El 18 de mayo pasado se cumplieron tres años desde la publicación del video en el que Cristina Fernández anunciaba la candidatura de Alberto Fernández. Así se gestaba lo que algunos interpretaban como una obra maestra de la estrategia política-electoral argentina, pero que terminó siendo lo que muchos temíamos: una trampa para la gobernabilidad que atrapó a toda una Nación en una disputa de vanidades e intereses personales con altos costos económicos e institucionales.
La fórmula “Alberto al Gobierno, Cristina al Poder y al Gobierno” fue la crónica de un fracaso anunciado. Una interna imposible que se hizo explícita desde el célebre “funcionarios que no funcionan” de octubre de 2020 y que implosionó a raíz de la derrota sufrida en las PASO 2021, tras la cual el Presidente fue acusado por el cristinismo de “ocupa” ilegítimo del poder.
De ahí en adelante, la gestión del Gobierno Nacional entró en modo epistolar. Argentina pasó a ser gobernada a través de cartas, tweets y chicanas disparadas entre los máximos referentes políticos del país quienes no se dirigían la palabra. Decisiones como la conformación del Gabinete Nacional o los términos de la negociación del acuerdo con el FMI estuvieron condicionados por intercambios de misivas entre personas que tienen sus despachos a pocos metros de distancia.
Esta realidad expuso lo que el Frente de Todos siempre fue: una coalición electoral y no una coalición de Gobierno. De hecho, fue la oposición la que tuvo que sostener al Presidente para que el país no cayera en default frente a la renuncia a la presidencia del bloque oficialista en la Cámara de Diputados, Máximo Kirchner, a la hora de aprobar el acuerdo que el Ejecutivo llevó adelante con el FMI.
Pero el cenit de este triste espectáculo de internas y tirones tuvo lugar el viernes 3 de junio durante el 100º aniversario de YPF, donde se materializó un encuentro entre Alberto y Cristina luego de 3 meses de ni siquiera cruzarse y que estuvo marcado por reclamos, tiros por elevación y una puesta en escena calculada: Cristina entregando a Alberto una lapicera que previamente le había pedido usar. Una metáfora y una imagen pensadas con el claro objetivo de erosionar su autoridad.
Como si eso no fuera suficiente, pocas horas más tarde, Cristina, nuevamente a través de Twitter, denunció que funcionarios de su propio Gobierno la atacaban a través de acusaciones en off de récord en relación a la licitación del gasoducto Néstor Kirchner. Efectivamente, un Ministro de la Nación la involucró en un hecho de corrupción (otro más) en una de las obras de infraestructura más importantes del país. ¿Qué hizo el Presidente? Echar al denunciante por el off e ignorar la acusación. Acusación que por otro lado tampoco había sido formalizada por el ex-Ministro de Producción ante la Justicia, una omisión que banaliza y naturaliza la gravedad de los actos que el mismo imputó.
Justamente, la corrupción parece ser el foco principal de tensiones, reclamos y exigencias internas. No en vano la Vicepresidenta dedicó gran parte de su agenda en el Senado (incluso durante la pandemia) a impulsar proyectos y acciones para condicionar a la Justicia que la investiga: reforma judicial, intentos de controlar el Consejo de la Magistratura, maniobras para imponer al Procurador General de la Nación, reforma de la Corte Suprema para incluir 25 miembros, etc. Una agenda personal durante una de las peores crisis colectivas de nuestra historia. No sorprende que durante los dos últimos años se le haya escuchado mencionar más la palabra “lawfare” que la palabra “pobreza”.
El brillante José Nun, quien también fuera Secretario de Cultura durante el Gobierno de Néstor Kirchner, describió en su libro El sentido común y la política al gobierno de Cristina Fernández como una “egocracia”. Esto es: una forma autocrática fundamentada en un yo totalitario, el cual niega toda posibilidad a cualquier otro yo distinto. El egócrata se sitúa sobre las leyes y hace uso arbitrario del Estado. Una dictadura del “yo” disminuye y debilita la calidad de cualquier democracia. Un costo silencioso que el ego desbocado de Cristina también nos está haciendo pagar.
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