Aún es necesario aprender a evaluar

El gran valor de la evaluación está en ser un instrumento potente de investigación educativa

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Enseñanza, evaluación y aprendizaje, tres procesos distintos pero ligados. Isabel Infantes - Europa Press

Enseñar y aprender son dos procesos que no pueden pensarse el uno sin el otro. Enseñar no implica aprender y aprender no siempre significa que alguien haya enseñado. Se trata de una construcción conjunta en el aula. Y es allí donde está nuestra función, producir algo con ellos, en el aquí y ahora. Asimismo, la evaluación es otro proceso imbricado en la enseñanza y en el aprendizaje, conforman una trilogía que deben ser planificadas en conjunto.

La evaluación siempre es un tema de debate. Si bien en las últimas décadas, se han venido provocando cambios en la temática al respecto, generalmente se la considera como un entrenamiento para un final, privilegiando una forma de ser en la clase con un alumno modelo, aplicado y dócil.

Sin embargo, evaluar es mucho más que acreditar. Es un proceso que incluye la medición y la nota, pero también debe tender a la comprensión del proceso de construcción de los aprendizajes. Se asocian a evaluar términos tales como: apreciar, estimar, atribuir valor, juzgar las implicancias del proceso de enseñanza y aprendizaje; por tanto, es un término polisémico que tiene su origen en procesos sociales e históricos determinados.

Imagen ilustrativa. Una clase, sitio donde se vuelcan los procesos de enseñanza, evaluación y aprendizaje (SEP).

Evaluar es emitir un juicio de valor y, a su vez, confiar en las evidencias recibidas para tomar decisiones.

A su vez, evaluar implica participar en la construcción de conocimientos, interpretando la información, estableciendo visiones no simplificadas de la realidad y facilitando la cimentación de una verdadera cultura evaluativa. No se trata de seguir desde la lógica del control al estudiante, sino de vigilar epistemológicamente los itinerarios por los que transita, para conocer y aportar en las relaciones que va estableciendo.

Los autores plantean que es necesario discutir enfoques evaluativos, intencionalidades y posturas. De este modo, seremos transparentes en el espacio público de la escuela, explicitando razones y criterios que sostienen nuestras decisiones como docentes.

Los cambios deben ser reales y deben provocar clivajes al interior del aula. Para ello, es necesaria una evaluación auténtica, la cual requiere la justificación argumentada de las respuestas y la evaluación de un conjunto de competencias, una evaluación que sea genuina, funcional (útil para resolver necesidades del alumno en sus diferentes escenarios), verosímil (la situación que se plantea podría realmente ocurrir) y real.

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Asimismo, es necesario buscar evidencias del aprendizaje: qué saben del tema, qué debería preguntar al respecto, entre otros. Es uno de los desafíos que tenemos los docentes cuando elaboramos los instrumentos de evaluación, debemos seleccionarlos y organizarlos en pos del proyecto de enseñanza.

El gran valor de la evaluación está en ser un instrumento potente de investigación educativa. En este sentido, toda evaluación educativa implica búsqueda de acuerdos y definiciones sobre algunos interrogantes: qué se desea evaluar, con qué propósitos, cómo evaluarlo, en qué momento, para qué. La toma de decisiones estará directamente vinculada con la selección y puesta en práctica de estrategias que se consideren las más adecuadas para mejorar los resultado. Es responsabilidad del docente trabajar con los estudiantes los criterios de evaluación para que sea lo más clara posible y para que sea una instancia de aprendizaje. De lo contrario, seguiremos haciendo como que enseñamos y los estudiantes como que aprenden.

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