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¿Celular sí o no? La cuestión es enseñar y aprender

Tanto los smartphones como la inteligencia artificial pueden ser herramientas valiosas para captar la atención de estudiantes y profesores en las aulas modernizadas, el desafío es encontrar una metodología adecuada

El gobierno porteño reguló el uso de celulares en las escuelas

En estos días, resurgió nuevamente el tema de los teléfonos en el aula. En este sentido, el gobierno de la ciudad de Buenos Aires reguló el uso del celular en la escuela prohibiendo su utilización en la escuela primaria y limitándolo en la escuela secundaria.

Ahora bien, el problema no es el dispositivo, sino la imposibilidad de los adultos de educar en este sentido, de poner límites en tiempos y formas; en consecuencia, lo quitan porque ignoran cómo usarlo pedagógicamente.

Según algunas estadísticas, 8 de cada 10 docentes señala que dificulta la atención en el salón de clases. Y sí, tienen razón, en tanto y en cuanto siguen con prácticas educativas vetustas: pararse en el frente, recitar una lección y exigir silencio y quietud, como si estos dos términos fueran sinónimos de aprender. Sin embargo, si pensaran la clase como una construcción conjunta, quizás cambiarían la mirada.

Cualquier dispositivo, electrónico o no, puede interferir o colaborar en el aprendizaje, desde un libro hasta un posteo en Instagram que surja en la clase; el tema es que podrían transformarse en recursos interesantes para llamar la atención, no sólo de los alumnos, sino también de los profesores. Una imagen, por ejemplo, estimula, atrae la atención y provoca sensaciones, además de aportar a la construcción de un concepto si hay un docente que medie con intervenciones adecuadas.

Las prácticas áulicas no pueden seguir como antaño, las infancias y juventudes han cambiado y, además, la tecnología abruma con su rapidez intempestiva. La cuestión es saber qué hacer para aprovecharlas en pos de buenos aprendizajes de los estudiantes.

Otra tecnología que hizo su aparición abrupta hace menos de dos años fue la inteligencia artificial, a la cual, hoy por hoy, nuestros alumnos manejan a su gusto para hacer trabajos y evaluaciones, incluso en los posgrados universitarios. Entonces, en consecuencia, lejos de negarla, los docentes debemos aprender cómo usarla en beneficio de nuestra enseñanza.

No tiene sentido negar los adelantos tecnológicos porque nuestra vida diaria está atravesada por ellos: si queremos ir de un lugar a otro, usamos GPS; si desconocemos una palabra, la googleamos, o si nos gustó algo en el camino, tomamos rápidamente una foto. Por lo tanto, son una buena oportunidad para que los chicos aprendan de manera relacionada a cómo viven a diario; de lo contrario, la escuela enseña como en el siglo XIX y los alumnos (y adultos) viven en el siglo XXI. Pasaron 150 años de la diagramación de la enseñanza en materias, con cursados rígidos y fragmentados, pero pareciera que, más allá de la voluntad de los docentes de provocar algún cambio al interior de su clase, no hay una mirada crítica que promueva otras maneras de estar en la escuela.

El “orden” en el aula se rompió hace rato. Es el profesor quien puede decidir qué, para qué y cómo enseñar y, en este último punto podrá entrar o no la tecnología, la cual puede ayudar a restaurar dicho orden si se enseña con límites claros, algo que los adultos de hoy nos cuesta establecer.

No miremos el árbol, sino el bosque. Y así como la calculadora fue resistida hace tres décadas atrás, hoy sabemos que es útil en un determinado momento de la enseñanza.

Apelo a que los adultos que están leyendo la nota recuerden sus horas escolares e imaginen si hubiesen tenido un teléfono en mano, obviamente enmarcado en clases bien organizadas para el uso del dispositivo; seguramente hoy tendrían mejores recuerdos de su escuela. ¿No hubiese sido más atractivo estudiar con google maps que con los mapas políticos de color celeste y blanco? ¿No hubiese sido más interesante ver una montaña en sus 3 dimensiones en vez de una imagen coloreada de un libro? ¿No les hubiese gustado aprender con juegos especializados en matemática? Yo creo que sí.

Lejos de negar los avances tecnológicos, instemos a que se usen críticamente no sólo en la escuela, sino desde las familias, encargadas de educar a niños y niñas con límites claros y con coherencia entre el decir y el hacer. No pretendamos que no quieran el teléfono cuando se lo ofrecimos al año de edad para que se quedaran “quietitos” o cuando nos ven a diario varias horas al día obnubilados en las redes sociales.

Los chicos aprenden lo que viven: sostengamos el vínculo afectivo y eduquemos con el ejemplo, luego aprenderán a usar el teléfono celular.

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