El gobierno de Javier Milei sigue chocando con una realidad que, a todas luces, es más compleja que lo que su narrativa refundacional y rupturista, y su discurso a la vez voluntarista e intransigente, parecieran indicar.
Como ha quedado manifiestamente en evidencia durante el turbulento y polémico trámite legislativo de la denominada “ley ómnibus”, la realidad suele imponerle importantes y frustrantes límites a los deseos. La pretendida “revolución liberal” parece chocar contra los límites de una institucionalidad republicana que parece recordarle al Presidente que para fundar un nuevo “contrato social” hace falta mucho más que la legitimidad de origen derivada de las urnas.
Sin embargo, no es el descubrimiento de este “principio de realidad” (Freud dixit) lo que más sorprende de estos pasos en falso del gobierno libertario en el Congreso de la Nación, sino lo que pareciera ser una peligrosa combinación entre voluntarismo, improvisación, ingenuidad, impericia y amateurismo.
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Condicionado por los absurdos límites temporales autoimpuestos para la sanción de la ley -primero el 31 de diciembre, luego el 15 de febrero- y urgido por demostrar fortaleza e iniciativa tras la marcha de la CGT, la izquierda y los movimientos sociales, el oficialismo aceleró el pasado martes la trasnochada “firma” de un dictamen del plenario de comisiones que estaba aún muy lejos de alcanzar un consenso pleno. En este contexto, pese al generoso gesto de la oposición dialoguista de firmar en disidencia para garantizarle al gobierno un dictamen de mayoría para poder bajar al recinto, el apuro, el destrato y la improvisación complicaron la maniobra.
Es que tras la firma del dictamen, la negociación no solo siguió abierta sino que el oficialismo y algunos referentes de la oposición dialoguista cometieron la “torpeza” de seguir modificando entre “gallos y medianoche” un texto que supuestamente ya se había firmado. Lo cierto es que, más allá de estas desprolijidades rayanas con el desapego a toda institucionalidad republicana, la negociación de algunos puntos clave estaba en un terreno pantanoso.
El riesgo que enfrentaba el oficialismo, como consecuencia -en gran medida- de errores propios era sufrir una dura derrota legislativa en algunos de los asuntos más importantes del paquete fiscal, cuando el proyecto entrara en el recinto en su fase de votación en particular (artículo por artículo). Así las cosas, y después de analizar varios escenarios, el “círculo rojo” presidencial, Luis Caputo anunció en conferencia de prensa que el Ejecutivo removía entero el cuarto capítulo de la ley para lograr la aprobación del resto de la ya menguada ley original. La ley ómnibus ya se convirtía así en apenas una ley “combi”.
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Esto implica, esencialmente, dejar afuera de la discusión cinco medidas centrales para la administración libertaria: blanqueo, moratoria, adelanto de bienes personales, ganancias y retenciones. Todos asuntos que, vale recordar, corresponden a materias vedadas para el uso de los decretos de necesidad y urgencia y no integran el universo de las facultades delegadas al presidente en la iniciativa en discusión.
Se trata así de una forzada decisión que implicó hacer justamente lo que no querían, y rechazaban desde un principio cuando legisladores propios, aliados y opositores cuestionaban el formato de “ley ómnibus”. Pese a que el Presidente declaraba ante un medio internacional que no estaba dispuesto “a negociar nada”, y en la Casa Rosada recalcaban que no estaban dispuestos a “desguazar” la ley, el panorama para el primer mandatario se complicó y fue inevitable recalcular.
En este contexto, y siempre y cuando la ley tenga media sanción el martes, el Gobierno conseguirá una victoria pírrica, en tanto debió pagar un alto costo de ceder en algunas de las partes que consideraban innegociables. Además, no solo faltará el capítulo de la discusión en el Senado de la Nación -donde tallan con más fuerza los gobernadores-, sino que habrá que ver también cómo impacta esta experiencia en la relación entre el oficialismo y los bloques “dialoguistas”. En este sentido, parece probable que mientras el PRO más “amarillo” busque acercarse hacia un esquema de “cogobierno”, el peronismo federal comience a correrse hacia posiciones más duras. En otras palabras, se viene una disputa importante por el poder.
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