
Nadie sabe leer. No en el significado primario, esto es, leer como dar cuenta de ciertos signos gráficos y que eso habilite un entendimiento entre las personas, precedido por acuerdos. Otro tipo de lectura es la que está en entredicho, hoy más que nunca, en entre-dicho.
Hay mucho ruido de lugares comunes, como simplificación y como reacción a los sentidos más exigidos, supuestamente sofisticados. Ruido porque no hay espacio para el silencio y, además, hay vértigo, un vértigo que no permite la detención. Lo producido es asumido sin intermediación, y no tiene que ver con que no existan intermediarios, de hecho están a la orden del día, sino con que no hay tiempo, ni ganas, ni intención, ni interés, en el tránsito que va desde el texto –sea escrito o hablado, en rigor, siempre escrito- hasta su inscripción, hasta lo que se acoge, lo que se queda. Ocurre una suerte de nulidad en el pasaje, nada se tamiza.
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Lo cierto es que no hay lectura o, al menos, ese tipo de lectura que permite desarmar. Roland Barthes alguna vez dijo “tengo una enfermedad, veo el lenguaje” y, a la inversa, parece que este tiempo nos ha inyectado demasiados anticuerpos. Anticuerpos que, en términos de José Ingenieros, “pueblan la memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran sentencias”. Anticuerpos para dormir la angustia y, si de algo se trata leer es, precisamente, de la angustia pues nadie sale ileso de allí. Anticuerpos, sobre todo, para la complejidad, para esa vueltita que tienen las cosas, que tienen las palabras, y a la que solo se puede entrar con disposición a enredarse.
La enfermedad ahora consiste en no ver nada en el lenguaje porque no se está poniendo en juego lo dicho sino únicamente aquello a lo que lo dicho se refiere. Los salvadoreños suelen afirmar que el papel aguanta con lo que se le ponga –las pantallas también- y, efectivamente, las comunidades de diálogo son, en rigor, comunidades de circulación de discursos, sea cual fuera su contenido lo relevante es la solidez de esos lazos que aseguran el transporte y, ante todo, aseguran que no haya pausa.
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Es verdad que vivimos en el impulso dominante de tener que decir algo sobre todo, todo el tiempo, en todas partes y que son muy pocos los ámbitos reservados para frenar esa presión. La política, por ejemplo, tiene más escenarios y más momentos dedicados a la metodología de la irradiación de las narrativas que laboratorios conceptuales o, por lo menos, zonas de deliberación. Nadie desconoce que para disputar poder deben comprenderse las lógicas históricas y, por tanto, formar parte de la discusión que se propone, en los canales en que se propone. Pero, no puede ser todo método o el riesgo es, como el título de Giovanni Sartori, correr “la carrera hacia ninguna parte”. Entonces, es importante contar con actores de esa lectura necesitada, y no es conveniente que sean siempre los mismos, como portadores de un saber que sabe leer y revela las certezas.
El problema, y la ventaja, es que no es posible enseñar a leer, esta manera de leer. Al menos, no es posible enseñarlo en la clave convencional, como una transmisión, como si de un momento a otro se despertase la capacidad atrofiada. Lo que sí puede hacerse es mostrar las raíces de las respuestas, los motivos de las preguntas, las opciones no escogidas y los cuerpos de quienes no responden –y tampoco preguntan-.
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Nadie sabe leer porque no hay una portación de ese saber, no está de un lado o del otro. Aunque sí existe un saber en el leer, un saber realizándose, absolutamente inédito. Saber leer tiene que ver con las grietas, los huecos, las heridas del lenguaje. Saber leer tiene que ver con leer lo dicho por sobre lo no dicho, y la única manera de hacerlo es que lo no dicho tenga palabras, que alguien pueda ponérselas.
Para que la alfabetización sea completa tiene que comprender este orden de lectura, la que está atrapada entre-líneas, la que no debe corregirse, la que no debe disciplinarse sino posibilitarse.
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Ojalá a esto no estemos refiriendo cuando reclamamos que los jóvenes comprendan lo que leen.
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