo que simplemente vamos a hablar. Y no la conozco. Creo que solo vamos a hablar de temas básicos”, había dicho, sin mencionar su nombre, días antes del encuentro.
El hombre aprieta para alinear. Cero negociación. Hablaron y Machado salió sin el Nobel y sin la Presidencia que dice haber ganado con Edmundo Gonzalez Urrutía. “Quiero que los venezolanos sepan que contamos con Trump para la libertad de Venezuela”. Confía en que Venezuela será libre gracias a Trump. Alineadísima.
María Corina Machado recupera nombre y entidad cuando hace simbólica entrega de su Nobel a Trump. Mientras Machado dice haber ido a “presentar” la medalla, Trump asegura que se la “entregó”.
Delcy batalla con el doble discurso para hacer pie en su nuevo estatus. María Corina desconoce el reglamento de Oslo para halagar a Trump.
El Nobel calma los apremios del ego trumpista; el petróleo venezolano lo empodera políticamente.
Las identidades digitales de muchos líderes funcionan igual: producen una versión de sí mismos que no coincide con su rol real, con sus límites institucionales ni con su poder efectivo, pero se presenta como si fuera verdadera y termina siéndolo.
Entre el superhéroe libertario y el ermitaño anacoreta, la identidad digital de Javier Milei se pretende multifacética, un tanto ecléctica.
El Presidente abrió una cuenta en inglés en X inspirada en el personaje que supo habitar en su cosplay, el general ANCAP. La versión @jmilei_english, que fue suspendida en X y posteriormente rehabilitada, lo muestra como un personaje de cómics gracias a los oficios de la IA generativa.
A apenas horas de su presentación en el Foro de Davos, Milei irrumpe en versión ideológica global. Se trata de un Milei exportable, empeñado en una cruzada civilizatoria, en modo “libertarian warrior”.
La identidad del superpoderoso ANCAP se presenta como avatar del antiestatismo, montado en la épica, despojado de todo sesgo local, y se ofrece como meme ideológico de la derecha, ícono de la “batalla cultural”, símbolo puro de todo lo anti-woke.
Sin descuidar el frente interno, la versión nac and pop lo presenta revoleando el poncho este sábado en el mítico Festival de Jesús María.
Más parecido al Javo que se muda a la casita de herramientas para acceder a una vida más sencilla, Milei llega al festival emblema en tren de oler pueblo de bien cerquita. Se agradece.
El escenario lo pone Oscar Esperanza, “Chaqueño Palavecino”, salteño, ídolo e ícono popular indiscutible de la Argentina más profunda. Milei se aventura a “Amor salvaje”, un himno festivalero, la variante hot del folklore del gauchaje.
Mientras la IA produce contenidos de alucinación para cubrir sus baches de entrenamiento, la política entra en la era de la alucinación estratégica a plena conciencia.
La IA inventa lo que no sabe; el poder político inventa a sabiendas. En la IA la alucinación es un error; en la política digital es una herramienta.
La alucinación de la IA ocurre cuando el sistema inventa algo falso y lo presenta con total seguridad. No distingue entre lo verdadero y lo verosímil. Produce una realidad que no existe, pero que parece sólida.
Mientras la IA avanza día a día en su entrenamiento reduciendo al máximo sus chances de alucinar, la política parece dejarse llevar por los delirios de los liderazgos personalistas en sus formas más rocambolescas.