Buenos maestros

El 11 de septiembre se celebra el Día del Maestro. Si en los próximos años no somos capaces de reflexionar más profundamente acerca de algunas de las complejidades de la enseñanza, estaremos condenados a repetir prácticas obsoletas, sin desarrollar nuestras potencialidades

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(Maximiliano Luna)

Enseñar es mucho más que pararse en el frente y narrar una anécdota histórica o demostrar un teorema; no consiste en hacer estudiar de memoria datos e información vacía de un manual o de fotocopias roídas; sino que implica proponer problemáticas variadas para que los estudiantes resuelvan, aprendan y puedan aplicarlo a situaciones cotidianas.

Un docente se prepara durante cuatro años o más para formarse como tal; más la capacitación continua que se le exige para trabajar, la cual, sumada a la socialización profesional, es decir, a la experiencia que va incrementando en las escuelas, harán que pueda planificar el qué y el cómo trabajar en su aula y que sus decisiones sean las mejores para un alumno.

La maestra ya no es considerada “la segunda mamá”. Quien está al frente de un grado es un profesional preparado y formado para tal fin, para tomar decisiones acerca de qué enseñar, cómo hacerlo y con qué recursos didácticos. Si fuera tan fácil como lo plantean algunos, alcanzaría con tener a mano a Google, este motor de búsqueda que pareciera tener toda la información; sin embargo, un sitio con información sólo es eso, un espacio de consulta que no alcanza para reemplazar a un docente. Porque ser profesor no implica tener cantidad de datos, sino distinguir cómo emplear lo que se sabe, cómo acceder a fuentes y cómo aprender a enseñar mejor.

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Las buenas prácticas han adquirido un significado propio en las últimas décadas. Litwin (2004) plantea que la buena enseñanza implica una construcción elaborada en la que los docentes abordan múltiples temas de su campo disciplinario y que se expresan en el tratamiento de los contenidos, el particular recorte de estos, los supuestos que maneja respecto del aprendizaje, los vínculos que establece en la clase, el estilo de negociación de significados que genera y las relaciones entre la práctica y la teoría.

Y, en ese sentido, la buena enseñanza es aquella que deja en el docente y en los alumnos un deseo de continuar enseñando y aprendiendo, a la vez que la incorporación y el dominio de nuevos conocimientos. Para Jackson, la buena enseñanza no corresponde a una única manera de actuar, sino a muchas, y refiere a por qué y cómo elegimos una estrategia, un modo de explicación, un tipo de respuesta, una metáfora, o construimos un caso, sigue siendo un interrogante potente a la hora de analizar las prácticas espontáneas de los docentes.

El uso del adjetivo buena no es simplemente un sinónimo de exitosa, de modo que buena enseñanza quiera decir enseñanza que alcanza el éxito. Por el contrario, en este contexto, la palabra buena tiene tanta fuerza moral como epistemológica. Preguntar qué es buena enseñanza en el sentido moral es preguntar qué acciones docentes pueden justificarse basándose en principios morales y son capaces de provocar acciones de principio por parte de los estudiantes. Preguntar qué es buena enseñanza en el sentido epistemológico es preguntar si lo que se enseña es racionalmente justificable y, en última instancia, digno de que el estudiante lo conozca, lo crea o lo entienda.

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¿Qué se necesita para ser un buen profesor?

Durante mucho tiempo se buscaron los atributos o las características que definían al buen profesor. Este tema nos lleva a ratificar la consolidación de dos trilogías: por un lado, saber (conocimientos), saber-hacer (capacidades), saber-ser (actitudes) y, por otro, la interrelación entre estudiantes, docentes y contenidos.

No caben dudas que un buen profesor debe tener ciertas características. Shulman planteó algunas. Conocimiento del contenido: incluye el conocimiento de los saberes de la disciplina y el conocimiento didáctico, donde entra en juego la capacidad del profesor de transformar su conocimiento del contenido en formas que sean pedagógicamente poderosas y se adapten a la diversidad de los alumnos. Conocimiento de alumnos y aprendizaje: conocimiento de teorías de aprendizaje, del desarrollo de los alumnos en diferentes áreas, sobre motivación, el trabajo en la diversidad y el tema de género. Conocimiento del contexto: refiere a las características de las variables donde se desarrolla el trabajo profesional del profesor; conocimiento de sí mismo, de creencias y disposiciones, de poder reflexionar sobre sí.

A su vez, un buen profesor es quien ofrece una enseñanza de calidad, la cual implica la manera como los estudiantes comprenden, experimentan o conceptualizan el mundo que les rodea. Un rasgo distintivo que distingue a la calidad mencionada es la claridad, que consiste en que el profesor sea organizado, presente el contenido de manera lógica, utilice ejemplos, explique el tema de manera simple, enseñe paso a paso, responda adecuadamente las preguntas de los estudiantes, retroalimente sus acciones, enfatice los puntos importantes, resuma lo enseñado en la clase y pregunte a los estudiantes para verificar que hayan comprendido, entre otras.

En definitiva, y creo lo más importante, los rasgos de un buen docente son compartir su pasión y entusiasmo por su materia explicitando a los alumnos su importancia y, asimismo, indagar sobre las experiencias del estudiante y plantear preguntas clave para señalar los puntos controversiales de un campo o los problemas no resueltos.

Si en los próximos años no somos capaces de reflexionar más profundamente acerca de algunas de las complejidades de la enseñanza, si no somos capaces de valorar el papel que desempeñamos como docentes, estamos condenados a seguir repitiendo prácticas obsoletas y no desarrollar nuestras potencialidades. Pero, fundamentalmente, condenamos a niños y jóvenes a que repliquen saberes arcaicos y no sean protagonistas de sus propias vidas. Ser un buen maestro es lo que nos desafía día a día.

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