
Al leer la novela “Pánico”, de James Ellroy – escritor de la basura humana y la violencia- da uno con el protagonista, un policía asignado a Hollywood, Los Ángeles en general, corrupto, feroz, chantajista y extorsionador , mercader de trapos sucios, y allí está Liberace. Hijo de una polaca y un napolitano, orejeó la música desde chico: tenía oído y había nacido listo. Era una buena oportunidad para salir del sofocante mundo social y político de estos días de cambio atronador y fin de ciclo que, sin embargo, ofrece claves para mirar las transformaciones de la colmena humana.
Ellroy y su personaje impecable en las acciones del depredador principal está ubicado en los años cincuenta y alrededores, como casi todo lo que pone como paisaje en su antología negra. Hollywood rugía con el star system y un código moral estricto que en la realidad de la industria se pasaba por allí mismo que, sin embargo, en la pantalla los besos debían ser sellados, sin abrir los labios, aunque las historias podían ser trágicas o retorcidas siempre que fueran rentables. Y eran en general muy rentables.
Detrás del telón había un desenfreno alcohólico, con mucha cocaína, fiestas muy pobladas y todos contra todos- o a favor- , donde asoman en el libro, y la fuente es buena, Gary Cooper con chicas demasiado jóvenes, los tríos de Eizabeth Taylor, Robert Mitchum no se separaba de su marihuana Golden Santa Marta (de allá, de Colombia), Rock Hudson suspiraba desde la platea femenina y aparecía con probables novias para que el contrato blindara su homosexualidad, no se diría reprimida porque participaba de orgías superpobladas por hombres con su apostura espectacular. el galán más cotizado no podía revelar su identidad sexual, y guardaba una angustia íntima con el juego de engaños, hasta que salió del ropero, anunció que tenía VIH y, por lo mismo, murió después de muchos éxitos con Doris Day en una serie de films candorosos.

Allí estaba Liberace, amo de Las Vegas, vendedor de discos como estrellas en la Vía láctea, teatros llenísimos, cine, millones y millones con origen en una pequeña clase media reventada por la crisis del 29 y la calamidad social de los Estados Unidos.
“Nunca conocí a Liberace/ Fui a Las Vegas/ pero el ya no estaba allí, cantaba el grupo Los Intranautas mucho después, en 1994. La leyenda fue grande. Lo es aún en una línea histórica sobre la creación puramente norteamericana, el entretenimiento, el show (aquí se dice “you”, es para descomponerse). Liberace tocaba el piano con pianos rosados y blancos de cola. Sobreactuaba su afectación, usaba maquillajes pesados, abrigos de lentejuelas, grandes anillos. Había alcanzado una fórmula simple y bastarda: tocar rápido la música clásica pero sacar “las partes aburridas”. Sobre todo Chopin, especial para la grandeza pianística y romántica – como denominación para la época musical de aquel grande- poniéndola moñitos y notas personales al hacer un enchastre con un éxito impresionante.
Liberace era el rey del kitsch o, mejor, del camp, la estética de lo feo quizás como combate contra el buen gusto, arma burguesa, imposible de digerir, como una diversión o un desafío al trasmutarse en belleza: tenía una casa enorme, pintada en turquesa, rosa intenso, jardines tropicales que daban bananas, guanábanas, mangos, y jugaban monos de todo tipo. A sus pies, se adormilaba un amante encontrado en cierto bar dudoso que había pasado toda la infancia en casas de reclusión, Liberace lo adoptó y fue compinche de cama. “Me encantan los ex reclusos”, le hace decir a Ellroy en “Pánico”.
Pantallazos de todo eso está en el libro de cuando Liberace le pide y le paga al policía perverso que se sacara de encima a alguien que lo había filmado con algún amante de paso por medio de una cámara oculta: los amigos íntimos del pianista más famoso del mundo sentía aquello que en francés se dice “Nostalgie de la boue”, nostalgia del fango, de lo bajo: era su tirón sexual, de pago y con tipos marginales y peligrosos. Con la distancia correspondiente, como Pier Paolo Pasolini y sus “ragazzi di vita”, aquellos con los que se encontraba en la arena de Ostia y le pasaron sobre él con un auto hasta matarlo, episodio muy sombrío.

George Liberace hizo su propio museo: joyas, ropas con oro y bordados, smokings especiales, muchos coches fuera de serie, un espacio gigante para tucanes y guacamayos, los trajes con lucecitas que brillaban en la oscuridad mientras tocaba, una colección de anillos, los abrigos de piel: “Esto está hecho de visones vírgenes. ¡No saben lo difícil que fue encontrar algunos!”, soltaba en algunos de sus chistes que, en ese momento, hacían entrar en confianza a la gente.
Subía a menudo al escenario con su Rolls Royce tapado – techo, puertas, todo- con cristales de Swarovski, del que bajaba con una sonrisa de spot publicitario.
Un buen día, su amante se largó y, por primera vez, pidió un resarcimiento judicial por la convivencia. Quiso trece millones, le dieron setecientos mil y algunos de los treinta caniches que tenían. En tanto, Goorge empezó a pasar de moda y su salud se volvió amenazante: el sida, como a Rock Hudson, lo arrasó.
Lo que no contaré es de qué manera obró el policía terrible para cumplir con la tarea encomendada por su extorsionador en las páginas del escritor salvaje.
Todo no se puede.
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