“La política internacional de un país no es una abstracción fundada en puros conceptos, sino un instrumento de realización nacional, una herramienta de los pueblos para asegurar su existencia y su prosperidad dentro del marco de la comunidad universal. En ese sentido, es la proyección externa de su personalidad interna, el medio de obtener los fines nacionales con el auxilio de la cooperación internacional y de las corrientes mundiales de intercambio… Considero que el concepto occidental tiene un significado fundamentalmente espiritual y en tal sentido lo vinculo más con la definición de la posición internacional argentina” - Arturo Frondizi
En estos tiempos de extravío y desorientación en la conducción de nuestra política exterior, es necesario llevar adelante una seria reflexión sobre los principios cardinales que la rigen, la relación con lo interno y su proyección y sustentabilidad en el tiempo.
Debemos trascender el corto plazo y salir de la pereza intelectual. Es necesario embarcarnos en una reflexión profunda, serena y de largo aliento -más allá de las diversas visiones partidarias coyunturales- porque en estos tiempos de desasosiego colectivo es imperativo desarrollar un pensamiento estratégico de largo plazo.
Pareciera que nos está faltando una brújula que nos permita navegar estos tiempos turbulentos, tanto en el ámbito nacional como en el plano global.
La política exterior no es una sucesión de incidentes, es una composición de políticas, con un fuerte anclaje en la realidad nacional, y con un delicado equilibrio entre los intereses y valores nacionales y las tendencias globales, que constituyen el necesario marco de referencia.
No se trata simplemente de reaccionar a los eventos cotidianos en cada caso; se debe dejar de lado la reacción táctica, y avanzar rápidamente hacia la anticipación estratégica.
Hay que identificar los intereses y valores en juego a largo plazo. Para lo cual se requiere
-Una clara concepción sobre la República Argentina. “Toda mi vida he tenido una cierta idea de Francia”, es la famosa frase del general Charles de Gaulle en sus Memorias de Guerra, que me viene recurrentemente a la memoria al meditar sobre la actual situación de la República Argentina. Sin una idea clara y compartida sobre lo que somos y queremos ser en este siglo XXI, difícilmente la República recupere el papel relevante que supo tener en el pasado.
-Una clara y exacta comprensión de la situación internacional, y no una proyección narrativa de nuestros deseos e imaginarios locales.
-Asumir con firmeza los intereses vitales que están en juego: desafíos y oportunidades. La política exterior es un instrumento al servicio del progreso nacional definido en término de paz, democracia, libertad, Derechos Humanos, estado de derecho, libre comercio, todos ellos valores de nuestra matriz occidental, inserta en nuestra Constitución Nacional.
-Un liderazgo basado en la búsqueda de acuerdos y consensos de largo plazo. Un liderazgo que se guíe por una “brújula moral” que marque el rumbo. Consenso interno que, además, genere la necesaria confianza externa para ser un actor relevante y poder contribuir al diseño e implementación de un efectivo multilateralismo necesario para abordar los grandes desafíos y crisis del siglo XXI y que, en el caso argentino, hace también a nuestro interés nacional.
En este contexto, los viajes al exterior de un jefe de Estado constituyen uno de los puntos álgidos de toda diplomacia, ya que permiten difundir el programa de gobierno e interactuar con sus pares.
Es por ello que el Presidente de la Nación debe ser muy cuidadoso y riguroso en la presentación y exposición de sus ideas ya que las mismas no son propias, sino que deben reflejar el ideario nacional.
La actuación del Presidente de la Nación constituye entonces el espejo a través del cual se va auscultar, en un determinado momento, al país.
El desempeño del Presidente debe adaptarse tanto a las formas presidenciales - propuestas constructivas para el desarrollo y progreso nacional, y no agravios innecesarios a personas del propio país o a personalidades internacionales- como a la sustancia propia de la máxima autoridad del Estado: conocimiento y sentido de la historia, sensibilidad cultural, visión estratégica, moderación y sobriedad en el habla, magnanimidad en el trato, y benevolencia con el otro.
La política exterior no es de naturaleza clausewitziana -no es la continuación de la política interna por otro medios-; pero no por ello es inmune a lo que ocurre internamente.
Es así que el grado de discordia interna existente hoy en nuestro país -en referencia al magnífico libro de Joaquín V. Gonzalez, El Juicio del Siglo, escrito en 1910- y que se refleja en forma amplificada en la actual política exterior, es un serio obstáculo para la República Argentina ocupe el lugar que le corresponde en la comunidad de las naciones.
Los líderes, bien señala Henry Kissinger en su libro Leadership, “piensan y actúan en la intersección de dos ejes: el primero, entre el pasado y el futuro; el segundo, entre los valores permanentes y las aspiraciones de aquellos a quienes dirigen. Deben equilibrar lo que saben, que necesariamente se extrae del pasado, con lo que intuyen sobre el futuro, que es inherentemente conjetural e incierto. Es esta comprensión intuitiva de la dirección lo que permite a los líderes establecer objetivos y establecer una estrategia”.
Por ello es imperativo proponer un proyecto de país que persiga superar las contradicciones que dividen a los ciudadanos, a fin de permitir encaminar las energías nacionales en una dirección de desarrollo pleno.
Acercándonos a un nuevo año de elecciones presidenciales, y por lo tanto ante la posibilidad de la alternancia democrática, será necesario que emerja un liderazgo de adición; un liderazgo que, reuniendo las condiciones que bien apunta Kissinger, agregue la capacidad de construcción de una amplia y sustentable mayoría, a través de una narrativa de progreso, paz y desarrollo.
Un liderazgo de adición que reencause la política exterior y su diplomacia, en el sendero de los valores de occidente, como un sistema de valores: democracia, estado de derecho, paz, progreso, respeto a los Derechos Humanos, integración y respeto al otro.
Un liderazgo de adición que, precisamente por liderar y no por traccionar -el tan temido hubris de control y pérdida de la noción de la realidad- genere credibilidad (trust), esa condición del carácter fundamental para el ejercicio del poder. Credibilidad entendida como ese conjunto de expectativas de que el comportamiento de la otra parte se desarrollara según las normas legales y principios vigentes de funcionamiento del andamiaje global.
Un liderazgo de adición que luego de superar el desierto de los desencuentros, nos permita arribar a la cumbre de nuestras nobles tradiciones.
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