Al igual que el año pasado el presidente Javier Milei dedicará estos días tradicionalmente de poca actividad política formal a la agenda internacional.
En una primera escala, tuvo un fugaz paso por Asunción, donde tras más de dos décadas de avances y retrocesos, finalmente se firmó el trabajoso acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea. Un hecho tan significativo -aunque falten las ratificaciones para su vigencia- como paradójico ante un escenario geopolítico global y regional que parece reconfigurarse de la mano de las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos, China y Rusia.
Por lo pronto, la ausencia de Lula en Paraguay no deja de ser una muestra de las fuertes tensiones y profundas disidencias internas que atraviesan el bloque, y que se proyectan a una región latinoamericana que mayoritariamente parece alinearse entusiastamente o aceptar pragmáticamente el “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, lo que implica lisa y llanamente convalidar la idea de que Latinoamérica es un área de influencia de los Estados Unidos y que, en cuanto tal, es pasible de intervenciones o injerencias con vistas a tutelar los procesos locales.
La segunda escala lo llevará al Foro de Davos, donde no solo disertará ante la audiencia que se reúne todos los años en ese gélido cantón suizo, sino que concederá entrevistas a medios internacionales y mantendrá reuniones con empresarios, inversores y líderes mundiales. El presidente argentino coincidirá con Trump, que hablará el mismo día, y si bien no hay un encuentro confirmado, no debería descartarse un encuentro o, al menos, una photo opportunity con la que proyectar su férreo alineamiento al presidente estadounidense en momentos donde se rediscute la geopolítica global.
Según la web oficial del Foro, la disertación de Milei lleva el título “¿Cómo podemos cooperar en un mundo más cuestionado?” y según detalles de diversos medios argentinos consignando fuentes oficiales se trataría de un discurso de 25 páginas que Milei leerá ante el auditorio, y al que le habría dedicado un buen tiempo al punto tal de jactarse de haber leído a tal efecto más de 15 libros para enriquecer su intervención. ¿Volverá Milei sobre la “agenda woke” y la narrativa de la batalla cultural que el año pasado lo dejó envuelto en un escándalo que duró varias semanas y requirió de exegetas de la palabra del presidente y tibias desmentidas en relación a algunas afirmaciones xenófobas y teorías conspirativas sin sustento alguno?
¿Evitará Milei la tentación de mostrarse frente a Trump como un fiel aliado y defensor de la particular visión del mundo que tiene un presidente estadounidense que no solo acaba de intervenir en Venezuela tutelando un régimen dictatorial y corrupto para garantizarse el acceso al petróleo, sino que pone en alerta a Europa por la presión para hacerse con Groenlandia? Habrá que esperar al miércoles, aunque difícilmente pueda esperarse un Milei moderado ante la posibilidad de realizar una profesión de fe trumpista, ante un escenario que además considera “amigable”.
Mientras el Presidente seguramente recargará su ya elevada autoestima con un raid europeo que tendrá más de auto exaltación y despliegue narcisista que de interés estratégico para el país, en el plano local serán días claves en la previa de las sesiones extraordinarias de febrero en el Congreso, donde el gobierno apuesta fuerte para aprobar la reforma laboral.
En este contexto, los articuladores políticos del oficialismo y, fundamentalmente, el ministro Santilli, siguen recorriendo las provincias en la búsqueda de blindar los apoyos necesarios para sacar adelante una iniciativa que para el gobierno es vital, no tanto porque realmente crea que la generación de empleo dependa de esa herramienta como por la intención de proyectar con la aprobación de una reforma estructural en un área tradicionalmente muy refractaria a los cambios una imagen de gobernabilidad, de fortaleza y de confianza ante los mercados e inversores.
Si bien el escenario parece favorable al oficialismo, no solo por el mayor volumen propio en el Congreso y la predisposición de los aliados, sino por la profunda crisis del peronismo que alcanza a un sindicalismo que oscila entre la parálisis y el internismo, será difícil que la iniciativa no incluya cambios. Es que los gobernadores ya han mostrado su reticencia con respecto al capítulo impositivo que se incluyó en el proyecto, y que afectaría fondos coparticipables. Frente a ello, y a la luz de lo que sucedió durante la votación del presupuesto, un sector del oficialismo puja por eliminar las modificaciones al impuesto a las ganancias. Habrá que ver, en todo caso, si prima el pragmatismo y el aprendizaje de lo que pasó en diciembre, o si los sectores más intransigentes del oficialismo presionan una vez más para avanzar a como dé lugar.
Lo cierto es que Milei necesitará tener aprobada la reforma antes de que termine el verano y comience un otoño en donde seguramente comenzarán a perder fuerza esos bríos que insuflaron los votos de octubre y asomen con más fuerza algunas demandas insatisfechas que difícilmente puedan ser resueltas en el corto plazo.
Así las cosas, aunque con una agenda importante, el verano será fugaz, y muy pronto el gobierno deberá acomodar el barco para explicar por qué el proceso de desinflación no continuará al ritmo prometido y, muy probablemente, para enfrentarse a una cruda realidad donde el crecimiento esté lejos de las expectativas y, por ende, no haya cambios significativos en la actividad económica, en los salarios y en el consumo.