Lo que Lucio nos dejó

Los crímenes del nene de 5 años y de Fernándo Baez Sosa avivaron la sensibilidad social frente a los acelerados procesos de cambio cultural que no todos logran metabolizar en tiempo y forma

Mural de Lucio (Gastón Taylor)

La Justicia encontró culpables del asesinato de Lucio Dupuy a la madre, Magdalena Expósito, y a su pareja, Abigail Páez. La pena se conocerá el 13 de febrero. Solo cabe esperar para ellas la prisión perpetua.

El crimen se produjo en contexto de una brutalidad feroz, de ribetes tan escabrosos como revulsivos y atrapó la atención de las mayorías, reavivando otros debates que subyacen bajo la escaldada piel de una sociedad en vilo.

El vía crucis de Lucio echó por tierra el muy remanido eslogan del oficialismo. El que sostiene que “el Estado te cuida”. No ocurrió con Lucio Dupuy ni con tantos otros que terminan abandonados a su suerte.

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Lejos de resguardarlo, quienes debían protegerlo se desentendieron, miraron para otro lado. Ni en la escuela, ni en los hospitales a los llegó golpeado, ni en la justicia del menor y la familia encontró reparo. Nadie parece haber dispuesto de interés o recurso alguno para ponerlo a salvo. Nada muy distinto a lo que a diario viven otros tantos chicos y chicas. Es probable que la penuria que le tocó vivir sirva para rescatar a otros niños de las oscuridades de familias disfuncionales y/o violentas.

Ramón Dupuy, el dolido abuelo de Lucio, expresó el sentimiento de la familia con crudeza. “No hay nada que celebrar… hoy Lucio marca la historia en Argentina para que nunca vuelva a suceder esto”, agregó, en orden a encontrar algún sentido a la tragedia.

Los jueces no escuchan, matan chicos, la jueza no vió, ni escuchó, ni siquiera leyó el expediente con la firma de la revocación de la tenencia, se lo entregó en bandeja de oro a las asesinas para que lo mataran. A Lucio le venían matando desde hace un año. Estuvo agonizando durante un año, nada más que dejó de respirar el 21 de noviembre de 2021″, dijo.

El bloque de diputados del peronismo de La Pampa y el PRO saltaron, al menos por un rato, la grieta para coincidir en que pedirán el jury de enjuiciamiento por mal desempeño contra la jueza Ana Clara Pérez Ballester. Se la acusa de no haber hecho los estudios medioambientales previos a la entrega del menor a su madre biológica.

La jueza Ana Pérez Ballester

El caso mete presión en la agenda política. Los legisladores quedan obligados a atender este tema. El Gobierno incluyó la Ley Lucio en extraordinarias. La oposición dijo en su momento que no tratarán otros temas hasta que el Gobierno no desestime el Juicio Político a la Corte Suprema. Ahora deberán reconsiderar algunas cuestiones.

El detalle de las aberraciones y el ensañamiento ejercida sobre el cuerpo indefenso de Lucio tuvo una inquietante deriva sobre la cuestión de género.

“Acá hay perspectiva de género, lo matan porque no podían transformarlo…si hubiera sido nena no lo mataban…A Lucio lo matan por interferir en la pareja y porque es varón”, dijo el abuelo. “Si era nena no la mataban”.

El tema del género atravesó de manera recurrente y filosa la conversación pública y llevó el debate al tema de los colectivos “feministas” a quienes se señaló como muy prescindentes a la hora de condenar a las acusadas. Un asunto si puede decirse que cuaja en alguno de los resquicios de las fracturas que como sociedad nos lastiman.

La supuesta condición de militantes de la diversidad sexual de la pareja criminal aportó argumentos a quienes mantienen posiciones intransigentes en torno a la cuestiones de la sexualidad y el género. La capacidad de una pareja igualitaria para criar hijos se puso también en cuestión. También la prioridad que la Justicia otorga a las madres a la hora de otorgar la tenencia. La familia reclamó que se lo considere un “crimen de odio de género”. Los jueces no hicieron lugar.

En el fallo los magistrados se centraron en las perturbaciones psíquicas de la pareja criminal, dejando absolutamente afuera el carácter igualitario de la relación.

“Las dos responsables del crimen de Lucio poseen una personalidad perversa, caracterizada por rasgos de irritabilidad, agresividad e impulsividad, ausencia de culpabilidad, remordimiento y falta de empatía, capacidad de manipulación, engaño y simulación”, dijeron los peritos de la psiquiatría forense. Ninguna referencia a la condición sexual.

Para Ayelén Mazzina, la ministra de Mujeres, Género y Diversidad, “se aprovechán del asesinato de un niño para atacar al feminismo, cuando todo el país, sin distinción de género, estamos pidiando Justicia por Lucio”. Puede que en esto también haya algo de oportunismo.

La mamá de Lucio y su pareja fueron condenadas por homicidio agravado (Télam)

-¿Por qué no utilizaron la figura del odio de género? -Le preguntó Ernesto Tenembaum a la fiscal de Género de La Pampa Verónica Ferrero del caso en una inquietante nota en Radio con Vos.

“No lo mataron porque era varón sino que ellas tienen una personalidad perversa y generaron un vínculo dual, narcisista y exclusivo en donde existen solo ellas y les preocupa su persona. Es más, jamás hicieron un duelo por la muerte del niño. En el vínculo no había un tercero ya que Lucio era considerado un objeto, no una persona, que les estorbaba, molestaba y era el culpable de los problemas de pareja que ellas tenían”, contestó.

La controversia escaló incluso al rol de los medios. Hubo quienes incluso señalaron que el caso Baez Sosa tuvo más espacio mediático porque pone en jaque la cuestión masculina, en este tipo de ensañamiento contra el varon mientras que el colectivo feminista no se expresó en orden a resguardar a las asesinas de Lucio por empatía con su condición de pareja lesbiana. Cada uno ve lo que quiere ver.

El debate que abrió el caso desnudó de manera temeraria prejuicios y preconceptos. Asimilar feminismo a lesbianismo, y lesbianismo a perversión no solo es un error conceptual severo sino que evidencia ignorancia y discriminación.

“Estoy defendiendo a ocho acusados que ya han sido condenados”, dijo Miguel Tomei, el abogado defensor de los rugbiers que protagonizaron la golpiza que condujo a la muerte a Fernándo Báez Sosa y que este lunes recibirán el veredicto del tribunal que los juzga.

La cultura machista, que exalta el uso de la fuerza física para ejercer poder y consolidar la identidad de la manada fueron los rasgos dominantes de la escena del crimen. La supuesta superioridad social de los agresores que se expresó a viva voz en insultos y humillaciones a Fernando, el registro en video de la golpiza y su exposición en redes sumó espanto y desaprensión. El pacto de silencio hizo el resto. Mucho para analizar.

Los especialistas también hablaron en este caso de conductas perversas, ejecutadas por personalidades que gozan haciendo sufrir y que carecen de empatía alguna con sus víctimas. Perturbaciones que se desarrollan y potencian por la falta de límites y la impunidad, cuando no, la lisa y llana celebración de la arrogancia física y la prepotencia frente al más débil.

La falta de límites no sólo puede atribuirse a la impotencia o el desentendimiento de los padres sino también a los actores del sistema educativo, los clubes y la justicia. Hay un mundo adulto que mira para otros lado, que banaliza la violencia y romantiza los consumos que queman la cabeza de los más jóvenes.

Nadie atendió estas señales que, en el caso de los rugbiers, venían dando cuenta de alarmantes comportamientos que se dejaron pasar o, lisa y llanamente, se naturalizaron. La de Fernando también fue también la crónica de una tragedia anunciada.

La atracción que generaron los juicios por el asesinato de Lucio Dupuy como el de Fernándo Baez Sosa dejaron a la intemperie la sensibilidad social frente a los acelerados procesos de cambio cultural que no todos logran metabolizar en tiempo y forma y trajeron a la conversación pública una cantidad de cuestiones relacionados con los nuevos paradigmas. También nos ponen de frente a desafíos que el sistema político no está ni siquiera registrando, enredado en los asuntos de un año electoral marcado por la incertidumbre y el desconcertante egocentrismo de sus protagonistas.

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