A siete meses y medio de las elecciones presidenciales y algo más de 10 meses para la finalización de su mandato constitucional, el presidente Alberto Fernández acabó convirtiendo el que seguramente será su último discurso de apertura de un período de sesiones ordinarias del Congreso Nacional en un espectáculo de celebración de su manifiesta debilidad y su inocultable e inevitable decadencia.
Una puesta en escena que no sólo da cuentas de lo delirante del proyecto reeleccionista de un presidente cuyo liderazgo desde hace tiempo discurre por los laberintos de la intrascendencia, sino también de su claudicación final ante algunos de los tópicos dominantes de un kirchnerismo que, pese a la recurrente condescendencia y, por momentos humillación, continúa manifestándole su más profundo desprecio.
Un tedioso discurso de dos horas que osciló entre la enumeración de los pretendidos “logros” de su gestión en el marco de una narrativa cada vez más desacoplada de la realidad, y el virulento ataque a la Justicia y los medios de comunicación como una ofrenda ante una impasible vice -otrora mentora- que ni siquiera se esfuerza por ocultar su profunda indiferencia ante quien ella misma ungió como candidato-presidente.
Como una de las tantas evidencias palmarias de este profundo desacople con la realidad, cabe mencionar la peculiar referencia al flagelo de la inflación, a la que en un brevísimo pasaje de su alocución calificó como un problema estructural de la Argentina y una herencia de la gestión anterior. Pese a la tibia justificación de Fernández y su intento de asignación de responsabilidades exclusivamente al gobierno anterior, lo cierto es que desde su asunción el 10 de Diciembre de 2019 la inflación acumulada supera ya el 324%, en una dinámica inflacionaria cuyo último antecedente se remonta a la “hiper” de fines de la década del 80.
A pesar de la contundencia del fracaso y la manifiesta incapacidad evidenciada por su gestión, el primer mandatario eligió concentrarse en datos de dudosa legitimidad o carentes de contexto, que profundizan la percepción cada vez más generalizada de un presidente aislado y muy alejado de la realidad cotidiana de millones de argentinos. Solo así se entiende el énfasis puesto en resaltar los supuestos “hitos” de su gestión: Argentina como “uno de los países que más que creció en los últimos años”, la protección de “las jubilaciones superando la inflación en 12 puntos; que el “empleo formal creció el 4,1%”, que se “finalizaron más de 3000 de 5800 obras en ejecución”, con una “recaudación que lleva 29 meses de crecimiento”, entre otras tan particulares como dudosas referencias.
Este delirante relato fue acompañado por una no correspondida “profesión de fe cristinista”, plasmada en la sobreactuada y vehemente denuncia de una conspiración jurídico-mediática que buscaría la “inhabilitación política” de la vicepresidenta.
Un discurso que, en definitiva, es todo un símbolo de la contradicción fundamental que Alberto Fernández nunca pudo resolver, esa imagen que utilizó hábilmente Cristina para recuperar el poder, la de la promesa de un “kirchnerismo moderado”. Dos facetas que el presidente nunca pudo sintetizar o congeniar, y que lo llevaron a oscilar esquizofrénicamente cual Dr. Jekyll y Mr. Hyde entre la apología de la moderación y las apelaciones a “terminar con la grieta” y la estrategia de polarización, las lógicas amigo-enemigo y la política de crispación, profundizando así no solo la percepción de una presidencia débil y extremadamente condicionada sino también la de una gestión ineficaz.
Como es esperable, la construcción de esta particular y alucinada narrativa que pareciera describir una suerte de “país imaginario” en el que vive el presidente, junto al “revival” kirchnerista de denuncia a la corporación mediática-judicial-opositora, tiene como correlato el altísimo nivel de rechazo que, a esta altura, parece ya imposible de revertir. En este sentido, un reciente estudio de Alaska Comunicación da cuentas de que la evaluación de gestión del presidente Fernández se acerca a los más altos de la serie histórica, con 72,3% de imagen negativa.
Así las cosas, esta evaluación de gestión, con un proceso electoral ya a la vuelta de la esquina y una inflación que estaría lejos de domesticarse en el sentido previsto por Massa, no sólo deja en evidencia la inviabilidad de una reelección de Fernández, sino que compromete seriamente las chances electorales de todo el peronismo.
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